Y Jesús se transfiguró

Unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a un monte a orar. Y mientras oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente. Y he aquí que dos hombres conversaban con Él. Eran Moisés y Elías, que aparecidos en forma gloriosa, hablaban de su partida que había de llevar Él a cabo en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño. Al despertar, vieron su gloria y a los dos varones que estaban en pie con Él. Y como éstos se alejaron de Él, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, bueno es que nos quedemos aquí. Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía. Mientras decía esto, se formó una nube que los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube se asustaron y una voz que procedía de la nube dijo: “Éste es mi Hijo, mi elegido, escuchadle”. Mientras sonaba la voz, Jesús se encontraba solo. Ellos callaron y a nadie contaron por entonces nada de lo que habían visto.

Lc 9, 28-36

Sí, Jesús, Tú te transfiguras y me llevas al monte Tabor para que yo también me transfigure. Me llevas a la soledad, a la intimidad. No me puedo cambiar, no me puedo transformar si no estoy en ese monte, aislada de todo, cerrando todas las puertas del exterior y encontrándome directamente contigo. Hoy, Jesús, te doy gracias porque me quieres transfigurar, quieres cambiarme de figura, quieres transformarme, quieres quitarme todo lo que no es de tu agrado. Y me dejo transfigurar de verdad.

Yo me pregunto hoy contigo: ¿me dejo transfigurar? ¿Y qué tengo que cambiar? ¿En qué tengo que quitar todo? Sólo Tú lo sabes, Jesús: transformar mi modo de pensar, transformar mi modo de hablar, transformar mi modo de accionar; transformarme completamente. Y sé que todo eso va a llevar cruz, como Tú les dijiste: “Pero antes tiene que el Hijo del hombre sufrir, pasar por la Pasión”. Y cómo les dices también Tú… —cuando están ahí como dormidos los tres discípulos, cuando han disfrutado y han visto esa transfiguración: “¡Maestro, qué bien que se está aquí!”—, pero cómo les dice: “Venga, levantaos. ¡Entremos en la vida!”.

Hoy, Jesús, ¡tantas cosas me dices en este encuentro! Quiero pedirte que sepa ir al Tabor, que sepa ir al monte contigo, que me sepa aislar. Y allí, contigo, con tu ayuda, con tu fuerza, me reafirmarás en mi fe y me transformarás. Que yo sepa escucharte. “Y escucharon su voz”. Que sepa entrar en la nube de tu amor, en la nube de tu corazón. Y para que, a pesar de los miedos que yo tenga, me deje transfigurar, me deje iluminar por ti. Quiero preguntarme en este encuentro qué es lo que tengo que transformar, qué es lo que tengo que cambiar, ¿qué? A veces siento miedo de mí misma, a veces pierdo la fuerza, a veces ni te escucho… Pero Tú sabes llevarme y arrastrarme y conducirme ahí, al Tabor, para que aprenda esa gran lección de la transformación. Te doy gracias porque me ayudas a subir a la montaña, gracias porque me llenas de luz en tu nube de amor.

Pero a la vez le pido a tu Madre que me enseñe, que me ayude a transformarme, a bajar del Tabor y a volver al llano, a volver a la realidad. Que yo aprenda también esta Buena nueva tuya en este tiempo de Cuaresma, de reflexión, de espera, de preparación para la Resurrección. Y con la mano de la Virgen y con tu ayuda, sí, me transformaré poco a poco. ¿Cómo? En tu contacto. ¿Cómo? Subiendo al Tabor. “Éste es mi Hijo, ¡escúchale!, ¡escúchale!”.

Hoy entro contigo, me voy contigo y siento, escucho y experimento en qué y cómo tengo que transformarme. Y con la alegría de tu encuentro, bajaré a mi trabajo ordinario y me llenaré de tu amor, de tu alegría, y mi transfiguración ayudará a todos los que encuentre en mi camino. Contigo me quedo para que Tú me transformes, y con tu Madre para que también ella me ayude a transformarme.

Y Jesús se transformó…

Que así sea.

II Vísperas – Domingo II de Cuaresma

II VÍSPERAS

DOMINGO II CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Extenderá el Señor el poder de tu cetro, entre esplendores sagrados

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Extenderá el Señor el poder de tu cetro, entre esplendores sagrados

SALMO 113B: HIMNO AL DIOS VERDADERO

Ant. Adoramos a un solo Dios, que hizo el cielo y la tierra.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y otro,
hechura de manos humanas:

Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nostoros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendita a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hobmres.

Los muertos ya no alaban al SEñor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Adoramos a un solo Dios, que hizo el cielo y la tierra.

CÁNTICO de PEDRO: LA PASIÓN VOLUNTARIA DE CRISTO, EL SIERVO DE DIOS

Ant. Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.

Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo
para que sigamos sus huellas.

Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca;
cuando lo insultaban,
no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;
al contrario,
se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados, subió al leño,
para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.

LECTURA: 1Co 9, 24-25

En el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio. Corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones. Ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo dle hombre resucite de entre los muertos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo dle hombre resucite de entre los muertos.

