Vísperas – Lunes VI de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES VI TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ahora que la noche es tan pura,
y que no hay nadie más que tú,
dime quién eres.

Dime quién eres y por qué me visitas,
por qué bajas a mí que estoy tan necesitado
y por qué te separas sin decirme tu nombre.

Dime quién eres tú que andas sobre la nieve;
tú que, al tocar las estrellas, las haces palidecer de hermosura;
tú que mueves el mundo tan suavemente,
que parece que se me va a derramar el corazón.

Dime quién eres; ilumina quién eres;
dime quién soy también, y por qué la tristeza de ser hombre;
dímelo ahora que alzo hacia ti mi corazón,
tú que andas sobre la nieve.

Dímelo ahora que tiembla todo mi ser en libertad,
ahora que brota mi vida y te llamo como nunca.
Sosténme entre tus manos, sosténme en mi tristeza,
tú que andas sobre la nieve. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44: 

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 2, 13

No cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y digámosle suplicantes:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

  • Señor Jesús, haz que todos los hombres se salven
    — y lleguen al conocimiento de la verdad.
  • Guarda con tu protección al papa y a nuestro obispo,
    — ayúdalos con el poder de tu brazo.
  • Ten compasión de los que buscan trabajo,
    — y haz que consigan un empleo digno y estable.
  • Sé, Señor, refugio del oprimido
    — y su ayuda en los momentos de peligro.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para bien de tu Iglesia:
    — que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus pobres siervos, hemos realizado hoy, al llegar al término de este día, acoge nuestra ofrenda de la tarde, en la que te damos gracias por todos los beneficios que de ti hemos recibido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 18 de febrero

Lectio: Lunes, 18 Febrero, 2019
Tiempo Ordinario
  
1) Oración inicial
Señor, tú que te complaces en habitar en los rectos y sencillos de corazón; concédenos vivir por tu gracia de tal manera, que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del santo Evangelio según Marcos 8,11-13
Y salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole un signo del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide un signo? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ningún signo.» Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.
3) Reflexión
• Marcos 8,11-13: Los fariseos piden un signo del cielo. El Evangelio de hoy presenta una discusión de los fariseos con Jesús. Al igual que Moisés en el Antiguo Testamento, Jesús había dado de comer al pueblo en el desierto, realizando la multiplicación de los panes (Mc 8,1-10). Señal de que se presentaba ante el pueblo como un nuevo Moisés. Pero los fariseos no fueron capaces de percibir el significado de la multiplicación de los panes. Comenzaron a discutir con Jesús y piden un signo “venido del cielo”. No habían entendido nada de lo que Jesús había hecho. “Jesús suspira profundamente”, probablemente de desahogo y de tristeza ante una ceguera tan grande. Y concluye “¡No se dará a esta generación ningún signo!” Los dejó y se fue a la otra orilla del lago. No sirve de nada mostrar una linda pintura a quien no quiere abrir los ojos. ¡Quien cierra los ojos no puede ver!
• El peligro de la ideología dominante. Aquí se percibe claramente la “levadura de Herodes y de los fariseos” (Mc 8,15), la ideología dominante de la época, hacía perder a las personas la capacidad de analizar con objetividad los eventos. Esa levadura venía de lejos y hundía sus profundas raíces en la vida de la gente. Llegó a contaminar la mentalidad de los discípulos y en ellos se manifestaba de muchas maneras. Con la formación que Jesús les daba él trataba de luchar en contra de esa levadura y de erradicarla.
• He aquí algunos ejemplos de esta ayuda fraterna de Jesús a los discípulos.
a) Mentalidad de grupo cerrado. Un cierto día, alguien que no era de la comunidad, usó el nombre de Jesús para expulsar demonios. Juan vio y prohibió: “Se lo impedimos porque no es de los nuestros” (Mc 9,38). Juan pensaba tener monopolio sobre Jesús y quería prohibir que otros usasen su nombre para hacer el bien. Quería una comunidad encerrada en sí misma. Era la levadura del «¡Pueblo elegido, Pueblo separado!». Jesús responde: «¡No lo impidáis!… ¡Quien no está en contra está por nosotros!» (Mc 9,39-40).
b) Mentalidad de grupo que se considera superior a los otros. Una vez, los samaritanos no quisieron acoger a Jesús. La reacción de algunos discípulos fue inmediata: “¡Que un fuego del cielo baje sobre este pueblo!” (Lc 9,54). Pensaban que, por el hecho de estar con Jesús, todos deberían acogerlos. Pensaban tener a Dios de su lado para defenderlos. Era la levadura del “¡Pueblo elegido, Pueblo privilegiado!”. Jesús los reprehende: «Vosotros no sabéis con qué espíritu estáis siendo animados» (Lc 9,55).
c) Mentalidad de competición y de prestigio. Los discípulos discutían entre ellos para obtener el primer puesto (Mc 9,33-34). Era la levadura de clase y de competitividad, que caracterizaba la religión oficial y a la sociedad del Imperio Romano. Se infiltraba ya en la pequeña comunidad alrededor de Jesús. Jesús reacciona y manda tener la mentalidad contraria: «El primero sea el último» (Mc 9, 35).
d) Mentalidad de quien margina al pequeño. Los discípulos alejaban a los críos. Era la levadura de la mentalidad de la época, segundo la cual los niños no contaban y debían de ser disciplinados por los adultos. Jesús los reprocha: ”¡Dejad que los niños vengan a mí!” (Mc 10,14). El coloca a los niños como profesores de los adultos: “Quien no recibe el Reino como un niño, no puede entrar en el Reino” (Lc 18,17).
• Como en el tiempo de Jesús, también hoy la mentalidad neoliberal de la ideología dominante renace y reaparece hasta en la vida de las comunidades y de las familias. La lectura orante del evangelio, hecha en comunidad, puede ayudarnos a cambiar en nosotros la visión de las cosas y a profundizar en nosotros la conversión a la fidelidad que Jesús nos pide.
4) Para la reflexión personal
• Ante la alternativa: tener fe en Jesús o pedir un signo del cielo, los fariseos querían un signo del cielo. No fueron capaces de creer en Jesús. ¿Me ocurrió algo así a mí también? ¿Qué escogí?
• La levadura de los fariseos impedía a los discípulos y a las discípulas percibir la presencia del Reino de Dios. ¿Existe en mí algún resto de esta levadura de los fariseos?
5) Oración final
Señor, tú que eres bueno y bienhechor,
enséñame tus preceptos. (Sal 119,68)

