Vísperas – Lunes VII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES VII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Muchas veces, Señor, Señor, a la hora décima
-sobremesa en sosiego-,
recuerdo que, a esa hora, a Juan y a Andrés
les salista al encuentro.
Ansiosos caminaron tras de ti…
«¿Qué buscáis…?» Les miraste. Hubo silencio.

El cielo de las cuatro de la tarde
halló en las aguas del Jordán su espejo,
y el río se hizo más azul de pronto,
¡el río se hizo cielo!
«Rabbí -hablaron los dos-, ¿en dónde moras?»
«Venid, y lo veréis». Fueron, y vieron…

«Señor, ¿en dónde vives?
«Ven, y verás. Y yo te sigo y siento
que estás… ¡en todas partes!,
¡Y que es tan fácil ser tu compañero!

Al sol de la hora décima, lo mismo,
que a Juan y a Andrés
-es Juan quien da fe de ello-,
lo mismo, cada vez que yo te busque,
Señor, ¡sal a mi encuentro!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Amén.

SALMO 122: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

Ant. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

SALMO 123: NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrolado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: St 4, 11-12

Dejad de denigraros unos  a otros, hermanos. Quien denigra a su hermano o juzga a un hermano, denigra a la ley y juzga a la ley; y, si juzgas a la ley, ya no la estás cumpliendo, eres su juez. Uno solo es legislador y juez: el que puede salvar y destruir. ¿Quién eres tú para juzgar al prójimo?

RESPONSORIO BREVE

R/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Porque he pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Ya que Cristo quiere que todos los hombres se salven, pidamos confiadamente por toda la humanidad, diciendo:

Atrae a todos hacia ti, Señor.

  • Te bendecimos, Señor, a ti que, por tu sangre preciosa, nos has redimido de la esclavitud;
    — haz que participemos en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
  • Ayuda con tu gracia a nuestro obispo y a todos los obispo de la Iglesia,
    — para que, con gozo y fervor, administren tus misterios.
  • Que todos los que consagran su vida a la investigación de la verdad la hallen
    — y, hallándola, se esfuercen en buscarla con mayor plenitud.
  • Atiende, Señor, a los huérfanos, a las viudas, a los que viven abandonados,
    — para que te sientan cercano y se entreguen más a ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Acoge a nuestros hermanos difuntos en la ciudad santa de la Jerusalén celestial,
    — donde tú, junto con el Padre y el Espíritu Santo, lo serás todo para todos.

Adoctrinados por el mismo Señor, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, tú que con razón eres llamado luz indeficiente, ilumina nuestro espíritu, en esta hora vespertina, y dígnate perdonar benignamente nuestras faltas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

  1. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
    R.Amén.

Lectio Divina – 25 de febrero

Tiempo Ordinario 

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno: concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina le enseñe a cumplir de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Marcos 9,14-29
Al llegar junto a los discípulos, vio a mucha gente que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos.Toda la gente, al verle, quedó sorprendida y corrieron a saludarle. Él les preguntó: «¿De qué discutís con ellos?» Uno de entre la gente le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y le deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.» Él les responde: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!» Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?» Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.» Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!» Al instante gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!» Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él.» Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?» Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy informa que los discípulos de Jesús no fueron capaces de expulsar al demonio del cuerpo del niño. El poder del mal fue mayor que su capacidad. Hoy también, hay muchos males que son mayores que nuestra capacidad de enfrentarlos: violencia, drogas, guerra, dolores, falta de empleo, terrorismo, etc. Hacemos un gran esfuerzo, pero parece que en vez de mejorar el mundo queda peor aún. ¿De qué sirve luchar? Con esta pregunta en la cabeza vamos a leer y a meditar el evangelio de hoy.
• Marcos 9,14-22: La situación de la gente: desesperación sin solución. Al bajar del monte de la Transfiguración, Jesús encuentra mucha gente alrededor de los discípulos. Un padre estaba desesperado, pues un espíritu mudo se había apoderado de su hijo. Con muchos detalles, Marcos describe la situación del muchacho poseído, la angustia del padre, la incapacidad de los discípulos y la reacción de Jesús. Lo que más llama la atención son dos cosas: por un lado, la confusión y la impotencia de la gente y de los discípulos ante el fenómeno de la posesión y, por otro, el poder de Jesús y el poder de la fe en Jesús ante la cual el demonio pierde toda su influencia. El padre había pedido a los discípulos que expulsaran el demonio del muchacho, pero ellos no fueron capaces. Jesús se impacientó y dijo: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!». Jesús pregunta respecto de la dolencia del muchacho. Por la respuesta del padre, Jesús se entera de que el muchacho, “desde pequeño”, tenía una enfermedad grave que lo ponía en peligro de vida. El padre pide: “Si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros!” La frase del padre expresa la situación bien real de la gente: (a) tiene fe, (b) está sin condicione para resolver los problemas, pero (c) tiene mucha buena voluntad para acertar.
• Marcos 9,23-27: La respuesta de Jesús: el camino de la fe. El padre había dicho: “¡Si algo puedes,….!” A Jesús no le gustó esta afirmación: “Si el señor pudiera…”. Esta condición no podía ponerse, pues “¡todo es posible a aquel que tiene fe”. El padre responde: Yo creo, ¡Señor, ayuda mi poca fe! La respuesta del padre ocupa un lugar central en este episodio. Muestra cómo ha de ser la actitud del discípulo que, a pesar de sus límites y dudas, quiere ser fiel. Viendo que venía mucha gente, Jesús actuó rápidamente. Ordenó al espíritu que saliera del muchacho y no volviera “¡nunca más!” Señal del poder de Jesús sobre el mal. Señal también de que Jesús no quería propaganda populista.
• Marcos 9,28-29. Profundización con los discípulos. En casa, los discípulos quieren saber por qué no fueron capaces de expulsar al demonio. Jesús responde: Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración. Fe y oración andan juntas. Una sin la otra no existen. Los discípulos habían empeorado. Antes ellos habían sido capaces de expulsar demonios (cf. Mc 6,7.13). Ahora, no lo consiguen más. ¿Qué les falta? ¿Fe u oración? ¿Por qué faltaba? Son preguntas que se salen del texto y entran en nuestra cabeza para que también nosotros hagamos una revisión de nuestra vida.
• La expulsión de los demonios en el evangelio de Marcos. En el tiempo de Jesús, mucha gente hablaba de Satanás y de expulsión de demonios. Había mucho miedo, y había personas que explotaban el miedo de la gente. El poder del mal tiene muchos nombres. Demonio, Diablo, Belcebú, Príncipe de los demonios, Satanás, Dragón, Dominaciones, Poderes, Potestades, Soberanías, Bestia-fiera, Lucifer, etc. (cf. Mc 3,22.23; Mt 4,1; Ap 12,9; Rom 8,38; Ef 1,21). Hoy, entre nosotros, el poder del mal tiene también muchos nombres. Basta consultar el diccionario y la palabra Diablo o Demonio. También hoy, mucha gente deshonesta se enriquece, explorando el miedo que otros tienen del demonio. Ahora bien, uno de los objetivos de la Buena Nueva de Jesús es, precisamente, ayudar a la gente a liberarse de este miedo. La llegada del Reino de Dios significa la llegada de un poder más fuerte. El hombre fuerte era una imagen para designar el poder del mal que mantenía al pueblo dentro de la cárcel del miedo (Mc 3,27). El poder del mal oprime a las personas y las aliena de sí. Hace que vivan en el miedo y en la muerte (cf. Mc 5,2). Es un poder tan fuerte que nadie consigue agarrarlo (cf. Mc 5,4). El imperio romano, con sus “Legiones” (cf. Mc 5,9), esto es, con sus ejércitos, era un instrumento usado para mantener esta situación de opresión. Pero Jesús es un hombre más fuerte que vence, agarra y expulsa ¡el poder del mal! En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo hace una enumeración de todos los posibles poderes o demonios que podría amenazarnos, y resume todo de la siguiente manera: “Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni el presente, ni el futuro, ni los poderes, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna criatura alguna nos separarán del amor de Dios que se ha manifestado ¡en Cristo Jesús, nuestro Señor!” (Rom 8,38-39) ¡Nada! Y las primeras palabras de Jesús después de la resurrección son éstas: “¡No temáis! ¡Alegraos! ¡No tengáis miedo! ¡La paz sea con vosotros!” (Mc 16,6; Mt 28,9.10; Lc 24,36; Jn 20,21).