PRECES

Demos siempre gracias a Cristo, nuestra cabeza y nuestro maestro, que vino a servir y a hacer el bien a todos, y digámosle humilde y confiadamente:

Atiende, Señor, a tu Iglesia.

  • Asiste, Señor, a los obispos y presbíteros de la Iglesia y haz que cumplan bien su misión de ser instrumentos tuyos, cabeza y pastor de la Iglesia,
    — para que por medio de ti conduzcan a todos los hombres al Padre.
  • Que tus ángeles sean compañeros de camino de los que están de viaje,
    — para que se vean libres de todo peligro de cuerpo y de alma.
  • Enséñanos, Señor, a servir a todos los hombres,
    — imitándote a ti, que viniste a servir y no a ser servido.
  • Haz que en toda comunidad humana reine un espíritu fraternal,
    — para que, estando tú en medio de ella, sea como una plaza fuerte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Sé misericordioso, Señor, con todos los difuntos
    — y admítelos a contemplar la luz de tu rostro.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que le mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Domingo II de Cuaresma

Las tres lecturas de hoy nos conducen a la cumbre de una montaña. En la primera lectura es la del país de Moriah lugar del sacrificio de Abraham, y en el Evangelio es el Tabor en el que se transfiguró Jesús en presencia de sus tres discípulos más próximos. La segunda lectura tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos, nos remite al Calvario en el que Jesús ha sido entregado por nosotros.

Hay algo de fascinante en una montaña que nos permite elevarnos desde el llano y del común de los mortales, cumbres que provocan en estos mortales una cierta euforia. Todos sabemos el atractivo que estas cumbres ejercen sobre los gran des alpinistas, incluso cuando saben muy bien que ello puede suponer para ellos un riesgo para sus vidas. Ahora bien, en la Biblia la montaña es asimismo y sobre todo el lugar del encuentro con Dios, y ello tanto en las grandes teofanías como sencillamente en los momentos de oración silenciosa lejos de las muchedumbres En una montaña, en el corazón mismo de la nube se encuentra Moisés con Dios que le habla cara a cara como se habla a un amigo. En el mismo Sinaí hace Elías la experiencia de Dios, al término de un largo andar, más allá de sus miedos y del descubrimiento de su debilidad, no en el fragor del trueno o en los rayos o en los temblores de tierra, sino en la “brisa ligera” .

Cuando Jesús quería separarse de los discípulos que le seguían y de la muchedumbres que le perseguían, para un encuentro con su Padre en una oración silenciosa, subía a la montaña, a poder ser de noche. En cierta ocasión, hacia el fin de sus días, cuando comenzaba ya a preparar a sus discípulos a la perspectiva de su muerte violenta,, lleva consigo a la montaña a sus discípulos privilegiados: Pedro, Santiago y Juan – para asociarlos a su oración – a los tres mismos a los que asociará a su oración dolorosa y desgarradora en el huerto de Getsemaní.

De la misma manera que la cima de una montaña es el punto de contacto simbólico entre la tierra y el cielo, es la oración el momento del encuentro del tiempo y la eternidad. Verdad es que la oración no nos hace salir del tiempo, pero nos libera de los límites del tiempo y nos introduce en el presente eterno de Dios, ese presente eterno al que se refería Jesús cuando hablaba del “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, que e el Dios de los vivos y de los muertos, para demostrar la resurrección de los muertos. La oración nos libera asimismo de los límites geográficos. Y así puede entenderse que la montaña a la que conduce Jesús a sus discípulos sea a un tiempo Tabor y Sinaí; allí se encuentran a un tiempo Jesús y sus discípulos, por una parte, y Moisés y Elías, por otra. Todos se reúnen en el presente eterno del Encuentro con Dios, en esa nube que cubre por el momento las diferencias de tiempo y lugar.

Tan colmado, tan transportado se halla Pedro, que desea quedarse allí, sin saber apenas lo que le está sucediendo y sin saber, por consiguiente, qué decir. Lo único que sabe es que es bueno, y que quisiera prolongar ese momento de profundo bienestar. La revelación que el Padre le hace es que Jesús, que los ha introducido en esta experiencia asociándolos a su oración es su Hijo: “Éste es mi hijo muy amado. Escuchadlo”. Lo que tiene que decirles, eso de lo que hablaba con Moisés y Elías, es la cercanía de su muerte. Por lo que a la experiencia que acaban de vivir se refiere, le pide que con nadie hablen de ella hasta tanto que “haya resucitado de entre los muertos” – expresión que no acaban aún de captar.

Esa bienaventuranza, esa bendición, que viven los discípulos en estos instantes privilegiados, es la misma que le fue prometida a Abraham y a su descendencia , como recompensa a su obediencia radical a lo que consideraba él ser la voluntad de Dios (véase la primera lectura).

