Vísperas – Jueves II de Cuaresma

VÍSPERAS

JUEVES II CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 71: PODER REAL DEL MESÍAS

Ant. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz,
y los collados justicia;
que él defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre
y quebrate al explotador.

Que dure tanto como el sol,
como la luna, de edad en edad;
que baje como lluvia sore el césped,
como llovizna que empapa la tierra.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran río al confín de la tierra.

Que en su presencia se inclinen sus rivales;
que sus enemigos muerdan el polvo;
que los reyes de Tarsis y de las islas
le pagen tributo.

Que los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

SALMO 71

Ant. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre, rescatará sus vidas de la violencia.

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres;
él rescatará sus vidas de la violencia,
su sangre será preciosa a sus ojos.

Que viva y que le traigan el oro de Saba;
que recen por él continuamente
y lo bendigan todo el día.

Que haya trigo abundante en los campos,
y susurre en lo alto de los montes;
que den fruto como el Lïbano,
y broten las espigas como hierba del campo.

Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
el único que hace maravillas;
bendito por siempre su nombre glorioso;
que su gloria llene la tierra.
¡Amén, amén!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre, rescatará sus vidas de la violencia.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

LECTURA:  St 4, 7-8. 10

Someteos a Dios y enfrentaos con el diablo, que huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y Dios se acercará a vosotros. Pecadores, lavaos las manos; hombres indecisos, purificaos el corazón. Humillaos ante el Señor, que él os levantará

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Aquel rico que negó las migajas de pan a Lázaro pidió luego una gota de agua.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aquel rico que negó las migajas de pan a Lázaro pidió luego una gota de agua.

PRECES

Celebremos la misericordia de Dios, que nos ilumina con la gracia del Espíritu Santo, para que nuestra vida resplandezca con obras de fe y santidad, y supliquémosle, diciendo:

Renueva, Señor, al pueblo redimido por Cristo.

  • Señor, fuente y autor de toda santidad, haz que los obispos, presbíteros y diáconos, al participar de la mesa eucarística, se unan más plenamente a Cristo,
    — para que vean renovada la gracia que les fue conferida por la imposición de manos.
  • Impulsa a tus fieles para que, con santidad de vida participen activamente de la mesa de la palabra y del cuerpo de Cristo
    — y vivan lo que han recibido por la fe y los sacramentos.
  • Concédenos, Señor, que reconozcamos la dignidad de todo hombre redimido con la sangre de tu Hijo
    — ly que respetemos su libertad y su conciencia.
  • Haz que todos los hombres sepan moderar sus deseos de bienes temporales
    — y que atiendan a las necesidades de los demás.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Acuérdate, Señor, de todos los que has llamado hoy a la eternidad
    — y concédeles el don de la eterna bienaventuranza.

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, tú has querido que el santo obispo Francisco de Sales se entregara a todos generosamente para la salvación de los hombres; concédenos, a ejemplo suyo, manifestar la dulzura de tu amor en el servicio a nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 21 de marzo

Tiempo de Cuaresma

1) Oración inicial

Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 16,19-31

«Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico…pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y los ángeles le llevaron al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue sepultado.

Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abrahán, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.’ Pero Abrahán le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan hacerlo; ni de ahí puedan pasar hacia nosotros.’

Replicó: ‘Pues entonces, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también ellos a este lugar de tormento.’ Abrahán le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.’ Él dijo: ‘No, padre Abrahán, que si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán.’ Le contestó: ‘ Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite.’»

3) Reflexión

• Cada vez que Jesús tiene una cosa importante que comunicar, el crea una historia y cuenta una parábola. Así, a través de la reflexión sobre una realidad visible, lleva a los oyentes a descubrir los llamados invisibles de Dios, presentes en la vida. Una parábola está hecha para pensar y reflexionar. Por esto, es importante prestar atención a sus mínimos detalles. En la parábola del evangelio de hoy, aparecen tres personas: el pobre Lázaro, el rico sin nombre y el Padre Abrahán. Dentro de la parábola, Abrahán representa el pensamiento de Dios. El rico sin nombre representa la ideología dominante de la época. Lázaro representa el grito callado de los pobres del tiempo de Jesús y de todos los tiempos.

