I Vísperas – Domingo VII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO VII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;
si con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;
en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;
en él nuestra gloria, en él la salvación. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagarél al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Hb 13, 20-21

Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que cumpláis su voluntad. Él realizará en nosotros lo que es de su agrado, por medio de Jesucristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A los que me escucháis os digo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A los que me escucháis os digo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian.»

PRECES
Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Muéstranos, Señor, tu amor.

  • Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
    — haz que no tornen a ti vacíos, sino que den fruto, con un corazón noble de nuestra parte.
  • Oh Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo
    — y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.
  • Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
    — y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.
  • A ti, que eres el médico de las almas y de los cuerpos,
    — te pedimos que alives a los enfermos y des la paz a los agonizantes, vistándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
    — cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina le enseñe a cumplir, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 23 de febrero

Lectio: Sábado, 23 Febrero, 2019
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Señor, tú que te complaces en habitar en los rectos y sencillos de corazón; concédenos vivir por tu gracia de tal manera, que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del santo Evangelio según Marcos 9,2-13
Les decía también: «Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios.» Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; -pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados-. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.» Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.
Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de entre los muertos.» Y le preguntaban: «¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?» Él les contestó: «Elías vendrá primero y restablecerá todo; mas, ¿cómo está escrito del Hijo del hombre que sufrirá mucho y que será despreciado? Pues bien, yo os digo: Elías ha venido ya y han hecho con él cuanto han querido, según estaba escrito de él.»
3) Reflexión
• El evangelio de hoy habla de dos asuntos enlazados entre sí: la Transfiguración de Jesús y la cuestión del retorno del profeta Elías. En aquel tiempo, la gente esperaba el retorno del profeta Elías. Hoy, mucha gente vive esperando el retorno de Jesús y escribe sobre los muros de la ciudad: ¡Jesús volverá! Ellos no se dan cuenta de que Jesús ya volvió y está presente en el corazón de nuestra vida. De vez en cuando, como en un relámpago que llega de improviso, esta presencia irrumpe y se ilumina, transfigurando nuestra vida.
• La Transfiguración de Jesús acontece después del primer anuncio de la Muerte de Jesús (Mc 8,27-30). Este anuncio había trastornado la cabeza de los discípulos, sobretodo la de Pedro (Mc 8,31-33). Ellos tenían los pies en medio de los pobres, pero la cabeza estaba perdida en la ideología de gobierno y de la religión de la época (Mc 8,15). La cruz era un impedimento para creer en Jesús. La transfiguración de Jesús ayudará a los discípulos a superar el trauma de la Cruz.
• En los años 70, cuando Marcos escribe, la Cruz continuaba siendo un gran impedimento para que los judíos aceptaran a Jesús como Mesías. “¡La cruz es un escándalo!”, así decían (1Cor 1,23). Uno de los mayores esfuerzos de los primeros cristianos consistía en ayudar a las personas a percibir que la cruz no era ni escándalo, ni locura, pero sí expresión del poder y de la sabiduría de Dios (1Cor 1,22-31). Marcos da su aporte a este esfuerzo. El usa textos y figuras del Antiguo Testamento para describir la Transfiguración. Así muestra que Jesús vino a cumplir las profecías y que la Cruz era el camino para la Gloria.
