II Vísperas – Domingo IV Cuaresma

II VÍSPERAS

DOMINGO IV CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos.

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Dichoso el que se apiada en el Señor; jamás vacilará.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichoso el que se apiada en el Señor; jamás vacilará.

CÁNTICO de PEDRO: LA PASIÓN VOLUNTARIA DE CRISTO, EL SIERVO DE DIOS

Ant. Dios cumplió de esta manera loq ue había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo
para que sigamos sus huellas.

Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca;
cuando lo insultaban,
no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;
al contrario,
se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados, subió al leño,
para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios cumplió de esta manera loq ue había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

LECTURA: 1Co 9, 24-25

En el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio. Corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones. Ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.

PRECES

Demos siempre gracias a Cristo, nuestra cabeza y nuestro maestro, que vino a servir y a hacer el bien a todos, y digámosle humilde y confiadamente:

Atiende, Señor, a tu Iglesia.

  • Asiste, Señor, a los obispos y presbíteros de la Iglesia y haz que cumplan bien su misión de ser instrumentos tuyos, cabeza y pastor de la Iglesia,
    — para que por medio de ti conduzcan a todos los hombres al Padre.
  • Que tus ángeles sean compañeros de camino de los que están de viaje,
    — para que se vean libres de todo peligro de cuerpo y de alma.
  • Enséñanos, Señor, a servir a todos los hombres,
    — imitándote a ti, que viniste a servir y no a ser servido.
  • Haz que en toda comunidad humana reine un espíritu fraternal,
    — para que, estando tú en medio de ella, sea como una plaza fuerte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Sé misericordioso, Señor, con todos los difuntos
    — y admítelos a contemplar la luz de tu rostro.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que le mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar la próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Una vez más la parábola del Hijo Pródigo

1.- Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: ese acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: un hombre tenía dos hijos… Para entender bien esta parábola debemos fijarnos a quiénes se la dirige y por qué. Se la dirige a los fariseos y escribas, porque ellos eran los que le acusaban de acoger a los pecadores y comer con ellos. Por tanto, lo primero que quiere dejar claro Jesús en su respuesta a los fariseos y escribas es que él hace lo que hace para cumplir la voluntad de su Padre, Dios, y actuar como actuaría su Padre, Dios. Está claro que Jesús lo primero que quiere dejar claro a los escribas y fariseos es que Dios actúa siempre con los hombres con misericordia y compasión, teniendo una especial predilección por los más débiles, en este caso con los pecadores, porque son los que más alejados están de él. Por eso, a esta parábola, creo yo que no deberíamos titularla del hijo pródigo, sino del padre pródigo en misericordia y compasión, porque Jesús lo que quiere es que, los escribas y fariseos después de escuchar esta parábola, saquen la conclusión de que Dios es sumamente misericordioso, pródigo en misericordia. No es en la conducta del hijo menor, del llamado hijo pródigo, sino en la conducta de Dios, en lo que quiere que se fijen en primer lugar los fariseos y escribas, no tanto en la conducta del hijo menor.

2.- Recapacitando entonces, el hijo menor se dijo: cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino hacia dónde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Como vemos, la actitud del hijo menor tampoco es en este caso un ejemplo de generosidad y amor al padre, como para dar título a esta parábola. Lo que realmente es maravillosa y pródiga en amor es la actitud del padre que “cuando todavía el hijo estaba lejos y su padre lo vio se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos”. Le vistió con una túnica nueva, le puso un anillo en la mano y sandalias en los pies y celebró en honor de este hijo un banquete, sacrificando al ternero cebado. Realmente, el padre fue pródigo en amor: ni un solo reproche, todo fue alegría y gozo por la vuelta de este hijo que estaba perdido y ahora había vuelto a la casa paterna. En esto quería Jesús que se fijaran los escribas y fariseos y que se dieran cuenta que él, cuando acogía a los pecadores y comía con ellos, lo único que estaba haciendo era imitar a su Padre, Dios. Y esto es en lo que quiere Jesús ahora es que nos fijemos nosotros: que Dios es sumamente misericordioso y que su misericordia es más grande que nuestros pecados. La comprensión de esta verdad en ningún caso debe inducirnos a nosotros a pecar irresponsablemente, sino todo lo contrario, debe inducirnos a amar más a Dios, correspondiendo a su amor con amor y, por amor a este Dios pródigo en misericordia, no hacer nada que pueda ofenderle.

3.- Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Y este le contestó: ha vuelto tu hermano y tu padre le ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud. Este se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo… Le dijo: hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido: estaba muerto y lo hemos encontrado.