• Lucas 16,19-21: La situación del rico y del pobre. Los dos extremos de la sociedad. Por un lado, la riqueza agresiva. Por el otro, el pobre sin recursos, sin derechos, cubierto de úlceras, impuro, sin nadie que lo acoge, a no ser los cachorros que lamen sus heridas. Lo que separa a los dos es la puerta cerrada de la casa del rico. De parte del rico no hay acogida ni piedad hacia los problemas del pobre que está a su puerta. Pero el pobre tiene nombre y el rico no lo tiene. Es decir, que el pobre tiene su nombre inscrito en el libro de la vida, el rico no. El pobre se llama Lázaro. Significa Dios ayuda. A través del pobre Dios ayuda al rico y el rico podrá tener su nombre en el libro de la vida. Pero el rico no acepta ser ayudado por el pobre, pues guarda cerrada su puerta. Este inicio de la parábola que describe la situación es un espejo fiel de lo que estaba ocurriendo en el tiempo de Jesús y en el tiempo de Lucas. ¡Es el espejo de lo que acontece hoy en el mundo!

• Lucas 16,22: La mudanza que revela la verdad escondida. El pobre murió y fue llevado por los ángeles en el seno de Abrahán. Muere también el rico y es enterrado. En la parábola, el pobre muere antes del rico. Esto es un aviso para los ricos. Hasta que el pobre está a la puerta, todavía hay salvación para los ricos. Pero después de que el pobre muere, muere también el único instrumento de salvación para los ricos. Ahora, el pobre está en el seno de Abrahán. El seno de Abrahán es la fuente de vida, de donde nació el pueblo de Dios. Lázaro, el pobre, forma parte del pueblo de Abrahán, del cual era excluido cuando estaba ante la puerta del rico. El rico que piensa ser hijo de Abrahán no va a estar en el seno de Abrahán. Aquí termina la introducción de la parábola. Ahora comienza la revelación de su sentido, a través de la conversación entre el rico y el padre Abrahán.

• Lucas 16,23-26: La primera conversación. En la parábola, Jesús abre una ventana sobre el otro lado de la vida, el lado de Dios. No se trata del cielo. Se trata del lado verdadero de la vida que sólo la fe abre y que el rico sin fe no percibe. Y sólo bajo la luz de la muerte la ideología del imperio se desintegra en la cabeza del rico y aparece para él lo que es el valor real en la vida. Al lado de Dios, sin la propaganda, sin la propaganda engañadora, los papeles se cambian. El rico ve a Lázaro en el seno de Abrahán, y le pide que sea aliviado de sus sufrimientos. El rico descubre que Lázaro ¡es su único posible bienhechor! ¡Pero ahora es demasiado tarde! El rico sin nombre es pío, ya que reconoce a Abrahán y le llama Padre. Abrahán responde y le llama hijo. Esta palabra de Abrahán, en realidad, está siendo dirigida a todos los ricos vivos. En cuanto vivos, ellos tienen aún la posibilidad de volverse hijos, hijas de Abrahán, si supieran abrir la puerta a Lázaro, el pobre, el único que en nombre de Dios puede ayudarlos. La salvación para el rico no es que Lázaro le traiga una gota para refrescar su lengua, sino que él, el rico, abra al pobre la puerta cerrada y así llene el gran abismo.

• Lucas 16,27-29: La segunda conversación. El rico insiste: «Padre, te suplico: manda Lázaro para la casa de mi padre. ¡Tengo cinco hermanos!” El rico no quiere que sus hermanos lleguen al mismo lugar de tormento. Lázaro, el pobre, es el único verdadero intermediario entre Dios y los ricos. Es el único, porque sólo a los pobres los ricos pueden devolver aquello que les han y, así, restablecer la justicia perjudicada. El rico está preocupado con los hermanos. Nunca estuvo preocupado con los pobres. La respuesta de Abrahán es clara: «Tiene a Moisés y a los Profetas: ¡que los escuchen!» ¡Tienen la Biblia! El rico tenía la Biblia, la conocía de memoria. Pero nunca se dio cuenta de que la Biblia tenía algo que ver con los pobres. La llave para que el rico pudiera entender la Biblia es el pobre sentado a su puerta.

• Lucas 16,30-31: La tercera conversación «No, padre, si alguien entre los muertos les avisa de algo, ellos se van a arrepentir.» El rico reconoce que esté equivocado, pues habla de arrepentimiento, cosa que durante la vida no sintió nunca. El quiere un milagro, ¡una resurrección! Pero este tipo de resurrección no existe. La única resurrección es la de Jesús. Jesús resucitado viene hasta nosotros en la persona del pobre, de los que no tienen derechos, de los sin tierra, de los hambrientos, de los sin techo, de los que no tienen salud. En su respuesta final, Abrahán es breve y contundente: «Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite.” Fin de la conversación. ¡Final de la parábola!

