1Sam 26, 2.7-9.12-13.22-23 (1ª lectura Domingo VII de Tiempo Ordinario)

La primera lectura, extraída del primer libro de Samuel, forma parte de un conjunto de tradiciones que describen la historia de la ascensión de David al trono (1 S 16-2 S 6).

En este texto, se presenta un episodio emblemático que precede a la llegada de David al poder. Escogido por Dios, pero perseguido por el celoso rey Saúl, David tiene que huir para salvar su vida, mientras espera que se cumplan los designios de Dios.

Un día, David tiene la posibilidad de matar a Saúl y acabar con su persecución; pero rehúsa levantar su mano contra “el ungido del Señor”. Esta escena nos sitúa alrededor del año 1015 antes de Cristo.

El libro de Samuel no es, primordialmente, un libro de historia, sino un libro de teología; así, es imposible decir lo que es rigurosamente histórico en este conjunto de tradiciones y lo que es catequesis. Podemos decir, a propósito del episodio que la liturgia de hoy nos propone, que los autores deuteronomistas (responsables de la redacción y edición de la obra histórica que va de Josué a 2 Reyes) están, sobre todo, preocupados con una finalidad teológica: presentar a David como el rey ideal, enérgico pero de corazón magnánimo, el prototipo de hombre que no se aparta de los caminos de Dios, que por su bondad y misericordia atrae hacia sí y hacia su Pueblo las bendiciones de Yahvé.

El texto pone cara a cara dos formas de enfrentarse a aquello que nos agrede y nos violenta.

De un lado, está la actitud agresiva, que paga con la misma moneda, que responde a la violencia con una violencia igual o incluso mayor y que puede llegar a la eliminación física del agresor. Esta es la actitud de Abisaí.

De otro lado, está la actitud de quien rechaza entrar en una lógica de agresión y se propone perdonar, evitando que la espiral de violencia alcance niveles incontrolables. Esa es la actitud de David.

Es evidente que es la actitud de David la que los teólogos deuteronomistas sugieren a los creyentes. David es presentado como el prototipo de hombre bueno, que tiene la posibilidad de vengarse del agresor pero que no lo hace, pues sabe que la vida del otro es sagrada e inviolable.

¿No es asombroso que, cerca de mil años antes de Cristo, en una época de gran brutalidad, la catequesis que Israel enseña sea la de que el perdón es la única salida para la violencia? ¿No es asombrosa esta certeza de que la vida del otro, incluso la de nuestro agresor, pertenece a Dios y que sólo Dios tiene derecho sobre ella?

Tened en cuenta los siguientes aspectos:

La lógica de la violencia forma parte de la historia humana. En los últimos cien años hemos conocido dos guerras mundiales y un sin fin de conflictos fruto de esa lógica. Como resultado, han muerto muchos millones de seres humanos y el mundo ha conocido sufrimientos incontables. Después de eso, el miedo de un holocausto nuclear nos tiene en vilo y la violencia cotidiana alcanza, todos los días, a un número significativo de personas inocentes.

¿Adónde nos lleva esta lógica?
¿No ha demostrado ya sus limitaciones?
¿Todavía creemos que la violencia es el principio de un mundo mejor?

Es necesario también que apliquemos nuestra reflexión sobre la violencia en nuestra vida personal.
¿Cómo me sitúo frente a la lógica de la violencia y de la agresión?
¿Cuando alguien tiene puntos de vista diferentes a los míos, grito más fuerte para convencer, o utilizo la violencia física?

¿Agredo su honra y su dignidad, si no puedo vencerle con la fuerza de los argumentos?
¿Mi lógica es la del “ojo por ojo, diente por diente”, o es la lógica del perdón y del amor?

¿Cuál es mi actitud frente a ese valor supremo que es la vida humana?
¿Hay algo que justifique la muerte del enemigo, la silla eléctrica, la inyección letal, el tiro en la nuca, el garrote vil, la horca, el atentado terrorista?
¿A la luz de la Palabra de Dios que hoy se nos propone, se justifica la eliminación legal de personas (pena de muerte)?