En esto es en lo quería Jesús que se fijaran los escribas y fariseos, y en esto es en lo que quiere que nos fijemos hoy nosotros: en que Dios se alegra cuando un pecador se convierte y vuelve al amor de Dios. Esta fue siempre la conducta de Jesús: amaba a los pecadores y comía con ellos, no por el hecho de que fueran pecadores, sino para que se convirtieran. En este sentido debemos hoy también nosotros amar a los pecadores, pobres y marginados, imitando a nuestro maestro, Jesús. Queremos predicar y contribuir con nuestro amor a que nuestro mundo sea cada día un poco más justo y generoso con las personas más necesitadas. Tampoco nosotros, como Jesús, hemos venido a este mundo no para juzgarlo, sino para salvarlo. Esta es nuestra misión aquí y ahora: intentar que este mundo, nuestro mundo, se parezca cada día un poco más al reino de Dios que Jesús vino a predicar y poner en marcha. Para esto se requiere mucho amor, ser pródigos en amor. A esto nos invita en este domingo Jesús, al proponernos esta bellísima parábola del hijo, del Padre, pródigo.

Gabriel González del Estal

Domingo IV de Tiempo Ordinario

Las parábolas del Evangelio tienen algo en común con los sueños. Los psicólogos nos dicen que todos los personajes de un sueño representan diversos aspectos de nuestro ‘yo’. Nosotros somos cada uno de esos personajes. De igual manera, en una parábola cada personaje representa algo que nosotros somos, o algo que vamos a llegar a ser. Cuando, por ejemplo, leemos la parábola del Fariseo y del Publicano que van al templo a orar, es importante que tengamos en cuenta que hay en cada uno de nosotros algo de Fariseo  y algo de Publicano.

 El Evangelio que hoy hemos escuchado nos habla de dos hijos. El primero de ellos pide a su padre la parte del patrimonio que le corresponde y se marcha a un país lejano donde despilfarra cuanto ha recibido de su padre, y vuelve a su casa cuando ya no le queda nada y tiene hambre. En cuanto al segundo de los hijos no hay duda de que es fiel en su servicio a su padre, pero no es capaz de participar en su amor y misericordia.  Por suerte nos encontramos en la narración con un tercer personaje: Este personaje es de hecho el actor principal, es decir el Padre. Es Él a quien debemos imitar, y la parábola es esencialmente una enseñanza sobre Él. ¿No comienza, pues, con estas palabras: “Un hombre tenía dos hijos…”?

 Por otra parte la mayor parte de las parábolas de Jesús nos hablan ante todo del Padre. Lo que sucede es que nosotros las interpretamos fundamentalmente como enseñanzas morales. Lo cual se explica ante todo por el hecho de que  al estar centrados en nosotros mismos  leemos estos textos como si nos hablaran de nosotros mismos y no de Dios.

 Un ejemplo claro de ello lo tenemos en la parábola que hoy hemos escuchado. La mayor parte de los comentarios y de las homilías o escritos espirituales que esta tan bella parábola no ven en ella ante todo más que una exhortación a la conversión o al arrepentimiento. Por supuesto que también se encierra en ella esta exhortación. Pero Jesús se halla mucho más interesado en decirnos quién es su Padre, que tipo de persona es Él.

 Por supuesto que sería sumamente fácil el narrar todo este Evangelio en un lenguaje de nuestros días. Podría tratarse de  la historia de un joven o una joven que abandona la casa paterna no bien ha concluido sus estudios universitarios para volver a casa unos años más tarde con el cerebro quemado por la droga o para  morir enfermo del SIDA. No es  nada difícil imaginarse todas las reacciones posibles de los padres en semejantes circunstancias.

 Lo que nos dice Jesús en el Evangelio que hoy hemos escuchado es lo que Dios – su Dios y nuestro Dios – lleva a cabo en semejantes situaciones, situaciones en las que nos colocamos de continuo. Jesús describe a su Padre como un Dios que danza. Y por otra parte, el segundo hijo, cuando vuelve de su trabajo, llama a uno de los servidores justamente para “cuál es la razón de esta música y de estas danzas”. Cada vez que nos volvemos a Dios, tras alguna de nuestras escapadas,  es esta vuelta para Él un tiempo “de música y de danza”.

Cuando voy al Aeropuerto a esperar a alguien, suelo examinar a veces a los niños que están a la espera de sus padres que están de vuelta de un viaje. Nada de extraño tiene el ver a un niño saltar de alegría y ponerse a bailar cuando ve a su padre o a su madre que pasan la puerta. Es lo que Dios hace cuando volvemos a Él.

 Por otra parte esta parábola forma parte de un tríptico – de un grupo de tres parábolas – que tienen como tema común la alegría. La parábola de a oveja perdida, la de la dracma perdida y la del hijo pródigo. Verdad es que esta parábola nos llama a la conversión y al arrepentimiento. Pero nos llama ante todo a alegrarnos con Dios – en la música y la danza – siempre que alguien que se ha alejado de El vuelve a la casa paterna.

A. Veilleux

Comentario del 31 de marzo

La parábola del hijo pródigo nos ofrece un cuadro escénico que revela especialmente dos cosas: la miseria humana y la misericordia divina, o mejor, una sola: la misericordia (de Dios) que transforma la miseria (del hombre) en alegría, reconciliación, recuperación, vida.

