I Vísperas – Domingo III de Cuaresma

I VÍSPERAS

DOMINGO III CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¿Para qué los timbres de sangre y nobleza?
Nunca los blasones
fueron lenitivo para la tristeza
de nuestras pasiones.
¡No me des cooronas, Señor, de grandeza!

¿Altivez? ¿Honores? Torres ilusorias 
que el tiempo derrumba.
Es coronamiento de todas las glorias
un rincón de tumba.
¡No me des siquiera coronas mortuorias!

No pido el laurel que nimba el talento,
ni las voluptuosas
guirnaldas de lujo y alborozamiento.
¡Ni mirtos ni rosas!
¡No me des coronas que se lleva el viento!

Yo quiero la joya de penas divinas
que rasga las sienes.
Es para las almas que tú predestinas.
Sólo tú la tienes.
¡Si me das coronas, dámelas de espinas! Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. «Convertíos y creed en el Evangelio», dice el Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. «Convertíos y creed en el Evangelio», dice el Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagarél al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente y tengo poder para recuperarla.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente y tengo poder para recuperarla.

LECTURA: 2Co 6, 1-4a

Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vino en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es tiempo de salvación. Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca damos a nadie motivo de escándalo; al contrairo, continuamente damos prueba de que somos ministros de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Todo lo que, en otro tiempo, sucedía a nuestros padres era como un ejemplo para nosotros.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todo lo que, en otro tiempo, sucedía a nuestros padres era como un ejemplo para nosotros.

PRECES
Glorifiquemos a Cristo, el Señor, que ha querido ser nuestro maestro, nuestro ejemplo y nuestro hermano, y supliquémosle, diciendo:

Renueva, Señor, a tu pueblo

  • Cristo, hecho en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, haz que nos alegremos con los que se alegran y sepamos llorar con los que están tristes,
    — para que nuestro amor crezca y sea verdadero.
  • Concédenos saciar tu hambre en los hambrientos,
    — y tu sed en los sedientos.
  • Tú que resucitaste a Lázaro de la muerte,
    — haz que, por la fe y la penitencia, los pecadores vuelvan a la vida cristiana.
  • Haz que todos, según el ejemplo de la Virgen María y de los santos,
    — sigan con más diligencia y perfección tus enseñanzas.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Concédenos, Señor, que nuestros hermanos difuntos sean admitidos a la gloria de la resurrección,
    — y gocen eternamente de tu amor.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 23 de marzo

Tiempo de Cuaresma

1) Oración inicial

Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal; dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 15,1-3.11-32

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos.» Entonces les dijo esta parábola:

Dijo: «Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.’ Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.

«Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.’ Y, levantándose, partió hacia su padre.

«Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.’ Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.’ Y comenzaron la fiesta.

«Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.’ Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’«Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.’»

3) Reflexión

• El capítulo 15 del evangelio de Lucas está lleno de la siguiente información: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban para oírle a Jesús. Los fariseos y los escribas, sin embargo, murmuraban. Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,1-3). E inmediatamente Lucas presenta tres parábolas entrelazadas entre sí por el mismo tema: la oveja perdida (Lc 15,4-7), la dracma perdida (Lc 15,8-10), el hijo perdido (Lc 15,11-32). Esta última parábola es el tema del evangelio de hoy.

• Lucas 15,11-13: La decisión del hijo menor. Un hombre tenía dos hijos. El menor pide la parte de la heredad que le toca. El padre divide todo entre los dos. Tanto el mayor como el menor, reciben su parte. Recibir la herencia no es un mérito. Es un don gratuito. La herencia de los dones de Dios está distribuida entre todos los seres humanos, tanto judíos como paganos, tanto cristianos como no cristianos. Todos reciben algo de la herencia del Padre. Pero no todos la cuidan de la misma manera. Así, el hijo menor se va lejos y gasta su herencia en una vida disipada, huyendo de su Padre. En tiempo de Lucas, el mayor representaba a las comunidades venida del judaísmo, y el menor a las comunidades venidas del paganismo. Y hoy, ¿quién es el mayor y quién el menor?