4) Para la reflexión personal

• ¿Has vivido ya una experiencia de impotencia ante el mal y la violencia? ¿Ha sido una experiencia sólo tuya o también de la comunidad? ¿Cómo la venciste y te reencontraste a ti mismo/a?
• ¿Cuál es la clase de poder del mal que, hoy, puede ser arrojada sólo con mucha oración?

5) Oración final

La ley de Yahvé es perfecta,
hace revivir;
el dictamen de Yahvé es veraz,
instruye al ingenuo. (Sal 19,8)

La protección de los menores en la Iglesia

Apertura al mundo como consecuencia de la misión eclesial
Discurso a los presidentes de las Conferencias episcopales
23 de febrero

Sor Veronica Openibo, SHCJ
Sociedad del Santo Niño Jesús

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado para proclamar la liberación a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4, 18-19).

Síntesis

Como resultado de la autocomprensión de su misión en el mundo actual, la Iglesia debe actualizar y crear nuevos sistemas y prácticas que promuevan la acción sin miedo de cometer errores. Los abusos sexuales por parte de los clérigos son una crisis que ha reducido la credibilidad de la Iglesia allí donde la transparencia debería ser la marca de fábrica de la misión como seguidores de Jesucristo. El hecho de que hoy muchos acusen a la Iglesia católica de negligencia es inquietante. La Iglesia debe hacer todo lo posible para proteger a sus miembros jóvenes y vulnerables. Es necesario concentrarse no sobre el miedo o la vergüenza, sino, sobre todo, sobre la misión de la Iglesia de servir con integridad y justicia.

Introducción

La misión de la Iglesia nace directamente de nuestra comprensión más profunda de la Encarnación. El cristianismo católico se funda sobre la fe en un Dios que ha elegido ser una única cosa con el mundo humano.

La autocomprensión de la misión de la Iglesia debe ser una manifestación del Cristo que sabemos que es humano y divino. La entera misión de Cristo consistió en revelar quién es Dios y quién podemos llegar a ser nosotros. Ello implica una aceptación total de todo lo que es humano y de todo lo que hace el poder de la gracia de Dios para transformarnos en testimonios del divino. Nuestra visión del mundo, si es cristiana, se debe basar en el respeto y la dignidad de todo ser humano.

Al momento presente vivimos un estado de crisis y de vergüenza. Hemos ofuscado gravemente la gracia de la misión de Cristo. ¿Es posible para nosotros pasar del miedo, del escándalo a la verdad? ¿Cómo quitamos las máscaras que nacen de nuestra escandalosa negligencia? ¿Qué políticas, programas y procedimientos nos conducirán a un punto de partida nuevo, revitalizado, caracterizado por una transparencia que ilumine al mundo con la esperanza de Dios en nosotros para edificar el Reino de Dios?

Durante todo el tiempo en el que he estado preparado esta ponencia, mis ojos se nublaron y me he estado preguntado qué significado podría tener esto. Después me acordé de la primera vez que vi la película Spotlight, un drama biográfico americano del 2015 sobre las investigaciones del Boston Globe sobre los casos de abusos difundidos y organizados en relación con los niños en el área de Boston por parte de numerosos sacerdotes y sobre el presunto encubrimiento de las autoridades eclesiásticas.

Al final de la película aparece una larga lista de los casos y de las diócesis en las que tuvieron lugar, y leyendo el número de los niños implicados (y viendo también las grandes sumas de dinero gastados en los acuerdos), derramé lágrimas de dolor. ¿Cómo pudo callar la Iglesia clerical, cubriendo tales atrocidades? El silencio, los secretos llevados en el corazón de cuantos habían cometido los abusos, el tiempo que duraron los abusos y los diversos traslados de los autores de los mismos son inimaginables. Se supone que en el confesionario y en la dirección espiritual existían señales importantes. Con el corazón apesadumbrado y triste, pienso en todas las atrocidades que hemos cometido como miembros de la Iglesia. Las Constituciones de mi congregación me recuerdan que: “En Cristo nos unimos a la entera humanidad, especialmente a los pobres y a quienes sufren. Aceptamos nuestra parte de responsabilidad por el pecado del mundo y, por lo tanto, vivimos para que el amor pueda prevalecer” (SHCJ, Constituciones, n. 6). Tenemos que reconocer que son nuestra mediocridad, hipocresía y condescendencia las que nos han conducido a este lugar vergonzoso y escandaloso en el que nos encontramos como Iglesia. Nos detenemos para rezar: Señor, ten misericordia de nosotros.