• La llave para entender el sentido de la Biblia es el pobre Lázaro, sentado a la puerta. Dios viene a nosotros en la persona del pobre, sentado a nuestra puerta, para ayudarnos a llenar el abismo insondable que los ricos crearon. Lázaro es también Jesús, el Mesías pobre y siervo, que no fue aceptado, pero cuya muerte mudó radicalmente todas las cosas. Es la luz de la muerte del pobre que lo cambia todo. El lugar del tormento es la situación de la persona sin Dios. Por más que el rico piense tener la religión y la fe, no hay forma de que pueda estar con Dios, pues no ha abierto la puerta al pobre, como hizo Zaqueo (Lc 19,1-10).

4) Para una reflexión personal

• ¿Cuál es el tratamiento que damos a los pobres? ¿Tienen un nombre para nosotros? En las actitudes que tomo en la vida, ¿soy percibido como Lázaro o como el rico?
• Entrando en contacto con nosotros, los pobres ¿perciben algo diferente? ¿Perciben una Buena Noticia? ¿Hacia que lado se inclina mi corazón: hacia el milagro o hacia la Palabra de Dios?

5) Oración final

Feliz quien no sigue consejos de malvados
ni anda mezclado con pecadores
ni en grupos de necios toma asiento,
sino que se recrea en la ley de Yahvé,
susurrando su ley día y noche. (Sal 1,1-2)

Introducción al Catecismo de la Iglesia Católica

Nº 79: “Así, la comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia: «Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo» (DV 8).”

 

Concluye el apartado de la continuación de la sucesión apostólica.

A través de esta sucesión apostólica, es la manera de ir comunicando a las siguientes generaciones. Porque está claro, uno cuando lee el evangelio se da cuenta de que Jesucristo lo que transmitió, tenia intención de que. Continuase más allá, después de su ascensión a los cielos y después de la muerte de los apóstoles. Cuando les dice: Id y haced discípulos de todas las naciones. Eso no lo iban a hacer en los 8 años siguientes los allí presentes. Además dice, no concluiréis vuestra labor hasta el fin del mundo. Es obvio que Jesús tenía una intención de que el mensaje que estaba predicando tuviese una continuidad. Esa es la sucesión apostólica. Porque Jesús tenía esa voluntad,  existe como un cauce de sucesión apostólica, de como llevar adelante ese mensaje. Lo que me impresiona es que no se trata únicamente de una transmisión meramente material. Una concatenación material. El hecho de que diga yo te elijo a ti. Detrás de eso se esconde que Dios sigue conversando con la Iglesia a través de la sucesión apostólica. Sigue conversando, es decir, sigue en contacto con nosotros, nos habla, nos inspira, nos fortalece, nos sostiene en las pruebas, cuando lo estamos pasando mal, nos azotan problemas. Dios sigue conversando. No es que puso en marcha este proceso, subió a los cielos y dijo, aquí os quedáis, hasta mi vuelta. No, sigue caminando entre nosotros. Acordarse de ese donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.Hay un caminar junto a nosotros y un sentir que está Iglesia es esposa de Cristo, sigue siéndolo y el esposo cuida de su esposa. Porque la ama y como la ama la cuida. Es la primera afirmación fuerte que hace este número 8 de la DV.

Y la segunda afirmación es que a través de esta sucesión apostólica va introduciendo los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la Palabra de Cristo. Vamos poco a poco, gracias a esa sucesión apostólica, conociendo más a Cristo, conformándonos más con él. Cada vez la revelación va más clarificada. Hemos dicho en alguna ocasión, que gracias a ese progreso en la Tradición, podemos hoy tener un conocimiento de Jesucristo más intenso que el que existía en el siglo XII o en el siglo XIV o en el X. Tenemos un conocimiento más profundo de Jesucristo.

Esto no es contradictorio con lo dicho antes de que le damos mucha importancia a los padres que vivieron en los primeros siglos, están muy cerca de Jesucristo para poder comprender bien cómo la primera comunidad cristiana había interpretado las palabras de Cristo. Pero eso no quiere decir que ahí se haya terminado la asistencia del Espíritu Santo a su Iglesia. Sino que posteriormente en el primer milenio, en El segundo milenio, ha continuado entre nosotros esclareciendo poco a poco el significado de la Palabra de Dios y con una continuidad sin ruptura, que esto es muy importante, con una continuidad en la Tradición de la Iglesia a lo largo de 2000 años, hemos ido poco a poco conociendo más plenamente la verdad de Cristo.