La parábola es ya realidad palpable en la vida de Jesús, que acoge a los pecadores y come con ellos, algo que escandaliza sobremanera a los fariseos. Jesús ha empezado a hablar del reino de Dios como lugar de reconciliación y de Dios Padre como alguien que prefiere la misericordia al sacrificio; se ha acercado a hombres abatidos por miserias físicas, como la lepra, o espirituales, como el sentimiento de culpa; ante ellos su corazón se ha conmovido y no ha dudado en repartir misericordia a manos llenas, a veces contraviniendo leyes tan sagradas como el Sábado o descuidando tradiciones tan ancestrales como las de los lavados rituales; él mismo se sabe médico de enfermos y pastor de ovejas perdidas. Pero semejante conducta acaba resultando conflictiva, sobre todo para los practicantes y defensores de la ley pura y para los guardianes de las tradiciones de los mayores: sacerdotes, escribas y fariseos.

Quien mejor encarna al Padre de la parábola es el mismo Jesús con su permanente actitud de misericordia hacia enfermos y pecadores. En el hijo pequeño están representados todos los pecadores que, habiéndose alejado de Dios, sienten el deseo imperioso de volver a él, tras haber atravesado sin pretenderlo un desierto de carencias y pérdidas de amargo sabor. Los sacerdotes y fariseos encuentran su réplica en el hermano mayor: exigente, mezquino, legalista, incapaz de compasión.

El hijo menor es el hombre seducido por ese mundo que queda fuera de la casa paterna, atraído tal vez por lo desconocido, que se le presenta también como prohibido; quizá cansado de lo conocido y ordinario, ansioso de lo extraordinario. En suma, un hombre en estado de huida o de alejamiento de la casa que le vio nacer y le había visto crecer, del padre, que parece maniatarle, impedirle la realización de sus proyectos de libertad, empobrecerle, del hermano, al que no quiere, tal vez porque tampoco se siente querido por él, y con el que rivaliza por los bienes que comparten, por la herencia a repartir, por el cariño del mismo padre. El hijo menor, cuando emprende este camino de huida, después de haber juntado todo lo suyo, está huyendo incluso de sí mismo, porque busca la felicidad fuera de sí, en los lugares en que no está, en las cosas que no tiene, en lo otro de la alienación. Y ahí es donde derrocha toda su fortuna, malgastando la herencia recibida en un intento vano de calmar su insatisfacción interior a base de comprar cosas y personas o de experimentar nuevas sensaciones, o de gustar todo tipo de placeres. Pero el intento resulta realmente baldío. A las posesiones les suceden las carencias, a la saciedad el hambre, al placer la amargura, al gusto el hastío, a la sensación de libertad la esclavitud y la humillación (hasta el punto de verse obligado a cuidar cerdos).

Pero la insatisfacción suele ser un principio de gracia, porque despierta el deseo de lo perdido y favorece la búsqueda de su recuperación. Todo movimiento de retorno es ya fruto de la misericordia que atrae en forma de nostalgia, de recuerdo, de arrepentimiento. La insatisfacción lleva a la recapacitación y ésta a la planificación del retorno, si ello es posible y cuando ello es posible. Sólo la conciencia de que la casa paterna sigue en pie y abierta a una posible recepción permite emprender el camino de retorno. El pródigo cree poder ser recibido por su padre como jornalero, no como hijo, porque entiende que ha perdido todos sus derechos filiales; y con este propósito inicia el camino de vuelta. Sin el recuerdo del padre, aquel hijo nunca hubiera emprendido este camino de regreso, pero aún contaba con la esperanza de ser recibido al menos como uno de sus jornaleros.

No obstante, y a diferencia de lo que el pródigo pensaba, el padre lo esperaba de verdad, lo esperaba como padre ansioso por recuperar al hijo de sus entrañas, al hijo extraviado, perdido, más aún, muerto (estaba muerto y ha revivido), pero siempre hijo. Lo espera con ansiedad y lo recibe conmovido, envolviéndole en abrazos y significativas atenciones que le hagan sentirse de nuevo hijo, que le devuelvan la dignidad perdida. Esto explica lo asombroso del recibimiento: la carrera, los abrazos, los besos, los regalos, la fiesta. No hay el más mínimo reproche, recriminación o castigo. El castigo ya lo ha recibido, porque el pecado lleva consigo la penitencia. Todo es alegría, porque la alegría del padre llena la casa. Es la alegría que experimenta el que ha recuperado algo muy apreciado, algo tan entrañable como un hijo dado por perdido o muerto.