• Marcos 9,2-4: Jesús muda de aspecto. Jesús sube a una montaña alta. Lucas añade que subió allí para rezar (Lc 9,28). Allí encima, Jesús aparece en la gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Junto con él aparecen Moisés y Elías. La montaña alta evoca el Monte Sinaí, donde, en el pasado, Dios había manifestado su voluntad a la gente, entregando la ley. Los vestidos blancos recuerdan a Moisés resplandeciente cuando conversaba con Dios en la montaña y de él recibió la ley (cf. Ex 34,29-35). Elías y Moisés, las dos mayores autoridades del Antiguo Testamento, conversan con Jesús. Moisés representa la Ley, Elías la profecía. Lucas informa de la conversación sobre “el éxodo de Jesús”, esto es la Muerte de Jesús en Jerusalén (Lc 9,31). Así queda claro que el Antiguo Testamento, tanto la Ley como la profecía, ya enseñaba que para el Mesías Siervo el camino de la gloria tenía que pasar por la cruz.
• Marcos 9,5-6: A Pedro le gustó, pero no entendió. A Pedro le gustó y quiso asegurarse un momento agradable en la Montaña. Se ofreció para construir tres tiendas. Marcos dice que Pedro tenía miedo, sin saber lo que estaba diciendo y Lucas añade que los discípulos tenían sueño (Lc 9,32). Son como nosotros: tienen dificultad en entender la Cruz.
• Marcos 9,7-9: La voz del cielo aclara los hechos. En cuanto Jesús está envuelto en la gloria, una voz del cielo dice: “¡Este es mi Hijo amado!” ¡Escuchadlo!”. La expresión “Hijo amado” recuerda la figura del Mesías Siervo, anunciado por el profeta Isaías (cf. Is 42,1). La expresión “¡Escuchadlo!” recuerda la profecía que prometía la llegada de un nuevo Moisés (cf. Dt 18,15). En Jesús, las profecías del Antiguo Testamento se estaban realizando. Los discípulos no podían dudar. Jesús es realmente el Mesías glorioso que ellos deseaban, pero el camino hacia la gloria pasa por la cruz, según había anunciado en la profecía del Siervo (Is 53,3-9). La gloria de la Transfiguración lo comprueba. Moisés y Elías lo confirman. El Padre es el garante. Jesús lo acepta. Al final, Marcos dice que después de la visión, los discípulos ven sólo a Jesús y a nadie más. De ahora en adelante, Jesús es la única revelación de Dios para nosotros. Jesús y sólo él es la llave para que la gente entienda todo el Antiguo Testamento.
• Marcos 9, 9-10: Saber guardar el silencio. Jesús pidió a los discípulos que no dijesen nada a nadie hasta que él resucitara de los muertos, pero los discípulos no lo entendieron. De hecho, no entiende el significado de la Cruz, no entienden el enlace del sufrimiento con la resurrección. La Cruz de Jesús es la prueba de que la vida es más fuerte que la muerte.
• Marcos 9,11-13: El retorno del profeta Elías. El profeta Malaquías había anunciado que Elías tenía que volver para preparar el camino del Mesías (Ml 3,23-24). El mismo anuncio está en el libro del Eclesiástico (Sir 48,10). Entonces, ¿cómo Jesús podía ser el Mesías si Elías no había vuelto? Por esto, los discípulos preguntan: “¿Por qué los escribas dicen que Elías tiene que venir primero?” (9,11). La respuesta de Jesús es clara: “Elías ya vino e hicieron con él lo que quisieron, según lo que está escrito” (9, 13). Jesús estaba hablando de Juan Bautista que fue asesinado por Herodes (Mt 17,13).
4) Para la reflexión personal
• Tu fe en Jesús ¿te dio algún momento de transfiguración y de intensa alegría? Estos momentos de alegría ¿cómo te dan fuerza en las dificultades?
• Hoy, ¿cómo transfigurar, tanto la vida personal y familiar como la vida comunitaria?
5) Oración final
Feliz el hombre que se apiada y presta,
y arregla rectamente sus asuntos.
Nunca verá su existencia amenazada,
el justo dejará un recuerdo estable. (Sal 112,5-6)

Domingo VII de Tiempo Ordinario

Cuando nacemos portamos, recibidos por herencia genética, una serie de instintos que se fueron fraguando y cristalizando en nuestros antepasados a lo largo de millones de años.

Como consecuencia del mismo proceso evolutivo se produjo en el hombre un mayor desarrollo del cerebro que le permitió, y lo sigue haciendo, un bastante control del mundo instintivo.