A Isaac, el hijo de Abraham, le fue perdonada la vida y en lugar suyo fue inmolado un carnero (sucesos que celebraban los musulmanes en estos últimos días en la gran fiesta del Ain Kebir). Al haber dado por concluida la era de los sacrificios , ha muerto Jesús mismo por nosotros, como nos lo recuerda la Carta a los Romanos. En adelante se halla a la derecha del Padre, uniendo de manera definitiva tiempo y eternidad, y dándonos la opción de penetrar junto con Él en la eternidad cada vez que nos acerquemos a él en la oración, oración que nos d la posibilidad de entrar en contacto junto con él con el Padre, y on todos los que se hallan ya en la gloria, más allá de los límites del lugar y del tiempo, en que aún nos hallamos.

A. Veilleux

Domingo II de Cuaresma

La transfiguración de Jesús es:

1) El anuncio de la muerte que le esperaba a Jesús.

2) La promesa de su glorificación.

3) La afirmación de la presencia de Dios (mediante el símbolo de la nube) en estos acontecimientos.

4) La expresión clara y firme de Dios, que nos habla en Jesús; y solamente en Jesús. Estas cuatro afirmaciones son los pilares de la cristología. De forma que las reflexiones del Magisterio de la Iglesia, de los Santos Padres, de los más eminentes teólogos, todos ellos, no pueden prescindir de estos cuatro pilares sobre los que se sostiene el eje de la teología cristiana.

El punto 2, la glorificación de Jesús, es por supuesto, el triunfo y la glorificación definitiva de Jesús, el Hijo de Dios, en el acontecimiento central de la resurrección. Pero la clave de todo lo que Jesús nos dijo y nos dejó, como proyecto de vida, fue su propia forma y estilo de vida. De ahí que la voz, que vino de la nube (Dios), fue afirmar: ya y en adelante, ni Moisés (la Ley), ni Elías (los Profetas). Solo os queda el ejemplo y proyecto de vida que estáis viendo en «mi Hijo», es decir, en Jesús.

Dios no le encuentra otra solución, al ser humano y al futuro de la humanidad, que el proyecto que nos presenta en Jesús. Un proyecto que no asimilamos ni lo hacemos nuestro. Porque, pensando que todo el Evangelio es verdad, el hecho es que, para muchos de nosotros, no es vida. No es nuestra forma de vida. Y así, vivimos en la constante contradicción: por una parte va nuestra «fe», mientras que el «seguimiento» de Jesús no centra nuestras vidas, en el mismo proyecto de humanización que nos trazó la vida de Jesús.

José María Castillo

Comentario del 17 de marzo

El domingo de hoy, segundo de Cuaresma, nos orienta más explícitamente hacia la Pascua, porque la trans-figuración de Jesús se presenta como anticipo o prefiguración de su Resurrección. Y la Resurrección nos sitúa en ese «lugar» de gozo y de gloria que apenas podemos imaginar.

A Abrán le fue dicho: Mira al cielo. Ese cielo de estrellas incontables que contempla asombrado el patriarca es símbolo de lo que nos trasciende, de lo que sólo podemos otear o adivinar de lejos: un horizonte de una magnitud incontrolable, cuyas medidas nos desbordan, cuya grandeza nos anonada.

Pues bien, ante semejante espectáculo Abrán recibe una promesa de descendencia y de posesión de parte del Señor: posesión de una tierra habitable. Pero, para llegar a esa tierra de promisión hay que salir de la tierra de nacimiento (Ur de los Caldeos), hay que salir de la propia naturaleza; hay que morir o ser radicalmente transformados. Es lo que nos hace saber san Pablo cuando nos dice: Nosotros somos ciudadanos del cielo. Aunque seamos naturales y vecinos de la tierra, el orbe terráqueo no es nuestra estancia definitiva. Realmente somos ciudadanos del cielo, ese cielo del que procede el Salvador. Él transformará nuestra condición humilde (o terrena) según el modelo de su condición gloriosa (o celeste); porque en él se da esa doble condición: la humilde, propia de su naturaleza humana, y la gloriosa, propia de su naturaleza divinizada, glorificada. Y puede hacerlo porque tiene energía para sometérselo todo. Es la energía que muestra cuando, en lo alto de la montaña, se transfiguró delante de sus discípulos elegidos para ser testigos de este evento.

Habían subido a la montaña para orar (προσεύξασθαι). Ascender a una montaña es como aproximarse al cielo. Hay cumbres de montañas que nos parecen tocar el cielo. Por eso no es extraño que las montañas se conviertan en lugares privilegiados de oración, en símbolo de la ascensión mística. Y mientras oraban se produce el fenómeno que se describe como un cambio de aspecto o figura (trans-figuración) que adquiere un brillo especial, inusual, extraordinario. Así lo cuenta el narrador. Pero en esos instantes de gloria se hablaba paradójicamente de la muerte que Jesús habría de consumar en Jerusalén. Luego el transfigurado no era aún el Resucitado, pues no había dejado de ser terreno y mortal. Tendría que pasar por la muerte y muerte de cruz. Jesús no quiere que olviden esto, porque a pesar lo hermoso que era estar allí, hermoso hasta sentir enormes deseos de quedarse, de acampar, no podían olvidar que seguían en la tierra¸ una tierra de sufrimiento y muerte, pues aún no se les había dado en posesión la tierra prometida, el cielo del que somos ciudadanos, pero en promesa (en esperanza). Cuando Pedro hablaba de levantar tres tiendas, no sabía lo que decía, porque olvidaba algo importante, que seguían siendo habitantes de la tierra.