La conmoción de las entrañas paternas es la razón última que explica el comportamiento de Dios para con el hombre, pecador, mísero, arruinado, pero hijo. Esta es la gran revelación de la parábola, el mejor evangelio, que Dios es un padre con entrañas paternas, un Dios capaz de conmoverse ante las miserias de sus hijos. Este corazón paternal se impone a cualquier otro raciocinio, normativa o consideración jurídica. En estricta justicia, aquel hijo que había malgastado parte de la herencia que le había sido entregada, a petición suya, por el padre, despreciando sus cuidados y advertencias (porque se supone que las habría) paternales, no merecía ser acogido de nuevo en la casa paterna como lo fue. Recibió, por tanto, una acogida inmerecida. Así es la gracia de Dios, enteramente gratuita, no teniendo otra razón de ser que el amor incondicionado que brota de él.

Así se lo hace saber el padre al hermano mayor cuando éste reacciona desde la ley y la estricta justicia, negándose a participar en la fiesta celebrada con motivo de dicha vuelta. Su corazón de hijo estaba tan lejos del padre como lo había estado el de su hermano. No comparte el sentimiento del padre, no se alegra con la vuelta del hermano, porque no se siente ni hijo de tal padre, ni hermano de tal hermano. Ese hijo suyo hace tiempo que había dejado de ser su hermano.

El hermano mayor manifiesta ser un gran cumplidor: en tantos años que te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya…, pero también muestra tener muy poco amor, tanto al padre a quien obedece sin rechistar, como al hermano, al que no quiere recibir como tal. Así retrata Jesús la actitud de los fariseos para con Dios y para con los pecadores.

Este es el Dios que Cristo nos da a conocer, nuestro Dios. Y estos somos nosotros: unos, alejados de la casa paterna, fascinados por el mundo, conservando tal vez una cierta nostalgia de la fe que se tuvo en la infancia, pero que ya no se tiene; otros, viviendo en la casa paterna (resp. Iglesia), pero más por inercia, por costumbre, tal vez por miedo a la inseguridad o a la falta de protección. Sea cual sea nuestra situación, lo importante es que descubramos o redescubramos el corazón inmenso de este Padre que abraza con infinita ternura al hijo perdido y recuperado y ruega con insistencia, casi suplica, al otro hijo que se sume a la fiesta organizada con ocasión del retorno de su hermano y comparta su alegría. A los dos los tiene en el corazón y a los dos los quiere tener juntos en su propia casa para que disfruten como hijos de todos sus bienes.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Veritatis gaudium – Francisco I

Artículo 54. Mediante la asignación anual de una congrua suma de dinero, la biblioteca se enriquezca constantemente con libros antiguos y modernos, y también con las principales revistas, de manera que pueda servir eficazmente tanto para investigar y enseñar las disciplinas, como para aprenderlas, lo mismo que para las ejercitaciones y seminarios.

Lectio Divina – 31 de marzo

Lucas 15,1-3.11-32La Parábola del Hijo Pródigo
Lucas 15,1-3.11-32

1. LECTIO

 a) Oración inicial:

Ven, oh Espíritu Creador, a desvelarnos el gran misterio de Dios Padre y del Hijo unidos en un solo Amor. Haznos ver el gran día del Dios esplendente de santa luz; nace en la sangre de Cristo la aurora de un mundo nuevo. Vuelve a la casa el pródigo, resplandece la luz para el ciego; el buen ladrón agraciado elimina el miedo antiguo. Muriendo sobre el patíbulo

Cristo vence la muerte; la muerte da la vida, el amor vence al temor, la culpa busca el perdón. Amén

b) Lectura del Evangelio:

En aquel tiempo, 1 todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle.2 Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos.» 3 Entonces les dijo esta parábola:
11 «Un hombre tenía dos hijos.12 El menor de ellos dijo al padre: `Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.’ Y él les repartió la hacienda.13 Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.
14 «Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. 15 Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. 16 Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. 17 Y entrando en sí mismo, dijo: `¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! 18 Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. 19 Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.’ 20 Y, levantándose, partió hacia su padre.
«Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. 
21 El hijo le dijo: `Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.’ 22 Pero el padre dijo a sus siervos: `Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. 23 Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, 24 porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.’ Y comenzaron la fiesta.

25 «Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; 26 y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Él le dijo: `Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.’ 28 Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba. 29 Pero él replicó a su padre: `Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; 30 y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’
31 «Pero él le dijo: `Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; 32 pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.’»

c) Momentos de silencio orante:

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestras vidas.

