Dichosos vosotros… pero ¡ay de vosotros!

Maldito el que confía en el hombre

Jesús se decantó a favor de los pobres; pero en su entierro no había ni un solo de los que ayudó; por el contrario había algunos burgueses como Nicodemo, José de Arimatea… Marta, María y Lázaro vivían en Betania, una urbanización de ricos. Esto va por delante para que sepamos dar el valor debido a las bienaventuranzas y a las malaventuranzas. Ni el rico es malo por ser rico, ni el pobre es bueno por ser pobre. Habría que tener en cuenta lo que hemos leído en la primera lectura: «Maldito el que confía en el hombre, pone en él la confianza que debió poner en Dios». Y en esto caen pobres y ricos.

Quién es quién

¿Quiénes son los desdichados dichosos ante los ojos de Dios? Los que saben gozar de lo poco que tienen; los que soportan con paciencia el alzhéimer de la madre y el párkinson del abuelo; los que sufren la impertinencia de un jefe que no aguanta a las personas que no dicen que sí a todo lo que él dice; los que por defender una causa justa han sido atropellados por la justicia humana… Estos y los otros son hoy los bienaventurados.

Y ¿quiénes son los infelices felices de Jesús? Los que aparcan sus creencias religiosas o políticas apoyando al que más engorde sus cuentas, pasando por alto las consecuencias; los que llegan a la trampa por propio interés aunque hundan a los demás; los corruptos, esos alpinistas que suben pisando a los otros; los ejecutivos para los que todo es lícito, en defensa de sus intereses. Estos y los otros son hoy los malaventurados.

Dichosos los desdichados e infelices los felices

Seguro que si uno quiere buscar en el evangelio su tranquilidad, la encontrará: «Venid a mí todos los que estáis cansados». «No os agobiéis pensando qué vais a comer o cómo os vestiréis»… Pero, una lectura seria del evangelio nos lleva a lo contrario. Se nos llama a nadar contra corriente, a vivir en la contradicción: «Dichosos los pobres, dichosos cuando os odien, dichosos los que lloráis»… Es como decirnos: ¡Felices los infelices! Y «¡ay de los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo, ay de los saciados y de los que reís, porque tendréis hambre y lloraréis»… Que es lo mismo que decir: ¡Infelices los felices! Esta es la línea de todo el evangelio: Cristo viene a reinar, pero nace en un pesebre; dice que «los violentos arrebatarán el reino», pero se hace amigo de los leprosos y débiles. Afirma que «los limpios de corazón verán a Dios», pero se sienta a comer entre publicanos y pecadores…

El programa de Jesús: se gana, perdiendo; se vive, muriendo, y se conquista, perdonando. Por una elemental razón: Dios, «se hizo hombre, para que el hombre se haga Dios».