Vísperas – Lunes I de Cuaresma

VÍSPERAS

LUNES I DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: Rm 12, 1-2

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dice el Señor: «Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicísteis.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dice el Señor: «Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicísteis.»

PRECES

Invoquemos al Señor Jesús, que nos ha salvado a nosotros, su pueblo, librándonos de nuestros pecados, y digámosle humildemente:

Jesús, Hijo de David, compadécete de nosotros.

  • Te pedimos, Señor Jesús por tu Iglesia santa, por la que te entregaste para consagrarla con el baño del agua y con la palabra:
    — purifícala y renúevala por la penitencia.
  • Maestro bueno, haz que los jóvenes descubran el camino que les preparas
    — y que respondan siempre con generosidad a tus llamadas.
  • Tú que te compadeciste de los enfermos que acudían a ti, levanta la esperanza de nuestros enfermos
    — y haz que imitemos tu gesto generoso y estemos siempre atentos al bien de los que sufren.
  • Haz, Señor, que recordemos siempre, nuestra condición de hijos tuyos, recibida en el bautismo,
    — y que vivamos siempre para ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Da tu paz y el premio eterno a los difuntos
    — y reúnenos un día con ellos en tu reino.

Fieles a la recomendación dle Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Conviértenos a ti, Dios Salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu palabra, para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 11 de marzo

Tiempo de Cuaresma

1) Oración inicial

Conviértenos a ti, Dios Salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu palabra, para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del santo Evangelio según Mateo 25,31-46

«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí.’ Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a ti?’ Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.’ Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.’ Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’ Y él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.’ E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.»

3) Reflexión

• El Evangelio de Mateo presenta a Jesús como el nuevo Moisés. Como Moisés, Jesús promulgó la Ley de Dios. Como la antigua Ley, así la nueva ley dada por Jesús tiene cinco libros o discursos. El Sermón del Monte (Mt 5,1 a 7,27), el primer discurso, se abre con las ocho bienaventuranzas. El Sermón de la Vigilancia (Mt 24,1 a 25,46), el quinto y último se cierra con la descripción del Juicio Final. Las bienaventuranzas describen la puerta de entrada para el Reino de Dios, enumerando ocho categorías de personas: los pobres de espíritu, los mansos, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de corazón limpio, los promotores da paz y los perseguidos por causa de la justicia (Mt 5,3-10). La parábola del Juicio Final cuenta lo que debemos hacer para poder tomar posesión del Reino: acoger a los hambrientos, a los sedientos, a los extranjeros, a los desnudos, a los enfermos y presos (Mt 25,35-36). Tanto en el comienzo como al final de la Nueva Ley, están los excluidos y los marginados. 

• Mateo 25,31-33: Abertura del Juicio Final. El Hijo del Hombre reúne a su alrededor a las naciones del mundo. Separa a las personas como el pastor separa a las ovejas de los cabritos. El pastor sabe discernir. El no se equivoca: las ovejas a la derecha, los cabritos a la izquierda. El sabe discernir a los buenos y a los malos. Jesús no juzga, ni condena (cf. Jn 3,17; 12,47). El apenas separa. Es la persona misma la que juzga o se condena por la manera como se porta en relación con los pequeños y los excluidos. 

• Mateo 25,34-36: La sentencia para los que están a la derecha del Juez. Los que están a su derecha son llamados “¡Benditos de mi Padre!”, esto es, reciben la bendición que Dios prometió a Abrahán y a su descendencia (Gen 12,3). Ellos son convidados a tomar posesión del Reino, preparado para ellos desde la fundación del mundo. El motivo de la sentencia es éste: «Tuve hambre y sed, era extranjero, estaba desnudo, enfermo y preso, y ustedes me acogieron y ayudaron”. Esta frase nos hace saber quiénes son las ovejas. Son las personas que acogieron al Juez cuando éste estaba hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo y peso. Y por el modo de hablar «mi Padre» e «Hijo del Hombre», sabemos que el Juez es Jesús mismo. ¡El se identifica con los pequeños!

• Mateo 25,37-40: Una demanda de esclarecimiento y la respuesta del Juez: Los que acogen a los excluidos son llamados “justos”. Esto significa que la justicia del Reino no se alcanza observando normas y prescripciones, pero sí acogiendo a los necesitados. Pero lo curioso es que los justos no saben cuándo fue que acogieron a Jesús necesitado. Jesús responde: «¡Toda vez que lo hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis!» ¿Quiénes son estos «hermanos míos más pequeños»? En otros pasajes del Evangelio de Mateo, las expresiones «hermanos míos» y «pequeñuelos» indican a los discípulos (Mt 10,42; 12,48-50; 18,6.10.14; 28,10). Indican también a los miembros más abandonados de la comunidad, a los despreciados que no tienen a dónde ir y que no son bien recibidos (Mt 10,40). Jesús se identifica con ellos. Pero no es sólo esto. En el contexto tan amplio de esta parábola final, la expresión «mis hermanos más pequeños» se alarga e incluye a todos aquellos que en la sociedad no tienen lugar. Indica a todos los pobres. Y los «justos» y los «benditos de mi Padre» son todas las personas de todas las naciones que acogen al otro en total gratuidad, independientemente del hecho de ser cristiano o no. 

