I Vísperas – San José

I VÍSPERAS

SAN JOSÉ

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Porque fue varón justo,
le amó el Señor,
y dio el ciento por uno
su labor.

Humilde magisterio
bajó el que Dios aprende:
¡Que diga, si lo entiende,
quien sepa de misterio!
Si Dios es cautiverio
se queda en aprendiz,
¡aprende aquí la casa de David!

Sencillo, sin historia,
de espalda a los laureles,
escalas los niveles
más altos de la gloria.
¡Qué asombroso, hacer memoria,
y hallarle a tu ascensión
tu hogar, tu oficio y Dios con razón!

Y, pues que el mundo entero
te mira y se pregunta,
di tú como se junta
ser santo y carpintero,
la gloria y el madero,
la gracia y el afán,
tener propicio a Dios y escaso el pan.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

SALMO 145

Ant. El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

Alaba, alma mía, al Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista.

No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuando hay en él;

que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace jsuticia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.

El Señor liberta a los cautivos,
el Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.

El Señor guarda a los peregrinos,
sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. María, la madre de Jesús, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. María, la madre de Jesús, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

LECTURA: Col 3, 23-24

Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor y no a los hombres: sabiendo que recibiréis del Señor en recompensa la herencia. Servid al Señor.

RESPONSORIO BREVE

R/ El justo germinará como una azucena.
V/ El justo germinará como una azucena.

R/ Y florecerá eternamente ante el Señor.
V/ Como una azucena.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El justo germinará como una azucena.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Este es el criado fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Este es el criado fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia.

PRECES

Invoquemos a Dios, el Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y la tierra, diciéndole:

Padre nuestro, que estás en los cielos, escúchanos.

  • Padre santo, que revelaste al justo José el misterio de Cristo, mantenido en secreto durante siglos eternos,
    — haz que conozcamos mejos a tu Hijo, Dios y hombre.
  • Padre celestial, que alimentas a las aves del cielo y engalanas la hierba del campo,
    — da a todos los hombres el pan de cada día y el pan espiritual.
  • Creador de todas las cosas, que nos has encomendado tu obra,
    — concede a los trabajadores disfrutar dignamente del fruto de su trabajo.
  • Dios de toda justicia, que quieres que los hombres sean santos,
    — haz que, por la intercesión de san José, recorramos nuestro camino tratando de complacerte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Concede propicio a los moribundos y difuntos, por medio de tu Hijo, con María, su madre, y san José,
    — alcanzar tu misericordia.

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de san José, haz que, por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 18 de marzo

Tiempo de Cuaresma

1) Oración inicial

Señor, Padre santo, que para nuestro bien espiritual nos mandaste dominar nuestro cuerpo mediante la austeridad; ayúdanos a librarnos de la seducción del pecado y a entregarnos al cumplimiento filial de tu santa ley. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 6,36-38

«Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.»

3) Reflexión

• Los tres breves versículos del Evangelio de hoy (Lc 6,36-38) constituyen la parte final de un breve discurso de Jesús (Lc 6,20-38). En la primera parte de este discurso, él se dirige a los discípulos (Lc 6,20) y a los ricos (Lc 6,24) proclamando para los discípulos cuatro bienaventuranzas (Lc 6,20-23), y para los ricos cuatro maldiciones (Lc 6,20-26). En la segunda parte, se dirige a todos los que lo escuchan (Lc 6,27), a saber, aquella multitud inmensa de pobres y enfermos, venida de todos los lados (Lc 6,17-19). Las palabras que dice a esta multitud y a todos nosotros son exigentes y difíciles: amar a los enemigos (Lc 6,27), no maldecir (Lc 6,28), ofrecer la otra mejilla a los que te golpean la cara y no reclamar cuando alguien toma lo que es nuestro (Lc 6,29). ¿Cómo entender estos consejos tan exigentes? La explicación nos la dan tres versículos del evangelio de hoy, de donde sacamos el centro de la Buena Nueva que Jesús vino a traernos.

• Lucas 6,36: Ser misericordioso como vuestro Padre es misericordia. Las bienaventuranzas para los discípulos (Lc 6,20-23) y las maldiciones contra los ricos (Lc 6,24-26) no pueden ser interpretadas como una ocasión para que los pobres se venguen de los ricos. Jesús manda tener la actitud contraria. Y dice:»¡Amad a vuestros enemigos!» (Lc 6,27). La mudanza o la conversión que Jesús quiere realizar en nosotros no consisten en algo superficial solamente para invertir el sistema, pues así nada cambiaría. El quiere cambiar el sistema. La Novedad que Jesús quiere construir viene de la nueva experiencia que tiene de Dios como Padre/Madre lleno de ternura que acoge a todos, buenos y malos, que hace brillar el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45). El amor verdadero no depende de lo que yo recibo del otro. El amor debe querer el bien del otro independientemente do lo que él o ella hacen por mí. Pues así es el amor de Dios por nosotros. El es misericordioso no solamente para con los buenos, sino para con todos, hasta “con los ingratos y con los malos” (Lc 6,35). Los discípulos y las discípulas de Jesús deben irradiar este amor misericordioso.