Pero Jesús quiere también que, cuando lleguen los momentos más duros de su estancia en la tierra, momentos de sufrimiento extremo o acumulado y de dolor, recuerden que son ciudadanos del cielo, que les espera la recompensa del cielo. Y hay cielo porque hay transfiguración, es decir, poder para transformar la condición terrena en condición gloriosa: ese poder o energía que muestra Jesús en su transfiguración. Sólo se pide una cosa: fe, crédito, obediencia. Esto fue lo que aquellos testigos asombrados y desconcertados escucharon al entrar en la nube, es decir, al salir de sí, en el éxtasis: Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle. Jesús es proclamado hijo, en singular (mi Hijo), por la voz procedente de la nube. Y el Hijo de Dios merece crédito. Por eso, escuchadle. ¿Qué otro mejor que él merece ser escuchado? ¿A qué otro mejor que al Logos de Dios habría que prestar atención? No hay palabra mejor que merezca oírse que la Palabra. Pero ¿damos suficiente crédito a esta Palabra encarnada que es Jesús? ¿Confiamos en lo que Jesús nos ha dicho y nos dice? ¿Colocamos su palabra por encima de cualquier otra? ¿Esperamos lo que nos promete? ¿Confiamos en sus advertencias y mandatos? ¿Tenemos la certeza de su vuelta y la convicción de que, gracias a él, somos ciudadanos del cielo?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Veritatis gaudium – Francisco I

Artículo 40. § 1. Se determinen las disciplinas que se requieren necesariamente para lograr el fin de la Facultad, como también aquellas que, de diverso modo, ayudan a conseguir tal finalidad, y se indique consiguientemente cómo se distinguen entre sí.

§ 2. Se ordenen las disciplinas en cada Facultad, de manera que formen un cuerpo orgánico, sirvan para la sólida y armoniosa formación de los alumnos y hagan más fácil la mutua colaboración de los profesores.

Lectio Divina – 17 de marzo

Lucas 9,28-36

La Transfiguración de Jesús
Una nueva forma para la realización de las profecías
Lucas 9,28-36

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús.

Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Clave de lectura:

Pocos días antes, Jesús había anunciado que Él, el Hijo del Hombre, debía ser rechazado y crucificado por las autoridades (Lc 9,22; Mc 8,31). Según la información del Evangelio de Marcos y Mateo, los discípulos, sobre todo Pedro, no entendieron el anuncio de Jesús y quedaron escandalizados por la noticia (Mt 16,22; Mc 8,32). Jesús reaccionó duramente y se dirigió a Pedro llamándolo Satanás (Mt 16,23; Mc 8,33). Y esto, porque las palabras de Jesús no respondían al ideal de Mesías glorioso que ellos tenían en su mente. Lucas no habla de la reacción de Pedro y de la dura respuesta de Jesús, pero cuenta, como hacen los otros, el episodio de la Transfiguración, por él entendido como una ayuda por parte de Jesús, de modo que los discípulos puedan superar el escándalo y cambiar de idea respecto al Mesías (Lc 9,28-36). Llevando consigo a los tres discípulos, Jesús sube a una montaña a rezar, y en la oración, se transfigura. En el curso de la lectura del texto, es bueno observar cuanto sigue: ¿Quiénes aparecen en la montaña para conversar con Jesús? ¿Cuál es el tema de la conversación? ¿Cuál es la conducta de los discípulos?

b) Una división del texto para ayudar a leerlo:

i) Lucas 9,28: El momento de crisis
ii) Lucas 9,29: El cambio producido en la oración
iii) Lucas 9,30-31: La aparición de dos hombres y su conversación con Jesús
iv) Lucas 9,32-34: La reacción de los discípulos
v) Lucas 9,35-36: La voz del Padre

c) El texto:

28 Unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. 29 Y mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó y sus vestidos eran de una blancura fulgurante. 30 Y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; 31 los cuales aparecían en gloria,  y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén. 32 Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. 33 Cuando ellos se separaron de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Podríamos hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. 34 Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y, al entrar en la nube, se llenaron de temor. 35 Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.» 36 Cuando cesó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Qué es lo que más te ha gustado en este episodio de la Transfiguración? ¿Por qué?
b) ¿Quiénes van a la montaña con Jesús ¿Por qué lo hacen?
c) Moisés y Elías aparecen sobre la montaña junto a Jesús. ¿Qué significado tienen estos personajes del Antiguo Testamento para Jesús, para los discípulos, para las comunidades de los años ochenta? ¿Y hoy, para nosotros?
d) ¿Cuál es la profecía del Antiguo Testamento que se cumple en las palabras del Padre respecto a Jesús?
e) ¿Cuál es la conducta de los discípulos en este episodio?
f) ¿Has tenido alguna transfiguración en tu vida? ¿Cómo te ha ayudado la experiencia de la transfiguración para asumir mejor tu misión?
g) Compara la descripción de Lucas sobre la Transfiguración (Lc 9,28-36) con la descripción que hace de la agonía de Jesús en el Huerto (Lc 22, 39-46). Trata de ver si son semejantes ¿Cuál es el significado de esta semejanza?