Y dice: “y haciendo que él habite”, que la Palabra de Cristo habite en nosotros, que seamos conformados con él y que nos hallamos familiarizado con la revelación. Y este estar familiarizados nos permite hablar con familiaridad de las cosas De Dios. Es un don de que las cosas sobrenaturales las podamos transmitir casi de una manera connatural y hace de lo cotidiano algo sobrenatural. Vivirlo con espíritu sobrenatural. Eso es posible graciosa a que ha existido en estos 2000 años esta sucesión apostólica y esta Tradición. Y cuando uno ha sido educado en la Tradición De la Iglesia ha vivido como empapado en Cristo, ha vivido como familiarizado con el mensaje sobrenatural de la revelación. No le suena a chino, algo extraño, sino que porque me he familiarizado, porque esta Palabra de Cristo está siendo largamente meditada a lo largo de 2000 años, familiarizada con nosotros, transmitida de manera que sea comprensible y que sea asequible y sea muy significativas que es una Palabra que nos ilumina nuestra vida y nos llega a transformar. Este es el mis tercio de la sucesión apostólica, gracias a la cual nos seguimos sintiendo seguidores de Cristo y conocedores de su palabra. Testigos de su vida ante el mundo.

Comentario al 21 de marzo

Jesús dirige la palabra a los fariseos, y lo hace en ese lenguaje parabólico al que tanto solía recurrir: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. La escena es fácilmente representable. No es necesario conocer ni la localidad en que esto sucede, ni el nombre del rico. En cualquier lugar del mundo puede repetirse lo descrito.

Del hombre rico sólo se dice que vestía de lujo y banqueteaba a diario espléndidamente. No se le describe como hombre malvado. Tampoco se dice de él que fuera el causante de la miseria del pobre mendigo, ni que lo hubiera maltratado, injuriado, despreciado o humillado. Es simplemente un rico que vive para el disfrute de sus riquezas, envuelto en la esplendidez que le ofrecen sus propios recursos. Pero está de tal manera embargado por la suntuosidad y el boato de sus vestidos y banquetes que no tiene ojos para ver la miseria que está tan próxima a él, ni sensibilidad para compadecerse de ese mendigo harapiento y llagado que se encuentra a su puerta. Porque Lázaro no es sólo un mendigo, sino un mendigo enfermo y hambriento.

Tal suele ser la situación de esos mendigos que encontramos a diario a las puertas de nuestras casas, supermercados e iglesias. A la mendicidad suelen añadir la marginalidad, la enfermedad, el alcoholismo, la falta de higiene, la mala alimentación. Al relatar la situación del mendigo, Jesús acentúa los rasgos más dramáticos de la escena: Lázaro, cubierto de llagas, ansiaba saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Los comensales derrochan la comida hasta tirarla para que se la coman los perros, pero nadie repara en la presencia de aquel mendigo –tan cercano y tan invisible- para llevarle un pequeño resto de la misma. Los perros, que se acercan a lamerle las llagas, parecen mostrar más sensibilidad (resp. humanidad) que los humanos.

Pues bien, se acabó la vida –esta vida temporal- para ambos; primero para el mendigo, más propenso a la muerte que el rico; después, también para el rico, cuyas riquezas no le pueden preservar de la misma muerte que acecha al pobre. Al rico lo enterraron. De Lázaro no se dice que tuviera entierro; pero sí se dice que los ángeles le llevaron al seno de Abrahán, mientras que su ‘descuidado’ vecino fue conducido al infierno. Y estando en semejante situación, en medio de los tormentos, implora clemencia: Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.

La súplica del rico, ya muerto, pero consciente, delata que reconoce en el Lázaro elevado al seno de Abrahán al mendigo echado en su portal, pero ignorado por todos, incluido él mismo. Luego lo conocía, lo había visto, aunque no le había prestado ninguna atención. Y este es su pecado: su insensibilidad para con la miseria ajena, su carencia de misericordia para con el prójimo necesitado, un pecado de omisión. La súplica del rico revela también el cambio producido con la muerte: el que antes banqueteaba espléndidamente ahora suplica una gota de agua al que antes mendigaba las migajas de su banquete.

En su respuesta, Abrahán refuerza esta inversión: Hijo –le dice al rico torturado por las llamas-, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males; por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. En su simplicidad, la vida del más allá se presenta como el reverso de lo experimentado en el más acá: el que aquí vivió en el deleite, allí padecerá; el que aquí vivió en la aflicción, allí recibirá consuelo. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados, había profetizado Jesús. Pero hay más: entre ambos estados «post mortem», aquel en el que está Lázaro, abrazado por el consuelo divino, y aquel en el que se encuentra el rico, torturado por las llamas y afligido por los remordimientos, hay un abismo inmenso, un abismo infranqueable para los moradores de ambos lados, de tal manera que ya no es posible alterar las cosas, ni trasladarse de un lugar a otro, porque la frontera de la muerte y la superación del límite temporal han conferido a tales estados el carácter de definitivos. Es el abismo que separa la bondad de la maldad, la compasión de la insensibilidad, la verdad de la mentira.

