La formación de los discípulos

Eclo 27, 4-7; 1 Cor 15, 54-58; Lc 6, 39-45

En el sermón de la llanura, como en el sermón del monte en la versión de Mateo, Jesús es presentado como el Maestro preocupado de la buena formación de los discípulos, que a su vez han de ser guías y maestros para otros.

Frutos de vida o de muerte

La función del discípulo de Jesús no se termina con lograr su propia formación; él mismo debe orientar y conducir a otros. Es un enviado y para eso ha de ser un testigo que vive coherentemente la fe que testifica y cumple en su vida la doctrina que enseña.

De ahí la preocupación de Jesús por la coherencia integral de los discípulos: un ciego no podrá orientar a otro ciego; si él mismo está cegado por incoherencias no podrá corregir y suscitar fidelidad espiritual en otros a los que debiera formar y alentar (cf. Lc 6, 39).

Jesús califica ahora de hipócrita, como a los fariseos que pretendían ser guía del pueblo judío, al discípulo que no convierte en vida, «fruto bueno», la doctrina que dice reconocer y enseñar (cf. v. 43). Los frutos de las obras manifiestan la bondad o malicia del corazón humano, la verdad o la mentira de la palabra del discípulo.

Lo bueno o lo malo que sale del buen tesoro del corazón (cf. v. 45), más que las palabras son las obras, que Jesús, siguiendo la imagen que utiliza el Eclesiástico (v. 6), compara con los frutos del árbol (cf. v. 43-44). La obra buena, por excelencia, de Jesús es dar vida, victoria sobre la muerte, que es, por el contrario, obra del pecado; pero que ha sido vencida definitivamente en su resurrección. Por eso podemos burlarnos de la muerte, dice Pablo, recogiendo un texto de Isaías (cf. 1 Cor 15, 55).

En el mundo de hoy, en el que están trabados en decisivo combate la vida y la muerte, la solidaridad, la justicia y la paz frente a la violencia, la injusticia y el individualismo egoísta, no es difícil responder de qué lado ha de ponerse el discípulo de Jesús. Lo realmente difícil es el discernimiento del «fruto bueno», de la obra realmente eficaz, la superación del temor y de la inercia, el sacar de nuestros ojos hipócritas las vigas de las aparentemente pequeñas incoherencias cotidianas, de desprecio, de falta de solidaridad, de condenar consecuencias sin denunciar las causas, etc. (cf. Lc 6, 42).

Coherencia entre el decir y el actuar

Jesús reclama así para el discípulo transparencia y coherencia. Son condiciones del verdadero testimonio evangelizador. La autoridad moral para anunciar la buena nueva sólo puede fundamentarse sobre la verdad y la coherencia de las palabras, de las actitudes y, de los comportamientos. La coherencia convoca. Y esta es una exigencia para la Iglesia de todos los tiempos, si ha de ser fiel a su vocación evangelizadora.

El «aguijón del pecado» que produce la muerte, como recuerda Pablo (1 Cor 15, 56), se esconde todavía en el comportamiento inconsecuente de muchos cristianos. Pablo invita a los corintios, y también a nosotros, a mantenerse «firmes y constantes. Trabajad siempre por el Señor, sin reservas» (v. 58). La firmeza en la práctica de la vida, aun en tiempos difíciles y desconcertantes, construye esa autoridad moral, que caracterizaba a Jesús y que se requiere igualmente hoy día para alentar y sostener a los que se cansan y sucumben ante la aparente fuerza de la muerte. Como creyentes en la victoria de Jesucristo sobre la muerte debemos a la sociedad entera, y especialmente a los más desamparados, el testimonio de la firmeza y de la esperanza, «convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga» (v. 58).

3. Es intolerable que unas personas o pueblos mantengan sometidos o esclavos a otros en una sociedad que se cree libre, justa e incluso religiosa. La miseria del hambre (pan injustamente repartido), del dolor (especialmente del indebido) y d odio (racismo, desprecio, marginación) debe ser abolida. Sólo la justicia es capaz de romper con el sistema diabólico. El evangelio de Lucas se mueve en un nivel social con exigencias radicales.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Cuáles son en realidad nuestros valores?

¿Creemos de verdad en el mensaje de las bienaventuranzas?

Gustavo Gutiérrez