Sin embargo, según muestra la sangrienta historia de la humanidad, no lo suficiente como para que el animal humano tenga un perfecto discernimiento de los caminos correctos a transitar hacia un adecuado desarrollo de la personalidad, y en consecuencia, de una sociedad perfectamente estructurada.

Por eso fue necesaria la presencia de Jesús entre nosotros. Es lo que, a su modo, nos quería decir San Pablo en la segunda lectura (1ª Cor. 15, 45-49) Desconocedor, como era lógico en aquellos tiempos, de la doctrina de la evolución, -siguiendo el relato antropomórfico del Génesis- dice: El primer hombre, sacado de la tierra, es terrestre; el segundo, por el contrario, del cielo.

Como recordábamos en el tiempo de adviento fue Jesús – el cielo- quien con sus enseñanzas vino a darnos un fuerte empujón en la buena dirección para conseguir ambas metas: el cabal desarrollo del hombre y de la sociedad.

Un empujón dirigido fundamentalmente a alcanzar un dominio sobre el mundo instintivo que nos capacite para gozar de aquella libertad interior que nos permita elegir de verdad. El domingo pasado el “empujón” iba dirigido a conseguir un dominio de nosotros mismos que nos liberara de la esclavitud del dinero, convirtiéndolo en nuestro servidor en lugar de nuestro “amo”. Hoy Jesús nos insta a que dominemos el falso amor propio que nos convierte en “victimas doloridas” por cualquier afrenta que padezcamos y en vengadores sin piedad de todos aquellos que consideremos que nos han lastimado.

Para corregir esta desmesurada reacción, -consecuencia de un falso amor propio desorbitado- nos mostró un código de circulación por la vida, con un articulado completamente nuevo, tan nuevo como desconcertante. (3ª Lectura, Lc. 6, 27-38)

“Amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian. Al que te abofetea en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quita el manto, dale también la túnica”. Sencillamente de locura. ¿A quién se le puede ocurrir semejante cosa? ¿Hacer el bien al que te hace mal? ¡Dónde se ha visto eso!

Pero no acaban ahí las locuras: “Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?”
Con los ojos de la cara, y, sobre todo en el mundo en el que vivimos, parecen signos de locura, pero no lo son. NO. Estas actitudes no son fruto de ninguna locura. Son la exhortación de Jesús, perfecto hombre y buen conocedor de los hombres, para que no pongamos límite en nuestros anhelos de ser personas maduras, dueñas de sí mismas, baluartes de confianza para los demás, acercándonos a la perfección del mismo Padre Celestial. Son un proyecto en el que al hombre y la mujer se les anima a dar lo mejor y más sublime de sí mismos hasta actuar
como hijos del altísimo que es bueno con los desagradecidos y con los malvados.

Esta nueva forma de ver y valorar la vida y sus metas es a lo que hace referencia el prefacio en el que reconoceremos que Jesús es el autor de la nueva creación. De una creación en la que los criterios de comportamiento no son solo frutos de la mente humana sino enseñanzas del mismo Dios no solo para que no erremos nuestro caminar por la tierra sino para que lo hagamos de la manera más digna y honrosa.

Jesús nos anima a ello, como suele ser frecuente en Él, con una doble consideración: una a modo de “advertencia”: con la medida que midáis seis medido, y otra en forma exhortativo-positiva: la promesa de que “Vuestra recompensa será grande”

Recompensa grande, no solo cara al Cielo sino también grande en cuanto a la tierra porque creará unos ciudadanos capaces de prestar sin esperar nada, convivir sin exigir venganza, ver sin juzgar exigente, comprender sin condenar, animar sin humillar. En una palabra unos ciudadanos del mundo viviendo en él a la manera de Dios.

Una vez más tenemos que librarnos de la tentación de creer que todo esto son fabulaciones románticas propias de un libro de poemas sublimes. NO. Son el meollo de una revelación de Dios que nos invita a alzarnos sobre el barro del suelo para volar alto, tan alto que nos permita hacerlo acercándonos a Dios. Nos lo dijo Jesús: tan perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.