• Mateo 25,41-43: La sentencia para los que están a su izquierda. Los que están del otro lado del Juicio son llamados “malditos” y están destinados al fuego eterno, preparado por el diablo y los suyos. Jesús usa el lenguaje simbólico común de aquel tiempo para decir que estas personas no van a entrar en el Reino. Y aquí también el motivo es uno sólo: no acogieron a Jesús hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo y preso. No es Jesús que nos impide entrar en el Reino, sino nuestra práctica de no acoger al otro, la ceguera que nos impide ver a Jesús en los pequeños.

• Mateo 25,44-46: Un pedido de aclaración y la respuesta del Juez. El pedido de esclarecimiento muestra que se trata de gente que se porta bien, personas que tienen la conciencia en paz. Están seguras de haber practicado siempre lo que Dios les pedía. Por eso se extrañan cuando el Juez dice que no lo acogieron. El Juez responde: “¡Todas las veces que no hicieron esto a unos de estos pequeños, conmigo dejasteis de hacerlo!” ¡La omisión! ¡No hicieron más! Apenas dejaron de practicar el bien a los pequeños y acoger a los excluidos. Y sigue la sentencia final: estos van para el fuego eterno, y los justos van para la vida eterna. ¡Así termina el quinto libro de la Nueva Ley!

4) Para la reflexión personal

• ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención en la parábola del Juicio Final?
• Párate y piensa: si el Juicio final fuera hoy, ¿tú estarías del lado de las ovejas o de los cabritos?

5) Oración final

Los preceptos de Yahvé son rectos,
alegría interior;
el mandato de Yahvé es límpido,
ilumina los ojos. (Sal 19,9)

Recursos – Domingo II de Cuaresma

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de la semana anterior a este domingo segundo de Cuaresma, intenta meditar la Palabra de Dios. Medítala personalmente, un lectura cada día, por ejemplo. Elige un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo de la parroquia, en un grupo de padres, en un grupo de un movimiento eclesial, en una comunidad religiosa.

2. Conseguid un tiempo de contemplación.

A lo largo de la celebración de la Eucaristía, conseguid un verdadero tiempo de contemplación silenciosa (ya sea después de la homilía, o después de la comunión), un tiempo que deberá ser introducido de manera que sea un “mano a mano” con Cristo transfigurado, “Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso” (segunda lectura)

3. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al final de la primera lectura: “Dios de Abrahán, Dios de nuestros padres en la fe, te reconocemos como el Padre del Pueblo innumerable de los creyentes, que tu multiplicaste como las estrellas del cielo y la arena del desierto. Nosotros te bendecimos.

Te pedimos por todos los creyentes que se reconocen hijos de Abrahán en diferentes confesiones. Que tu Espíritu nos guíe hacia la unidad”.

Al final de la segunda lectura: “Padre, te damos gracias porque nos hiciste ciudadanos de los cielos y nos diste los modelos de Jesús y de los Apóstoles para guiarnos.

Que tu Espíritu, por su poder, transforme nuestros pobres cuerpos a imagen del cuerpo glorioso de tu Hijo, que esperamos como Salvador. Confirma nuestra esperanza”.

Al finalizar el Evangelio: “Dios de luz, bendito seas por estos momentos de oración que nos ofreces cada domingo. Tú nos transportas a la montaña, con Jesús y los discípulos. ¡Qué bueno es bueno estar aquí, en tu presencia!
Nosotros te pedimos: abre el corazón y el espíritu de todos los fieles cristianos a la Palabra viva de tu Hijo bien amado, para que lo escuchemos”.

4. Plegaria Eucarística.

La Plegaria Eucarística III se adapta bien a la liturgia de este domingo.

5. Palabra para el camino.

“Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle”…
Es posible que quede muy lejos de nosotros el catecismo, y que nuestro bagaje religioso sea tal vez muy escaso: la Cuaresma es la ocasión para recuperar energías. ¿Cómo?
Se trata de ir a las fuentes, al fundamento.
Esta fuente es Jesucristo.
“Escuchadle”, dice la voz que se oye desde la nube: ¡ven a beber de su Palabra! ¿Abrimos el Libro de donde mana esta fuente de agua viva? ¿Será posible que al leer los Evangelios, este año el Evangelio de Lucas, abramos los oídos y nos dejemos sorprender por el Maestro?

Comentario del 11 de marzo

El evangelista pone en boca de Jesús una representación del juicio universal, cuando sean reunidas todas las naciones ante el Hijo del hombre, oficiando como juez glorioso desde su trono de gloria. Todo juicio implica discernimiento, separación entre la verdad y la mentira, entre el trigo y la cizaña, entre la luz y las tinieblas, entre lo lleno y lo vacío, entre lo que tiene peso y lo que no lo tiene, entre lo bueno y lo malo, pues ambos términos de la balanza no pueden convivir en el mismo reino. El momento del juicio es, pues, el momento de la separación, para darle a cada cosa «su lugar». Por eso, refiere el evangelio, él separará a unos de otros, como un pastor separa a las ovejas de las cabras. A unos les pondrá a su derecha y a otros a su izquierda. Pero ¿cuál es el criterio seguido en esta operación de separar? ¿Por qué a unos les corresponde ocupar la derecha y a otros la izquierda?