• Lucas 6,37-38: No juzgad y no seréis juzgados. Estas palabras finales repiten de forma más clara lo que él había dicho anteriormente: “Así, pues, tratad a los demás como queréis que ellos os traten” (Lc 6,31; cf. Mt 7,12). Si no deseas ser juzgado, ¡no juzgues! Si no deseas ser condenado, ¡no condenes! Si quieres ser perdonado, ¡perdona! No te quedes esperando hasta que el otro tome la iniciativa, ¡tómala tú la iniciativa y comienza ya! Y verás que todo esto ocurre.

4) Para la reflexión personal

• La Cuaresma es tiempo de conversión. ¿Cuál es la conversión que el evangelio de hoy me pide?
• ¿Has procurado ser misericordioso como el Padre del cielo es misericordioso?

5) Oración final

Ayúdanos, Dios salvador nuestro,
por amor de la gloria de tu nombre;
líbranos, borra nuestros pecados,
por respeto a tu nombre. (Sal 79,9)

Recursos Domingo III Cuaresma

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de la semana anterior a este domingo tercero de Cuaresma, intenta meditar la Palabra de Dios. Medítala personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elige un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo de la parroquia, en un grupo de padres, en un grupo de un movimiento eclesial, en una comunidad religiosa.

2. Formulación de las oraciones penitenciales.

«Y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera »
El Evangelio de este domingo propone la cuestión del pecado y de la responsabilidad del hombre. ¿Cómo se plantean nuestras oraciones penitenciales? A veces funcionamos por el modelo: “Nosotros hacemos mucho esto, no hacemos demasiado aquello… Señor, ten piedad de nosotros…” Parece que estamos en que nosotros somos la causa de toda la miseria del mundo…
Si leemos con atención las fórmulas del Misal, veremos que se trata, al principio de la Eucaristía, de confesar, no propiamente nuestras faltas, sino la paciencia del Dios de la misericordia.

3. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al final de la primera lectura: Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, de Moisés y del Pueblo en el que nos has acogido, te damos gracias y bendecimos el nombre que tu nos revelaste: “Yo soy”. Tú eres el Dios vivo, por todos los siglos.
Te confiamos nuestra solidaridad para con los pueblos oprimidos, como en otro tiempo a la descendencia de Abrahán en Egipto. Nos sentimos muchas veces tan impotentes ante su infelicidad… Ilumínanos.

Al final de la segunda lectura: Padre, te damos gracias por tu Hijo Jesús. Él se reveló como el nuevo Moisés, que hace brotar la fuente de agua viva del bautismo para vivificarnos, comunicándonos tu propia vida.
Te confiamos a las personas que se apartaron de ti. No sabemos cómo dirigirlas hacia ti. Ilumínanos con tu Espíritu.

Al finalizar el Evangelio: Dios paciente, bendito seas por los signos de los tiempos a través de los cuales nos corriges sin cesar y nos llamas a volvernos hacia ti. Te damos gracias, porque nos das tiempo para convertirnos.
Te pedimos por nuestras comunidades y por nuestras familias; que tu Espíritu guíe nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos, que él produzca en nosotros los frutos que Tú esperas.

4. Plegaria Eucarística.

La Plegaria Eucarística IV recapitula bien la historia de la salvación que es evocada en la primera lectura y que conduce a la Pascua de Cristo.

5. Palabra para el camino.

“¡Convertíos!” Sí, pero si yo no he robado, no he matado, llevo una vida honrada… ¿Por qué debo convertirme?
Precisamente, Cristo quiere que seamos diferentes de las personas que no deben nada…

Comentario del 18 de marzo

Jesús propone de nuevo a Dios Padre como referente de comportamiento para sus discípulos: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros. Para un hijo de semejante Padre, Dios, no hay mejor forma de ser que la de su Padre. La filiación divina ya implica una participación en el ser de ese Padre del que somos hijos. Por tanto, ser como nuestro Padre no es sino conducirnos en la vida conforme a lo que ya somos en cuanto hijos de Dios. No es, pues, ni una pretensión desorbitada, ni una temeridad. Es simplemente traducir en actos lo que ya somos: hijos de Dios. Dios es amor, nos dice san Juan, y amor misericordioso. El ser compasivo es una nota constitutiva de este Dios que debe verse reflejada en la conducta de sus hijos. No ser compasivos sería como renegar de la propia condición o impedir el normal desarrollo del dinamismo vital que nos conforma. No obrar con compasión es desmentir lo que somos: hijos de un Dios compasivo y misericordioso.

Fuera de esto, Jesús quiere hacernos ver que habrá una proporcionalidad entre lo que hagamos nosotros en relación con los demás y lo que hagan con nosotros. La medida que usemos con los demás, la usarán con nosotros; más aún, a nosotros nos verterán una medida colmada, rebosante. Es importante tener esto en cuenta, porque si nuestras obras tienen «medida», ello se debe a que serán «juzgadas». Sólo un juicio puede determinar la «medida» de nuestras acciones o de nuestras omisiones, es decir, de nuestros juicios, de nuestras condenas, de nuestros perdones, de nuestras donaciones. No juzguéis; pero ¿se puede pasar por la vida sin hacer juicios? ¿No disponemos de inteligencia para enjuiciar las cosas que suceden a nuestro alrededor: acontecimientos, noticias, actuaciones, personas? Seguramente Jesús se refiera a juicios condenatorios –de hecho, a continuación dice: no condenéis– sobre personas, no sobre hechos, conductas u omisiones. Los juicios laudatorios son menos dañinos que los condenatorios, aunque si son falsos también pueden dañar tanto al que los recibe como al que los emite.

En cualquier caso, nuestros juicios pueden tener una componente de parcialidad o de mentira muy notable: no siempre disponemos de todos los elementos necesarios para hacer un juicio correcto; a veces nos precipitamos en nuestros juicios; a veces estos se asientan en un error de apreciación; muchas veces pretendemos juzgar lo que nos es imposible o lo que sólo sería posible para el que es capaz de penetrar en lo profundo de las conciencias, en las intenciones; finalmente, nuestros juicios nunca podrán ser definitivos, porque el ser humano sobre el que hacemos recaer nuestro juicio siempre puede cambiar o dejar de ser lo que era. Por tanto, no juzguéis, y no seréis juzgados: no os constituyáis en jueces de los demás, pues el que habrá de juzgarnos a todos, y en el día oportuno, no nos ha nombrado jueces de esos cuyo juicio se lo ha reservado Él, el único capaz de juzgar con verdad y rectitud en un juicio universal y definitivo.

Pero «no condenar» es una garantía de que tampoco nosotros seremos condenados; lo mismo que perdonar es una garantía de que obtendremos perdón. Y ello en razón de la proporcionalidad de la medida usada. Dad y se os dará: si damos bienes, se nos darán bienes; si males, males. La medida que usemos al tasar la conducta y las cualidades o los defectos de los demás será la que Dios emplee para apreciar nuestra propia valía, nuestros méritos o deméritos. Esta medida, incluso, rebasará la empleada por nosotros; pues será una medida colmada o remecida o rebosante. ¿Qué otra cosa significa: porque si no perdonáis a los demás sus culpas, tampoco vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros? Es siempre la misma estimación. Para Dios tiene tanto valor nuestro modo de tratar a los demás, que está dispuesto a aplicarnos la misma medida (o medicina) que empleemos con ellos. Y es que nuestra morada definitiva dependerá esencialmente de esta medida, pues los que hacen el Reino son sus habitantes, lo mismo que los que hacen la casa confortable son sus moradores.

Sólo si la medida usada con los demás es producto del amor misericordioso podrá construirse ese Reino cimentado sobre esta base que hace posible la convivencia, la armonía y la paz, sin las cuales se tornará aspiración imposible, sueño irrealizable, plasmación fantasmagórica. Reparemos, pues, en la medida que usamos para evaluar, apreciar o valorar las conductas de los demás, sin olvidar que nadie nos ha constituido en jueces de las vidas ajenas, y ni siquiera de la propia. Decía san Pablo: Es verdad que mi conciencia no me remuerde; pero ni siquiera yo me juzgo; mi juez es el Señor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Homilía – Domingo III de Cuaresma

CADA UNO CON SU MISIÓN

SE NOS HA ENCOMENDADO UNA MISIÓN

Seguramente nos impresiona la responsabilidad que Moisés tenía sobre sus espaldas. Nada menos que Dios mismo le encomienda una misión: acaudillar a su pueblo para su liberación. Seguramente nos impresiona también la responsabilidad del pueblo judío, pueblo mesiánico, al que Dios le confió una misión histórica con respecto a la humanidad entera. Pues también cada uno de nosotros, nuestra familia, nuestra comunidad, hemos recibido una misión muy concreta y específica que nadie puede realizar por nosotros y que, si nosotros no realizamos, quedará eternamente sin realizar.

El R Congar insistía: «Es hora de que dejemos de pensar que sólo los grandes personajes de la historia han recibido una misión; todos estamos llamados a cumplir una tarea concreta en esa gran epopeya que es la historia de la salvación», en la que no hay «extras», personajes anónimos. Todos y cada uno de nosotros somos esa higuera de la que nos habla el pasaje evangélico de hoy. Un árbol que el Señor Jesús ha plantado en la esperanza de cosechar frutos para el Reino. Cada uno ha de dar fruto independientemente de si las otras higueras están cargadas o son puro follaje. Decimos que Dios nos ha confiado una misión, una tarea. Que no se trata simplemente de no hacer mal, de no hacer daño, de no tener pecado de comisión. Jesús maldijo la higuera que no tenía más que hojarasca. El hortelano está decidido a cortar el árbol, no porque tenga epidemia y pueda contagiar, sino sencillamente porque no da fruto. El amo castiga al siervo negligente que esconde en la tierra el talento que le había confiado. El juez eterno declarará excluido del banquete celestial no sólo a los que le han perjudicado en la persona del prójimo, sino a los que han pasado de largo ante el prójimo hundido y tendido (Mt 25,40).

Pecar es no dar fruto, frustrar los proyectos de Dios, negarse a realizar la tarea que el Señor nos ha encomendado en la construcción de la nueva humanidad. Cada uno tiene una misión. Cualquiera que no cumpla con su tarea entorpece la construcción de la «nueva ciudad»; y si hace mal su tarea contribuye a que sea defectuosa.

Raoul Follereau, el gran padrino de los leprosos, que consagró toda su vida, talento y dinero a erradicar la lepra, cuenta: «Tuve un sueño. Muerto, me presento ante Dios y le digo todo ufano: ‘Mira, mira mis manos limpias’… Dios me mira con infinita compasión y me dice en tono de reproche paternal, pero enérgico: ‘Sí, hijo mío, manos limpias, muy limpias… pero vacías’. Cuando me desperté, me puse a trabajar afanosamente». ¡Qué aleccionador! La conversión cuaresmal implica reavivar la conciencia de la propia responsabilidad y revisar la fidelidad a la misión que el Señor nos ha encomendado.

LA GRAVE RESPONSABILIDAD

En la construcción de la vivienda material es fácil percibir las consecuencias de cumplir o no, o cumplir mal, con la propia tarea. No ocurre lo mismo con respecto a la nueva ciudad, el Reino en plenitud. Toda vida es importante. Toda persona, puesta en las manos de Dios y dócil al Espíritu, puede hacer verdaderos milagros. Que a nadie se le ocurra decir: Yo ¿qué puedo hacer? Tengo tan pocas cualidades, mi vida tiene tan poca influencia… No puedo hacer otra cosa que las tareas de casa… Todas las personas y colectivos tenemos la posibilidad de realizar la misión más grande, la misión que nos hace semejantes a Dios, sus hijos; es la misión de amar y servir a los hermanos, aunque sea a través de pequeños gestos. Esto es lo más importante que puede hacer el ser humano. Y lo puede hacer hasta un tetrapléjico.

Si el ascua de una sola persona, por más humilde y sencilla que sea, es capaz de prender una hoguera gigantesca, ¡cuánto más un montón de ascuas que es la familia o un grupo cristiano! Recordemos aquellas comunidades paulinas compuestas por gente que procedían de los bajos fondos… Incontables millones de cristianos somos los herederos de su fe. Tenemos dormidas dentro de nosotros unas posibilidades insospechadas.

Pienso que nos ha de ayudar a sospechar de nosotros, de nuestras infidelidades (a mí, al menos, me ayudan) el conocer la contrición de muchas personas de vida llena. Me llena de confusión saber de Vicente de Paúl cómo en el lecho de muerte se lamentaba de no haber hecho más. «Has creado centros para ayudar a los pobres, le replica uno de los que le acompañan, has fundado congregaciones, has reformado al clero de Francia, te has prodigado sin reservarte nada para ti. ¿Qué querías, entonces, haber hecho?». Él contesta: «Más, Señor; quería haber hecho más…». Nos contaba un jesuita amigo que el padre Arrupe en los últimos años de su vida repetía contrito: «No he hecho nada, no he hecho nada…». Hace apenas unos días he escuchado a varios seglares amigos, cuya vida es pura entrega: «¡Cuánto hemos recibido de Dios y qué poco hacemos!».

En la parábola, el dueño de la higuera quiere arrancarla de inmediato porque no da fruto; a lo más que accede ante los ruegos del encargado es a darle un plazo. Esto no ocurre jamás con Dios. Él no se venga nunca. Pero debe aterrorizarnos el pensamiento de que «lo que yo no hiciere quedará eternamente sin hacer», habrá un agujero eterno en la historia de la salvación. Por lo demás, en la parábola se nos da a entender que la dejadez, el abandono, la falta de preocupación por

ser fieles a la misión encomendada, el negarse a dar fruto… puede llevarnos a una inimaginable mediocridad, a una vejez rastrera, amargada y amargadora, a una vida inútil.

 

TIEMPO DE REFLEXIÓN Y DE REVISIÓN

Todo esto nos invita a preguntarnos: ¿Qué se habrá frustrado o qué se estará frustrando, quizás, por no ser fieles a los sueños del Señor Jesús sobre nosotros, a la tarea que nos ha encomendado? Otro tanto habríamos de preguntarnos como familia, como comunidad cristiana, como grupo o movimiento eclesial: ¿Qué planes maravillosos hemos desbaratado, quizás, por nuestra mediocridad? Cuaresma es, justamente, tiempo para hacerse estas grandes preguntas: ¿Cuáles son los proyectos de Dios sobre mí como persona, sobre nosotros como familia y comunidad cristiana? ¿Cómo estoy y cómo estamos respondiendo? ¿Qué actitudes y acciones deberíamos emprender para cumplir «mi» o «nuestra» misión específica en la sociedad, en la familia, en la Iglesia?

La vida tiene demasiados retos grandiosos como para que la malgastemos. ¡Cuántas y qué grandes cosas podríamos lograr cada uno en particular y todos en conjunto! ¡Qué crimen tan horrible el de matar el tiempo cuando hay tantas cosas y tan importantes que hacer, ese tiempo que está llamado a ser amor, liberación, gracia!

Se palpa en nuestros días un gran esfuerzo por prolongar la vida humana, por lograr más cantidad de vida. No es esto lo más importante; lo más importante es la calidad de vida. Como se ha repetido tantas veces: «Lo importante no es llenar la vida de años, sino llenar los años de vida», de buenos frutos. Por eso pregonaba Jesús: «Aprovechemos para trabajar mientras es de día, porque llegará el momento en que no será posible» (Jn 12,35). Y Pablo exhortaba: «Mientras tenemos tiempo hagamos el bien» (Gá 6,10). Disraeli escribió: «La vida es demasiado breve para ser mezquina». San Antonio María Claret tenía como consigna: «No perderé ni un solo minuto. Viviré cada día, lo aprovecharé, como si fuera el último de mi vida». He aquí una buena consigna que nos sugiere hoy la Palabra de Dios.

Robert Badén Powell, ante su muerte inminente, deja como testamento a los scouts: «Siento la muerte cercana, pero me siento en paz; francamente he de decir que he sido feliz, porque no he buscado otra cosa que hacer felices a los demás. Procurad dejar el mundo mejor que lo encontrasteis; así viviréis felices y partiréis en paz».

Atilano Alaiz

Lc 13, 1-9 (Evangelio Domingo III Cuaresma)

El Evangelio de hoy nos sitúa en el contexto del “viaje” de Jesús a Jerusalén (cf. Lc 9,51-19,28). Más que de un camino geográfico se trata de un camino espiritual que Jesús recorre acompañado por los discípulos.

Durante ese recorrido, Jesús les prepara para que entiendan y asuman los valores del Reino (incluso cuando las palabras de Jesús se dirigen a las multitudes, como es el caso del episodio de hoy, son los discípulos que rodean a Jesús los primeros destinatarios del mensaje).

Jesús pretende que, concluido este camino, los discípulos estén preparados para continuar su obra y para llevar su propuesta liberadora a toda la tierra.

El texto que hoy se nos propone presenta una invitación vehemente a la conversión al Reino. Está destinada a la multitud, en general, y a los discípulos que le rodean, en particular.

El texto presenta dos partes distintas, pero unidas por el tema de la conversión.

En la primera parte (cf. Lc 13,1-5), Jesús cita dos ejemplos históricos que, sin embargo, no conocemos con exactitud (asesinato de algunos compatriotas judíos por Pilatos y el hundimiento de una torre cerca de la piscina de Siloé).

Flavio Josefo, el gran historiador judío del siglo I, narra cómo Pilato mató a algunos judíos que se habían rebelado en Jerusalén. ¿Se trata del ejemplo citado por Jesús? No lo sabemos. Tampoco sabemos nada sobre la caída de la torre de Siloé que, según Jesús, mató a dieciocho personas.

A pesar de eso, la conclusión que Jesús saca de estos dos acontecimientos es bastante clara: aquellos que murieron en estos desastres no eran peores que los que sobrevivieron. Refuta, de esta forma, la doctrina judía de la retribución según la cual el que era afectado por alguna desgracia era culpable por algún pecado grave.

En el caso que nos ocupa, esta doctrina conducía a la siguiente conclusión: “nosotros somos justos, porque nos hemos librado de la muerte en los acontecimientos nombrados”. En contrapartida, Jesús piensa que, delante de Dios, todos los hombres necesitan convertirse. La última frase del versículo 5 (“si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”), debe ser entendida como una invitación a cambiar de vida; si esta no se produce, quien venza será el egoísmo que conduce a la muerte.

En la segunda parte (cf. Lc 13,6-9), tenemos la parábola de la higuera. Sirve para ilustrar las oportunidades que Dios ofrece para convertirse.

El Antiguo Testamento había utilizado la higuera como símbolo de Israel (cf. Os 9,10), incluso como símbolo de su falta de respuesta a la alianza (cf. Jer 8,13) (una idea semejante aparece en la alegoría de la viña de Isaías (Is 5,1-7).

Dios espera, por tanto, que Israel (la higuera) de frutos, esto es, acepte convertirse a la propuesta de salvación que le hace Jesús; le da, incluso, algún tiempo (otra oportunidad), para que esa transformación suceda.

Dios revela por tanto, su bondad y su paciencia; sin embargo, no está dispuesto a esperar indefinidamente. A pesar del tono amenazador, como telón de fondo de esta parábola hay una nota de esperanza: Jesús confía en que la respuesta final de Israel a su misión sea positiva.

Para reflexionar y actualizar la Palabra, considerad las siguientes notas:

La propuesta principal que Jesús presenta en este episodio se llama “conversión” (“metanoia”). No se trata de penitencia externa, o de un simple arrepentimiento de los pecados; se trata de una invitación al cambio radical de vida, a la reformulación total de la vida, de la mentalidad, de las actitudes, de la forma como Dios y sus valores pasan a ocupar el primer lugar. Este es el camino al que estamos llamados a recorrer en este tiempo, a fin de renacer, con Jesús, a la vida nueva del Hombre Nuevo.

¿Concretamente, en qué es en lo que mi mentalidad debe cambiar?
¿Cuáles son los valores a los que doy prioridad y que me apartan de Dios y de sus propuestas?

Esa transformación de nuestra existencia no puede ser aplazada indefinidamente. Tenemos a nuestra disposición un tiempo relativamente corto: es necesario aprovecharlo y dejar que crezca en nosotros, en la medida de lo posible, el Hombre Nuevo. Está en juego nuestra felicidad, la vida en plenitud… ¿Por qué aplazar su realización?

Otra propuesta nos invita a expulsar definitivamente de nuestra mentalidad la ligazón directa entre pecado y castigo.
Decir que las cosas buenas que nos suceden son la recompensa de Dios por nuestro buen comportamiento y que las cosas malas son el castigo por nuestro pecado equivale a creer en un dios mercantilista y chantajista que, evidentemente, no tiene nada que ver con nuestro Dios.

1Cor 10, 1-6.10-12 (2ª Lectura Domingo III Cuaresma)

En el mundo griego, los templos eran los principales mataderos de ganado. Los animales eran ofrecidos a los dioses e inmolados en los templos. Una parte del animal era quemada y otra parte pertenecía a los sacerdotes. Sin embargo, había siempre sobras, que el personal del templo comercializaba. Esas sobras se encontraban a la venta en los mostradores de los mercados, eran compradas por la población y entraban a formar parte de la cadena alimenticia.

Sin embargo, tal situación no dejaba de suscitar algunas preguntas a los cristianos: comprar esa carne y comerla, como hacía toda la gente, era, de alguna forma, comprometerse con los cultos idolátricos.

¿Esto era lícito? Esa es la cuestión que inquieta a los cristianos de Corinto.

A esta cuestión, Pablo responde en 1 Cor 8-10.

Concretamente, la respuesta aparece en veinte versículos (cf. 1 Cor 8,1-13 y 10,22-29): dado que los ídolos no son nada, comer de esa carne es indiferente; con todo, se debe evitar escandalizar a los más débiles: si hubiera ese peligro, evítese comer de esa carne.

Pablo aprovecha este punto de partida para desarrollar algo que va mucho más allá de la cuestión inicial: comer o no comer carne inmolada a los ídolos no es importante; lo importante es no volver a caer en la idolatría y en los vicios anteriores; lo importante es esforzarse seriamente por vivir en comunión con Dios.

A título de ejemplo, Pablo presenta la historia del Pueblo de Dios del Antiguo Testamento. Todos los israelitas fueron conducidos por Dios (la nube), todos pasaron por el agua liberadora del Mar Rojo, todos se alimentaron del mismo maná y del mismo agua de la roca “que era Cristo” (Pablo se inspira en una antigua tradición rabínica según la cual la roca de Nm 20,8 seguía a Israel en su caminar por el desierto; para Pablo, esta roca es el símbolo de Cristo, preexistente, ya presente en el caminar hacia la libertad de los hebreos del Antiguo Testamento); pero eso no impidió que la mayor parte de ellos quedase postrado en el desierto, pues su corazón no estaba verdaderamente con Dios y cedieron a la tentación de los ídolos.