Recursos – Domingo VII de Tiempo Ordinario

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de la semana anterior a este domingo, procura meditar la Palabra de Dios. Medítala personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elige un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo de la parroquia, en un grupo de padres, en un grupo de un movimiento eclesial, en una comunidad religiosa.

2. El Dios de la misericordia, en el acto penitencial.

En este domingo en el que el Evangelio nos presenta como modelo al Padre de misericordia, el sacerdote podría llamar la atención sobre la fórmula que él pronuncia al finalizar el momento penitencial: “Que Dios todo poderoso tenga misericordia…”
Sin ser una absolución sacramental en un sentido estricto, estas palabras ofrecen el perdón de Dios a cada miembro de la asamblea. Eso permitirá al sacerdote recordar que, si el recurso al sacramento de reconciliación se impone para las faltas graves, la Iglesia dispone de otros medios para acercar el perdón de Dios a los cristianos que se reconocen pecadores. El momento penitencial en la Eucaristía es uno de esos momentos.

3. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al terminar la primera lectura:

“Dios de bondad, te damos gracias por la paciencia y por el respeto que muestra David hacia Saúl, su perseguidor. Te pedimos por nuestra tierra, invadida por el odio, la venganza, la envidia y el odio. Conviértenos y purifica nuestros corazones y nuestros espíritus, para que seamos constructores de paz y de reconciliación”.

Después de la segunda lectura:

“Padre, te damos gracias por tu Hijo Jesús, nuevo Adán, ser espiritual venido de junto a ti para traernos la vida, a nosotros, herederos del primer Adán, caídos por tierra y heridos por la muerte. Te pedimos por nuestros difuntos. Por el bautismo, tú los recreaste a imagen del nuevo Adán, el Cristo. Asócialos a su resurrección”.

Al finalizar el Evangelio:

“Padre misericordioso, bueno para con los ingratos y los malos, bendito seas por la revelación de tu bondad sin límites que nos manifiesta Jesús por sus enseñanzas y obras. Escúchanos. Que tu Espíritu nos ayude a comportarnos como hijos dignos de ti, Dios Altísimo”.

4. Oración Eucarística.

La Plegaria Eucarística IV refleja muy bien la infinita misericordia del Dios de la Alianza a lo largo de la historia.