Jesús lo aclara con esta explicación: Entonces dirá el rey (y juez) a los de su derecha: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Los juzgados dignos de ocupar su derecha se convierten en ese instante en herederos de un reino preparado para ellos desde la creación del mundo. ¿Por qué este premio? Porque el juicio ha desvelado lo que han hecho a lo largo de su vida por él, haciéndoles merecedores de esta recompensa. ¿Por qué? Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fue forastero, y me hospedasteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme. Dar de comer al hambriento y de beber al sediento, hospedar al forastero, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al encarcelado, son todas obras de misericordia que solemos llamar corporales porque hacen referencia inmediata al cuerpo del socorrido con sus necesidades de alimento, vestido, cobijo y cuidados. Aquí lo que llama la atención es que sea el mismo juez el que se presenta como ese indigente que ha sido objeto de las atenciones de los que ahora merecen su alabanza, como identificándose con todos los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos o encarcelados de este mundo.

Esto es precisamente lo que se desvela en las palabras que siguen: Entonces los justos–aquí los misericordiosos reciben el nombre de justos- le contestarán: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte? Son conscientes de haber socorrido a hambrientos y sedientos, de haber hospedado a forasteros, vestido a harapientos y visitado a enfermos; pero no lo son de haberlo hecho con él, con ese en quien reconocen a su Señor. Pero él les desvelará el secreto de esta identificación sacramental: Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Lo hecho, por tanto, con los indigentes de este mundo debe considerarse hecho a él, que asume como propio lo recibido por sus humildes hermanos. Aquí no se valoran ni las conciencias, ni las intenciones, sino sólo las acciones en su desnudez.

Evidentemente se trata de obras de misericordia, y el que las hace debe ser consciente de estar proporcionando un bien (alimento, vestido, hospedaje, cuidados, afecto) a una persona necesitada, pero no necesita saber siquiera que en esa persona está Jesucristo o que el bien que le hacemos se lo hacemos al mismo Cristo para ser recompensada con la herencia prometida. Tampoco los que dejan de socorrer al necesitado y merecen por ello ser colocados a la izquierda del juez y recibir una sentencia condenatoria: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, necesitan saber que lo que no hicieron en favor de los indigentes con los que se encontraron, no lo hicieron con él. Pero saber esto, que Cristo está en el indigente identificándose con él a efectos de caridad o como destinatario de nuestra obra de misericordia, tiene que ser una motivación más para esa práctica de amor compasivo, un motivo añadido para vencer las últimas resistencias de ese egoísmo que nos impide desplegar nuestras energías en beneficio del prójimo sufriente.

El juicio se hace recaer, pues, sobre la obra de misericordia aplicada a los necesitados de este mundo. Eso es precisamente lo que salva: la práctica de la misericordia para con nuestros semejantes –ya que Dios no puede ser objeto de nuestra misericordia-. Y esto no debe extrañarnos, puesto que la salvación es una obra de misericordia. Pero no podremos salvarnos si esa misericordia que brota de lo alto no toca nuestro corazón haciéndonos misericordiosos para con los necesitados de misericordia. No puede convivir con el Dios misericordioso el que se mantiene inmisericorde con su prójimo; no pueden siquiera convivir en el mismo reino los que carecen de entrañas para apiadarse del hambriento, enfermo o encarcelado.

En el reino del amor no cabe el desamor que revela la ausencia de misericordia. Por eso Dios quiere la misericordia y no los sacrificios carentes de ella. Por eso solicita el perdón de los que están siendo perdonados. Por eso nos invita a pedir: Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que non ofenden. Por eso nos advierte que hay una medida con la que seremos medidos, y esa medida será la que nosotros hayamos puesto en nuestra relación con los demás: si misericordia, misericordia; si inmisericordia, inmisericordia. De Dios, que es la fuente inagotable de la misericordia, no podemos esperar un trato inmisericorde. Pero, al parecer, ni siquiera la misericordia divina podrá evitar la separación provocada por el juicio entre los de la izquierda y los de la derecha, entre los que vayan al castigo eterno y los que disfruten de la vida eterna. Será la misma verdad de las cosas presente en los corazones, conformados por sus propios actos, la que dicte sentencia colocando a cada persona en su lugar. Pero ese juicio con carácter de definitividad sólo le corresponde al Juez universal.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Homilía – Domingo II de Cuaresma

LA FUERZA DE LA ESPERANZA

Constantemente resuena en la Cuaresma la palabra «conversión», palabra comprometedora que implica cambio profundo. La vida de todo cristiano fiel es un ir superando etapas, como nos lo patentiza la vida de los grandes creyentes, la experiencia de los místicos y el testimonio de los teólogos de la vida cristiana. La fe es un éxodo constante, como el de Abraham, que ha de renunciar a su entorno hacia el lugar de la promesa.