En Gaudete et exsultate (n. 164) leemos que “quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento. Como no encuentran algo grave que reprocharse, no advierten esa tibieza que poco a poco se va apoderando de su vida espiritual y terminan desgastándose y corrompiéndose”.

Por lo tanto, a mi parecer, muchos aspectos de esta afirmación del Papa Francisco destacan respecto al tema de los abusos hacia los menores, como también las siguientes frases del documento preparatorio de la PCB: “Una Iglesia cerrada/apagada no es más Iglesia. Su misión sería inútil. No se trata de renunciar a los principios y secularizar a la Iglesia, se trata de vivir en modo visible y perceptible lo que uno afirma ser, o lo que se es y cómo se es verdaderamente”.

Proclamamos los Diez Mandamientos y “nos jactamos” de ser guardianes de los estándares/valores morales y del buen comportamiento en la sociedad. ¿A veces hipócritas? Sí. ¿Por qué nos hemos quedado callados tanto tiempo? ¿En qué modo podemos dar un vuelco a todo esto transformándolo en un tiempo para evangelizar, catequizar y educar a todos los miembros de la Iglesia, incluidos el clero y los religiosos? ¿Es verdad que la mayor parte de los obispos no ha hecho nada en relación con los abusos sexuales sobre los menores? Algunos lo han hecho, otros no lo han hecho por miedo o para encubrir.

Podemos decir que la Iglesia ahora está adoptando medidas para detener la situación, y también para ser más transparente respecto a todo lo realizado privadamente por más de dos decenios, como encontrar a las víctimas de abusos sexuales, denunciar los casos a las autoridades civiles competentes e instituir comisiones. La pregunta hoy tiene que ver más con cómo afrontar la cuestión de los abusos sexuales sobre los menores en modo más directo, transparente y valiente como Iglesia. La estructura y los sistemas jerárquicos en la Iglesia deberían ser una bendición para permitirnos llegar al mundo entero con mecanismos muy claros para afrontar esta y tantas otras cuestiones. ¿Por qué esto no se ha realizado suficientemente? ¿Tenemos otros problemas sobre la sexualidad que no son afrontados en manera suficiente, por ejemplo el abuso del poder, el dinero, el clericalismo, la discriminación de género, el papel de la mujer y de los laicos en general? ¿Quizá las estructuras jerárquicas y los largos protocolos que han influido negativamente sobre la rapidez de las acciones se preocuparon más de las reacciones de los medios de comunicación?

Reflexión

Quiero proponer algunas reflexiones basadas en mi experiencia de religiosa africana. He vivido en Roma durante quince años y en América estudié tres años. Conozco, por lo tanto, estos problemas del Norte del mundo. Probablemente, como muchos de vosotros, he escuchado a algunos africanos y asiáticos decir “no es una cuestión que nos toca, en los países de África y de Asia, es un problema de Europa, de las Américas, de Canadá y de Australia”. Sin embargo, durante nueve años he trabajado en todo Nigeria en el campo de la educación sexual y escuché las historias y aconsejé a muchas personas. Me di cuenta de cuántos fueron – y hoy aún lo son – los graves problemas, y quisiera contar algunas de mis experiencias personales para evidenciar este hecho. Al inicio de los años noventa un sacerdote me dijo que había abusos sexuales en los conventos y en las casas de formación y que, como presidente de la Conferencia de las religiosas nigerianas debía, por favor, hacer algo para afrontar el problema. Un segundo sacerdote, al inicio del año 2000, dijo que un particular grupo étnico practicaba mucho el incesto, pero yo añadí que según mi experiencia personal el incesto es un problema mundial. Un anciano moribundo me reveló que se comportaba en modo extraño a causa de los abusos sexuales padecidos desde la adolescencia por parte de un sacerdote en su escuela. Una chica agredida por un sacerdote a la edad de trece años, después de veinticinco años la encontró de nuevo y él no la había ni siquiera reconocido…

Transparencia

  • No escondamos más semejantes hechos por miedo a equivocarse. A menudo queremos estar tranquilos hasta que la tempestad se haya calmado. Esa tempestad no pasará. Está en juego nuestra credibilidad. Jesús nos ha dicho: “Quien escandaliza a uno de estos pequeños que creen, es mejor para él que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar” (Marcos 9, 42). Debemos afrontar el problema y buscar la curación de las víctimas de los abusos. La praxis común del clero – en el pasado y en algunas áreas aún el presente – era/es el de apoyar “a uno de nosotros” para evitar traer a la luz un escándalo y arrojar descrédito a toda la Iglesia. Todos los responsables, prescindiendo de su estatus clerical, que son juzgados culpables deben recibir la misma pena por abusos sobre menores.
  • Es mejor tener conversaciones valientes antes que no decir nada para evitar cometer un error. Podemos cometer un error, pero no hemos sido creados para ser un error y los que vendrán nos juzgarán por no haber actuado. El primer paso hacia la transparencia es admitir las violaciones y después hacer público lo que se ha hecho desde los tiempos del Papa Juan Pablo II para sanar la situación. Quizás a los ojos de muchos no bastará, pero demostrará que la Iglesia no se ha quedado en total silencio.
  • Debemos construir procesos más eficaces y eficientes, basados en la búsqueda del desarrollo humano como también del derecho civil y canónico, para la Tutela de los Menores. Después en toda diócesis, políticas y líneas guía para la tutela clara y comprensiva deben estar expuestas en modo visible en las diversas oficinas parroquiales y publicados en red. Debe existir una gestión mejor de los casos a través de conversaciones cara a cara, transparentes y valientes tanto con las víctimas como con los culpables, como también con los grupos de investigación. En algunas partes del mundo, también en países de África y de Asia, no decir nada es un error terrible como hemos visto en muchos países. El hecho que allí existan grandes problemas de pobreza, enfermedad, guerra y violencia en algunos países del Sur del mundo no significa que al tema de los abusos sexuales se le tenga que quitar importancia o ignorar. La Iglesia debe ser proactiva en afrontarlo.
  • La excusas que se deba respecto a algunos sacerdotes en virtud de su edad avanzada y de su posición jerárquica es inaceptable. Según este razonamiento, muchos de aquellos que han perpetrado tales crímenes son ancianos, algunos no están vivos y, por lo tanto, no tenemos que perjudicarles a ellos y a su reputación quitándoles el sacerdocio en edad avanzada. Podemos sentir lástima por aquellos que en edad más joven, cometieron ofensas que ahora salen a la luz. Pero mi corazón sangra por las víctimas que han vivido por años con el inmerecido sentido de vergüenza y de culpa a causa de las repetidas violencias. En algunos de estos casos, los autores de las ofensas no han visto siquiera a las víctimas como personas, sino como objetos.
  • Es verdad que, como Iglesia, creemos en el arrepentimiento del pecador, en la conversión de los corazones y en la gracia de la transformación: “Ve, y de ahora en adelante no peques más” (Juan 8, 1-11). En algunos esto puede crear un fuerte dilema, especialmente cuando sabemos que quien ha perpetrado los abusos, a menudo ha sido a su vez víctima. ¿Debemos explorar más en profundidad lo que significa para nosotros justicia con compasión? ¿Cómo podemos ayudar a crear el ambiente para la oración y el discernimiento para que la gracia de Dios nos ilumine sobre la justicia, de tal manera que pueda existir transformación y curación tanto para las víctimas como para los culpables? Tenemos que descubrir dónde en el mundo (no solo en los países más ricos) se desarrollan las mejores prácticas para que esto se realice, y si podemos ponerlas en práctica. Muchas de ellas se pueden encontrar en la Iglesia.

Haciendo públicos los nombres de los culpables, ¿podemos hacer pública una entera serie de informaciones relativas a estas situaciones?

Un camino estratégico para seguir adelante

  • Está emergiendo claramente que para muchas víctimas ser escuchadas y ayudadas psicológica y espiritualmente ha sido el inicio del proceso de curación. ¿Podemos formar tantas personas sensibles y compasivas para ofrecer este servicio en todos los países, incluidos los lugares en los que es difícil poner sobre la mesa algo para comer? ¿Existen modos para ayudar a las parroquias a curar a las víctimas usando su sabiduría tradicional? ¿Recurrimos a la predicación y a otros medios para afrontar las cuestiones sexuales en la sociedad? ¿En qué modo las diócesis pueden colaborar estratégicamente para ofrecer programas educativos y kits formativos que tomen en cuenta la cultura? Este material respetuoso de la dignidad de la persona humana, y que evidencie comportamientos inaceptables, podrían ser utilizados en parroquias y escuelas, hospitales y otros lugares en los que se desempeña el ministerio pastoral.
  • ¿Cómo podemos seguir afrontando en modo muy concreto las cuestiones de la prostitución y la promiscuidad en el mundo? Se necesitan católicos, junto con otras personas con principios símiles, en puestos influyentes, por ejemplo en la industria cinematográfica, en la televisión y en la publicidad. Se les podría animar a reunirse y a reflexionar sobre su papel para promover una mejor visión de la persona humana. Es necesario concentrarse en el deservicio para con los hombres en toda cultura patriarcal en el ámbito de la sexualidad. Examinando cómo utilizar mejor los medios de comunicación social para educar a las personas en todo el ámbito de la sexualidad y de las relaciones humanas.
  • Es, sin duda, esencial, una educación y una formación clara y equilibrada sobre la sexualidad y los confines en los seminarios y en las casas de formación; en la formación permanente de los sacerdotes, religiosos y religiosas y obispos. Me preocupa cuando en Roma y en otros lugares veo a los seminaristas más jóvenes tratados como si fueran más especiales que cualquiera, animándoles de ese modo a asumir desde el inicio de su formación, ideas exaltadas respecto a su estatus. El estudio del desarrollo humano tiene que suscitar un serio interrogante sobre la existencia de los seminarios menores. También la formación de las jóvenes religiosas puede, a menudo, llevar a un falso sentido de superioridad respecto a las hermanas y a los hermanos laicos, a pensar que su llamado es “superior”. ¿Qué daño ha hecho este modo de pensar a la misión de la Iglesia? Hemos olvidado la referencia del Vaticano II en Gaudium et Spes a la llamada universal a la santidad? Además, debemos pedir a los laicos responsables y sensibles y a las religiosas, realizar una valoración verdadera y honesta de los candidatos al nombramiento episcopal.

¿Sería posible lanzar el desafío a cualquier diócesis para reunir hombres y mujeres de integridad: laicos junto con religiosos y clero, para formar una comisión conjunta que comparta la experiencia sobre los procedimientos y los protocolos, las implicaciones legales y financieras de las denuncias y los necesarios canales de responsabilidad e imputabilidad? Una persona cualificada – laico, religioso o sacerdote – podría ser el presidente ideal de un tal grupo. Además, debería buscar entender cómo afrontar mejor las graves cuestiones de los abusos sexuales que están estallando en algunos países asiáticos y africanos como ya ha sucedido en otros lugares. Muchas personas que han padecido abusos sexuales por parte de sacerdotes y otros con alguna función pastoral, sufrirán mientras resurgirán recuerdos traumáticos. A algunos se les recordará que podrán ser desenmascarados como autores antiguos o actuales de abusos, o ser acusados de haber encubierto símiles hechos. Muchos, en las diversas formas del ministerio, encontrarán personas, familiares, adultos y/o niños, que han padecido o que padecen abusos y deben saber cómo responder en modo adecuado. Algunas acusaciones resultarán ser falsas, lo que causará sufrimientos de otro tipo. El impacto de la fe perjudicada en la Iglesia no será jamás evidenciado, ya que muchos católicos están o estarán enojados o confundidos. También las personas que ocupan alguna posición de autoridad deben saber qué decir o hacer en términos de respuesta cuando las cuestiones llegan a los medios de comunicación.

Conclusión

Sabemos que el aspecto más importante es la proclamación del Evangelio en tal modo que toque el corazón de los jóvenes y de los ancianos. Estamos llamados a proclamar la buena nueva pero debemos SER buena nueva para las personas que servimos hoy en día. No hay por qué asombrarse, por lo tanto, si el Papa Francisco ha declarado octubre 2019 el Mes Misionero Extraordinario.

La Iglesia, en la misión que ha recibido de Jesucristo, debe estar abierta a una mayor transparencia, ya que nos mandan en el mundo local y globalmente. Todo nuestro ser no consiste solo en custodiar la fe, sino también vivir en modo visible y claro lo que afirmamos ser. Estamos llamados como Jesús en su declaración de misión:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado para proclamar la liberación a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4, 18-19).