Pero resulta curioso que, en semejante situación de penalidad, el rico parezca recuperar o adquirir sensibilidades perdidas. Ha comprendido que su estado es irreversible, que el abismo separador no le permitirá salir de él; pero lo que no es irreversible es la situación de sus cinco hermanos que aún viven en el mundo. Por eso le pide a Abrahán que mande a Lázaro a casa de su padre para que, con su testimonio, evite que vengan también ellos a este lugar de tormento. Parece como si de repente se hubieran despertado en él sentimientos de compasión –los que no tuvo para con el mendigo apostado a su puerta- hacia sus hermanos de sangre, a quienes quiere evitarles el doloroso destino que les está reservado si no cambian de vida. No es precisamente un sentimiento diabólico, sino muy humano; tanto que resulta extraño en un condenado. Pero esto es lo que Jesús refleja en su parábola. Este sentimiento, sin embargo, no parece que pueda cambiar la situación del condenado.

La respuesta de Abrahán a la propuesta del rico ‘preocupado’ por su familia subraya los cauces ordinarios de los que Dios se sirve para comunicar su mensaje, esto es, sus advertencias, sus mandatos, sus promesas, sus planes, a los hombres: Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen. El rico cree que estas mediaciones no son suficientes para ciertas posturas humanas que necesitan de actuaciones más contundentes e irrefutables como la aparición de un muerto: si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abrahán le replica con extrema paciencia: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

Es verdad que la aparición de un muerto, por su carácter extraordinario e inusual, crearía sensación en los testigos de la misma; pero muy pronto podría ser contrarrestada por la fuerza de los argumentos en contra: ¿Por qué no considerar que se ha tratado de una alucinación? Existen las creaciones imaginarias o fantasmagóricas, que pueden confundirse fácilmente con la realidad, pero que son irreales, pura fantasía. ¿Quién podría garantizarnos que no hemos sido engañados por este fenómeno? Bastaría, pues, emplear estos razonamientos para desactivar la presunta y aparente presencia de un muerto en medio de los vivos. También hay un abismo que separa a los vivos de los muertos de este mundo. La sentencia del patriarca sigue, pues, en pie: ahí tienen a los profetas que Dios envía para comunicar sus planes; si no les escuchan a ellos, tampoco escucharán a un muerto.

Ahí tenemos al mismo Hijo de Dios encarnado que nos ha descubierto con su palabra los misterios del más allá. Él contactó transitoriamente con sus discípulos tras haber rebasado la frontera de la muerte y haber penetrado en el más allá. En cuanto resucitado y aparecido a sus discípulos es en cierto modo ese muerto enviado para advertir a los vivos de la existencia de un más allá de consuelo o de desconsuelo. Aun así, sigue sin ser creído por muchos: por todos esos que exigen para sí una aparición del Resucitado similar a la que tuvieron sus discípulos de la primera hora o por todos aquellos que no exigen nada porque no esperan nada, y que no admitirían en ningún caso la aparición de un muerto. En cualquier caso, la parábola de Jesús nos muestra que hay más allá (de la muerte) y que este más allá depende del estilo de vida sostenido en el más acá o, para ser más precisos, de la conducta tenida con nuestros hermanos, especialmente, con esos indigentes sin techo ni hogar que encontramos con frecuencia apostados a las puertas de nuestras casas y a quienes no les abrimos estas puertas por los muchos riesgos y complicaciones que ello seguramente implica.

¿Podemos evitar que esta parábola se convierta para nosotros en un certero e insoslayable examen de conciencia? Si no es así, ¿no habremos perdido o estaremos perdiendo quizá sensibilidad en nuestra conciencia? Ello sería probablemente un alarmante síntoma de que algo importante en nosotros está muriendo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología 
Patriótica

Veritatis gaudium – Francisco I

Artículo 44. Asimismo los estatutos o los reglamentos determinarán en qué consideración deben tomarse los estudios hechos en otro sitio, sobre todo por lo que se refiere a la concesión de dispensas para algunas disciplinas o también a la reducción del mismo plan de estudios, respetando por lo demás las disposiciones de la Congregación para la Educación Católica.

Conversión hacia la Pascua

La liturgia de la palabra de Dios de este tercer domingo de Cuaresma nos sitúa en clave de conversión. Es lo propio en este camino hacia la Pascua. Dios nos urge hoy a convertirnos a Él, pues Él es nuestro salvador, nuestro liberador. Dios revela hoy su nombre: “Soy el que soy”, un Dios salvador, compasivo y lleno de misericordia.