5. Palabra para el camino.

En el Evangelio de este domingo, Jesús nos invita a amar como nos ama el Padre de los cielos, que es bueno con los ingratos y malos.
¿Durante esta semana, cuál será mi actitud con ese vecino, compañero, prójimo… que me humilló e hirió profundamente?

¿Esta semana sabré permanecer en el amor al otro, cuando todo me pida que le responda con la misma moneda?

Comentario del 18 de febrero

Ante las exigencias de los fariseos que reclaman de Jesús un signo del cielo, él responde que no se le dará el signo reclamado a esa generación, porque no es digna de semejante signo. Jesús denuncia aquí la perversidad de esa generación, la suya, que se resiste a creer en él. El evangelista san Lucas es aún más explícito que Marcos que, en su concisión, apenas ofrece detalles. Dice Lucas (11, 29): Esta generación es una generación perversa. ¿En qué radica su perversidad? Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.

La actividad mesiánica de Jesús estaba colmada de signos. Sus numerosas curaciones milagrosas fueron vistas por muchos de sus contemporáneos como signos de la presencia de un gran profeta en medio de su pueblo. Pero no todos apreciaron en estas acciones extraordinarias signos de la actuación de un enviado de Dios, sino más bien signos demoníacos o acciones llevadas a cabo en estrecha alianza con el diablo. Las interpretaciones eran totalmente antagónicas, pero coincidían en una cosa: eran efectos en los que se revelaban fuerzas sobrenaturales. Había quienes seguían pidiendo un signo, quizá más espectacular y convincente, un signo al que nadie pudiera oponer argumentos.

Pero Jesús se niega a satisfacer estas exigencias «diabólicas» que, a sus ojos, no son sino tentaciones, la reproducción de las tentaciones del desierto: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan; tírate desde el alero del templo, demuestra que lo eres realmente ofreciendo una prueba irrefutable. La incredulidad es muy dura en sus reivindicaciones; siempre reclama signos, y signos más incuestionables. Ninguno de los signos que se le ofrecen es suficiente; siempre pide más. Es el orgullo del hombre que se resiste a doblegar su voluntad y su inteligencia a una autoridad superior. Pero la imagen reivindicante de un ser tan pequeño como el hombre exigiendo pruebas a su Creador puede resultar hasta ridícula. Y sin embargo, no es infrecuente encontrarnos a un hombre plantado ante Dios en actitud desafiante y exigente. Es como si la vasija se dirigiera al alfarero reclamando una mejor hechura: «¿Por qué me has hecho así?»

Decía que Jesús se negó a satisfacer estas exigencias: no se les dará –les dice- más signo que el signo de Jonás entre los habitantes de Nínive. ¿De qué fue signo Jonás para los habitantes de aquella gran ciudad? Simplemente de la presencia en medio de ellos de un enviado de Dios que les hablaba con su palabra de una manera convincente. Se trata sólo del poder de convicción de una palabra en boca de un profeta que predica desde su propia experiencia exhortando a la conversión. De Jonás no se dice que hiciera milagros; pero su predicación convenció y convirtió a los habitantes de Nínive, que se vistieron de saco y de sayal e hicieron penitencia. Jesús, aunque es más que Jonás, no pide otro crédito que el que tuvo Jonás entre los destinatarios de su misión. Jesús, de nuevo, encuentra más resistencia a su mensaje entre los judíos de su generación que entre los paganos de cualquier época, como aquellos ninivitas que se convirtieron con la predicación de Jonás. Es esta incredulidad culpable la que le lleva a calificar de perversa a su generación; puesto que se trata de una incredulidad que, en el día del juicio, merecerá condena hasta de los habitantes de Nínive que se alzarán y harán que los condenen.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Homilía – Domingo VII de Tiempo Ordinario

A FONDO PERDIDO

SIN ESPERAR NADA A CAMBIO

Jesús insiste, una vez más, en su «manía»: el amor. Todo se resuelve en el amor. Con su palabra nos ha recordado hoy las condiciones esenciales del amor: la gratuidady la generosidad. Sólo el amor nos hace semejantes a Dios (Gn 1,26) y nos convierte en hijos de quien se define esencialmente como Amor. Pero sólo el amor a fondo perdido y generoso es amor. Lo demás, por más que parezca amor y servicio, no pasa de ser un intercambio comercial. La gratuidad y generosidad encuentran su máxima expresión en el amor a los enemigos.

