Domingo II de Cuaresma

El domingo pasado reflexionamos sobre los sentimientos con los que hemos de acercarnos a la celebración del misterio de la Redención. Esos sentimientos eran: los de AGRADECIMIENTO por lo que supone la gesta de Jesús en favor nuestro, de FE, porque su personalidad y comportamiento es digno de crédito y los de SILENCIO-MEDITATIVO porque solo rumiando en un contexto de silencio el drama de Jesús experimentaremos todos sus frutos.

Hoy damos un paso más y nos acercamos a la comprensión de toda la grandeza que este misterio supone para todos y cada uno de nosotros.

Atendiendo a la síntesis que nos ofrecen los textos sagrados del día de hoy podemos entender el Misterio de la Redención como la realización de las viejas promesas hechas por Dios a Abrahám (primera lectura, Gen. 15, 5-12, 17-18) que culminarán con nuestra transformación a la medida de Cristo (segunda lectura, Flp. 3, 17/4,1) según su condición de Dios y hombre verdadero (tercera lectura, Lc. 9, 28b-36)

Comenzaremos analizando los términos en los que se enuncia.

Misterio, porque todo lo que afecta a la vida íntima de Dios, lo es para nosotros. Cómo Jesús es hijo de Dios y cómo Jesús es Dios y Hombre al mismo tiempo, es algo que desborda totalmente nuestra capacidad cognoscitiva. No podemos darle más vueltas.

Redención. El término redención hace referencia a que Jesús nos ha redimido, nos ha salvado. Nos ha salvado de qué, cómo y para qué.

La respuesta tradicional a estas preguntas es poco más o menos esta: Dios estaba enfadado con el hombre a causa del pecado cometido por Adán y Eva. El llamado pecado original. Jesús vino a este mundo para sacrificar su vida como cordero ofrecido al Padre para conseguir que nos perdonara. Según esta concepción las respuestas a los anteriores interrogantes sería: Jesús nos ha salvado del castigo divino, el modo hubiera sido el holocausto de su propia vida y el para qué, conseguir que los hombres quedáramos reconciliados con Dios.

Sin embargo, tal vez, debiéramos hacer un esfuerzo por entender todo esto más en conformidad con los datos que nos suministra la ciencia con la doctrina evolucionista sobre el origen del mundo y del hombre y por la mejor comprensión del contenido Revelado, alcanzado por su normal desvelamiento a lo largo de la historia.

En cuanto al primer punto. ¿De qué nos redimió? Nos redimió de vivir en el pecado, entendiendo por esto: vivir en el alejamiento del verdadero Dios. La humanidad se había inventado dioses falsos fabricados por el mismo hombre y/o había elevado a la categoría de dioses ideas como el poder, el dinero, el prestigio, etc. etc. Jesús vino a rectificar ese error hablándonos del verdadero Dios como de un Padre que nos ama. Hasta la Revelación, el Dios verdadero era el gran desconocido, como también lo eran sus orientaciones sobre cómo vivir la vida. Jesús vino a redimirnos, a salvarnos de la mundanidad pagana.

En cuanto al segundo punto ¿Cómo nos redimió? También esto exige una adecuada comprensión.

No podemos concebir que Dios, que es amor, calme su ira hacia nosotros destrozando físicamente a Jesús. Ningún padre que esté en sus cabales se satisface con el tormento y martirio de su hijo. San Pablo, presionado por su formación judía y su personalidad de ciudadano romano, fue incapaz de caer en la cuenta de la absurda contradicción de afirmar que tanto amó Dios al mundo que no perdonó a su propio Hijo. No se entiende que Dios nos ame a nosotros más que a su propio hijo. ¿Quién de vosotros sacrificaría a un hijo en medio de tremendos tormentos por salvar la vida de otras personas? No se ve lógico. ¡Amar más a otros que a tu propio hijo! ¿por qué?

La prudencia nos exige creer que hay ideas, verdades, que superan la capacidad humana pero no aceptar absurdas contradicciones. La fe es aceptar lo que no vemos, no luchar contra el sentido común.“Chesterton decía que la Iglesia nos pide al entrar en ella que nos quitemos el sombrero no la cabeza”

La muerte de Jesús no es la realización de un siniestro plan concebido por Dios para otorgarnos su perdón, sino la consecuencia de ser fiel a los principios que rigieron su vida. Creo que hoy le pasaría lo mismo si volviera. La participación de los pecados en la muerte de Jesús la veremos, Dios mediante, el domingo de Ramos.

Si espigamos textos evangélicos nos encontramos con que Jesús nos salvó presentándose como nuestro referente, nuestro ejemplo a seguir. Lo dijo clara y expresamente: “Ejemplo os he dado para que vosotros hagáis como yo he hecho” “Yo soy el camino, la verdad y la vida” para todos vosotros. Pero es que esto lo había dicho también el Padre: “Este es mi hijo, escuchadle”. La salvación nos viene por la aceptación de las enseñanzas de Jesús que nos llevan al Padre.

Esto nos aclara mucho más evangélicamente, en qué consiste la redención, nuestra salvación.

En cuanto al tercer punto ¿Para qué nos redimió?

Para que viviéramos la vida desde una perspectiva transcendente.

Jesús nos ha salvado de tres grandes merodeadores que inquietan y desazonan nuestra vida: la perplejidad existencial, – qué pinto yo en el mundo- el miedo a la muerte -qué será de mí, y la incertidumbre en el obrar -Qué debo hacer mientras estoy en el mundo-

De la perplejidad existencial nos ha salvado al descubrirnos el sentido de nuestra existencia. Gracias a Él sabemos por qué vivimos, por qué existimos. Nos ha garantizado que nos ha creado Dios. Existimos por el amor de Dios.

Del miedo a la muerte, porque nos ha afirmado que después de esta vida nos espera otra en el misterio de Dios , nuestro Padre.

De la incertidumbre en el obrar Porque a través de sus enseñanzas y ejemplo sabemos cómo portarnos en esta vida para vivirla en toda su grandeza y honestidad.

Jesús nos ha ofrecido la fe que nos alumbra, la esperanza que nos conforta y el amor que nos impulsa.

Esta es la gran salvación que nos ha traído Jesús de Nazaret: vivir la vida de otra manera: con fe, esperanza y amor.

Nos ha salvado de andar náufragos por la vida, caminar a tientas y quizás, en más de una ocasión, fuera de los caminos del bien.

Es un tema, que hemos de plantearlo no dentro de la venganza de Dios sobre el hombre pecador sino del amor entre Dios y el hombre, entre la grandeza de Dios y la debilidad humana. Tema que quedó pendiente el domingo IV del T.O. (3 de Febrero)

A entender todo esto está dedicado este santo tiempo de CUARESMA. Pediremos a Dios en esta Eucaristía y en las por venir, la fuerza y luz necesaria para ello, para entenderlo y para vivirlo. AMÉN.

Pedro Sáez