1. Dios elige a Moisés y le revela su nombre. En la primera lectura de hoy escuchamos cómo Dios ha visto la opresión de su pueblo en Egipto, y decide llamar a Moisés para liberarlo. Por medio de una zarza que arde sin consumirse, Dios llama la atención de Moisés. Éste se sorprende ante este espectáculo admirable, y la curiosidad le lleva a acercarse a la zarza ardiente. Es ahí donde Dios le llama “Moisés, Moisés”. La respuesta de Moisés es de disponibilidad: “Aquí estoy”. Dios le hace ver que está ante su presencia, que la tierra que pisa es sagrada, pues ahí mismo Moisés se encuentra con la presencia de Dios. Dios se presenta a Moisés como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el dios de sus antepasados, y le expone cuál es la misión para la que le ha llamado: ser el liberador de su pueblo de la esclavitud de Egipto. Pero Moisés ofrece resistencia ante esta llamada: ¿Qué les digo a los israelitas cuando me preguntes cómo se llama este Dios que me envía? Y Dios revela su nombre: “Soy el que soy”. Dios es el que existe, el que es, el que está presente. Dios es el Dios cercano a su pueblo, el Dios que se preocupa por el sufrimiento de los suyos. En el salmo de hoy encontramos otra definición de Dios: el que es compasivo y misericordioso. Dios no se queda tranquilo ante el sufrimiento de su pueblo, por eso decide intervenir y liberarlos por medio de Moisés, que es enviado como liberador. Él sacará al pueblo de la esclavitud y lo guiará por medio del desierto hasta llegar a la tierra prometida. Este es un texto fundamental en la fe de Israel.

2. Moisés es figura de Cristo. Nosotros, los cristianos, vemos en Moisés la figura de Cristo, nuestro salvador. San Pablo, en la segunda lectura de hoy, recuerda a los corintios de Corinto que lo que sucedió durante el éxodo fue una figura de Cristo, que mientras que Moisés guiaba al pueblo por el desierto, era Cristo quien les daba de beber. La fuente espiritual de la que bebieron los israelitas en su peregrinar por el desierto era el mismo Cristo. Él es en quien somos bautizados, como recordaremos al final de la Cuaresma en la noche de la Vigilia Pascual. Esa fuente viva es Cristo, y nosotros participamos de Él por medio del Bautismo. Pero Pablo recuerda en su carta que los que salieron de Egipto con Moisés no creyeron, no agradaron a Dios por su arrogancia, por su desconfianza de Dios, por eso perecieron durante el camino por el desierto. Así, san Pablo nos anima a no codiciar el mal, a no dar la espalda a Dios, a no ser arrogantes ante Él. San Pablo nos llama hoy a la conversión, a volver a Dios. Él es nuestro libertador, él es quien nos guía por el desierto de nuestra vida. En Él hemos de poner nuestra confianza y nuestra seguridad.

3. La paciencia de Dios. Jesús, en el Evangelio, nos apremia a la conversión. No podemos alargar más en el tiempo nuestra conversión y nuestra vuelta a Dios. Jesús nos lo explica con la parábola de la higuera. Dios es aquel señor que desea cortar la higuera que no da fruto. Pero el viñador, figura de Cristo, interviene ante aquel hombre para pedirle que tenga paciencia, que no corte todavía la viña, que espere un año para ver si da fruto. El viñador se compromete a cuidar la viña y a abonarla, en espera que finalmente dé furto. Nos recuerda Jesús con esta parábola que Dios tiene paciencia con nosotros, que es paciente y espera que demos fruto. Pero también nos apremia para que no retrasemos durante más tiempo nuestra conversión. El fruto de nuestras buenas obras, que comienza por la conversión y por dejar atrás lo que es malo y lo que no agrada a Dios, es lo que Él espera de nosotros. No retrasemos más nuestra conversión. Dios aguarda paciente a que volvamos a Él.

En este tercer domingo recordamos que la cuaresma es tiempo de conversión, y que la conversión no podemos retrasarla más en el tiempo. Dios nos salva a través de Cristo, nos saca de la esclavitud de nuestras malas acciones, pero nosotros hemos de corresponder a esa salvación. Dejemos atrás lo que desagrada a Dios, comencemos ya desde hoy a vivir las buenas obras que Dios espera, y con su gracia avancemos por el camino de la conversión en esta Cuaresma.