Continuamente estamos experimentando que vivimos en una sociedad donde es difícil aprender a amar gratuitamente. En casi todo nos preguntamos: ¿Para qué sirve? ¿Es útil? ¿Qué gano con esto? Todo lo calculamos y lo medimos. Nos hemos hecho a la idea de que todo se obtiene «pagando» y así corremos el riesgo de convertir nuestras relaciones en puro intercambio de servicios. Pero el amor, la amistad, la acogida, la solidaridad, la cercanía, la intimidad, la lucha por el débil, la esperanza, la alegría interior… no se obtienen con dinero. Son algo gratuito que se ofrece sin esperar nada a cambio.

Frente al amor adulterado que muchas veces percibimos en nuestro entorno, Jesús nos presenta como modelo de referencia el de nuestro Padre celestial: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo» (Le 6,35-36). Los discípulos de Jesús, por su parte, nos ofrecen como modelo de referencia el amor de Jesús, reflejo cabal del Padre. Él se desvivió por los miserables, por los que no tenían con qué pagar; y amó hasta dar la última gota de su sangre. Amó hondamente a sus enemigos y respondió a sus sarcasmos y carcajadas, mientras se retorcía de dolor en la cruz en la que le habían clavado, con aquella oración llena de ternura: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). ¡Qué forma tan humanísima de disculpar! Sólo amando así seremos hijos del Altísimo» (Lc 6,35-36) y discípulos de Jesús.

La universalidad del amor que Jesús vivió y que nos recomendó implica amar a los que provocan en nosotros rechazo, a los que no son de los «nuestros», a los que hacen todo lo posible para que les odiemos, a los que nos han propinado o propinan bofetones, nos han puesto o nos ponen la zancadilla, a los que han destrozado o destrozan nuestra vida con intrigas, calumnias, atentando contra nosotros y los nuestros, a los que nos han robado el puesto de trabajo, el marido o la mujer… Ya sé que todo esto se dice pronto, pero es durísimo. Esto sólo es posible con la fuerza del Espíritu.

Todo prójimo, aun el más degradado, tiene razones suficientes para ser amado. Razón suprema: le ama Dios, le ama Cristo. Y Dios y Cristo siempre tienen razón. Jesús ama con amor afectivo y efectivo (Mt 5,45), con el amor del Padre y con amor de Hermano.

En su grandeza infinita Dios encuentra a todo prójimo digno de ser amado. ¿Vamos a dejar de amarle nosotros en nuestra pequeñez de pecadores? ¿Quién soy yo para negar el amor a quien Dios se lo da? ¿No es para nosotros una dicha y un honor indecibles compartir los sentimientos de Dios hacia los demás? Cualquier persona, por el mero hecho de serlo, por ser hijo de Dios y hermano nuestro, tiene razones más que suficientes para ser amada.

Incluso, hay que evitar o curar los odios y rencores por simple conveniencia propia, por pura higiene psicológica. Los odios y rencores son úlceras que dañan, esclavizan y atormentan a los que los sufren. El que los consiente, amarga insensatamente la vida.

 

CAMINOS DE LIBERTAD Y DE FELICIDAD

Jesús, al proponernos estas consignas tan exigentes, ¿pretende ponernos pruebas de fidelidad para ver hasta dónde llega nuestra fortaleza, para curtirnos, para convertirnos en grandes alpinistas del espíritu? De ninguna manera. Lo que nos propone es un camino de libertad y de felicidad que él mismo anduvo resueltamente.

Jesús razona divinamente: «Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen» (Lc 6,32-34). Por tanto, no hay alternativa posible: o se ama a todos o no se ama a nadie. De otro modo, podrá parecer que se ama. Pero, en realidad, lo que se hace es amarse a sí mismo en los demás. Hacia quienes nos perjudican y nos odian lo que hay que tener es una gran comprensión, compasión y perdón. Con frecuencia son víctimas de sí mismos, cuando no son enfermos psíquicos, aunque parezcan muy cuerdos. El mártir Martín Luther King interpelaba a sus enemigos incendiarios: «Ya podéis meternos en las cárceles, que no lograréis que os odiemos; ya podéis secuestrar a nuestras mujeres e hijos, que no lograréis que os odiemos; ya podéis incendiar o destruir nuestros hogares con bombas, que no lograréis que os odiemos. Pero tampoco os hagáis ilusiones: nosotros seguiremos en la lucha por nuestros derechos de igualdad como hijos del mismo Padre». ¿Qué pueden significar nuestros «perdones» ante este «Perdón» con mayúscula de tanta saña sufrida por este mártir?