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

Lucas ha sido llamado por Dante el “escriba de la mansedumbre de Cristo” Es, de hecho, el evangelista que más subraya la misericordia del Maestro por los pecadores y el que más narra escenas de perdón (Lc 7,36-50; 23, 39-43). En el evangelio de Lucas, la misericordia de Dios se manifiesta en Jesucristo. Se puede decir, que el Jesús de Lucas es la encarnación de la presencia misericordiosa de Dios entre nosotros. “Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre” (Lc 6,36). Lucas pone de relieve una imagen de Dios, ya revelada en el Antiguo Testamento (Ex 34,6), pero que desgraciadamente parece que haya sido olvidada por los escribas y fariseos que hacían hincapié en la imagen de un Dios “que castiga la culpa de los padres en los hijos” (Ex 34,7). Los fariseos y los escribas, en efecto, presumían de ser justos a los ojos de Dios, porque no quebrantaban la ley de Dios. Jesús critica esta conducta con su enseñanza y con su modo de obrar. Él, el “justo” de Dios (1Pt 3,18), “recibe a los pecadores y come con ellos” (Lc 15,2). Piénsese en la parábola del publicano que vuelve a casa desde el templo justificado, a diferencia del fariseo que se ensoberbeció delante de Dios juzgando a su prójimo (Lc 18, 9-14). Jesús nos hace ver que el pensar y el obrar de Dios son muy diversos del pensar y obrar humanos. Dios es diverso, y su transcendencia se manifiesta en la misericordia que perdona las culpas. “Mi corazón se conmueve dentro de mí, y mis entrañas se han conmovido. No llevaré a efecto el ardor de mi cólera…porque soy Dios y no un hombre; soy el Santo en medio de ti y no me complazco en destruir” (Os 11, 8-9).

Esta parábola del “hijo pródigo” , ilumina este rostro del Dios Padre misericordioso. Por esto, algunos se refieren a esta narración como “la parábola del Padre pródigo en la misericordia y el perdón”. El pasaje evangélico forma parte de una cadena de tres parábolas sobre la misericordia, con un preámbulo que nos hace contemplar a ”todos los publicanos y pecadores” que se acercan a Jesús para escucharlo (Lc 15,1). Éstos se reflejan en el hijo menor, que entra dentro de sí y comienza a reflexionar sobre su condición y sobre lo que ha perdido yéndose fuera de la casa de su padre (Lc 15,17-20). Es interesante tener en cuenta el verbo “escuchar”, que nos lleva a la escena de María la hermana de Marta, “ la cual, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra” (Lc 10, 39); o también a aquella otra de la gente” que habían venido para escucharle y ser curada de sus enfermedades” (Lc 6,18). Jesús reconoce a sus parientes, no por el lazo de la sangre , sino por este comportamiento. María, la Madre de Jesús, ha sido alabada por este comportamiento de escucha contemplativa, ella que “guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19,51). Isabel la proclama dichosa porque “ ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor” (Lc 1,45), revelado en la escena de la anunciación (Lc 1, 26.38).

A la misericordia del padre que se conmueve (Lc 15,20), se contrapone la conducta severa del hijo mayor, que no acepta a su hermano como tal, sino que en el diálogo con el padre lo define “este hijo tuyo que ha malgastado todos sus bienes con prostitutas” (Lc 15,30). Aquí se entrevé la conducta de los escribas y de los fariseos que “murmuraban: «Éste recibe a los pecadores y come con ellos..»”. Ellos no se mezclan con los “pecadores” considerados inmundos, sino que se distancian de ellos. La conducta de Jesús es totalmente diversa y es escandalosa a sus ojos. A Él le gusta entretenerse con los pecadores y alguna vez hasta se invita por su cuenta a visitar sus casas y comer con ellos. (Lc 19, 1-10). La murmuración de los escribas y fariseos impide la escucha de la Palabra.

Muy sugestivo es el contraste entre los dos hermanos. El menor, reconoce su miseria y su culpa, regresa a casa diciendo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo (Lc 15, 18-19,21). El mayor, nos muestra una postura de arrogancia, no sólo con respecto a su hermano, sino ¡hasta con su padre! Sus reproches contrasta mucho con la dulzura del padre que saliendo de la casa, va a su encuentro a “rogarle” que entre en casa. El padre se comporta de igual manera con sus dos hijos, y va al encuentro de ellos para hacerlos entrar en la casa (Lc 15, 20, 28). Es la imagen de Dios Padre que nos invita a la conversión, a volver a Él: “Vuelve, apóstata Israel, dice el Señor. No te mostraré mi rostro indignado, porque yo soy misericordioso, dice el Señor. Reconoce, pues, tu maldad, pues contra tu Dios has pecado dispersando tus caminos hacia los extraños, bajo todo árbol frondoso y desoyendo mi voz. Oráculo del Señor. Volved, hijos rebeldes – dice el Señor – porque yo soy vuestro dueño” (Jer 3, 12 -14).

a) Algunas preguntas:

para orientar la meditación y actualización.

i) Lucas subraya una imagen de Dios misericordioso, ya revelada en el Antiguo Testamento (Ex 34,6), pero que desgraciadamente parece que fue olvidada por escribas y fariseos que recalcaban la imagen de un Dios que “castiga la culpa de los padres en los hijos “ (Ex 34,7). ¿Qué imagen tengo yo de Dios?

