Comentario del 25 de febrero

El evangelio de Marcos nos ofrece una de esas escenas tan común en la vida de Jesús en la que éste se enfrenta con la enfermedad y al mismo tiempo con la incredulidad de sus coetáneos, dos especies de mal estrechamente relacionadas. Un padre le lleva a Jesús a su hijo aquejado de un mal que se describe como posesión de un espíritu que no le deja hablar; además, cuando lo agarra –dice-, lo tira al suelo y le hace echar espumarajos por la boca, y finalmente lo deja tieso. Son los síntomas típicos de un ataque epiléptico que en la antigüedad se confundía fácilmente con una posesión diabólica. En cualquier modo, éste es el caso que le presentan a Jesús. El padre de ese chiquillo le pone al día: He pedido a tus discípulos que lo echen, y no han sido capaces. Parece que lo han intentado, pero no han podido. El mal se les ha resistido.

Jesús trae a colación la incredulidad reinante. Es esa incredulidad la que incapacita para vencer al mal. Jesús dice entonces: Traédmelo. Se lo llevaron y el muchacho, o el espíritu que lo habitaba, no desaprovechó la ocasión para hacer alarde de sus padeceres o de sus poderes: cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos. Jesús pregunta al padre desde cuándo le pasa esto y él le responde que desde pequeño. De inmediato, aquel padre atormentado solicita su ayuda: Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos. De nuevo se invoca al poder y a la compasión. Los discípulos de Jesús habían sentido lástima de aquel padre y aquel hijo, pero no habían podido. Jesús se extraña de que condicione o limite su poder, algo que supone una cierta desconfianza: ¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe.

Si el poder de la fe es tan grande no es en razón de la capacidad del hombre que tiene la fe, sino en razón del poder de Dios que se activa por obra y gracia de esa fe. La fe es sólo la llave que abre la puerta al poder divino que se hace presente en Jesús. El padre de ese muchacho tenía fe –así lo confiesa él mismo-, pero dudaba. Era una fe debilitada o resquebrajada por la duda; porque éste es el efecto de la duda en la fe: un debilitamiento que puede convertirse en mortal si la duda persiste en ese organismo horadándolo como un cáncer. Pero aquel hombre, siendo consciente de sus dudas, implora ayuda. Y Jesús actúa, despejando las dudas de aquel padre angustiado. Dirigiéndose al niño, increpó al espíritu inmundo y le dijo: Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Vete y no vuelvas a entrar en él. Sacudiéndolo violentamente, salió, y el niño se quedó como muerto.

Pero Jesús lo levantó y el niño se puso en pie como despertando de una larga pesadilla. Los discípulos quedaron asombrados y le preguntaron: ¿Por qué no pudimos echarlo nosotros? La respuesta de Jesús tuvo que sonarles a reproche: Esta especie sólo puede salir con oración y ayuno. Si esto es así, hay que entender que aquellos discípulos no habían hecho suficiente oración y ayuno. Y esto les incapacitaba para realizar semejante milagro. Luego a la fe había que añadir la oración y el ayuno. En realidad, la fe se deja ver en la práctica de la oración y el ayuno; se deja ver y se refuerza: a más fe, más oración y disposición para la renuncia; a más oración y desapego de los bienes del mundo, más vitalidad en la fe. Es evidente que el aumento de la incredulidad reduce la oración y al menos un tipo de ayuno ligado a la fe y a la oración. Sólo manteniéndonos en oración (y en el inevitable ayuno que le acompaña) nos será posible sobrevivir como creyentes en este mundo en el que el aire que se respira está tan contaminado por la incredulidad, el escepticismo o el reduccionismo cientificista. Pero no desesperemos. El poder de Dios sigue siendo incomparablemente mayor que el poder humano. En último término, todo depende de Él, hasta nuestro poder de resistencia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística