Lc 9, 28b-36 (Evangelio Domingo II Cuaresma)

Estamos al final de la “etapa de Galilea”; durante esa etapa, Jesús ha anunciado la salvación a los pobres, ha proclamado la liberación de los cautivos, ha hecho que los ciegos recobren la vista, ha liberado a los oprimidos, ha proclamado el tiempo de gracia del Señor (cf. Lc 4,16-30).

Alrededor de Jesús ya se ha formado ese grupo de los que han acogido la oferta de la salvación (los discípulos). Testigos de las palabras y gestos liberadores de Jesús, ellos ya han descubierto que Jesús es el mesías de Dios (cf. Lc 9,18-20).

También han escuchado decir que el mesianismo de Jesús pasa por la cruz (cf. Lc 9,21-22) y que los discípulos de Jesús deben seguir el mismo camino del amor y de la entrega de la vida (cf. Lc 9,23-26); pero, antes de subir a Jerusalén para ser testigos de la manifestación total de la salvación, reciben la revelación del Padre que, en lo alto de una montaña, atestigua que Jesús es el Hijo bien amado. Los acontecimientos que se aproximan cobran, así, nuevo sentido.

Para el hombre bíblico, el “monte” era el lugar sagrado por excelencia: a medio camino entre la tierra y el cielo, era el lugar ideal para el encuentro del hombre con el mundo divino.

Es, por tanto, en el monte donde Dios se revela al hombre y le presenta sus proyectos.

El relato de la transfiguración de Jesús, más que una crónica fotográfica de acontecimientos, es una página de teología; ahí se presenta una catequesis sobre Jesús, el Hijo amado de Dios, que a través de la cruz muestra un proyecto de vida.

El episodio está lleno de referencias al Antiguo Testamento.

El “monte” nos sitúa en un contexto de revelación (es “en el monte” donde Dios se revela y donde hace la alianza con su Pueblo); el “cambio” del aspecto del rostro y los vestidos brillantes recuerdan el resplandor de Moisés, al descender del Sinaí (cf. Ex 34,29); la nube indica la presencia de Dios conduciendo a su Pueblo a través del desierto(cf. Ex 40,35; Nm 9,18.22;10,34). Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas (que anuncian a Jesús y que permiten entenderle); además de eso, son personajes que, de acuerdo con la catequesis judía, debían aparecer el “día del Señor”, cuando se manifestase la salvación definitiva (cf. Dt 18,15-18; Mal 3,22-23). Ellos hablan con Jesús sobre su “muerte” (“exodon”, “partida”) que va a suceder en Jerusalén. La palabra utilizada por Lucas nos sitúa en el contexto del “éxodo”: la muerte cercana de Jesús es, pues, vista por Lucas como una muerte liberadora, que llevará al Pueblo de Dios de la tierra de la esclavitud a la tierra de la libertad.

El mensaje fundamental es, por tanto, este: Jesús es el Hijo amado de Dios, a través del cual el Padre ofrece a los hombres una propuesta de alianza y de liberad.

El Antiguo Testamento (Ley y Profetas) y las figuras de Moisés y Elías apuntan hacia Jesús y anuncian la salvación definitiva que, en él, va a suceder. Esa liberación definitiva se va a producir en la cruz, cuando Jesús cumpla íntegramente su destino de entrega, de donación de amor total. Ese es el “nuevo éxodo”, el día de la liberación definitiva del Pueblo de Dios.

¿Y el “sueño” de los discípulos y las “tiendas”? El “sueño” es simbólico: los discípulos “duermen” porque no quieren entender que la “gloria” del mesías tenga que pasar por la experiencia de la cruz y de la entrega de la vida; la construcción de las “tiendas” (alusión a la “fiesta de las tiendas”, en las que se rememoraba el tiempo del éxodo, cuando el Pueblo de Dios habitó en “tiendas, en el desierto”) parece significar que los discípulos querían detenerse en ese momento de revelación gloriosa, de fiesta, ignorando el destino de sufrimiento de Jesús.

Reflexionad a partir de los siguientes puntos:

El hecho fundamental de este episodio reside en la revelación de Jesús como el Hijo amado de Dios, que va a realizar el plan salvador y liberador del Padre en favor de los hombres a través de la donación de la vida, de la entrega total de sí mismo por amor. De esa forma es como se realiza nuestro paso de la esclavitud del egoísmo a la libertad del amor. La “transfiguración” anuncia la vida nueva que de ahí nace, la resurrección.

Los tres discípulos que comparten la experiencia de la transfiguración, se niegan a aceptar que el triunfo del proyecto liberador del Padre pase por el sufrimiento y por la cruz. Ellos sólo conciben a un Dios que se manifiesta en el poder, en los honores, en los triunfos, y no entienden a un Dios que se manifiesta en el servicio, en el amor que se da.

¿Cuál es el camino de la Iglesia de Jesús (y de cada uno de nosotros, en particular: un camino de búsqueda de honores, de influencias, de cercanía al poder, o un camino de servicio a los más pobres, de lucha por la justicia y por la verdad, de amor que se hace don?

¿Es en el amor y en la donación de la vida donde buscamos la vida nueva aquí anunciada?

Los discípulos, testigos de la transfiguración, parece que tampoco tienen muchos deseos de “bajar del monte” y enfrentarse al mundo y a los problemas de los hombres. Representan a todos aquellos que viven con los ojos puestos en el cielo, pero alejados de la realidad concreta del mundo, sin voluntad de intervenir para renovarlo y transformarlo. Sin embargo, la experiencia de Jesús obliga a continuar la obra que él comenzó y a “volver al mundo” para hacer de la vida un don y una entrega a los hombres nuestros hermanos. La religión no es un “opio” que nos adormece, sino un compromiso con Dios que se hace compromiso de amor con el mundo y con los hombres.

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