Dar un paso hacia delante: cambiar la jerarquía de valores, renunciar a un estilo de vida consumista o de relumbrón, hacer un compromiso de servicio que nos «robe» tiempo y dinero, tomar más en serio la oración, embarcarse en lo comunitario, en definitiva, morir un poco más a nosotros mismos, supone alterar nuestra vida en la que quizás nos sentíamos cómodos, para adentrarnos en lo desconocido e inseguro. Ante esta urgencia cuaresmal salta inevitablemente la pregunta: ¿Merece la pena? ¿Qué me va a reportar esta aventura? ¿No es suficiente vivir como un cristiano que cumple fielmente con Dios en lo religioso y con los hombres en lo profesional? ¿Podré llevar a cabo la aventura que pretendo? ¿Y si me agobio con tanto compromiso?

Algo parecido pasaba por el espíritu de Jesús y por el de sus discípulos ante los acontecimientos trágicos que el Maestro ha anunciado por segunda vez y que los discípulos empiezan a presentir de forma vaga. Sobre todo Jesús se siente acongojado. Y, como siempre, en los momentos más decisivos recurre de forma más intensa y porfiada a la comunicación con su Padre. El Padre responde con una esplendorosa teofanía, rodeada de elementos simbólicos y con clara referencia a Moisés. Con ella se anticipa la resurrección de Jesús y su victoria sobre la muerte, y se les hace partícipes de su gloria: «¡Qué bueno es estar aquí!», exclama Pedro. La transfiguración es una exhortación de urgencia hecha de manera especial a Pedro, que se ha opuesto audazmente a que el Reino que viene a establecer el Mesías pase por el sufrimiento y la muerte (Me 8,31-32), para que se avenga a escuchar a Jesús cuando habla de sus sufrimientos y de su muerte como camino para entrar en su gloria.

LA ESPERANZA CHICA Y LA GRAN ESPERANZA

¿En qué hemos de apoyarnos para iniciar nuestro éxodo y ser fieles al cambio de vida que nos pide el Espíritu? ¿Cómo hemos de proceder para seguir animosos con las cruces extraordinarias u ordinarias de cada día? ¿Tendrá Dios preparado un Tabor para nosotros? Para dar el paso hacia adelante, para que la Cuaresma suponga un impulso de superación, para que lleguemos a la Pascua nuevos por dentro, necesitamos sin falta echar mano de la esperanza, de la doble esperanza.

Por una parte, la esperanza que yo llamo chica, la esperanza de un mañana o un pasado mañana terreno mejor. Dios Padre, como a Jesucristo en su camino hacia el martirio, como en la agonía del huerto, ofrece a sus hijos un Tabor, un ángel consolador, momentos de dicha que permiten seguir adelante. Personas que confesaban que no eran capaces de vivir sin consumir como cosacos y que llevan ahora una vida austera, aseguran: «Sólo la acción del Espíritu explica el cambio que he experimentado en mi vida». «Dios aprieta, pero no ahoga», decimos. Por otra parte, la vivencia de la fe y la propia fidelidad se convierten en fuente de alegría insospechada.

Esto hace que el sufrimiento se convierta, aunque parezca paradoja, en fuente de alegría, como atestiguaba Pablo: «Reboso de gozo en toda tribulación» (2Co 7, 4). Cuando se encuentra sentido al sufrimiento, entonces se convierte en una realidad agridulce (Jn 16, 21).

Además de estas pequeñas esperanzas, estas pequeñas experiencias de cielo, está la gran esperanza de llegar al destino venturoso. Dice un himno de Laudes de Cuaresma: «En tierra extraña peregrinos, con esperanza caminamos, que, si arduos son nuestros caminos, sabemos bien a dónde vamos».

Abraham emprende la marcha fiado de Dios, esperando una tierra mejor donde asentarse con su linaje; nosotros esperamos «un cielo nuevo y una tierra nueva». Pablo compara esta vida con un combate atlético, con una carrera olímpica. Los atletas se imponen toda clase de privaciones: «ellos para ganar una corona que se marchita, nosotros una que no se marchita». Por eso trata de luchar valientemente sin hacer concesiones al hombre viejo (1Co 9,24-27). Ya al final de su vida, confiesa que ha combatido como buen luchador, que ha merecido sobradamente la corona inmarchitable (2Tm 4,7-8). Y es que «sostengo que los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros» (Rm 8,18). Hemos de dar gracias interminables por lo que la Gran Esperanza representa en nuestra vida.