• Lucas 15,14-19: La decepción y la voluntad de volver a casa del Padre. La necesidad de tener que comer hace que el menor perciba su libertad y se vuelva esclavo para cuidar de los puercos. Recibe el tratamiento peor que los puercos. Esta era la condición de vida de millones de esclavos en el imperio romano en tiempo de Lucas. La situación en la que se encuentra hace que el hijo menor recuerde la casa del Padre. Hace una revisión de vida y decide volver a casa. Hasta prepara las palabras que va a decir al Padre: “Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. ¡Trátame como a uno de tus jornaleros!” Jornalero, ejecuta órdenes, cumple con la ley de la servidumbre. El hijo menor quiere ser cumplidor de la ley, como lo querían los fariseos y los publicanos en el tiempo de Jesús (Lc 15,1). Era esto lo que los misioneros de los fariseos imputaban a los paganos que se convertían al Dios de Abrahán (Mt 23,15). En el tiempo de Lucas, cristianos venidos del judaísmo consiguieron que algunos cristianos, convertidos del paganismo, se sometieran al yugo de la ley (Gál 1,6-10).

• Lucas 15,20-24: La alegría del Padre al reencontrar al hijo menor. La parábola dice que el hijo menor estaba todavía lejos de casa cuando el Padre ya lo vio, corrió a su encuentro y lo llenó de besos. La impresión que Jesús nos da es que el Padre se había quedado largo tiempo a la ventana mirando hacia la carretera para ver si el hijo despuntaría a lo lejos. Conforme con nuestra forma humana de pensar y de sentir, la alegría del Padre parece exagerada. Ni siquiera deja que el hijo termine las palabras que había preparado. ¡No escucha! El Padre no quiere que el hijo sea su esclavo. Quiere que sea su hijo. Esta es la gran Buena Nueva que Jesús nos trae. Túnica nueva, sandalias nuevas, anillo al dedo, churrasco, ¡fiesta! En esta alegría inmensa del reencuentro, Jesús deja trasparentar la gran tristeza del Padre por la pérdida del hijo. Dios estaba muy triste, y la gente se da cuenta ahora, viendo el tamaño de la alegría del Padre cuando vuelve a encontrar al hijo. ¡Es una alegría compartida con todo el mundo en la fiesta que pide preparar!

• Lucas 15,25-28b: La reacción del hijo mayor. El hijo mayor volvía de su trabajo en el campo y se encuentra con la casa en fiesta. No entra. Quiere saber qué pasa. Cuando se entera de la razón de la fiesta, se llena de rabia y no quiere entrar. Cerrado en sí mismo, piensa tener su derecho. No le gusta la fiesta y no entiende la alegría del Padre. Señal de que no tenía mucha intimidad con el Padre, a pesar de vivir en la misma casa. Pues, si hubiera tenido intimidad con él, hubiera notado la inmensa tristeza del Padre por la pérdida del hijo menor y hubiera entendido su alegría por la vuelta del hijo. Quien vive muy preocupado en observar la ley de Dios, corre el peligro de alejarse de Dios. El hijo menor, a pesar de estar lejos de casa, parecía conocer al Padre mejor que el hijo mayor, que moraba con él en la misma casa. Pues el menor tuvo el valor de volver a la casa del Padre, mientras que el mayor no quiere entrar en la casa del Padre. No se da cuenta de que el Padre, sin él, perderá la alegría. Pues él también, el mayor, es hijo lo mismo que el menor.

• Lucas 15,28a-30: La actitud del Padre y la respuesta del hijo mayor. El padre sale de casa y suplica al hijo mayor para que entre. Pero éste contesta:»Padre, hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!» El mayor también quiere la fiesta y la alegría, pero sólo con los amigos. No con el hermano, ni siquiera con el padre. Ni siquiera llama al hermano menor con el nombre de hermano, ya que dice “ese hijo tuyo” como si no fuera su hermano. Y es él, el mayor, quien habla de prostitutas. ¡Es su malicia la que interpreta la vida del hermano menor! Cuántas veces nosotros los católicos interpretamos mal la vida y la religión de los demás. La actitud del Padre es otra. El acoge el hijo menor, pero también no quiere perder el hijo mayor. Los dos forman parte de la familia. El uno no puede excluir al otro.

• Lucas 15,31-32: La respuesta final del Padre. Así como el Padre no presta atención a los argumentos del hijo menor, así también no presta atención a los argumentos del hijo mayor y dice: » Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ¡ha sido hallado!» ¿Será que el mayor tenía realmente conciencia de estar siempre con el Padre y de encontrar en esta presencia la causa de su alegría? La expresión del Padre «¡Todo lo mío es tuyo!» incluye también al hijo menor que volvió. El mayor no tiene derecho a hacer distinción. Si él quiere ser hijo del Padre, tendrá que aceptarlo así como a él le gustaría que el Padre es. La parábola no dice cuál fue la respuesta final del hermano mayor. Esto le toca al hermano mayor, que somos todos nosotros.