Otra de las expresiones de amor gratuito y generoso es no responder a la violencia con violencia, no pagar con la misma moneda: «Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra», afirma Jesús. La frase ha suscitado muchas veces risas y bromas. Se trata de una expresión oriental, un modo exagerado de hablar para expresar más gráficamente el mensaje. El mismo Jesús, cuando el esbirro, en el juicio del sanedrín, le propina un bofetón, no pone la otra mejilla sino que le interpela severamente: «Si he hablado mal, dime en qué, y si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23).

El amor a los enemigos e incordiantes no significa que hayamos de dejarnos pisar dando facilidades a los que pasan por la vida arrasando. Perdonar y amar no significa renunciar a que se haga justicia, incluso como freno y correctivo a quien conculca los derechos de los demás.

Jesús, con esta frase tan repetida, no nos invita a la pasividad ni a renunciar a nuestros derechos, sino a la no violencia activa, a no entrar en la espiral de la violencia. Esto viene urgido a veces por el simple sentido común. Ya sabemos lo que sucede cuando se responde al insulto con el insulto y a la agresión con la agresión. La violencia engendra violencia. Saber perder en la vida es mucha sabiduría y significa, a menudo, mucha ganancia. Lo difícil, también aquí, es saber cuándo es más oportuno ceder y perder de los derechos propios. El Señor nos lo revelará oportunamente, si discernimos y le invocamos preguntándole qué hemos de hacer. Lo cierto es que Jesús llama bienaventurados a los que luchan por la justicia (Mt 5,10).

 

DAR A FONDO PERDIDO

La tercera expresión de amor gratuito y generoso es dar a fondo perdido. Señala Jesús: «Si prestáis cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo». El razonamiento de Jesús es contundente. Prestar con intención de recuperar con intereses, eso no es ni amor ni servicio, sino comercio. Jesús invita a dar a fondo perdido: «Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y dichoso tú entonces porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos» (Lc 14,12-14).

No hemos de hacer el bien a cambio de recompensas: ni el pago en la misma moneda («favor con favor se paga»), ni en moneda de beneficios temporales, ni en gratificación afectiva ni en popularidad. De éste modo, corremos el riesgo de que se nos diga: «Recibisteis ya la paga» (Mt 6,1-6). ¡Qué paga tan menguada!

Resulta conmovedor y estimulante escuchar a personas que confiesan con toda naturalidad: «Me encanta ayudar a la gente»… Éstos experimentan la verdad de lo que dicen los psicólogos: «El amor es su propia recompensa». Tenemos una tendencia natural a extender la mano para recibir; sin embargo, lo que de verdad hace feliz es extenderla para dar. Quien da y se da gratuita y generosamente experimenta la verdad de aquella sentencia impagable del Señor, una sentencia que había de ser una consigna para toda nuestra vida: Hay más dicha en dar que en recibir (Hch 20,35).

Atilano Alaiz

Lc 6, 27-38 (Evangelio Domingo VII de Tiempo Ordinario)

Continuamos en el horizonte del “discurso de la llanura” que comenzamos a leer el pasado domingo.

Las “bienaventuranzas” (cf. Lc 6,20-26) proponen a los seguidores de Jesús una dinámica nueva, diferente de la dinámica del mundo; en la escena, Jesús exige a los suyos la transformación de los propios sentimientos y actitudes, de forma que el amor ocupe siempre el primer lugar.

La exigencia de amar y perdonar no es una novedad radical inventada por Jesús. El Antiguo Testamento ya conocía la exigencia de amar al prójimo (cf. Lv 19,18); no obstante, esa exigencia aparecía con limitaciones. Normalmente, el amor y el perdón al enemigo aparecían limitados a los adversarios israelitas (cf. 1 S 24; 26), a los compatriotas, aquellos a quienes el creyente vétero-testamentario estaba ligado por lazos étnicos, sociales, familiares, religiosos. En contrapartida, el odio al enemigo, a ese que no forma parte del mismo pueblo ni de la misma raza, parecía, para el Antiguo Testamento, algo natural (cf. Sal 35).

Jesús va mucho más allá de la doctrina presentada por el Antiguo Testamento. Para él, es preciso amar al prójimo; y el prójimo es, sin excepción, el otro, incluso el enemigo, el que nos odia, aquel que nos calumnia y maldice, aquel de quien la historia o los odios ancestrales nos separan (cf. Lc 10,25-37).