Así también los corintios, aunque hayan recibido el bautismo y participado de la eucaristía, no tienen asegurada la salvación: no bastan los ritos, no basta la letra.

A pesar del cumplimiento de las reglas, los sacramentos no son mágicos: no significan nada y no realizan nada si no se produce la adhesión verdadera a la voluntad de Dios.

A los “fuertes” y “autosuficientes” de Corinto, Pablo les recuerda: lo fundamental, en la vivencia de la fe, no es comer o no comer carne inmolada a los ídolos, sino el llevar una vida coherente con las exigencias de Dios y vivir en verdadera comunión con Él.

Tened en cuenta, para la reflexión, las siguientes cuestiones:

¿Qué es lo esencial en nuestra vivencia cristiana?
¿El cumplimiento de ritos externos que nos identifican como cristianos a los ojos del mundo (o de nuestros superiores)?
¿O es una vida de comunión con Dios, vivida con coherencia y verdad, que después se transforma en gestos de amor y de solidaridad con nuestros hermanos?
¿Qué es lo que condiciona mis actitudes: el “aparentar” o el “ser” de verdad?

Los sacramentos no son ritos mágicos que transforman al hombre en una persona nueva, quiera o no quiera. Son la manifestación de esa vida de Dios que se nos ofrece gratuitamente, que nosotros acogemos como un regalo, que nos transforma y que nos hace “hijos de Dios”.

¿Es esa la perspectiva con la que celebramos los sacramentos en los que participamos?
¿Es esto lo que intentamos transmitir cuando orientamos encuentros de preparación para los sacramentos?

Ex 3, 1-8a. 13-15 (1ª Lectura Domingo III Cuaresma)

La primera parte del libo del Éxodo (Ex 1-18) presenta un conjunto de “tradiciones” relacionadas con la liberación de Egipto: muestra la iniciativa de Yahvé, que escuchó los gemidos de los esclavos hebreos y tuvo compasión de ellos (cf. Ex 2,23- 24).

El texto que se nos propone como primera lectura nos presenta la vocación de Moisés, invitado a ser el rostro visible de la liberación que Yahvé va a llevar a cabo.

Algún tiempo antes, Moisés dejaba Egipto y encontraba refugio en el desierto del Sinaí, después de haber matado a un egipcio que maltrataba a un hebreo (el camino del desierto era el camino normal de los opositores a la política del faraón, como lo indican otras historias de la época que han llegado hasta nosotros); acogido por una tribu de beduinos, Moisés se casó y rehizo su vida, una experiencia de tranquilidad bien merecida, después del incidente que le arruina los sueños de realizar una carrera en el aparato administrativo egipcio (cf. Ex 2,11-22). Ahora, es precisamente en ese oasis de paz donde Yahvé se revela, inquieta a Moisés y le envía en misión a Egipto.

La afirmación “Yahvé sacó a Israel de Egipto” es la primitiva profesión de fe de Israel. Es el hecho fundamental de la fe israelita. Ese descubrimiento es el que está en el centro de esta lectura.

El texto que se nos propone se divide en dos partes.

En la primera (vv. 1-8), tenemos el relato de la vocación de Moisés. El contexto es el de las teofanías (manifestaciones de Dios): el “ángel del Señor”, el fuego (vv. 2-3), la omnipotencia, la santidad y la majestad de Dios (vv. 4-5), la presentación de Dios, el sentimiento de “temor” que el hombre experimenta ante lo divino (v. 6); y Dios se manifiesta para “comprometer” a Moisés, enviándolo a una misión (vv. 7-8) y haciendo de él el instrumento de liberación.

Queda claro que la llamada de Moisés es una iniciativa del Dios liberador, empeñado en salvar a su Pueblo. Dios actúa en la historia humana a través de hombres de corazón generoso y disponible, que aceptan sus retos.

En la segunda parte (vv. 13-15) se presenta la revelación del nombre de Dios (una especie de “señal” que confirma que Moisés fue llamado por Dios y enviado por él a una misión): “yo soy (yo seré) aquel que soy (o que seré)”. Este nombre acentúa la presencia continua de Dios en la vida de su Pueblo, una presencia viva, activa y dinámica, en el presente y en el futuro, como liberación y salvación.

Los israelitas descubrirán, de esta forma, que Yahvé estuvo en medio de aquella aventura humana de liberación y condujo el proceso, de forma que un pueblo, víctima de opresión, pasase a ser libre y feliz.