Pablo, que tuvo esa experiencia anticipada de cielo, confesaba también: «No puedo contar la experiencia; es inenarrable. Ni ojo vio, ni oído oyó, ni imaginación humana es capaz de barruntar lo que Dios tiene preparado para los que le son fieles» (Cf. 1Co 2,9). ¡Qué agradecidos hemos de estar a Dios por el testimonio de los místicos, esos hombres que se han acercado al ojo de la cerradura de la puerta del cielo, han quedado sobrecogidos de admiración y nos han comunicado su experiencia! A la luz de esta gran esperanza los sufrimientos de esta vida pierden fiereza. Teresa de Jesús, que gozó de tantas experiencias sobrenaturales, expresó el conocido pensamiento con que ella amortiguaba los golpes: «Esta vida no pasa de ser una mala noche en una mala posada».

 

AYUDA DEL SEÑOR Y AYUDA MUTUA

En la noche de angustia del huerto, en la caída bajo la cruz, en los tormentos, encontraremos vigor para ser fieles al Maestro siempre que vayamos a su encuentro en la oración. Jesús lo advirtió: «Es necesario orar y nunca desfallecer». Todo

el que se zambulle en la oración, sale de ella como reanimado. Por el contrario, muchos me han confesado: «En cuanto abandono la oración, mi vida es un desastre». Es posible que nosotros mismos tengamos esta sensación.

Martín Luther King contaba una experiencia personal estremecedora. Estaba asustado por las amenazas de muerte. Se había retirado después de un día fatigoso. Estaba hundido. Se quejaba a Dios con gritos del corazón. Pensaba en la viudez de su mujer y en la orfandad de su hija. Cogió la Biblia entre sus manos, leyó un pequeño párrafo, oró y se puso en las manos de Dios. Y testimonia que, a partir de ahí, «una paz inexplicable me inundó el alma. Parecía otro: Ya estaba dispuesto a dar la vida, a cargar con las cruces que fuera con tal de ser fiel al proyecto de Dios sobre mí, de ser instrumento dócil en sus manos».

Unos somos cirineos necesarios para otros. Así nos ha constituido el Señor. A veces nos quejamos de sentirnos desvalidos ante el peligro, la dificultad y el sufrimiento. Pero no es que Dios no nos ampare; lo que ocurre es que nosotros no recurrimos al amparo que Dios nos ofrece que es la ayuda del otro para mí y la mía para el otro. La ayuda que el Padre ofreció a Jesús en su subida al Calvario fue el Cirineo. Dios nos quiere cirineos los unos para los otros. Esto lo comprobamos diariamente. Al margen de lo que puede representar la ayuda de la familia, es increíble la ayuda que prestan los amigos o los compañeros del grupo cristiano. Constantemente estoy escuchando testimonios: «¿Qué hubiera sido de mí en la muerte de mi marido o mujer, en esta depresión que sufro, en las dificultades tan grandes que tengo en mi trabajo, en mi enfermedad, en los conflictos familiares… si no fuera por los miembros de mi grupo cristiano?». Es natural que la gente no quiera adentrarse en alta mar de un cristianismo de generosidad si son «hombres de poca fe», si no cuentan con la presencia de Cristo. Nosotros sabemos que de vez en cuando nos regala una experiencia de Tabor para reconfortarnos: la Eucaristía de cada día o de cada domingo, por ejemplo.

Atilano Alaiz

Lc 9, 28b-36 (Evangelio Domingo II Cuaresma)

Estamos al final de la “etapa de Galilea”; durante esa etapa, Jesús ha anunciado la salvación a los pobres, ha proclamado la liberación de los cautivos, ha hecho que los ciegos recobren la vista, ha liberado a los oprimidos, ha proclamado el tiempo de gracia del Señor (cf. Lc 4,16-30).

Alrededor de Jesús ya se ha formado ese grupo de los que han acogido la oferta de la salvación (los discípulos). Testigos de las palabras y gestos liberadores de Jesús, ellos ya han descubierto que Jesús es el mesías de Dios (cf. Lc 9,18-20).

También han escuchado decir que el mesianismo de Jesús pasa por la cruz (cf. Lc 9,21-22) y que los discípulos de Jesús deben seguir el mismo camino del amor y de la entrega de la vida (cf. Lc 9,23-26); pero, antes de subir a Jerusalén para ser testigos de la manifestación total de la salvación, reciben la revelación del Padre que, en lo alto de una montaña, atestigua que Jesús es el Hijo bien amado. Los acontecimientos que se aproximan cobran, así, nuevo sentido.

Para el hombre bíblico, el “monte” era el lugar sagrado por excelencia: a medio camino entre la tierra y el cielo, era el lugar ideal para el encuentro del hombre con el mundo divino.

Es, por tanto, en el monte donde Dios se revela al hombre y le presenta sus proyectos.

El relato de la transfiguración de Jesús, más que una crónica fotográfica de acontecimientos, es una página de teología; ahí se presenta una catequesis sobre Jesús, el Hijo amado de Dios, que a través de la cruz muestra un proyecto de vida.

El episodio está lleno de referencias al Antiguo Testamento.