Los ejemplos concretos que Jesús ofrece en este sentido (cf. Lc 6,29-30) sugieren que no basta con evitar responder a las ofensas, es preciso ir más allá e inventar una dinámica de amor que desarme la violencia, la agresividad, el odio.

Él no nos pide, que tengamos una actitud cobarde, pasiva o colaboradora ante la injusticia y la opresión; lo que nos pide es que seamos capaces de gestos concretos que inviertan la espiral de violencia y de odio: se trata de no responder “con la misma moneda”; se trata de estar siempre dispuesto a acoger al otro, incluso al que nos hirió y ofendió; se trata de estar siempre con la mano tendida hacia el hermano, sin cortar nunca las vías de diálogo y de comprensión.

El amor es la única forma de desarmar al odio y a la violencia. Sólo así los creyentes imitarán la bondad, el amor y la ternura de Dios.

A la afirmación de Lc 6,31 se suele llamar la “regla de oro” de la caridad cristiana”: “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”. Indica que el amor no se limita a rechazar el mal, sino que implica un compromiso serio y objetivo para hacer el bien al prójimo.

Debemos, no obstante, rechazar cualquier comprensión “mercantilista” de esta regla: lo que se busca es el bien del otro y no la estricta reciprocidad. Los versículos siguientes (cf. Lc 6,32-35) acentúan esta perspectiva y garantizan que sólo quien hace el bien de forma gratuita, sin cálculos y sin esperar nada a cambio, puede ser “hijo de Dios”.

En la reflexión y aplicación a la vida, considerad las siguientes coordenadas:

En el mundo en el que vivimos, es un signo de debilidad y de cobardía no responder a una agresión o no pagar con la misma moneda a quien nos hace mal; y es un signo de valor y de fuerza pagar el mal con mal, si es posible, con un mal todavía mayor.

Demostramos, así, que defendemos nuestra honra y nuestro orgullo y conquistamos la admiración de los que nos rodean. Estos principios generan, inevitablemente, guerras entre los pueblos, separaciones y divisiones entre los miembros de una misma familia, enemistades y conflictos entre los compañeros de trabajo, relaciones difíciles y poco fraternas entre los miembros de la misma comunidad cristiana o religiosa.

¿Por qué no hemos descubierto, aún, que este camino es deshumanizador?
¿Es posible creer que ésta dinámica de confrontación nos hace más libres y más felices?

Nuestra fuerza y nuestra energía se manifiestan, precisamente, en la capacidad de dar la vuelta a esta lógica de violencia y de orgullo y de extender la mano a quien nos ha maltratado y ofendido.
El cristiano no puede recurrir a las armas, a la violencia, a la mentira, a la venganza para resolver cualquier situación de injusticia que le afecte. Esta es la lógica de los seguidores de Jesús, aquel que murió pidiendo al Padre perdón por los que le estaban matando.

La lógica de Jesús, la lógica de los seguidores de Jesús, es precisamente la única que es capaz de poner freno a la violencia y al odio. La violencia genera siempre más violencia; sólo el amor desarma la agresividad y transforma los corazones de los malos y de los violentos.

Esto no significa tener una actitud pasiva y de connivencia ante las injusticias y las arbitrariedades; significa estar siempre dispuesto a dar el primer paso para el reencuentro, para acoger al que falló; significa tener gestos de bondad y de comprensión, incluso para quien nos hace mal.

Tampoco significa, obligatoriamente, olvidar (felizmente, o infelizmente, tenemos memoria y no la podemos desligar cuando nos apetece), sino que significa no dejar que los fallos de los otros nos aparten irremediablemente, significa tener el corazón abierto a nuestro prójimo, incluso cuando es o fue un “enemigo”.

1Cor 15, 45-49 (2ª lectura Domingo VII de Tiempo Ordinario)

El texto que se nos propone como segunda lectura forma parte de un pasaje más amplio (cf. 1 Cor 15,35-53), donde Pablo reflexiona sobre el “modo” de la resurrección.

¿Cómo resucitan los muertos? Las creencias judías del tiempo concebían el mundo de los resucitados como una continuación del mundo presente; en el momento de la resurrección, decía la creencia judía, todos recuperarán el cuerpo que tenían en este mundo.

Evidentemente, tales representaciones no podían ser fácilmente aceptadas por los espiritualistas de Corinto (recordad que, para los griegos, el cuerpo era una realidad material, sensual, carnal, que no podían tener acceso a mundo ideal y espiritual).