Como orientación o apéndice quisiera destacar lo siguiente:
El Espíritu del Señor está sobre cada uno de nosotros aquí;
ha consagrado con la unción a todos nosotros;
para anunciar a los pobres un alegre mensaje, a los vulnerables, protegiendo especialmente a los niños indefensos, buscando justicia para las víctimas de abuso y adoptando medidas para evitar que se repitan tales abusos;
para proclamar a los prisioneros la liberación: los que han cometido abusos tienen necesidad de redención, conversión y transformación;
y a los ciegos la vista: a aquellos que no ven los problemas o que se concentran en proteger “lo nuestro”, o que callan o encubren, tienen necesidad de recuperar la vista;
para poner en libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor, tomando las medidas necesarias y manteniendo la tolerancia cero hacia los abusos sexuales liberaremos a los oprimidos. Este es nuestro año de gracia, asumamos con valentía la responsabilidad de ser verdaderamente transparentes y responsables.

Regresando al tema de esta ponencia, otro pasaje para la autocomprensión se toma de Mateo (5, 14-16): “Vosotros sois la luz del mundo; no se puede esconder una ciudad colocada en la cima de una montaña, ni se enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín, sino en el candelabro para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

He leído con gran interés muchos artículos sobre las reacciones del Papa en el caso de los obispos chilenos, desde la negación de las acusaciones a la rabia por el engaño y el encubrimiento, a la aceptación de las dimisiones de los tres obispos. Le admiro Hermano Francisco, por haberse tomado el tiempo, como buen jesuita, para discernir y para ser tan humilde al cambiar de idea, pedir perdón y actuar: un ejemplo para todos nosotros.

Gracias Papa Francisco, por haber ofrecido a todos nosotros esta oportunidad de controlar y verificar dónde hemos actuado en modo extraño, con ignorancia, en secreto y complacencia. Creo que modificaremos, con gran determinación, nuestro completo acercamiento ante la denuncia de abusos, sosteniendo a las víctimas, buscando a las personas adecuadas para acompañar y ofrecer apoyo a las víctimas y, sobre todo, al hacer todo lo posible para proteger a los menores y a los adultos vulnerables de cualquier forma de abuso. Gracias también por haber ofrecido a las religiosas, a través del ejecutivo de la Unión de las Superioras Generales (UISG), la oportunidad de participar en esta conferencia. Las mujeres han adquirido mucha experiencia útil que pueden poner a disposición en este campo, y ya han hecho mucho para sostener a las víctimas y también para trabajar en modo creativo sobre su uso del poder y de la autoridad.

Espero y rezo para que al final de esta conferencia elijamos deliberadamente romper con cualquier cultura del silencio de los secretos entre nosotros, para hacer entrar más la luz en nuestra Iglesia. Reconocemos nuestra vulnerabilidad; seamos proactivos y no reactivos al afrontar los desafíos que se presentan al mundo de los jóvenes y de las personas vulnerables, y profundicemos sin miedo en las demás cuestiones de los abusos en la Iglesia y en la sociedad.

Quisiera que recordáramos las palabras del mismo Papa Francisco: Un cristiano que no sigue adelante tiene una identidad que no “está bien”… El Evangelio habla claro: El Señor los envió diciendo: “Id” El cristiano camina, supera las dificultades y anuncia que el Reino de Dios está cerca.

Gracias.

Comentario del 25 de febrero

El evangelio de Marcos nos ofrece una de esas escenas tan común en la vida de Jesús en la que éste se enfrenta con la enfermedad y al mismo tiempo con la incredulidad de sus coetáneos, dos especies de mal estrechamente relacionadas. Un padre le lleva a Jesús a su hijo aquejado de un mal que se describe como posesión de un espíritu que no le deja hablar; además, cuando lo agarra –dice-, lo tira al suelo y le hace echar espumarajos por la boca, y finalmente lo deja tieso. Son los síntomas típicos de un ataque epiléptico que en la antigüedad se confundía fácilmente con una posesión diabólica. En cualquier modo, éste es el caso que le presentan a Jesús. El padre de ese chiquillo le pone al día: He pedido a tus discípulos que lo echen, y no han sido capaces. Parece que lo han intentado, pero no han podido. El mal se les ha resistido.

Jesús trae a colación la incredulidad reinante. Es esa incredulidad la que incapacita para vencer al mal. Jesús dice entonces: Traédmelo. Se lo llevaron y el muchacho, o el espíritu que lo habitaba, no desaprovechó la ocasión para hacer alarde de sus padeceres o de sus poderes: cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos. Jesús pregunta al padre desde cuándo le pasa esto y él le responde que desde pequeño. De inmediato, aquel padre atormentado solicita su ayuda: Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos. De nuevo se invoca al poder y a la compasión. Los discípulos de Jesús habían sentido lástima de aquel padre y aquel hijo, pero no habían podido. Jesús se extraña de que condicione o limite su poder, algo que supone una cierta desconfianza: ¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe.

Si el poder de la fe es tan grande no es en razón de la capacidad del hombre que tiene la fe, sino en razón del poder de Dios que se activa por obra y gracia de esa fe. La fe es sólo la llave que abre la puerta al poder divino que se hace presente en Jesús. El padre de ese muchacho tenía fe –así lo confiesa él mismo-, pero dudaba. Era una fe debilitada o resquebrajada por la duda; porque éste es el efecto de la duda en la fe: un debilitamiento que puede convertirse en mortal si la duda persiste en ese organismo horadándolo como un cáncer. Pero aquel hombre, siendo consciente de sus dudas, implora ayuda. Y Jesús actúa, despejando las dudas de aquel padre angustiado. Dirigiéndose al niño, increpó al espíritu inmundo y le dijo: Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Vete y no vuelvas a entrar en él. Sacudiéndolo violentamente, salió, y el niño se quedó como muerto.