El “monte” nos sitúa en un contexto de revelación (es “en el monte” donde Dios se revela y donde hace la alianza con su Pueblo); el “cambio” del aspecto del rostro y los vestidos brillantes recuerdan el resplandor de Moisés, al descender del Sinaí (cf. Ex 34,29); la nube indica la presencia de Dios conduciendo a su Pueblo a través del desierto(cf. Ex 40,35; Nm 9,18.22;10,34). Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas (que anuncian a Jesús y que permiten entenderle); además de eso, son personajes que, de acuerdo con la catequesis judía, debían aparecer el “día del Señor”, cuando se manifestase la salvación definitiva (cf. Dt 18,15-18; Mal 3,22-23). Ellos hablan con Jesús sobre su “muerte” (“exodon”, “partida”) que va a suceder en Jerusalén. La palabra utilizada por Lucas nos sitúa en el contexto del “éxodo”: la muerte cercana de Jesús es, pues, vista por Lucas como una muerte liberadora, que llevará al Pueblo de Dios de la tierra de la esclavitud a la tierra de la libertad.

El mensaje fundamental es, por tanto, este: Jesús es el Hijo amado de Dios, a través del cual el Padre ofrece a los hombres una propuesta de alianza y de liberad.

El Antiguo Testamento (Ley y Profetas) y las figuras de Moisés y Elías apuntan hacia Jesús y anuncian la salvación definitiva que, en él, va a suceder. Esa liberación definitiva se va a producir en la cruz, cuando Jesús cumpla íntegramente su destino de entrega, de donación de amor total. Ese es el “nuevo éxodo”, el día de la liberación definitiva del Pueblo de Dios.

¿Y el “sueño” de los discípulos y las “tiendas”? El “sueño” es simbólico: los discípulos “duermen” porque no quieren entender que la “gloria” del mesías tenga que pasar por la experiencia de la cruz y de la entrega de la vida; la construcción de las “tiendas” (alusión a la “fiesta de las tiendas”, en las que se rememoraba el tiempo del éxodo, cuando el Pueblo de Dios habitó en “tiendas, en el desierto”) parece significar que los discípulos querían detenerse en ese momento de revelación gloriosa, de fiesta, ignorando el destino de sufrimiento de Jesús.

Reflexionad a partir de los siguientes puntos:

El hecho fundamental de este episodio reside en la revelación de Jesús como el Hijo amado de Dios, que va a realizar el plan salvador y liberador del Padre en favor de los hombres a través de la donación de la vida, de la entrega total de sí mismo por amor. De esa forma es como se realiza nuestro paso de la esclavitud del egoísmo a la libertad del amor. La “transfiguración” anuncia la vida nueva que de ahí nace, la resurrección.

Los tres discípulos que comparten la experiencia de la transfiguración, se niegan a aceptar que el triunfo del proyecto liberador del Padre pase por el sufrimiento y por la cruz. Ellos sólo conciben a un Dios que se manifiesta en el poder, en los honores, en los triunfos, y no entienden a un Dios que se manifiesta en el servicio, en el amor que se da.

¿Cuál es el camino de la Iglesia de Jesús (y de cada uno de nosotros, en particular: un camino de búsqueda de honores, de influencias, de cercanía al poder, o un camino de servicio a los más pobres, de lucha por la justicia y por la verdad, de amor que se hace don?

¿Es en el amor y en la donación de la vida donde buscamos la vida nueva aquí anunciada?

Los discípulos, testigos de la transfiguración, parece que tampoco tienen muchos deseos de “bajar del monte” y enfrentarse al mundo y a los problemas de los hombres. Representan a todos aquellos que viven con los ojos puestos en el cielo, pero alejados de la realidad concreta del mundo, sin voluntad de intervenir para renovarlo y transformarlo. Sin embargo, la experiencia de Jesús obliga a continuar la obra que él comenzó y a “volver al mundo” para hacer de la vida un don y una entrega a los hombres nuestros hermanos. La religión no es un “opio” que nos adormece, sino un compromiso con Dios que se hace compromiso de amor con el mundo y con los hombres.

Fil 3, 17- 4, 1 (2ª lectura – Domingo II Cuaresma)

Desde la prisión (¿en Éfeso?), Pablo agradece a los filipenses la preocupación manifestada por ellos (enviaron dinero y a un miembro de la comunidad para ayudar a Pablo en su cautiverio), da noticias, les exhorta para que se mantengan fieles y les pone en alerta sobre los falsos predicadores del Evangelio de Jesús. Estamos, probablemente, en el año 56/57.

El texto que se nos propone como segunda lectura forma parte de un largo razonamiento (cf. Flp 3,1-4,1), en el cual Pablo avisa a los filipenses para que tengan cuidado con “los perros”, los “malos obreros”, los “falsos circuncidados” (cf. Flp 3,2).

¿Quiénes son esos a los que Pablo se refiere de una forma tan poco delicada? Muy probablemente son esos cristianos de origen judío (“judaizantes”) que se consideraban los únicos perfectos y detentadores de la verdad, que exigían a lo cristianos el cumplimiento de la Ley de Moisés y que, de esa forma, extendían la confusión en las comunidades cristianas del mundo helénico.