¿Qué piensa Pablo de todo esto? Sabiendo que se mueve en un terreno misterioso, Pablo no esquiva la cuestión y presenta una serie de reflexiones que pueden ser clarificadoras para sus interlocutores corintios.

La afirmación básica de Pablo es que los muertos serán objeto de una profundísima transformación para llegar al estado de resucitados. No se puede hablar, sin más, de una simple continuidad entre el cuerpo terrestre y el cuerpo resucitado. Ambos son cuerpos, pero sus características son claramente distintas, opuestas incluso.

Para explicar esto, Pablo recurre a la figura de Adán.

De un lado, está el primer Adán, sacado del barro, hombre terreno y mortal, que es el modelo de nuestra humanidad en cuanto caminantes por este mundo.

De otro, está el segundo Adán (Cristo resucitado) que, por la acción del Espíritu, se convierte en “cuerpo espiritual”.

El modelo al que deben equipararse los creyentes es al del segundo Adán, Jesús resucitado: incorporados por el bautismo a Cristo, los creyentes se equipararán a Cristo resucitado y serán, como él, un “cuerpo espiritual”.

¿Cómo es ese “cuerpo espiritual”? Pablo no lo explica; pero, en la tradición bíblica, “espíritu” no es sinónimo de inmaterial, sino de fuerza, de vitalidad, de poder, de creatividad. Por tanto, hablar de nuestra resurrección es hablar de ese estado en el que seremos un “cuerpo espiritual”, la imagen de Cristo resucitado.

En ese “cuerpo espiritual” estará presente el hombre entero, dotado de nuevas cualidades, las cualidades del Hombre Nuevo.

Considerad, para la reflexión, las siguientes cuestiones:

La resurrección aparece, en esta perspectiva, como el pasaje hacia la nueva vida, donde continuaremos siendo nosotros mismos, pero sin las limitaciones que la materialidad de nuestro cuerpo nos impone. Será la vida en plenitud o, como dice Karl Rahner, “la transposición en un modo de plenitud de aquello que aquí vivimos en un modo de deficiencia”.

La muerte es el fin de la vida; pero un fin entendido como meta alcanzada, como plenitud obtenida, como nacimiento para un mundo infinito, como término final del proceso de hominización, como realización total de la utopía de la vida plena. Siendo así, ¿habría alguna razón para que temamos la muerte o para que veamos en ella el fin de todo, una especie de barrera que pone definitivamente fin a la comunión con aquellos que amamos?

Una vez más conviene recordar que hemos de ver la muerte y la resurrección en la perspectiva de la fe y liberarnos del miedo: miedo a obrar, miedo a actuar, miedo a denunciar a las fuerzas de la muerte que oprimen a los hombres y afean al mundo.

¿Qué tenemos perder, cuando nos espera la vida plena, el bucear en el horizonte infinito de Dios, donde ni el odio, ni la injusticia, ni la muerte pueden poner fin a esa vida total que Dios reserva a los que recorran, en este mundo, los caminos del amor y de la paz?

1Sam 26, 2.7-9.12-13.22-23 (1ª lectura Domingo VII de Tiempo Ordinario)

La primera lectura, extraída del primer libro de Samuel, forma parte de un conjunto de tradiciones que describen la historia de la ascensión de David al trono (1 S 16-2 S 6).

En este texto, se presenta un episodio emblemático que precede a la llegada de David al poder. Escogido por Dios, pero perseguido por el celoso rey Saúl, David tiene que huir para salvar su vida, mientras espera que se cumplan los designios de Dios.

Un día, David tiene la posibilidad de matar a Saúl y acabar con su persecución; pero rehúsa levantar su mano contra “el ungido del Señor”. Esta escena nos sitúa alrededor del año 1015 antes de Cristo.

El libro de Samuel no es, primordialmente, un libro de historia, sino un libro de teología; así, es imposible decir lo que es rigurosamente histórico en este conjunto de tradiciones y lo que es catequesis. Podemos decir, a propósito del episodio que la liturgia de hoy nos propone, que los autores deuteronomistas (responsables de la redacción y edición de la obra histórica que va de Josué a 2 Reyes) están, sobre todo, preocupados con una finalidad teológica: presentar a David como el rey ideal, enérgico pero de corazón magnánimo, el prototipo de hombre que no se aparta de los caminos de Dios, que por su bondad y misericordia atrae hacia sí y hacia su Pueblo las bendiciones de Yahvé.