Pero Jesús lo levantó y el niño se puso en pie como despertando de una larga pesadilla. Los discípulos quedaron asombrados y le preguntaron: ¿Por qué no pudimos echarlo nosotros? La respuesta de Jesús tuvo que sonarles a reproche: Esta especie sólo puede salir con oración y ayuno. Si esto es así, hay que entender que aquellos discípulos no habían hecho suficiente oración y ayuno. Y esto les incapacitaba para realizar semejante milagro. Luego a la fe había que añadir la oración y el ayuno. En realidad, la fe se deja ver en la práctica de la oración y el ayuno; se deja ver y se refuerza: a más fe, más oración y disposición para la renuncia; a más oración y desapego de los bienes del mundo, más vitalidad en la fe. Es evidente que el aumento de la incredulidad reduce la oración y al menos un tipo de ayuno ligado a la fe y a la oración. Sólo manteniéndonos en oración (y en el inevitable ayuno que le acompaña) nos será posible sobrevivir como creyentes en este mundo en el que el aire que se respira está tan contaminado por la incredulidad, el escepticismo o el reduccionismo cientificista. Pero no desesperemos. El poder de Dios sigue siendo incomparablemente mayor que el poder humano. En último término, todo depende de Él, hasta nuestro poder de resistencia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Veritatis gaudium – Francisco I

Artículo 19. § 1. Determinen los estatutos cómo deben cooperar entre sí las autoridades personales y las colegiales, de manera que, observando fielmente el sistema colegial sobre todo en los asuntos más importantes, particularmente los académicos, las autoridades personales gocen verdaderamente de la potestad que corresponde a su oficio.

§ 2. Esto se ha de decir en primer lugar si se trata del rector, el cual tiene la misión de gobernar toda la Universidad y de promover por los medios adecuados su unidad, cooperación y progreso.

Homilía – Domingo VIII de Tiempo Ordinario

AMOR CON OBRAS Y OBRAS CON AMOR

CONTEXTO BÍBLICO Y ECLESIAL

El pasaje evangélico es un manojo de consignas y sentencias del Señor sin unidad entre ellas. Pero resulta claro que el pensamiento central lo constituye la alegoría del árbol. El árbol bueno da buenos frutos y el árbol enfermo da frutos dañados; «no se cosechan higos de las zarzas».

El tema de los falsos profetas y de los falsos maestros era un tema candente en la sociedad de Jesús y en las primeras comunidades cristianas. Los escritos del Nuevo Testamento hacen referencia a ellos con frecuencia. Basta leer las diatribas de Mateo con las que Jesús abre los ojos del pueblo sencillo para que no se dejen embaucar (Mt 23,3). ¿Quiénes son los verdaderos profetas? ¿Quiénes orientan debidamente al pueblo de Dios? ¿De quiénes nos hemos de fiar? Jesús ofrece un criterio indefectible para reconocerlos. Es preciso preguntarse:

¿Qué pretenden? ¿Qué intereses les mueven? ¿Qué actitudes despiertan con su palabra y su conducta?

Ejercía su ministerio en una parroquia de Ferrol un sacerdote discutido por algunos por sus libertades litúrgicas, por su falta de formalismos y por su gran libertad pastoral y humana. Vivía y se desvivía por los pobres y marginados. Había personas desorientadas por algunos que le descalificaban. Me vinieron a consultar. Les pregunté: «¿Se da a los demás sin nada a cambio?». «Enteramente», me contestaron. «¿Busca popularidad, ventajas económicas?». «En absoluto», repusieron. «Podéis estar seguros de que es un auténtico profeta», les contesté. A los pocos meses, fui testigo de cómo moría prematuramente como un santo indiscutible; la gran mayoría del cortejo fúnebre eran los humildes, desamparados y rehabilitados de diversas adicciones. «Por sus frutos los conoceréis».

También nosotros somos profetas (1Pe 2,9), testigos del Señor (Cf. Mt 5,13-16). ¿Cómo reconocerán la autenticidad de nuestro mensaje? ¿Por nuestras palabras llenas de misticismo y entusiasmo? ¿Por nuestros rezos y celebraciones? ¿Cómo sabremos que caminamos de verdad por las sendas del Evangelio? En este sentido es necesario satisfacer una doble exigencia: Que el amor se traduzca en obras y que las obras estén animadas por el amor. Es decir, se nos invita a un amor afectivoy efectivo.

Amor con obras. Todo el Nuevo Testamento está sembrado de llamadas a un amor efectivo y a no engañarse a sí mismo con el follaje de las creencias, los sentimientos infecundos, los deseos vaporosos, los cultos y oraciones muy solemnes y las palabras altisonantes. Sólo las obras son el verdadero test con garantía de autenticidad de la fe. Advierte Jesús categóricamente: «No basta decir: ¡Señor, Señor!, para entrar en el Reino de Dios; no, hay que poner por obra la voluntad de mi Padre del cielo» (Mt 7,21). El mismo mensaje tiene la parábola de los dos hijos (Mt 21,28-32), la parábola de la higuera estéril (Le 13,6-9), la maldición de la higuera infecunda (Mt 21,18-32). Cuando le indican a Jesús que su madre y sus hermanos quieren verle, contesta: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra y la ponen por obra» (Le 8,21). Es conocidísimo el dicho de santa Teresa de Jesús: «Obras son amores y no buenas razones». Sólo es auténtica y verdadera la fe que actúa por la caridad.

 

HAY QUE DAR HASTA QUE DUELA

Las obras con que hemos de demostrar el amor son, ante todo, obras de servicio, de solidaridad con el prójimo, principalmente con el necesitado. Ni el Padre ni Jesucristo necesitan nada para sí. Como sabemos, san Juan advierte muy seriamente: «El que diga: Yo amo a Dios, mientras se despreocupa de su hermano, es un embustero, porque quien no ama a su hermano a quien está viendo, no puede amar a Dios a quien no ve» (1Jn 4,20).

Son sobrecogedoras estas palabras de Jesús: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…» (Mt 25,45ss). Juan exhorta: «Hijos, no amemos con palabras y de boquilla, sino con obras y de verdad» (Jn 3,18). Santiago pregunta en su carta: «¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras?» (St 2,14-16). Los cristianos hemos sufrido y sufrimos una cierta obsesión por la ortodoxia y hemos olvidado en gran medida la ortopraxis; sin embargo, ésta es la que, sobre todo, interesa.

Alguien confesaba: «No somos cristianos si llamamos a Dios Padre y negamos el pan al hermano… Porque, querido amigo, un corazón que no reacciona ante la miseria… es miserable». Y es que no es sólo cuestión de «dar fruto»; es preciso dar fruto abundante ysano.