Francisco Javier Corominas Campos

Si no os convertís todos pereceréis de la misma manera

En aquel momento llegaron algunos anunciándole que Pilato había matado a unos galileos, mezclando su sangre con la de las víctimas que ofrecían en sacrificio. Jesús les dijo: «¿Pensáis que esos galileos eran los más pecadores de todos los galileos porque sufrieron eso? Os digo que no; y, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. ¿Creéis que aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató eran los únicos culpables entre todos los vecinos de Jerusalén? Os digo que no. Todos pereceréis igualmente si no os arrepentís».
Les contó esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña; fue a buscar higos en ella, y no los encontró. Dijo al viñador: Hace ya tres años que vengo a buscar higos en ella y no los encuentro. Córtala. ¿Por qué va a ocupar un terreno inútilmente? El viñador dijo: Señor, déjala también este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da higos; si no los da, la cortas».

Lucas 13, 1-9

Comentario del Evangelio

Jesús nos habla hoy de la necesidad que tenemos de arrepentirnos. Tenemos que reconocer que nos cuesta mucho arrepentirnos, pedir perdón. Muchas veces queremos tener siempre razón y no damos pasos atrás, cuando lo más justo para todos sería reconocer nuestros errores y cambiar.

Pues Jesús nos invita a que nos arrepintamos de las cosas que hacemos mal. Con sinceridad, siendo capaz de sacar de nosotros lo mejor que llevamos dentro y sabiendo construir la paz con los demás.

Si queremos un mundo que camine en paz, debemos primero estar en paz dentro de nosotros y después debemos sembrar la paz con los demás.

 

Para hacer vida el Evangelio

• Escribe algo que has hecho o le has dicho a alguien y de lo que te hayas arrepentido después.

• ¿Por qué nos cuesta tanto arrepentirnos de lo que hacemos mal? ¿Qué podemos hacer para que seamos personas capaces de pedir perdón con sinceridad?

• Escribe un compromiso para ser una persona capaz de reconocer tus propios errores y fallos.

Oración

Porque deseamos parecernos a Ti, Señor,
hemos de ser el compañero fiel,
el vecino más atento y generoso
el que promueve actividades solidarias,
el que anima las fiestas
y acompaña el dolor.
Nuestro fruto ha de ser el amor,
traducido en compañía de vidas, en caricia entrañable,
en disculpa misericordiosa.
Haznos amorosos y hermanos, Señor,
ayúdanos a ser luz
en tiempo de oscuridad
y sal en un mundo soso,
que necesita chispa, alegría y optimismo vital.
Contigo es posible, Jesús.

Por nuestros frutos nos conocerán

Y nosotros nos debatimos en elucubraciones mil,
intentando definir

la mejor manera de seguirte,
mientras los otros sólo ven cómo amamos,

y aprenden de nuestra generosidad y justicia.

Queremos ser alrededor,
el gesto cálido,
la palabra oportuna,
la sonrisa acogedora,
la voz que denuncia la injusticia, la mano tendida,
la mirada disculpadora
y la persona amiga.

Porque deseamos parecernos a Ti, Señor,
hemos de ser el compañero fiel,
el vecino más atento y generoso
el que promueve actividades solidarias,

el que anima las fiestas
y acompaña el dolor.

Nuestro fruto ha de ser el amor,
traducido en compañía de vidas,
en caricia entrañable,

en disculpa misericordiosa.

Haznos amorosos y hermanos, Señor ,
ayúdanos a ser luz
en tiempo de oscuridad
y sal en un mundo soso, que necesita chispa,
alegría y optimismo vital. Contigo es posible, Jesús.

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio Domingo III de Cuaresma

• Jesús da la vuelta a la visión simplista e injusta que hay, a menudo, sobre las desgracias: “os aseguro que no” (3 y 5). Dios no actúa con este chip. La manera de actuar de Dios no pasa por castigar a unos, enviándolos desgracias, y premiar a otros, protegiéndolos de cualquier mal.

• Jesús presenta la necesidad de conversión que tiene toda persona en este mundo: “si no os convertís…” (3 y 5).

• Con Jesús aprendemos que si hay que hurgar en injusticias, en accidentes, en cualquier desgracia, debe ser con intención de buscar las causas, no las culpas: si encontramos las causas, quizás podremos trabajar por cambiar las cosas y evitar que vuelva a suceder. Buscar culpas y culpables sólo sirve para linchar el presunto culpable, y esto no cambia nada, a excepción de provocar más dolor. Con el linchamiento sólo se asegura que, en el futuro, otros inocentes morirán, porque las causas reales continuarán allí, provocando nuevamente el mal.

• Con “la parábola de la higuera” (6-9) Jesús coteja nuestra propia responsabilidad. La responsabilidad que cada persona tiene sobre la propia vida. Es decir: si no damos “fruto”, quienes los esperan tomarán nuestra vida por muerta (7).

* [En el AT, la “viña” (6) es uno de los símbolos usados para habla del pueblo de Israel (Is 5,1); a veces, junto con la viña, aparece también la higuera (Oseas 9,10).]