San Juan de la Cruz vivió ese vuelo y a él nos invita a todos.

“Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance”.

El místico del siglo XVI no hizo más que reconocer, en una exposición llena de belleza, que la exhortación de Jesús es posible si se ama a Dios.

Por eso dice en otro momento:

mas el amor fue tan alto,
que le di a la caza alcance.

Escuchemos a Jesús y que el plomo de nuestros instintos no nos impida volar tan alto como nos propone Jesús. En todo caso, como Ana, la protagonista de la primera lectura (1º Sam. 26, 2, 7-9, 12-13, 22-23) siempre podremos contar con la ayuda de Dios, si sabemos pedírsela. AMÉN.

Pedro Sáez

Comentario del 23 de febrero

El evangelio de Marcos nos ofrece hoy el relato de la transfiguración del Señor. Jesús –cuenta el evangelista- se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. He aquí el escenario del «hecho» que tiene por testigos presenciales a sólo tres de sus discípulos, aquellos que Jesús eligió para la ocasión. Lo que esos testigos vieron no es del todo definible, ni expresable, pero lo presentan como una transfiguración (cambio de figura) sensible y esplendorosa (sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador).

El fenómeno deslumbrante va acompañado de la aparición de personajes de la Antigua Alianza como Elías y Moisés, que conversan con Jesús, y de una profunda sensación de bienestar que se apodera de los testigos: Maestro –le dijo Pedro a Jesús-, ¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres chozas… la nube que les cubre les hace sentirse en presencia de la divinidad, y una voz que sale de la nube declara la identidad del Transfigurado y les invita a la escucha: Éste es mi Hijo amado; escuchadlo. De pronto, el escenario celeste se esfumó y volvieron de nuevo a la realidad terrestre y pedestre. Aunque la descripción del hecho está cargada de elementos simbólicos, no deja de aludirse a un hecho testificable. Y para ello contó con testigos que podían contar o narrar lo que habían visto. Precisamente porque pueden contarlo, Jesús les manda que no lo cuenten hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. Antes sería inoportuno.

Lo cierto es que aquel suceso dejó una profunda huella en los testigos. Pedro, en una de sus cartas, dirá en un lenguaje más sobrio que el empleado por el evangelio que allí pudieron ver la grandeza del que se había hecho como un hombre cualquiera y pudieron oír la voz del Padre que le proclamaba su Hijo amado, aquel en el que había puesto toda su complacencia. Era la voz que confirmaba las voces de los profetas que conversaban con Jesús y que habían quedado plasmadas en las Escrituras Sagradas.

La transfiguración de Jesús se presenta ante todo como una teofanía, esto es, una manifestación de Dios Padre que da honra y gloria a ese hombre que merece y recibe el nombre de Hijo amado, su Hijo, porque lo es. Y por tratarse del Unigénito debe ser escuchado cuando nos trae noticias de parte de Dios, su Padre. No hay persona más autorizada en este mundo para hablarnos de él.

Para aquellos testigos cualificados, la transfiguración fue un momento realmente luminoso, un momento en el que pudieron asomarse al misterio de esa humanidad en la que habitaba la divinidad y se dejaba ver fugazmente en esa figura resplandeciente que tenían ante sí. La transfiguración no era todavía la resurrección, pero sí un anticipo y una prefiguración de la misma. En ella, los testigos cualificados podían ver un anticipo del cuerpo glorioso de su Maestro. A ella podrán acudir también para reforzar su fe en la resurrección. Mientras tanto, lo que se manda es escuchar al que, por ser Hijo, tiene toda la autoridad para hablarnos del Padre y de sus planes para con nosotros: escuchar con ánimo de entender, pero sobre todo con la disposición de obedecer; escuchar para cumplir; escuchar para vivir en conformidad con lo mandado, o lo prohibido, o lo aconsejado, o lo recomendado; escuchar con ánimo de hijos que desean complacer a su Padre con sus palabras y con sus obras, con su entera vida.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