Quien desde la mediocridad se acerque decididamente y con sinceridad al Evangelio, es natural que sienta un fuerte sobresalto que le haga rezar esta oración de M. Quoist: «Tengo miedo de mis actividades que me hacen creer que me entrego; tengo miedo de lo que doy, pues me esconde lo que no doy». Qué bien lo expresó la madre Teresa de Calcuta con una consigna lapidaria: Hay que dar hasta que duela. Ésta es la medida justa.

Jesús testifica que no bastan las obras; se requiere que estén animadas por el amor. Las motivaciones egoístas y la búsqueda de diversos intereses pueden viciar miserablemente gestos en sí generosos. Lo advierte seriamente Jesús poniendo para escarmiento las «buenas obras» de los escribas y fariseos, que las realizan «para ser bien vistos de los hombres». Ni sus limosnas, ni sus oraciones, ni sus ayunos les sirven para nada.

Pablo, en su encendido canto a la caridad, proclama: «Ya puedo dar en limosna todo lo que tengo, que si no tengo amor, de nada me sirve» (1Co 13,1-3). No se puede decir nada más preciso ni más precioso. La intención es lo que vale. Se trata de poner en práctica un amor con obras y unas obras con amor.

 

REVITALIZAR EL CORAZÓN

Generalmente nuestras motivaciones son mixtas, están impulsadas por un cierto nivel de generosidad y por algunos intereses egoístas que los acompañan. Siguiendo la alegoría de Jesús, diremos que el árbol de nuestro espíritu está más o menos enfermo, y por eso sus frutos no son ni todo lo abundantes ni todo lo sanos que deberían ser. Necesitamos, por lo tanto, redoblar los cuidados, como hizo el hortelano de la parábola con la higuera estéril: cavarla, echarle estiércol, regarla, podarla (Lc 13,8-9), y como hace el viñador con la parra (Jn 15,2). En el caso de que se trate de un árbol salvaje, como dice Pablo del acebuche, que necesita ser injertado con una rama de olivo, para que dé aceitunas, habrá que hacer un injerto que dé savia nueva (Rm 11,17). A esto se refiere Jesús cuando nos invita a un cambio profundo. No es cuestión sólo de fumigar el árbol para matar los parásitos que comen sus hojas y lo empobrecen; muertos unos, vendrán enseguida otros. Se trata de provocar en él (en nosotros) una gran vitalidad interior. Esto se verifica mediante la escucha, la reflexión y la contemplación de la palabra de Dios, enriqueciendo las motivaciones generosas, pero tibias, que llevamos dentro, haciendo crecer los grandes deseos del corazón.

Para producir frutos abundantes y sanos es necesario que la savia circule por el árbol. Y esa savia vital nos viene de Cristo: «El que sigue conmigo y yo con él es quien da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Necesitamos un proceso de interiorización para producir frutos abundantes y sanos.

Atilano Alaiz

Lc 6, 39-45 (Evangelio Domingo VIII de Tiempo Ordinario)

Recomiendo que se lea como introducción a este comentario las introducciones a los evangelios de los dos domingos precedentes.

Imaginémonos por un momento un ciego que guía a otro ciego (sin bastones ni otras ayudas), a punto de caer en el hoyo.

Es realmente una imagen gráfica, poderosa. Pero, ¿quién puede guiar a otro? El que conoce el camino. Hay que insistir de nuevo en que Jesús está hablando de (y desde) su propia experiencia. Él ha recorrido y seguirá recorriendo los caminos de la primavera de Galilea y emprenderá el camino decisivo hacia Jerusalén. Su guía es el Espíritu, que lo ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres (Lc 4,18). Este gran discurso inaugural es una parte importante de ese anuncio de liberación.

Los bienaventurados pobres escuchan palabras inauditas: podrán ser como su Maestro; Jesús dice a sus discípulos que pueden llegar a ser como él. Basta con que recorran su camino y se dejen guiar por él. Así aprenderán ellos a ser guías que pueden conducir a otros. Recordemos que este aprendizaje no es puramente intelectual. La autoridad de Jesús reside en la unidad formada por sus dichos y sus hechos, sus palabras y sus acciones. Jesús no enseña sólo por lo que dice, sino, sobre todo, por lo que hace. Sus discípulos no acuden a una escuela establecida en ninguna aldea de Galilea. La escuela y la enseñanza de su Maestro son itinerantes: ellos aprenden tanto por lo que ven como por lo que oyen a Jesús, que no tiene un lugar fijo de residencia; aprenden al seguir aJesús dondequiera que vaya.

Las instrucciones de Jesús van más diri- gidas al corazón que a la cabeza. ¿A qué tesoro del corazón se está refiriendo? El tesoro de Jesús, de su mensaje, es el único que puede ocupar el corazón del discípulo. Una vez que el Maestro more en él, podrá entrar todo, absolutamente todo lo bueno. Será entonces cuando del corazón del cristiano saldrá sólo el bien: ese árbol producirá sólo frutos buenos.

Pero, ¡atención!, para que esto sea posible, es primero necesario que el discípulo se conozca a sí mismo. Tal vez se deje llevar de su tendencia a juzgar a los demás («ver la paja en el ojo del hermano») y no sea consciente de su propia realidad personal. El contexto que enmarca esta advertencia nos señala que se trata de algo importante: condición indispensable para aprender de Jesús es el conocimiento de “las propias vigas”, las propias debilidades, deficiencias o limitaciones. Sólo hay uno realmente misericordioso. Todos los demás somos limitados. El discípulo no puede ser guía de nadie si antes no ha sacado esas vigas de su ojo.

Este evangelio se presta como una transición perfecta a la exhortación a la conversión con que comienza la Cuaresma.

Ramón Alfonso Díez Aragón

1Cor 15, 54-58 (2ª Lectura Domingo VIII Tiempo Ordinario)

Llegamos, con el texto de hoy, al final del capítulo 15 de la primera carta a los Corintios y, por tanto, de la larga disquisición sobre la resurrección de los muertos. En la segunda parte de este capítulo, hablando del modo de la resurrección, el apóstol se había referido a ella como una transformación de nuestro cuerpo mortal obrada por el poder de la resurrección de Jesucristo. Como hace en otras muchas ocasiones,Pablo trata de confirmar lo expuesto por él acudiendo a la autoridad de la Escritura: «Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: la muerte ha sido absorbida en la victoria».