Las duras palabras de Pablo son fruto de su rebelión ante aquellos que, con su intolerancia, con su orgullo y autosuficiencia, confunden a los cristianos y ponen en duda la esencia de la fe (el Evangelio no consiste en el cumplimiento de ritos externos, sino en la adhesión a la propuesta gratuita de salvación que Dios nos hace en Jesús).

Los filipenses tienen ante sí dos posibles y muy diferentes ejemplos a seguir. Uno es el de Pablo, que se considera un corredor de fondo, que ya ha comenzado su carrera, pero que es consciente de que todavía no ha alcanzado la meta; otro es el de esos predicadores “judaizantes” que alardean participar ya, de forma plena y definitiva, del triunfo de Cristo.

Pablo rechaza este triunfalismo y no duda en pedir a los filipenses que no imiten el ejemplo de orgullo de esos predicadores, sino el ejemplo del mismo Pablo.

A los filipenses, y a todos los cristianos, Pablo les avisa de que en ningún caso deben considerarse como atletas victoriosos y coronados de gloria, sino como atletas en plena competición, esperando alcanzar la meta y la victoria.

La salvación no está consumada; se encuentra todavía en proceso de gestación. Es un proceso en el que el cristiano va madurando progresivamente, bajo el signo de la cruz de Cristo.

En cuanto a esos, “su Dios, es el vientre” (Pablo señala aquí, con alguna ironía, las observaciones alimenticias de los “judaizantes”), ponen “su gloria, en sus vergüenzas” (sin duda, la circuncisión, signo de pertenencia al “pueblo elegido”) y “sólo aspiran a cosas terrenas” (algunos piensan que Pablo se refiere, aquí, a ciertas prácticas libertinas), esos han olvidado lo esencial y están condenados a la perdición.

Nuestro destino definitivo, según Pablo, no es un cuerpo corruptible y mortal, sino un cuerpo transfigurado por la resurrección. Como garantía de que será así, tenemos a Jesucristo, Señor y Salvador.

En la reflexión de este texto, tened en cuenta los siguientes aspectos:

En este tiempo de transformación y de liberación, estamos invitados por la Palabra de Dios a tener conciencia de que nuestro caminar, en busca del Hombre Nuevo, no ha concluido; se trata de un proceso que se hace día a día bajo el signo de la cruz, esto es, en una entrega total por amor que supera nuestros esquemas egoístas y cómodos.

Considerarse (como los “judaizantes” de los que habla Pablo) como alguien que ya ha alcanzado la meta de la perfección por la práctica de algunos ritos externos (las normas alimenticias y la circuncisión, en el caso de los “judaizantes”, o las prácticas del ayuno y la abstinencia, para los cristianos), es orgullo y autosuficiencia: significa que todavía no nos damos cuenta de dónde está lo esencial: el cambio del corazón. Sólo la transformación radical del corazón nos conducirá a esa vida nueva, transfigurada por la resurrección.

Gén 15, 5-12. 17-18 (1ª lectura – Domingo II de Cuaresma)

La primera lectura de hoy forma parte de la llamadas “tradiciones patriarcales”(Gn 12-36). Son “tradiciones” que mezclan “mitos de los orígenes” (describían la “toma de posesión” de un lugar por parte del patriarca del clan), “leyendas cultuales” (narraban cómo se había aparecido en ese lugar un dios al patriarca del clan), indicaciones más o menos concretas sobre la vida de los clanes nómadas que circulaban por Palestina y reflexiones teológicas posteriores destinadas a presentar a los creyentes israelitas como modelos de vida y de fe.

Los clanes mencionados en las “tradiciones patriarcales”, sobre todo los de Abrahán, Isaac y Jacob, tenían sus sueños y esperanzas.

El denominador común de esos sueños era la esperanza de encontrar una tierra fértil y bien irrigada, útil para tener una familia fuerte y numerosa que perpetuase la “memoria” de la tribu y se impusiese a los enemigos. El dios reconocido por ese grupo era el que hacía posible ese ideal.

En ese “ambiente” es en el que este texto nos sitúa. Ante Dios, Abrahán se lamenta (cf. Gn 15,2-3) porque su vida está llegando a su fin y su heredero será un siervo, Eliecer (conocemos contratos del siglo XV antes de Cristo donde se estipula, en caso de que falten los hijos, la adopción de esclavos que, a su vez, se comprometen a dar a su señor una sepultura conveniente. Parece ser que es a esa costumbre a la que el texto alude). ¿Cuál será la respuesta de Dios ante la lamentación de Abrahán?

La primera parte de este texto comienza presentando a Dios respondiendo a Abrahán y asegurándole una descendencia numerosa “como las estrellas del cielo” (v. 5). En la secuencia, el narrador deja a Abrahán contemplando en silencio el cielo estrellado y se dirige al lector, para comunicarle sus propios juicios teológicos (v. 6):

Abrahán creyó en Yahvé y, por eso, el Señor le consideró como justo.