La nueva ley del amor

1. Todos llevamos dentro un germen de enemistad que, en determinadas ocasiones, se convierte en esa impresionante y enigmática realidad que es el odio. El odio a los enemigos es como un mal que envenena, un impulso de persecución, una inmadurez peligrosa; nunca produce satisfacción, sino angustia, dado su carácter destructivo. Pero el odio a los enemigos ha sido, por desgracia, moneda corriente. De ahí que en muchos códigos morales se dé la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente.

2. Lucas señala dos gestos de radicalidad generosa: poner la otra mejilla a quien te golpea y dar la túnica a quien abusa de ti. De este modo quiere recalcar actitudes básicas: no sólo hay que rechazar el odio y la venganza, sino que hay que devolver bien por mal. La conducta del discípulo de Jesús se basa en el amor, en el perdón, en la defensa de la vida, sin caer en la pasividad, en la resignación o en el conformismo.

3. Para educar a sus discípulos, Jesús se dirige al corazón, a la persona, desde la instancia del amor. Pero cuando hay odio, porque falla el amor, el falla no es del Evangelio, sino de las actitudes egoístas humanas, ya que en este caso no prevalece el bien común ni el desarrollo de la persona.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Por qué nos dejamos llevar por el odio o el desprecio?

¿Cómo podemos educarnos en actitudes cristianas o de generosidad?

Casiano Floristán

Ser amigo del enemigo

La radicalidad del amor exigido por el evangelio surge del amor de Dios.


Como Dios Padre

Este texto de Lucas pertenece también al sermón de la llanura. Las bienaventuranzas lucanas nos revelan el amor gratuito de Dios que se dirige a los últimos de la historia. Ese amor de Dios es la raíz de la exigencia ética que nos presenta el pasaje de este domingo. Jesús le habla a la multitud que tiene ante él (cf. 6, 17.27), los llama a amar desinteresadamente como el Padre.

Empieza por lo que parece más difícil, amar a aquellos que, por responsabilidad nuestra o no, son hoy adversarios nuestros (cf. v. 27.35). Este no debe convertirse primero en amigo para ser amado después. El proceso es al revés. Tener en la vida personas que están en desacuerdo con nosotros puede ser desagradable, pero es inevitable.

El evangelio nos demanda algo mucho más difícil que no tener enemigos (para lo cual en un continente como el nuestro bastaría, por ejemplo, con callar ante las injusticias y las violaciones a los derechos humanos); nos pide amarlos. Hacer de quien se considera un enemigo un amigo pese a las discrepancias. Decir bien (bendecir), rogar por ellos son, formas concretas de amarlos (cf. v. 28). Eso no significa ocultar una realidad, implica sí no ahogarse en ella.

Como David

Ese amor exigente debe traducirse en gestos: no responder intempestivamente a una ofensa, dar de lo nuestro (cf. v. 29); incluso de aquello que nos es necesario (cf. v. 30). La regla de oro está en el comportamiento de Dios Padre: se trata de ser misericordioso como él (cf. v. 36). Su amor no se dirige sólo a los que le corresponden, su universalidad no supera únicamente fronteras nacionales o raciales, salta también los obstáculos de nuestra ingratitud y de nuestro pecado (cf. v. 35). El perdón no es la actitud del débil o del escéptico, es el gesto de quien confía, de quien piensa que toda persona puede cambiar.