5. Una clave de lectura

para los que desean profundizar en el tema.

a) El contexto del discurso de Jesús:

En los dos capítulos precedentes del Evangelio de Lucas, se impone la novedad traída por Jesús y crecen las tensiones entre el Nuevo y el Antiguo Testamento. Al final, Jesús se da cuenta que ninguno había entendido su propuesta y mucho menos su persona. La gente pensaba que fuese como Juan el Bautista, Elías o cualquiera de los Profetas (Lc 9,18-19). Los discípulos lo aceptaban como el Mesías, pero como un Mesías glorioso, según la propaganda del gobierno y de la religión oficial del Templo (Lc 9,20-21). Jesús trató de explicar a los discípulos que el camino previsto por los profetas era un camino de sufrimiento, por el papel asumido hacia los marginados, y el discípulo podía ser tal, sólo si tomaba su cruz (Lc 9,22-26). Pero no tuvo mucho éxito. Y en este contexto de crisis, es cuando sucede la Transfiguración. En los años treinta la experiencia de la Transfiguración tuvo un significado muy importante en la vida de Jesús y de los discípulos. Les ayudó a superar la crisis de fe y a cambiar los propios ideales respecto al Mesías. En los años ochenta, época en la que escribe Lucas para sus comunidades cristianas de Grecia, el significado de la Transfiguración se intensificó y se propagó. A la luz de la resurrección de Jesús y de la expansión de la Buena Nueva entre los paganos en casi todos los países, desde la Palestina hasta Italia, la experiencia de la Transfiguración comenzaba a ser vista como una confirmación de la fe de las Comunidades Cristianas en Jesús, Hijo de Dios. Los dos significados están presentes en la descripción e interpretación de la Transfiguración, en el evangelio de Lucas.

b) Comentario del texto:

Lucas 9,28: El momento de crisis 
Varias veces Jesús había entrado en conflicto con las gentes y con las autoridades religiosas y civiles de la época (Lc 4,28-29; 5,20-21; 6,2-11; 7,30-39; 8,37; 9,9). Él sabía que no le permitían hacer aquello que estaba haciendo. Antes o después, lo detendrían. Además, en aquella sociedad, el anuncio del Reino, como lo hacía Jesús, no estaba tolerado. ¡O daba marcha atrás, o le esperaba la muerte! No había otra alternativa. Pero Jesús no retrocede. Por esto en el horizonte aparece la cruz, no ya como una posibilidad, sino como una certeza (Lc 9,22). Junto a la cruz aparece la tentación de continuar el camino del Mesías Glorioso y no el de Siervo Sufridor Crucificado, anunciado por el profeta Isaías (Mc 8,32-33). En esta hora difícil, Jesús sube a la montaña para orar, llevando consigo a Pedro, Santiago y Juan. En la oración encuentra la fuerza para no perder la dirección de su misión (cfr Mc 1, 35).

Lucas 9,29: El cambio que tiene lugar durante la oración
Apenas Jesús ora, su aspecto cambia y aparece glorioso. Su rostro cambia de aspecto y su vestido aparece blanco y refulgente. Es la gloria que los discípulos imaginaban para el Mesías. Este cambio de aspecto les demostraba que Jesús, de hecho, era el Mesías que todos esperaban. Pero lo que sigue del episodio de la Transfiguración indicará que el camino hacia la gloria es muy diverso del que ellos imaginaban. La transfiguración será una llamada a la conversión.

Lucas 9,30-31: Dos hombres aparecen y hablan con Jesús 
Junto a Jesús, en la misma gloria aparecen Moisés y Elías, los dos mayores exponentes del Antiguo Testamento, que representaban la Ley y los Profetas. Hablan con Jesús del “éxodo” que debería llevar a cumplimiento en Jerusalén”. Así, delante de sus discípulos, la Ley y los Profetas confirman que Jesús es verdaderamente el Mesías Glorioso, prometido en el Antiguo Testamento y esperado por todo el pueblo. Además confirman que el camino hacia la Gloria pasa por la vía dolorosa del éxodo. El éxodo de Jesús es su Pasión, Muerte y Resurrección. Por medio de su “éxodo” Jesús rompe el dominio de la falsa idea divulgada, sea por el gobierno como por la religión oficial y que mantenía a todos enmarcados en la visión de un Mesías glorioso nacionalista. La experiencia de la Transfiguración confirmaba que Jesús con su opción de Mesías Siervo constituía una ayuda para liberarlos de sus ideas falsas sobre el Mesías y descubrir un nuevo significado del Reino de Dios.