•  Pero ante una persona la vida de la cual no da “fruto” (6-7), Dios tiene una actitud de paciencia activa: sabe que, si se trabaja, si se cuida, si se ponen me- dios para transformar, esa realidad estéril se puede “convertir” (8). Dios ve “frutos” dónde no los vemos nosotros. Por esto Dios nunca da a nadie por perdido.

• Al fin y al cabo, el mensaje de este Evangelio está claro:

1. la llamada de Jesús es para todo el mundo,
2. todo el mundo tiene necesidadde convertirse, de cambiar,
3. y toda persona puede conver-tirse; esto sí, tendrá que poner medios.

* [La conversión es un tema frecuente en las dos obras de Lucas: el Evangelio (Lc 5,32; 13,5; 15,7.10; 16,30; 24,47) y el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,38; 3,19.26; 5,31; 10,43; 13,38)].

• Otra cosa importante: las desgracias no se pueden manipular (ni religiosamente, ni políticamente…).

• Y otra, todavía: Dios se identifica con aquellas personas que el colectivo castiga. Dios envía su Hijo, el Único Justo, al cual convertimos en culpable. Jesús es castigado como culpable (Hebreos 7,26-27). Eso pone en evidencia cualquiera injusticia. Es uno de los aspectos importantes de la Cuaresma.

• Con la venida del Hijo al mundo, Dios da a cada hombre y a cada mujer una nueva oportunidad de convertirse. Vale la pena de tomar buena nota: siempre podemos volver a empezar.

Comentario al evangelio – 21 de marzo

Para superar abismos

En estos tiempos antropocéntricos que nos ha tocado vivir rechinan las palabras del profeta Jeremías: maldito quien confía en el hombre. ¿Es esto acaso una invitación a la desconfianza en nuestras relaciones humanas, siendo así que solo desde ellas es posible construir una convivencia digna de ese nombre? Es claro que Jeremías se refiere a esa confianza que sólo se puede y debe depositar en Dios, la confianza en la salvación, que ningún hombre, ni institución humana, ni ningún bien limitado puede dar.

Un buen ejemplo de esa falsa confianza que lleva a la perdición es la del rico Epulón (como la tradición ha querido llamarlo) en la parábola que hoy nos cuenta Jesús. No parece exactamente una confianza “en el hombre”, pero sí en las cosas humanas, como la seguridad que otorgan las riquezas. Puede ser también la confianza en el poder y la fuerza, o en determinadas ideologías humanas, o en los personajes que las encarnan. A todas esas cosas hay que otorgarles una confianza limitada y vigilante, no definitiva y entregada, la única que se puede depositar en Dios. Esa confianza indebida, además de poner nuestra esperanza de salvación en lo que no nos puede realmente salvar, con mucha frecuencia cierra las entrañas a las necesidades de los demás. El pecado de Epulón, confiado en sus riquezas, era la idolatría de no reconocer a Dios como el único salvador, pero también la consiguiente dureza de corazón que le impedía descubrir en Lázaro a un semejante y un hermano. No es Dios el que condena al hombre por sus pecados, sino el hombre mismo el que se condena a sí mismo, por apartarse de la fuente de la vida y ser incapaz de sentir misericordia y de compartir sus bienes con los necesitados.

Esos pecados abren abismos entre nosotros, pero también con Dios, con el Dios que se ha encarnado y sufre en sus pequeños hermanos. Sin embargo, esos abismos se pueden superar: se pueden construir puentes de generosidad, misericordia, fraternidad. Para ello hay que escuchar con confianza la voz de Dios, que resuena en nuestra conciencia, pero que también nos habla directamente, por Moisés y los Profetas, y de manera definitiva en Jesucristo. Quien no escucha esa voz que suena con palabras humanas, no se conmoverá ni aunque sucedan visiones extraordinarias, ni aunque resucite un muerto. Y es que ese muerto ya ha resucitado: es Jesucristo. Pero para verlo resucitado hay que estar abiertos a la Palabra que nos dirige en nuestra cotidianidad, en la lectura de la Biblia, en su proclamación en la liturgia, sí, en ese sencillo gesto de “ir a Misa”. Esto es, hay que creer, hay que confiar.

La parábola de Jesús suena apremiante, llama a tomar una decisión urgente: “después” ya no habrá modo de superar los abismos, sólo se nos ha dado este tiempo para hacerlo. No podemos decir que no se nos ha avisado. Es precisamente confiando en Dios y escuchando sus palabras como mejor podemos correr en auxilio de los necesitados para, en actitud de generosidad y de servicio, superar los muchos abismos que nos separan.

José María Vegas, cmf