El texto pone cara a cara dos formas de enfrentarse a aquello que nos agrede y nos violenta.

De un lado, está la actitud agresiva, que paga con la misma moneda, que responde a la violencia con una violencia igual o incluso mayor y que puede llegar a la eliminación física del agresor. Esta es la actitud de Abisaí.

De otro lado, está la actitud de quien rechaza entrar en una lógica de agresión y se propone perdonar, evitando que la espiral de violencia alcance niveles incontrolables. Esa es la actitud de David.

Es evidente que es la actitud de David la que los teólogos deuteronomistas sugieren a los creyentes. David es presentado como el prototipo de hombre bueno, que tiene la posibilidad de vengarse del agresor pero que no lo hace, pues sabe que la vida del otro es sagrada e inviolable.

¿No es asombroso que, cerca de mil años antes de Cristo, en una época de gran brutalidad, la catequesis que Israel enseña sea la de que el perdón es la única salida para la violencia? ¿No es asombrosa esta certeza de que la vida del otro, incluso la de nuestro agresor, pertenece a Dios y que sólo Dios tiene derecho sobre ella?

Tened en cuenta los siguientes aspectos:

La lógica de la violencia forma parte de la historia humana. En los últimos cien años hemos conocido dos guerras mundiales y un sin fin de conflictos fruto de esa lógica. Como resultado, han muerto muchos millones de seres humanos y el mundo ha conocido sufrimientos incontables. Después de eso, el miedo de un holocausto nuclear nos tiene en vilo y la violencia cotidiana alcanza, todos los días, a un número significativo de personas inocentes.

¿Adónde nos lleva esta lógica?
¿No ha demostrado ya sus limitaciones?
¿Todavía creemos que la violencia es el principio de un mundo mejor?

Es necesario también que apliquemos nuestra reflexión sobre la violencia en nuestra vida personal.
¿Cómo me sitúo frente a la lógica de la violencia y de la agresión?
¿Cuando alguien tiene puntos de vista diferentes a los míos, grito más fuerte para convencer, o utilizo la violencia física?

¿Agredo su honra y su dignidad, si no puedo vencerle con la fuerza de los argumentos?
¿Mi lógica es la del “ojo por ojo, diente por diente”, o es la lógica del perdón y del amor?

¿Cuál es mi actitud frente a ese valor supremo que es la vida humana?
¿Hay algo que justifique la muerte del enemigo, la silla eléctrica, la inyección letal, el tiro en la nuca, el garrote vil, la horca, el atentado terrorista?
¿A la luz de la Palabra de Dios que hoy se nos propone, se justifica la eliminación legal de personas (pena de muerte)?

Comentario al evangelio – 18 de febrero

La Palabra de Dios de hoy nos habla de pruebas y de signos.

Las pruebas son las circunstancias adversas que llegan a la vida de toda persona que se decida a seguir a Jesucristo. En ocasiones proceden del entorno, cuando consciente o inconscientemente, pone obstáculos al Evangelio. Otras veces vienen del propio corazón, cuando busca y desea otros dioses distintos al Dios verdadero. La Palabra nos anima a alegrarnos en las pruebas, pues “al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia”.

Y es verdad: nada hay peor que un niño protegido, que no ha tenido que afrontar ninguna dificultad en la vida. Cuando le llegue el primer contratiempo, que le llegará,  no sabrá cómo superarlo.

Algo así pasa con la fe: tener que ir superando pruebas, unas pequeñas y otras grandes, nos va haciendo firmes en la fe. No por nuestra fuerza, sino porque la prueba nos hace levantar la mirada ante Aquél que nos da la fortaleza, para arraigarnos más en Él, poniendo en sus manos nuestra vida. Que se lo digan a los mártires de todos los tiempos: en medio de la mayor prueba, de su debilidad Dios sacó la fortaleza.

Y sobre los signos, Jesús se molesta que los fariseos le pidan un signo para probarle. Al final, Él mismo es el Signo: una vida entregada como signo del amor sin límites de Dios por la humanidad.

Ante la prueba: mirar al Señor. Y cuando necesitemos algún signo, mirarle de nuevo. En su amor crucificado se encierra el secreto del aliento en toda lucha.

“Si hemos muerto con él, también viviremos con Él; (…)
si somos infieles, él permanece fiel,
pues no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2, 11.13)

Gracias, Señor, por tu fidelidad.

Luis Manuel Suárez CMF