La fe (se utiliza el verbo “aman”, que significa “estar firme”, “ser leal”, “creer plenamente”) de la que aquí se habla traduce una actitud de confianza total, de aceptación radical, de entrega plena a los designios de Dios; la justicia es un concepto relacional, que expresa un comportamiento correcto con respecto a una relación comunitaria existente: aquí, significa el reconocimiento de que Abrahán tuvo un comportamiento correcto en su relación con Yahvé, al confiar totalmente en Dios y al aceptar sus planes sin ninguna duda o discusión.

Pero todavía hay algo más en la promesa de futuro: la garantía de una tierra (v. 7). Los dos temas, descendencia y posesión de la tierra, van asociados en estos casos.

La segunda parte del texto presenta a Dios haciendo los preparativos de un misterioso ceremonial.

Se trata de un rito de conclusión de una alianza, conocido bajo esta u otro forma semejante en numerosos pueblos antiguos: se cortaban los animales en dos y se colocaban las dos mitades frente a frente; quien subscribía la alianza pasaba entre las dos mitades de los animales y pronunciaba contra sí mismo una especie de maldición, para el caso hipotético de que rompiera el pacto.

Siguiendo el modo como entre los hombres se garantizaba la máxima firmeza contractual, el catequista bíblico acentúa la idea de un compromiso solemne e irrevocable que Dios asume con Abrahán. La promesa de Dios queda así totalmente asegurada.

Repárese, todavía, en otro detalle: Dios no exigió nada a cambio a Abrahán, ni Abrahán tuvo que pasar por entre los animales muertos (sólo Dios pasó, como una “antorcha ardiendo”).

La promesa de Dios a Abrahán es, pues, totalmente gratuita e incondicional.

Considerad, para la reflexión, los siguientes elementos:

A pesar de la continua reafirmación de las promesas, Abrahán está viejo, sin hijos, sin la tierra soñada y su vida parece condenada al fracaso.
Sería natural que Abrahán manifestase su decepción y su frustración ante Dios; sin embargo, la respuesta de Abrahán es de confianza total en Dios, aceptando sus proyectos y poniéndose al servicio de los designios de Yahvé.

¿Esta misma confianza total es la que marca mi relación con Dios?
¿Estoy siempre dispuesto, incluso en situaciones que no comprendo, a ponerme en las manos de Dios y a confiar en sus designios?

El Dios que se revela a Abrahán es un Dios que se compromete con el hombre y cuyas promesas son garantizadas, gratuitas e incondicionales. Ante esto, estamos invitados a construir nuestra existencia con serenidad y confianza, sabiendo que en medio de las tempestades que agitan nuestra vida él estará allí, acompañándonos amándonos y siendo la roca segura a la que podemos agarrarnos cuando todo lo demás falle.

Comentario al evangelio – 11 de marzo

Imagínate por un momento que Jesús el Maestro está delante de ti y quiere hacerte un examen de lo más importante de su Evangelio, y que de este examen depende tu futuro personal. Amigo, dime las cosas más importantes y grandes que has hecho en tu vida. ´Tú le contarías tus éxitos, triunfos, cómo eras muy querido por tus amigos y el lugar destacado que ocupabas en tu comunidad… Y de pronto Jesús te interrumpe y te dice: ¿“me diste de comer en el pobre, me vestiste en el desnudo, me diste de beber en el sediento, me visitaste en el hospital, me acogiste en el desconocido, me recibiste de buena gana en el emigrante, me miraste con buenos ojos en el preso, drogadicto y alcohólico, me respetaste en tu mujer y en las otras mujeres, me trataste bien en los niños y ancianos, cuidaste bien la casa común de todos…? Te insistiría Jesús: ¿esas cosas eran de todos los días o solamente en algunos momentos? ¿No hacías discriminación de personas, verdad?  ¿Qué calificación, crees tú, te pondría Jesús?

La Cuaresma es un tiempo favorable para la conversión personal: enmendar errores, proponernos metas, elaborar un plan concreto de acciones a realizar. La lectura de hoy del libro del Levítico, 19 dice: “Di a la comunidad de los hijos de Israel: sed santos, porque Yo soy santo…” Y el Evangelio nos señala acciones diarias a realizar.

Seguro que somos buenos, pero también es cierto que podemos ser más buenos y santos de lo que ya somos. La propuesta de la Palabra de Dios de hoy es exigente pero no inalcanzable, porque Dios nunca nos pide cosas inalcanzables y siempre confía en nosotros. Eso sí “por la gracia de Dios soy lo que soy” decía Pablo; y también “la gracia de Dios nunca se frustró en mí”, es decir, colaboró con Jesús.

“El hombre que posee el amor y lo vive es verdaderamente Dios en medio de los hombres”.Jesús fue el hombre perfecto y dedicó toda su vida a amar y hacer el bien a todos sin excepción. Y él nos dijo: solo hay un mandamiento amar a Dios y al prójimo, y quien lo cumple  hace lo más grande que un hombre puede hacer en esta vida. Por eso San Juan de la Cruz  decía: “al final de la vida nos examinarán sobre el amor”.

José Luis Latorre, cmf