Lucas 9,32-34: La reacción de los discípulos 
Los discípulos estaban profundamente dormidos. Cuando se despertaron, pudieron ver la gloria de Jesús y los dos hombres que estaban con Él. Pero la reacción de Pedro indica que no se dieron cuenta del significado de la gloria con la que Jesús aparecía delante de ellos. Como nos sucede también tantas veces, sólo nos damos cuenta de lo que nos interesa. El resto escapa a nuestra atención. “Maestro, bueno es estarnos aquí”. ¡Y no queremos descender de la montaña! Cuando se habla de Cruz, tanto en el Monte de la Transfiguración, como en el Monte de los Olivos (Lc 22,45), ¡ellos duermen! ¡A ellos les gusta más la Gloria que la Cruz! No les agrada oír hablar de la cruz. Ellos desean asegurar el momento de la gloria en el Monte, y se ofrecen para construir tres tiendas. Pedro no sabía lo que decía. Mientras Pedro habla, una nube desciende de lo alto y les envuelve con su sombra. Lucas dice que los discípulos tuvieron miedo cuando la nube los envolvió. La nube es un símbolo de la presencia de Dios. La nube acompañó a la muchedumbre en su camino por el desierto (Ex 40, 34-38; Num 10,11-12). Cuando Jesús subió al cielo, fue cubierto por una nube y no lo vieron más (Act 1,9). Una señal de que Jesús había entrado para siempre en el mundo de Dios.

Lucas 9,35-36: La voz del Padre
Una voz sale de la nube y dice: “Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle”. Con esta misma frase el profeta Isaías había anunciado al Mesías–Siervo (Is 42,1). Después de Moisés y Elías, ahora es el mismo Dios quien presenta a Jesús como Mesías-Siervo, que llegará a la gloria mediante la cruz. Y nos deja una advertencia final : “¡Escuchadle!”. En el momento en el que la voz celeste se hace sentir, Moisés y Elías desaparecen y queda Jesús solo. Esto significa, que de ahora en adelante es sólo Él, el que interpreta las Escrituras y la Voluntad de Dios. Es Él la Palabra de Dios para los discípulos: “¡Escuchadle!”

La afirmación “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle” era muy importante para las comunidades de finales de los años ochenta. Por medio de esta afirmación, Dios Padre confirmaba la fe de los cristianos en Jesús como Hijo de Dios. En el tiempo de Jesús, o sea, hacia los años 30, la expresión Hijo del Hombre indicaba una dignidad y una misión muy elevada. Jesús mismo relativizaba el término y decía que todos son hijos de Dios (cfr Jn 10,33-35). Pero para pocos el título de Hijo de Dios se convirtió en el resumen de todos los títulos, más de ciento, que los primeros cristianos dieron a Jesús en la segunda mitad del siglo primero. En los siglos siguientes, fue en este título de Hijo de Dios, donde la Iglesia concentró toda su fe en la persona de Jesús.

c) Más profundización:

i) La Transfiguración se narra en los tres evangelios: Mateo (Mt 17,1-9), Marcos (Mc 9,2-8) y Lucas (Lc 9,28-36). Señal de que este episodio recogía un mensaje muy importante. Como hemos dicho, se trató de una ayuda muy grande para Jesús, para sus discípulos y para las primeras comunidades. Confirmó a Jesús en su misión en cualidad de Mesías-Siervo. Ayudó a los discípulos a superar la crisis que la cruz y el sufrimiento les causaban. Llevaba a las comunidades a profundizar en su fe en Jesús, Hijo de Dios, Aquél que reveló el Padre y que se convirtió en la nueva clave para interpretar la Ley y los Profetas. La Transfiguración continúa siendo una ayuda para superar las crisis que el sufrimiento y la cruz nos producen hoy. Los discípulos soñolientos son el espejo de todos nosotros. La voz del Padre se dirige a ellos, como a nosotros: “¡Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle!”

ii) En el evangelio de Lucas existe una semejanza muy grande entre la Transfiguración (Lc 9,28-36) y la escena de la Agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos (Lc 22,39-46). Se puede percibir lo siguiente: en los dos episodios, Jesús sube a una Montaña para orar y lleva consigo a sus tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan. En las dos ocasiones, Jesús cambia de aspecto y se transfigura delante de ellos: glorioso en la Transfiguración, sudando sangre en el Huerto de los Olivos. Las dos veces aparecen figuras celestiales para confortarlo, Moisés y Elías y un ángel del cielo. Y tanto en la Transfiguración como en el Huerto, los discípulos duermen, se muestran extraños al hecho y parece que no entienden nada. Al final de los dos episodios, Jesús se reúne de nuevo con sus discípulos. Sin duda alguna, Lucas tuvo la intención de acentuar la semejanza de estos tres episodios. ¿Cuál sería? Y meditando y rezando llegaremos a entender el significado que supera las palabras, y a percibir la intención de su autor. El Espíritu Santo nos guiará.

iii) Lucas describe la Transfiguración. Hay momentos en la vida en los que el sufrimiento es tan grande que una persona llega a pensar: ¡Dios me ha abandonado! Y de improviso la persona descubre que Él jamás se ha alejado, sino que la persona tenía los ojos vendados y no se daba cuenta de la presencia de Dios. Entonces todo cambia y se transfigura. ¡Es la Transfiguración! Sucede cada día en nuestra vida.