• Aquel que experimenta la gratuita y sorprendente entrada del amor de Dios en su vida se alegra y quiere comunicar esta alegría a los demás. La acción salvadora de Dios es fuente de alegría: “¡Alégrense conmigo!” (Lc 15,6.9) Y de esta experiencia de la gratuidad de Dios nace el sentido de la fiesta y de la alegría (Lc 15,32). Al final de la parábola, el Padre manda alegrarse y hacer fiesta. La alegría queda amenazada a causa del hijo mayor que no quiere entrar. El piensa que tiene derecho a una alegría sólo con sus amigos y no quiere la alegría con todos los miembros de la misma familia humana. El representa a los que se consideran justos y observantes y piensan que no precisan conversión.

4) Para la reflexión personal

• ¿Cuál es la imagen de Dios que está en mí desde mi infancia? ¿Ha cambiado a lo largo de los años? Si ha cambiado, ¿por qué ha cambiado?
• ¿Me identifico con cuáles de los dos hijos: con el menor o con el mayor? ¿Por que?

5) Oración final

Bendice, alma mía, a Yahvé,
el fondo de mi ser, a su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
nunca olvides sus beneficios. (Sal 103,1-2)

Domingo III de Cuaresma

En nuestra historia de creyentes, un criterio determinante de nuestro proceso de transformación y liberación viene dado por la pregunta: ¿Quién es Dios para mí?

No se trata de la imagen aprendida o reflexionada sobre Dios, sino de la vivida en una historia de relación afectiva. La imagen cambia si, efectivamente, la propia historia ha sido una historia con Dios como Alguien viviente.

En esta historia hay un momento o fase (correlativo al de Ex 3), en que el creyente se encuentra con la Palabra que le revela un Dios diferente. Hasta entonces Dios respondía a la necesidad de dar un sentido trascendente a la realidad (Dios, respuesta a los enigmas de la existencia, fundamento último de la finitud, Omnipotencia buena y temible, a un tiempo…). Ahora comienza a percibir que Dios es:

Alguien que sale al encuentro y tiene una palabra para mí, llamándome por mi nombre.

– La relación con El no depende del grado de mi sentimiento religioso, sino de la disponibilidad a entrar en su planes e iniciativa.

La experiencia de Dios es lo más real que uno tiene, pero no se da como algo que se posee, sino estando atento a sus manifestaciones libres y soberanas.

  • Que Dios se revela en la historia, siendo inseparable de la suerte de los desgraciados, pues El es gracia salvadora.
  • Que Dios elige, y ésta palabra no suena a algo arbitrario, sino a la historia de amor que Dios, libremente, crea con el hombre.
  • Que Dios es amor fiel, y que esta palabrita no ha de ser utilizada para sentirnos a gusto, en un mundo aparte, sin conflictos, sino que da a entender, por el contrario, que se revela en la condición humana con sus contradicciones.

De este amor fiel nos habla el Evangelio de hoy.

Javier Garrido

Comentario del 23 de marzo

La parábola del «hijo pródigo» o quizá, mejor, del «padre pródigo» es demasiado extensa y rica en detalles para comentarla de principio a fin. Me detendré en algunos aspectos que, en el momento presente, me parecen más significativos. En ella Jesús responde a la crítica de que es objeto por parte de los fariseos y letrados de «acoger a pecadores y comer con ellos». No es la primera vez que lo hacían, pues es una conducta frecuente en Jesús que provoca escándalo en ellos. Por eso murmuran de él, casi sin atreverse a lanzarle una censura pública que significase un desafío en toda regla. Jesús responde a estas murmuraciones con una parábola que pone de manifiesto la bondad ilimitada de Dios Padre para con sus hijos. Es quizá ésta la imagen más entrañable y paternal que Jesús ofrece de Dios.

El Padre de estos dos hijos permanece «padre» por siempre, sea cual sea el comportamiento de sus hijos. Porque uno de ellos, el pequeño, le pide la parte de la herencia que le corresponde, pero lo hace a destiempo, antes de convertirse en heredero por la muerte del testador. A pesar de todo, el padre condesciende y reparte los bienes entre sus hijos en un gesto de extrema condescendencia y benignidad. La intención del hijo pequeño era manifiesta: marcharse de la casa paterna con su pequeña fortuna, quizá en busca de ‘fortuna’. ¿Quería sentirse libre? ¿Buscaba la libertad en la independencia o emancipación paterna? ¿Buscaba la felicidad en la sensación o experiencia de libertad? El padre no podía desconocer el error que cometía su hijo; aún así, lo deja hacer. Y sabe de las muchas penalidades que va a tener que soportar fuera del hogar paterno; pero le deja libertad para decidir. La experiencia misma le enseñará los riesgos de una libertad mal orientada y las penosas consecuencias esclavizantes de la misma.