Perdonar es dar vida. Lo ilustra bien el emotivo relato que nos trae Samuel. David, perseguido feroz e injustamente por Saúl, encuentra inerme a su adversario y le perdona la vida (cf. 1 Sam 26). Eso significaba poner en riesgo la suya, porque Saúl lo buscaba para acabar con él. Con ello David demuestra su fuerza moral; tal vez, frágil de cuerpo, por su juventud, tiene el alma acerada del «hombre celestial» (cf. 1 Cor 15) de aquel que tiene como modelo de su comportamiento al Dios de los cielos. Sólo los fuertes de espíritu (cf. v. 45), los que están convencidos —sin dogmatismos de sus opiniones-, son capaces de dar vida amando al enemigo y perdonando, haciéndose amigo de él.

Gustavo Gutiérrez

Querer sin esperar

No es para todos. Es para los que quieren escuchar: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian”, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra (…) Haced el bien y prestad sin esperar nada. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”.

Palabras de una profundidad asombrosa. Ciertamente en torno al sentimiento del perdón o no perdón se han vivido y se están tejiendo las experiencias más hondas, más intensas, más insondables, más complejas. Este capítulo del perdón es quizá el más exigente de los consejos – mandatos del mensaje de Jesús. No creo que haya ninguna religión, ni moral que ponga el listón tan alto. Por esto no es extraño que Jesús advirtiera a modo de aviso: “A vosotros los que me escucháis os digo”.

¿Qué significa perdonar?. Dejar pasar; no tener en cuenta la falta; dejar de exigir que se pague una deuda; no insistir en pedir una compensación por el daño recibido. La base del perdón es el amor sincero. Pero ¡Ojo!. Perdonar no significa aprobar la ofensa (aquí no ha pasado nada) … No significa eludir los problemas ni las responsabilidades.

El ambiente de la calle no comparte este punto de vista. Los observaremos en los próximos meses en torno a las inminentes elecciones políticas. Los oyentes se inclinan por los mítines cañeros. También se dan ciudadanos que comparten la letrilla popular que dice: “Querer a quien no te quiere a eso lo llamo yo querer. Porque querer a quien te quiere se llama corresponder. Y eso lo hace cualquiera”.

De todos o casi todos es conocido el principio: “Trata a los demás como quieres que te traten a ti“. De cualquier forma me pregunto porque cuesta tanto perdonar. Incluso pedir disculpas. Ya que el perdonar conlleva muchos beneficios hasta desde el punto de vista material. Tal vez nos resulta tan cuesta arriba por que exige un equilibrio personal acentuado. No excesivamente duro, ni tampoco acaramelado. En pocas palabras ser capaces de reconocer errores, de ser comprensivos, de ser razonables. Si a esto añadimos amor a Dios Padre, tal como nos lo presenta la parábola del Hijo Pródigo y a Jesús en la escena- dialogo con la mujer adúltera, tenemos todos los datos a favor. Esa dificultad para practicar, para vivir el perdón viene expresada por el dicho: «El evangelio es una cosa y la vida otra”. Es decir una cosa es hablar y otra actuar, cumplir. Más cuesta –arriba- lo segundo que lo primero.

Sobre este punto Ghandi oraba así: “Enséñame, Señor, que perdonar es un signo de grandeza que la venganza es una señal de bajeza. Si yo ofendiere a la gente, dame valor para disculparme y si la gente me ofendiere dame valor para perdonar”.
 

Josetxu Canibe

Nada hay más importante

Para muchas personas, el perdón es una palabra sin apenas contenido real. La consideran un valor con el que se identifican interiormente, pero nunca han pedido perdón ni lo han concedido. No han tenido ocasión de experimentar personalmente la dificultad que encierra ni tampoco la riqueza que entraña el acto de perdonar.

Sin embargo, el clima social que se ha generado entre nosotros, con enfrentamientos callejeros, insultos, amenazas y agresiones, al mismo tiempo que abre heridas y despierta sentimientos de odio y rechazo mutuo, está exigiendo, a mi juicio, un planteamiento realista del perdón.