6. Salmo 42 (41)

“Mi alma tiene sed del Dios vivo!”

Como anhela la cierva los arroyos,
así te anhela mi ser, Dios mío.
Mi ser tiene sed de Dios,
del Dios vivo;
¿cuándo podré ir a ver
el rostro de Dios?

Son mis lágrimas mi pan
de día y de noche,
cuando me dicen todo el día:
«¿Dónde está tu Dios?».
El recuerdo me llena de nostalgia:
cuando entraba en la Tienda admirable
y llegaba hasta la Casa de Dios,
entre gritos de acción de gracias
y el júbilo de los grupos de romeros.

¿Por qué desfallezco ahora
y me siento tan azorado?
Espero en Dios, aún lo alabaré:
¡Salvación de mi rostro, Dios mío!
Me siento desfallecer,
por eso te recuerdo,
desde el Jordán y el Hermón
a ti, montaña humilde.
Un abismo llama a otro abismo
en medio del fragor de tus cascadas,
todas tus olas y tus crestas
han pasado sobre mí.

De día enviará Yahvé su amor,
y el canto que me inspire por la noche
será oración al Dios de mi vida.
Diré a Dios: Roca mía,
¿por qué me olvidas?
¿por qué he de andar sombrío
por la opresión del enemigo?
Me rompen todos los huesos
los insultos de mis adversarios,
todo el día repitiéndome:
¿Dónde está tu Dios?

¿Por qué desfallezco ahora
y me siento tan azorado?
Espero en Dios, aún lo alabaré:
¡Salvación de mi rostro, Dios mío!

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo II de Cuarema

Cuando la historia está configurada por la fe, hay un momento/fase en que se ha de fundamentar la vida en la Promesa, no en lo que se posee. Esto no consiste en ser más radical en el estilo de vida (compartir más, dedicar más tiempo a la oración y al prójimo, vida austera…), sino en haberse encontrado con el Dios vivo, imprevisible, y dejarle tomar la iniciativa.

La pregunta normal: «¿Cómo sabré?»

La respuesta: Vivir en la Alianza, no en la seguridad. Ciertamente, hay signos definitivos (los que da la Biblia, especialmente Jesús) y otros experimentados en propia carne, para fiarse de Dios. Pero ningún signo puede sustituir a la fe que se entrega a la Promesa.

Este tipo de experiencias no son extraordinarias. Pertenecen al ámbito normal de la vida creyente, por ejemplo:

– Cuando decides preguntarle a Dios responsablemente: «Señor, ¿qué quieres que haga?» Con miedo, pero con incondicionalidad.

– Cuando tienes que escoger entre tus intereses y los del prójimo y esto supone desinstalarte.

– Cuando decides tener un hijo, y éste no responde a los proyectos que te hiciste de él.

– Cuando la Palabra te descubre una imagen diferente de Dios, presente e inmanipulable.

– Cuando experimentas el amor de Dios que te libera de la necesidad de controlar tu vida moral y religiosa.

– Cuando una situación de prueba te obliga a abandonarte en manos de Dios y experimentas una paz desconocida.

El Evangelio (la Transfiguración) apunta en la misma dirección: El Padre pide al discípulo que escuche a Jesús, que se fíe en este momento en que el fracaso y la muerte del Mesías pondrán a prueba la esperanza de los suyos.

Javier Garrido

Nos debe emocionar

En programas de televisión que tratan sobre vivencias personales, reencuentros, concursos de talentos… es frecuente ver en algún momento un primer plano de algún concursante, presentador o jurado, con el rostro surcado de lágrimas, ya que esto suele generar un aumento de la audiencia; incluso forma parte de la promoción del programa asegurar “emociones y sentimientos”. Pero a menudo se confunde “emoción” con “sensiblería”. La sensiblería es un sentimentalismo exagerado, superficial y a veces fingido; mientras que la emoción es algo mucho más serio y profundo: es una alteración del ánimo, agradable o penosa, intensa aunque pasajera, pero que deja huella en nosotros e incluso puede afectarnos corporalmente.

También en la vida de fe corremos el peligro de caer en la sensiblería. En algunas celebraciones (bautizos, bodas, comuniones e incluso en funerales) que se viven más como “actos sociales”, se introducen elementos extralitúrgicos enfocados a “provocar la emoción”: cantos, poesías y otros textos, o simplemente unas palabras de un allegado que provocan la lágrima fácil en los asistentes. En ocasiones estos elementos han sustituido a los litúrgicos porque se piensa que “son más bonitos”.

Pero también se corre el peligro de ir al otro extremo, y por temor a la sensiblería se cae en la rigidez y frialdad en la liturgia, quedando sólo una celebración de la fe “racionalista”.

Sin embargo, las personas somos seres emocionales, y por tanto, en nuestra vida de fe no podemos excluir esta parte de nosotros mismos: no debemos caer en la sensiblería, pero sí que nos hace falta más “emoción”, necesitamos que nuestra fe “nos emocione” profundamente.