Para la fe de Israel, Yahvé no se quedó con los brazos cruzados antela opresión, sino que inició un largo proceso de intervención en la historia que se tradujo en liberación y vida para un pueblo hasta entonces condenado a la muerte.

Para Israel, el Éxodo se convierte, así, en el modelo y paradigma de todas las liberaciones. A partir de esta experiencia, Israel descubre la pedagogía del Dios libertador y sabe que Yahvé está vivo y actuante en la historia humana, actuando en el corazón y en la vida de todos los que luchan para hacer este mundo mejor.

Israel descubrió, y transmite eso también a nosotros, que, en el plan de Dios, aquello que oprime y destruye a los hombres no tiene lugar; que siempre que alguien lucha para ser libre y feliz, Dios está con esa persona y actúa en ella.

En la liberación de Egipto, los israelitas, y, a través de ellos, toda la humanidad, descubrieron la realidad del Dios salvador y libertador.

Reflexionad sobre los siguientes puntos:

La humanidad gime, hoy, en un violento esfuerzo de liberación política, cultural y económica: los pueblos luchan para liberarse del colonialismo, del imperialismo, de las dictaduras; los pobres luchan para liberarse de la miseria, de la ignorancia, de la enfermedad, de las estructuras injustas; los marginados luchan por el derecho a la integración plena en la sociedad; los obreros luchan en defensa de sus derechos y de su trabajo; las mujeres luchan en defensa de su dignidad; los estudiantes luchan por un sistema de enseñanza que les prepare para desempeñar un papel útil en la sociedad.

Conviene que seamos conscientes de que, allá donde alguien está luchando por un mundo más justo y más fraterno, allí está Dios, ese Dios que vive con pasión (se con-padece) el sufrimiento de los explotados y que no se queda con los brazos cruzados ante las injusticias.

Dios actúa en nuestra vida y en nuestra historia a través de hombres de buena voluntad, que se dejan retar por Dios y que aceptan ser sus instrumentos para la liberación del mundo.
Ante los sufrimientos de los hermanos y los desafíos de Dios, ¿cómo respondo?: ¿con la comodidad de quien no está para cargar con los problemas de los otros?, ¿con el egoísmo de quien cree que eso no va con él?,

¿con la pasividad de quien cree que ya ha hecho lo suficiente y que ahora les toca a los demás?,
¿o con la actitud del profeta, que se deja interpelar por Dios y acepta colaborar con él en la construcción de un mundo más justo y más fraterno?

Comentario al evangelio – 18 de marzo

La perfección de la misericordia

El segundo domingo de Cuaresma es una llamada a la escucha de la Palabra. No se trata de escuchar secretos arcanos que nos sacan de nuestra realidad cotidiana. Dios nos ha dado esa Palabra en Jesucristo, al que debemos escuchar y que nos habla con palabras humanas. La Palabra escuchada nos purifica y nos cura: nos abre los ojos para ver la luz, para descubrir en el hombre Jesús al Hijo de Dios y Salvador. El pecado fundamental, como nos recuerda hoy el profeta Daniel, es “que no hemos obedecido la voz del Señor”. Pero en contacto con Jesús podemos corregir ese pecado, en cierto sentido inevitable, por nuestra característica debilidad. Pero hablamos de corregir, no en el sentido de que vivamos una vida de absoluta perfección, sin defectos, sin tacha (esa debilidad nos persigue siempre). Es una gran verdad cuando decimos que “todos somos pecadores”. Pero ese pecado fundamental, que consiste en cerrar los oídos y el corazón a la voz del Señor, no está sobre todo en que tengamos defectos y limitaciones, sino en la diversa medida que usamos para juzgar los propios pecados y los ajenos. Los propios con indulgencia, buscando siempre atenuantes que nos excusan o disculpan; en los demás, con tanta frecuencia, sin misericordia, con dureza, no dando resquicio al perdón.

Escuchar la voz del Señor que nos habla y con su Palabra nos cura y purifica, significa, más que abandonar para siempre nuestros defectos y pecados, alejarnos de esa dureza de corazón que condena sin piedad los pecados de los demás (posiblemente de ciertos grupos, de determinadas personas), y adoptar la generosidad del perdón y la misericordia. Si queremos que Dios sea indulgente con nosotros, tenemos que adoptar esa misma medida a la hora de juzgar a los demás. De esa manera nos estaremos convirtiendo en agentes de la reconciliación que Jesús, Palabra encarnada, ha venido a traernos a todos, y, si bien no por eso superaremos inmediatamente todas nuestras limitaciones, estaremos atrayendo hacia nosotros esa misericordia generosa y abundante de Dios, que es la que realmente (y no nuestros esfuerzos morales) nos cura, nos salva, nos acerca a la perfección del amor.

José María Vegas, cmf