ii) Los fariseos y los escribas presumen de ser justos a los ojos de Dios, porque no quebrantan su ley. Jesús critica esta conducta con su enseñanza y también con su modo de obrar. Él, el “justo” de Dios (1Pt 3,18), “recibe a los pecadores y come con ellos” (Lc 15,2). ¿Me considero más justo que los demás, quizás porque observo los mandamientos de Dios? ¿Qué motivaciones me empujan a vivir como “justo”, el amor de Dios o el gusto personal?

iii) “Todos los publicanos y pecadores” se acercaban a Jesús para escucharlo (Lc 15, 1). Lucas parece que le da mucha importancia a esta postura de escucha, reflexión, entrar dentro de sí mismo, meditar y guardar la Palabra en el propio corazón. ¿Qué puesto ocupa la escucha contemplativa de la palabra de Dios en mi vida de cada día?

iv) Los escribas y fariseos no se mezclan con “los pecadores” considerados inmundos, sino que se alejan de ellos. La conducta de Jesús es diversa, y escandalosa a sus ojos. A Él le gusta entretenerse con los pecadores y alguna vez se autoinvita a sus casas para comer con ellos (Lc 19, 1-10). ¿Juzgo a los otros, o más bien, trato de transmitir sentimientos de misericordia y perdón, que reflejen la ternura de Dios Padre – Madre?

v) «“Traed el novillo cebado, matadlo y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta”». En la imagen del padre que ordena un banquete de fiesta por el hijo que ha vuelto a la vida, reconozcamos a Dios Padre que nos ha amado tanto “ hasta dar su Hijo, para que todo aquél que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). En el “novillo cebado” inmolado, podemos reconocer a Cristo, el Cordero de Dios que sufre como víctima de expiación para rescatarnos del pecado. ¿Participo en el banquete eucarístico con sentimientos de gratitud por este amor infinito de Dios que se nos da en su amado hijo, crucificado y resucitado?.

3. ORATIO

a) Salmo 32 (31):

¡Dichoso al que perdonan su culpa
y queda cubierto su pecado!
Dichoso el hombre a quien Yahvé
no le imputa delito,
y no hay fraude en su interior.

Guardaba silencio y se consumía mi cuerpo,
cansado de gemir todo el día,
pues descargabas día y noche
tu mano sobre mí;
mi corazón cambiaba como un campo
que sufre los ardores del estío.

Reconocí mi pecado
y no te oculté mi culpa;
me dije: «Confesaré
a Yahvé mis rebeldías».
Y tú absolviste mi culpa,
perdonaste mi pecado.

Tú eres mi cobijo,
me guardas de la angustia,
me rodeas para salvarme.

¡Alegraos en Yahvé, justos, exultad,
gritad de gozo los de recto corazón!

b) Oración final:

¡Oh, Dios! que das la recompensa a los justos y no rechazas a los pecadores arrepentidos. Escucha nuestra súplica: la humilde confesión de nuestras culpas nos obtenga tu misericordia.

4. CONTEMPLATIO

La contemplación es el saber unir nuestro corazón y nuestra mente al Señor que con su Palabra nos transforma en nuevas personas que cumplen siempre su voluntad. “Sabiendo estas cosas, seréis dichosos si la ponéis en práctica” (Jn 13,17).

Domingo IV de Cuaresma

Dios no puede ser poseído, pero sí gustado.

El nos enseña a recibir todo y gozarlo (personas y cosas) como don.

La historia de la fe y de las personas que fundamentan su vida en la fe comienza con una promesa, que les hace salir de su sistema de seguridad, y termina en una tierra que mana leche y miel, en la comunión de amor con Dios y con los hombres.

La lectura de Jos 5 expresa muy bien esta dialéctica. Liberados de Egipto, los israelitas han sido cuidados por Dios en el desierto con el maná, don extraordinario, signo de la fidelidad de Dios. Ahora, los frutos de la tierra son de Dios y del trabajo del hombre. Pero el hombre ha de vivirlos como puro don de Dios, pues nacen de una promesa gratuita y libre. Los israelitas han necesitado el desierto para aprender a recibir el don como don.

La expresión de comunión de Dios y el hombre es la fiesta. Se celebra la fidelidad de Dios y el don de la tierra. En la fiesta se establece la reciprocidad de la Alianza. El hombre recibe de Dios el don; pero no como un niño, a quien se le da todo hecho, sino como responsabilidad y trabajo.

De ahora en adelante, la relación con Dios se realiza en la reciprocidad. Sin embargo, ésta no es un comercio, sino una fiesta; consiste en agradecer, en devolver a Dios lo que de El hemos recibido.

Esta responsabilidad agradecida, en que el amor no es un pago, sino el gozo de la reciprocidad, es el secreto de la adultez de la fe.

Hace falta una historia para llegar aquí. A ello se oponen muchas cosas:

  • Vivir la relación con Dios, con las personas y con las cosas como propiedad, como si tuviésemos derecho… ¡Nos parece tan normal ser queridos por Dios o por los demás! Acumulamos, en vez de compartir con los que no tienen.
  • La ansiedad, que lo quiere todo inmediatamente: la experiencia de Dios y la justicia social.

