Miércoles I de Cuaresma

Hoy es 13 de marzo, miércoles I de Cuaresma.

Por un momento presto atención a cuanto me rodea. Tal vez vaya entre la gente. Contemplo sus rostros. Tal vez esté en un lugar retirado. Deseo acoger cuanto me rodea. En la cotidiano el Señor está presente. Mi realidad concreta es la tierra rasa, arada, en la que Dios se manifiesta a mi existencia con amor, con la ternura, con la misericordia. El Señor me invita a descalzarme para acoger todo ese don que hoy está disponible para mí. Descálzate.

La lectura de hoy es del libro de Jonás (Jon 3, 1-10):

Vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños.

Llegó el mensaje al rey de Nínive; se levantó del trono, dejó el manto, se cubrió de saco, se sentó en el polvo y mandó al heraldo a proclamar en su nombre a Nínive: «Hombres y animales, vacas y ovejas, no prueben bocado, no pasten ni beban; vístanse de saco hombres y animales; invoquen fervientemente a Dios, que se convierta cada cual de su mala vida y de la violencia de sus manos; quizá se arrepienta, se compadezca Dios, quizá cese el incendio de su ira, y no pereceremos.» Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.

Como Jonás, quizá yo también pueda sentir que la tarea que Dios pone en mis manos me sobrepasa. Nínive era en la antigüedad, un símbolo de grandeza y también capital de un pueblo opresor que causaba sufrimiento. Y a ella es enviado Jonás para anunciar la conversión. Quizá también yo me resista a creer en aquello que me provoca dolor o desconcierto, Dios quiera hacerse presente. O que me envía a aquellos  que siento lejos o que alguna vez me han herido. Pido la gracia de reconocer, ahí, al Señor.

Convertirse es reorientar la vida hacia el Señor, volverse hacia su amor. La palabra de Jonás lleva a los ninivitas a ese movimiento. Tal vez el Señor, en esta Cuaresma, me está invitando a poner de nuevo mi vida en él. A dejar que su evangelio toque aquellas partes de mí que están replegadas o a la sombra. Nombro aquellos lugares de los que desearía salir. Expongo ante la mirada amorosa de Dios, todo aquello que me aleja de él y de lo suyo.

La palabra del Señor llega sobre Jonás con tal fuerza, que  no puede hacer otra cosa que acogerla y obedecerla. La palabra de Dios llega también hoy a mí. Si lo deseo, también para mí puede ser palabra que me ponga en movimiento, que me haga salir de lo conocido, que me lleve a anunciar su amor.

Imagina ahora que eres Jonás, con todas tus resistencias y sin embargo invitado a ser mensajero de la palabra de Dios. O imagina, tal vez, que eres uno de esos habitantes de Nínive, que escucha la invitación a la conversión. El Señor te llama, en esta Cuaresma, a que tomes su mano.

Se que tus ojos me han mirado
Y tu paciencia me ha esperado
Pero aquí estoy, ya ves
Nuevamente enredado

Se que conoces mis heridas
Se que levantas las caídas
Pero ya ves, me cuesta creer
Que aún camines a mi lado 

Dame la cruz, te doy mi cruz, dame tu mano
Solo así podré entregarme por entero
Y caminar nuevamente por el aire
Como la hoja que se mueve con tu viento 

Es que todavía no he entregado
La ofrenda de mi corazón atado
Lo sabes bien, debo entender
Que mis ojos aún están cerrados

Toma mi fuego, toma mi barro
Al fin entiendo lo planeado
Aquí estoy Señor,
Intento ser tu hijo amado

Volver a volar interpretado por Juan Ignacio Pacheco, «Levántate»

Encontrarme contigo, Señor, es encontrarme con tu amor compasivo que siempre me aguarda. En cualquier recodo del camino, allí te encuentro. En la certeza de que siempre esperas mi vuelta, o en la sorpresa de que esté como esté yo, tu amor me envuelve y me alcanza. Hoy dejo que tu compasión me acompañe. Hoy dejo que sigas atrayéndome hacia ti.

<

p style=»text-align:justify;»>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.