Este segundo domingo de Cuaresma es el de la Transfiguración, y la Palabra de Dios nos ha mostrado varios ejemplos de cómo el encuentro con Dios “emociona” a quienes lo experimentan:

En la 1ª lectura, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo: Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes… Así será tu descendencia. Podemos imaginar la emoción alegre y profunda de Abrán ante esta promesa. Podemos recordar alguna Palabra de Dios que nos ha emocionado porque ha sido para nosotros una verdadera promesa suya.

Más tarde, un terror intenso y oscuro cayó sobre él: ante el signo de la alianza de Dios, la emoción es diferente: Abrán se siente pequeño ante Él. Podemos recordar las ocasiones en las que hemos sentido la grandeza de Dios y también hemos sentido “temor”, respeto profundo, pequeñez.

En la 2ª lectura, San Pablo decía: lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo. Las de Pablo no son unas “lágrimas fáciles”; él siente una verdadera emoción, aunque penosa, porque ve que algunos están reduciendo la fe cristiana a puras prácticas rituales. Podemos recordar las veces que a nosotros nos ha dolido, o nos duele, cómo algunas personas, a veces muy cercanas a nosotros, prescinden de la fe o la viven de un modo superficial.

Y finaliza diciendo: Hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos. Podríamos pensar que Pablo está siendo sensiblero, pero no es así, la suya es una emoción profunda que le producen los cristianos de Filipos. Podemos recordar también a esas personas que despiertan en nosotros verdaderas emociones y a los que deseamos sinceramente lo mejor.

Y en el Evangelio, ante Jesús transfigurado, Pedro exclama: Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas… Pedro ha experimentado una emoción profunda tan agradable que quisiera que no acabase. Podemos recordar también nosotros las veces en las que también podríamos repetir las palabras de Pedro, porque hemos experimentado de forma especial la cercanía de Dios. 

La fe no puede ser algo racionalista. Está bien rechazar la sensiblería, pero la fe sí que nos debe emocionar: la fe surge del encuentro con Dios y, por tanto este encuentro y su celebración no nos puede dejar “fríos”, necesitamos que nos “altere el ánimo”, que nos afecte y deje huella en nosotros. Vivamos la fe en Cristo con verdadera emoción, la Eucaristía nos debe emocionar, porque entonces, como ocurrió a Pedro en la Transfiguración, estaremos viviendo el encuentro con el Señor con todo nuestro ser y, por tanto, de un modo realmente auténtico y transformador.

Escuchar a Jesús

Los cristianos de todos los tiempos se han sentido atraídos por la escena llamada tradicionalmente «La transfiguración del Señor». Sin embargo, a los que pertenecemos a la cultura moderna no se nos hace fácil penetrar en el significado de un relato redactado con imágenes y recursos literarios, propios de una «teofanía» o revelación de Dios.

Sin embargo, el evangelista Lucas ha introducido detalles que nos permiten descubrir con más realismo el mensaje de un episodio que a muchos les resulta hoy extraño e inverosímil. Desde el comienzo nos indica que Jesús sube con sus discípulos más cercanos a lo alto de una montaña sencillamente «para orar», no para contemplar una transfiguración.

Todo sucede durante la oración de Jesús: «mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió». Jesús, recogido profundamente, acoge la presencia de su Padre, y su rostro cambia. Los discípulos perciben algo de su identidad más profunda y escondida. Algo que no pueden captar en la vida ordinaria de cada día.

En la vida de los seguidores de Jesús no faltan momentos de claridad y certeza, de alegría y de luz. Ignoramos lo que sucedió en lo alto de aquella montaña, pero sabemos que en la oración y el silencio es posible vislumbrar, desde la fe, algo de la identidad oculta de Jesús. Esta oración es fuente de un conocimiento que no es posible obtener de los libros.

Lucas dice que los discípulos apenas se enteran de nada, pues «se caían de sueño» y solo «al espabilarse», captaron algo. Pedro solo sabe que allí se está muy bien y que esa experiencia no debería terminar nunca. Lucas dice que «no sabía lo que decía».

Por eso, la escena culmina con una voz y un mandato solemne. Los discípulos se ven envueltos en una nube. Se asustan pues todo aquello los sobrepasa. Sin embargo, de aquella nube sale una voz: «Este es mi Hijo, el escogido. Escuchadle». La escucha ha de ser la primera actitud de los discípulos.

Los cristianos de hoy necesitamos urgentemente «interiorizar» nuestra religión si queremos reavivar nuestra fe. No basta oír el Evangelio de manera distraída, rutinaria y gastada, sin deseo alguno de escuchar. No basta tampoco una escucha inteligente preocupada solo de entender.

Necesitamos escuchar a Jesús vivo en lo más íntimo de nuestro ser. Todos, predicadores y pueblo fiel, teólogos y lectores, necesitamos escuchar su Buena Noticia de Dios, no desde fuera sino desde dentro. Dejar que sus palabras desciendan de nuestras cabezas hasta el corazón. Nuestra fe sería más fuerte, más gozosa, más contagiosa.

José Antonio Pagola