– Que valoramos y gozamos más con los dones que con Dios, el dador de los dones.

Evangelio: Lc 15. Merece especial atención, porque tiene grandes resonancias en el corazón de todo creyente. En este momento de la Cuaresma, podríamos aprovechar la contemplación de este texto para la Celebración Penitencial.

La historia del hijo pródigo refleja nuestra historia íntima.

Hay una lectura común. El hijo menor es el libertino, egoísta y caprichoso, que abusa del amor del padre. Se entrega al vicio, a los pecados «materialistas».

Hay otra lectura, cultural. El hijo menor refleja al hombre moderno, que necesita romper con la casa paterna, con la ley, para hacerse a sí mismo, autónomo. Para algunos, éste es el peor de los pecados, la soberbia de la libertad. Para otros es una fase, casi siempre necesaria, para reestructurar la relación con el Padre.

En cualquier caso, la sabiduría de Jesús alcanza el núcleo de la cuestión: La persona humana viene del Padre y al Padre ha de volver.

Más: Sólo vuelve cuando, previamente, sabe, en lo íntimo de su corazón, que el amor primero permanece fiel e incondicional.

Esa es la diferencia entre el hijo pequeño y el mayor. Este no se ha alejado; pero no por amor, sino porque su relación con el Padre es de miedo que necesita comprar el amor.

Una vez más, Jesús no ha tenido miedo en escandalizar a los «fariseos y letrados», a los intachables. Nos dice que es preferible ser como el pequeño (sin justificar su vida perdida); y, sobre todo, que no le quitemos al Padre la alegría de perdonar.

Es probable que nos sintamos identificados en algunos aspectos con el hijo pequeño y, en otros, con el mayor. Lo más importante es que nos sintamos agradecidos, liberados, por el amor del Padre, de modo que nadie nos prive de la fiesta de su gracia, ni siquiera del recuerdo de nuestros pecados.

Javier Garrido

He pecado

En el tratamiento de drogodependencias y otras adicciones es esencial que la persona afectada reconozca que tiene un problema, que tome verdadera conciencia de su situación, de lo que le está pasando y de las consecuencias que le va a acarrear. Esto es válido también para otros aspectos de la vida personal y social: el primer paso para afrontar y buscar solución a los problemas que van surgiendo es reconocer que existen. Y por supuesto, esto también es válido para la vida de fe.

La Cuaresma es el tiempo en el que se hace una especial llamada a la conversión, y se preparan celebraciones penitenciales. Pero existe un problema: no es extraño escuchar decir, incluso a personas que se consideran creyentes: “Yo no necesito confesarme, no tengo pecados”.

Como indica el Catecismo Católico para Adultos de la Conferencia Episcopal Alemana: “la actitud respecto del sacramento de la penitencia como celebración de la reconciliación con Dios y del perdón de los pecados es señal de que la conciencia para el pecado (…) se ha debilitado o está adormecida o falseada en muchos cristianos (…) Se hace patente una crisis de la conciencia de pecado y de la concepción del pecado”.

Este domingo de Cuaresma, en el que hemos escuchado la conocida parábola del “hijo pródigo”, nos invita a reconocer este problema que nos afecta, individualmente y como Iglesia. El hijo menor no tiene conciencia de pecado: pide la parte que le toca de la fortuna, y la derrocha viviendo perdidamente; pero tampoco el hijo mayor tiene conciencia de pecado: sus años sirviendo a su padre sólo le llevan a indignarse contra él, contra su hermano y ni se alegra por su regreso.

Una vez reconocido el problema de la falta de conciencia de pecado, hay que buscar la raíz del mismo, que podría resumirse así: “Muchas personas de nuestro tiempo tienen dificultades en lo tocante al pecado y a la culpa. Sin duda son conscientes de sus fallos y de su fracaso cuando infringen una ley o una ordenanza o cuando hieren a otras personas (…) Pero lo que falta es la conciencia de que eso tiene algo que ver con Dios (…) no se establece ya una relación entre Dios y la propia experiencia de la vida. En consecuencia, falta también la sensibilidad para comprender que una acción mala no sólo infringe una regla o una ordenanza, sino que atenta también contra Dios”.

Pero aunque la conciencia de pecado haya desaparecido en muchas personas, el pecado existe. Simplificando mucho, podemos decir que el pecado es un “no” a Dios: un “no” que le damos en diferentes circunstancias y grados. Y decir “no” a Dios acarrea unas consecuencias: “el pecado divide al hombre y a la humanidad y crea un mundo roto en el que el mal suscita de continuo nuevo mal. Se hace patente de muchas maneras: en el desgarra

miento interno del hombre, en la división de sus espacios vitales, en el matrimonio, en la familia y en el medio ambiente, en la profesión y en la sociedad, en las relaciones entre los pueblos…”
Esta división y ruptura es la experiencia del hijo menor: sufre la ruptura con su padre y hermano, con su entorno, consigo mismo… También el hijo mayor sufre estas rupturas. Como consecuencia, ninguno de los dos está viviendo a gusto, con la dignidad de hijos de su padre. Pero el hijo menor sí reconoce su problema: recapacitando se dijo… Me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Y ese reconocimiento de su problema es lo que finalmente le lleva a la reconciliación con su padre y consigo mismo.