Las posturas ante el perdón son diferentes. Muchos lo rechazan como algo inoportuno e inútil. En algunos sectores se escucha que hay que «endurecer» la dinámica de la lucha, «hacer sufrir» a todos, «presionar» con violencia a la sociedad entera; desde esta perspectiva, el perdón sólo sirve para «debilitar» o «frenar» la lucha; hay que llamar al pueblo a todo menos al perdón. En otros sectores, se dice que es necesario «mano dura», «cortar por lo sano», «devolver con la misma moneda»; el perdón sería, entonces, un «estorbo» para actuar con eficacia.

Otros lo consideran, más bien, como una actitud sublime y hasta heroica, que está bien reconocer, pero que en estos momentos es mejor dejar a un lado como algo imposible. Ya hablaremos de perdón, amnistía y reconciliación cuando se den las condiciones adecuadas. Por ahora es más realista y práctico alimentar la agresividad y el odio mutuo.

Hay, además, quienes se erigen en jueces supremos que dictaminan lo que se podría tal vez perdonar y lo que resulta «imperdonable». Ellos son los que deciden cuándo, cómo y en qué circunstancias se puede conceder el perdón. Por otra parte, si se perdona, será para recordar siempre al otro que ha sido perdonado; el perdón se convierte así en lo que el filósofo francés, Olivier Abel, llama «eternización del resentimiento».

Sé que no es fácil hablar del perdón en una situación como la nuestra. ¿Cómo perdonar a quien no se considera culpable ni se arrepiente de nada?, ¿a quién perdonar cuando uno se siente herido por un colectivo?, ¿qué significa perdonar cuando, al mismo tiempo, es necesario exigir en justicia la sanción que restaure el orden social? Cuestiones graves todas ellas, que muestran el carácter complejo del perdón cuando se plantea con rigor y realismo.

Sin embargo, hay algo que para mí está claro. Nada hay más importante que ser humano. Y estoy convencido de que el hombre es más humano cuando perdona que cuando odia. Es más sano y noble cuando cultiva el respeto a la dignidad del otro que cuando alimenta en su corazón el rencor y el ánimo de venganza.

Entre nosotros se está olvidando que lo primero es ser humanos. Inmenso error. Un pueblo camina hacia su decadencia cuando las ideologías y los objetivos políticos son usados contra el hombre. Mientras tanto, el mensaje de Jesús sigue siendo un reto: «Haced el bien a los que os odian.»

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 23 de febrero

En el camino de la vida, hay momentos de oscuridad y tiempos de luz.

En el camino del seguimiento de Jesús, hay momentos de confusión y tiempos de ser reconfortado.

Hoy la Palabra nos habla de un momento de luz de los discípulos. A partir de su camino con el Maestro, desde la luz de la Pascua, los más cercanos descubren su verdadera identidad: Jesús es el Profeta que, siguiendo la tradición de Moisés y Elías, viene a traer la Palabra definitiva del Padre. Jesús es el Hijo amado de Dios, en quien el Padre nos la ha dado todo. Él es el Camino que nos lleva a Dios, la Verdad más auténtica sobre la existencia y el mundo, la Vida que nos abre horizontes insospechados, que se prolongan incluso más allá de la muerte. El Agua que sacia toda sed. La Luz que ilumina toda oscuridad. El Pan que alimenta en todo cansancio. La Palabra que da sentido… incluso a la cruz.

Al contemplarle, todo cobra un nuevo sentido. A veces, nos gustaría quedarnos ahí, haciendo tres tiendas… Aunque, como a Pedro, también a nosotros nos invita a bajar de la montaña, al valle donde está la vida de cada día, para vivir desde esa luz y con ese horizonte que hemos recibido de su Persona.

En medio de tus luces y tus sombras, en la mitad del camino de tu vida, también Jesús quiere mostrar su ser Hijo y Hermano para, mostrándote la meta, hacer más fácil el recorrido. Que tú también puedas experimentar, como aquellos primeros discípulos, la fuerza que da saberse amado y enviado.

Luis Manuel Suárez CMF