Aunque se habla de «la palabra que está escrita», en realidad no se trata de una cita literal del Antiguo Testamento, sino que probable- mente estamos ante una adaptación de Is 25,8 («Aniquilará la muerte para siempre»). Continuando con esa práctica de aludir libremente a la Escritura, se añaden a continuación dos interrogaciones retóricas («¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?»), inspiradas, sin duda, en Os 13,14 («¿Dónde está tu fetidez, muerte? ¿Dónde está tu contagio, abismo?»).

Abandonando el tono argumentativo predominante hasta ahora, Pablo parece entregarse a una efusión más lírica, expresada en las dos frases interrogativas citadas y en otra exclamativa que viene poco después, en la que el apóstol da curso libre a su sentimiento de gratitud («¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!»). La victoria de Cristo sobre la muerte, y nuestra participación en ella, es motivo de agradecimiento y de alabanza. Entre las preguntas retóricas y la exclamación se incrusta, no obstante, una breve frase enunciativa («El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley»), en la que se apunta, deforma muy concentrada, a la relación entre ley, pecado y muerte, tema que Pablo desarrollará con más amplitud en Rom 7.

La exclamación de acción de gracias va seguida por una exhortación, con la que se cierra esta extensa disertación paulina sobre la resurrección (y, a la vez, toda la sección doctrinal de la carta): «De modo que, hermanos míos queridos, manteneos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor». La fe en la resurrección de Cristo y la esperanza en nuestra propia resurrección, que se deriva de ella, son la fuerza que nos permite afrontar con reciedumbre las circunstancias adversas de nuestra vida («Manteneos firmes e inconmovibles») y que nos impulsa a trabajar generosamente por transformar este mundo desde los valores del Evangelio («Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor»).

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

Eco 27, 4-7 (1ª lectura Domingo VIII de Tiempo Ordinario)

Los libros de la sabiduría de Israel son frecuentemente considerados como una parte poco importante del AT. Sin embargo, reflejan un sector del ideal religioso de Israel que ciertamente no es igual a la fidelidad de la ley mosaica o a la obediencia de los profetas. Es verdad que no vamos en encontrar en ellos los grandes temas teológicos del AT como la promesa, la liberación, la monarquía davídica o el culto del Templo. Más que ver a Dios como redentor y dador de una alianza, la literatura sapiencial se centra en el Dios creador. Los temas de sus libros nos hablan sobre todo del comportamiento adecuado de una vida que lleve al éxito y evite sus peligros y dificultades. Su acercamiento a la vida cotidiana puede parecer a menudo un tanto secular. Muchos de sus temas no tienen nada que ver con las leyes de Israel (ver, por ejemplo, Prov 23,20-21). Sin embargo, la presencia del Dios creador está presente de una manera latente en el conjunto de la vida. Y obedecer a las leyes éticas es en cierta medida seguir el camino de la alianza.

Y así llegamos a nuestro texto. El libro del Eclesiástico es un libro tardío. Es de los que llamamos deuterocanónicos ya que no son aceptados en la Biblia hebrea y solo se encuentran en la Biblias católicas. El texto que abordamos tiene un profundo alcance antropológico ya que se nos habla de las palabras humanas, un rasgo esencial, una delas claves de la definición de la persona: «Así, cuando la persona habla, se descubren sus defectos» (v.4) y «la persona es probada en su conversación»(v.5). Todos sabemos la importancia que tiene, en nuestra relación con los demás, lo que la otra persona dice y cómo lo dice (a veces el “tono” es más importante que el discurso “objetivo”). A través de las palabras que se dicen se «revela el corazón de la persona» (v.6). Tengamos aquí en cuenta el significado del concepto de “corazón” en la antropología bíblica. Este concepto designa lo más profundo de la persona, la sede de sus sentimientos y deseos, la vida intelectiva, la voluntad y sus decisiones. Estamos, pues, hablando de la totalidad de la persona en todas sus dimensiones. Pablo, en el NT, para expresar que Dios va a transformar a la totalidad de la persona dice que Dios ha puesto su amor o su Espíritu en nuestros corazones (Rom 5,5; 2 Cor 1,22; Gal 4,6).

El Eclesiástico utiliza dos comparaciones para hablar de la persona que se revela en sus palabras: «el horno prueba las vasijas del alfarero» (v.5), si resiste, es la prueba de su calidad; y el fruto revela la calidad del árbol (v.6). Esta última comparación es un tema que recoge también el Sermón de la Montaña: «por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). Por esono debemos apresurarnos a elogiar a alguien antes de escucharle hablar. Sus palabras, su discurso, serán la prueba de su persona, de sus valores, delcamino de su vida (v.7). Entonces podremos confiaren él o en ella e iniciar una relación de fraternidad.

Luis Fernando García Viana

Comentario al evangelio – 25 de febrero

“Todo es posible para el que tiene fe”, contesta Jesús a la pregunta de si podía curar al niño que estaba poseído por un espíritu inmundo. El poder del Señor es eficaz, siempre lo utiliza para curar, liberar y ayudar a todo aquel que se lo pide y nunca lo usa para hacer exhibición de su condición de Hijo de Dios, pues bien sabía Él que ello podía alejar a la gente de verdadera imagen de Dios que quiere dar a conocer. Pero en esta liberación, Jesús nos enseña a confiar en el poder de la fe y en el poder de la oración cuando sus discípulos le vuelven a preguntar por qué ellos no han podido curar al niño. “Esta especie sólo puede salir con oración”, les dice.

Bastaría en nuestra oración de hoy meditar y repetir interiormente esta sentencia de Jesús: “todo es posible para el que tiene fe”. Y preguntarme en qué momento de mi vida estoy ahora; ponerme el termómetro de la fe para medir mi nivel de confianza en mi Dios y Señor, en Aquel que también quiere derramar su fuerza amorosa y su gracia en mí, para liberarme de aquellas ataduras que no me dejan ser libre, o que amargan mi existencia.

Señor, quiero vivir en la libertad de sentirme amado por ti, de saber que nada me falta si Tú estás conmigo, de sentir el alivio y la alegría que debió sentir aquel niño cuando Tú lo curaste de aquella terrible atadura. Que en esta jornada que me regalas pueda vivir todos los acontecimientos con confianza, con fe, sabiendo que, mirando la realidad con estas gafas, la mirada es más profunda, me acerco a ver cómo Tú ves los acontecimientos y a las personas. Gracias Señor por decirme hoy: “todo es posible, si tienes fe”.

Juan Lozano, cmf