Quizá hoy descubramos que nuestra conciencia de pecado se ha debilitado. Quizá hoy nos demos cuenta de las muchas divisiones e incluso rupturas que esa falta de conciencia de pecado ha provocado y está provocando en todas las dimensiones de nuestra vida. Quizá hoy nos demos cuenta de que, como el hijo menor, no valoramos lo que supone tener a Dios como Padre.

“Es tarea de la Iglesia predicar a los hombres el mensaje de la reconciliación”. El Miércoles de Ceniza, al iniciar la Cuaresma, escuchábamos: En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios, y hoy lo hemos vuelto a escuchar en la 2ª lectura. Es una llamada a reconocernos pecadores y por tanto necesitados de reconciliación: con Dios, con los demás, con nuestro entorno, y con nosotros mismos, pero esto sólo será posible “si hay una conciencia despierta de pecado y una concepción recta del mismo”.

Ojalá, como ocurrió al hijo menor de la parábola, salga de nuestro corazón el reconocimiento de nuestro problema: “Padre, he pecado”. Y así estemos en disposición de recibir su perdón en el Sacramento de la Reconciliación, para volver a decir “sí” a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.

Con los brazos siempre abiertos

Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.

Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado «reprimida» en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía «la parábola del hijo pródigo», pero nunca la han escuchado en su corazón.

El verdadero protagonista de esta parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida: estaba perdido y lo hemos encontrado». Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.

A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.

El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre «lo vio» venir hambriento y humillado, y «se conmovió» hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.

Enseguida «echa a correr». No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. «Se le echó al cuello y se puso a besarlo». Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.

El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Solo Dios acoge y protege así a los pecadores.

El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.

Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que el Misterio último de la vida es Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 31 de marzo

La fiesta del perdón

      En el camino de la Cuaresma, la conversión es uno de los elementos esenciales. Convertirse es dejar los caminos que nos llevan a la perdición y encontrar el camino correcto, el camino que nos lleva al Padre, que nos hace encontrarnos con los demás como hermanos y hermanas, que nos hace sentirnos en casa. Convertirse es volver a la casa del Padre.

      La parábola del Evangelio de hoy nos habla precisamente de la conversión del hijo pródigo. Se había ido por otros caminos. Y, sin darse cuenta, se había extraviado y había derrochado lo mejor que tenía: el amor de su familia, el cariño de su padre, la seguridad que da el sentirse querido. Creyó que podía vivir por su cuenta. Estaba seguro de que con sus propias fuerzas podría conseguir todo lo que se propusiera. Y se encontró con el fracaso. Menos mal, que hundido en su pena, se dio cuenta de lo que tenía que hacer: volver a la casa de su padre. Su vuelta supuso reconocer su equivocación. 

      Hay que notar que, cuando el hijo pródigo piensa en volver, prepara unas frases. Se las dirá a su padre para pedirle perdón: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Pues bien, cuando el hijo llega a la presencia del padre, empieza a decir las frases que tenía pensadas. Pero el padre le corta. Lo que es más importante, no le deja terminar. Y así desaparece la última frase de las que el hijo pródigo tenía preparadas: “Trátame como a uno de tus jornaleros”. No sabemos si no la llegó a decir o si el padre no la quiso oír. Porque lo que prima en el encuentro entre el padre y el hijo es la alegría, el gozo del padre. 

      A partir de ese momento, el protagonista de la parábola es el padre. El hijo es tratado como si no se hubiera llevado su parte de la herencia. Como si no la hubiera derrochado. Como si no se hubiese portado pésimamente con su padre y con su familia. Como si nada hubiera sucedido, el padre pide que se celebre una gran fiesta en la casa. Es la alegría del perdón, del reencuentro. Porque para el padre lo más importante es tener a la familia unida.

      Para nosotros, Cuaresma sigue siendo una oportunidad para convertirnos. No hay que preparar muchas frases. Dios se va a poner muy contento de que volvamos a casa. Va a preparar una fiesta. ¿Por qué sentimos temor ante él? No hay ninguna razón. Él sigue saliendo todos los días al camino para ver si nos acercamos. ¿No estamos cansados ya de comer algarrobas pudiendo comer el banquete de amor y felicidad que Dios nos tiene preparado?

Para la reflexión

      ¿Qué significaría para mí en concreto convertirme, cambiar de vida? ¿Qué tengo que hacer para acercarme al Padre? ¿Soy capaz de perdonar a los que me han ofendido con la misma generosidad con que Dios me perdona y acoge?

Fernando Torres, cmf