El hijo reúne todo lo suyo, o mejor, lo de su padre –pues de él lo ha recibido- y emigra a un país lejano, como si la lejanía de sus orígenes le fuera a reportar mayor libertad y mayor felicidad. Allí derrochó sin tino toda su fortuna, viviendo en el más absoluto descontrol. Después vendrá el hambre y la necesidad y la mendicidad y la guarda de los cerdos –él, judío, entre animales impuros- y las ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; en fin, la miseria y la humillación. Más bajo no había podido caer. Pero, estando en semejante situación de marginalidad y descrédito, empieza a recuperar su dignidad. Para ello le basta con dirigir su pensamiento a lo perdido, a lo dejado atrás, al hogar paterno.

Este acto de memoria selectiva o de recapacitación le salva de la desesperación: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Ha escapado de su casa buscando nuevos aires, nuevas formas de vida, y ahora siente la necesidad imperiosa de volver a ella buscando el pan de los jornaleros. Porque no cree merecer otro tratamiento que el de un jornalero. Se siente realmente hijo indigno y no espera ser recibido como hijo. En el fondo desconoce la magnitud del corazón paterno. Pero al menos el recuerdo de su padre le ha sugerido el retorno: Me pondré en camino, adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». Su lugar de retorno está ahora donde está su Padre.

Es a Él al que tiene que expresarle su pesar y su pecado. Y porque no merece llamarse hijo suyo, espera ser tratado como uno de los jornaleros de la casa. La actitud del hijo es juiciosa –la reflexión le ha devuelto la sensatez-, pero totalmente ignorante de los sentimientos que alberga el corazón de su padre, que cada mañana sale al camino con el deseo de ver retornar al hijo perdido. Y un día lo vio, cuando todavía estaba lejos lo vio y se conmovió. La conmoción es un movimiento de las entrañas que se agitan antes de que intervenga el control de la razón. Por eso, le vemos echando a correr; por eso le vemos abrazarlo y besarlo con fruición. Y el hijo, seguramente desconcertado con aquella reacción, intentando formular su arrepentimiento: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti…

Y el padre, embargado por la emoción, sin prestar atención a sus palabras, y dirigiéndose de inmediato a los criados para que le preparen el mejor traje, el anillo, las sandalias, y una fiesta en honor del recién llegado, porque siente que ha recuperado a un hijo ya muerto o al menos perdido. También percibe que hay que devolverle su dignidad de hijo –de ahí lo del traje, el anillo y las sandalias-, porque él no se siente tal y hay que hacérselo sentir de nuevo. Tiene que volver a sentirse hijo porque realmente lo es, porque nunca ha dejado de serlo para su padre, en cuya memoria ha permanecido siempre como hijo, quizá muerto, quizá perdido, pero hijo. Es importante, pues, hacérselo saber. Para ello nada mejor que celebrar el reencuentro o el hallazgo entre padre e hijo con una fiesta a la que se invita a todos los de la casa, sin excluir a nadie.

Pero hay quien se autoexcluye, porque no siente con el padre a pesar de haber vivido tantos años en su compañía. Se trata del hijo mayor que, al enterarse de la vuelta de su hermano, o mejor, del hijo de su padre, porque él ya no le considera hermano suyo, se niega a recibirlo; más aún, se indigna por el «incomprensible» modo en que ha sido recibido de nuevo en la casa que abandonó con desprecio. Y el padre tiene que salir a la puerta –porque él se niega a entrar- para convencerlo de que se una a la fiesta, porque la vuelta de su hermano es un acontecimiento digno de ser celebrado. Pero el hijo mayor le responde con quejas que revelan una amargura interior y un distanciamiento inimaginable en el que había permanecido al lado de su padre por tanto tiempo. Sin embargo, la cercanía física no era cercanía afectiva. También él estaba muy lejos de compartir los sentimientos de su padre. Aquel hijo se considera un intachable cumplidor de la ley. Su hoja de servicios es inmaculada: muchos años y sin desobedecer nunca una orden de su padre.

Pero jamás ha recibido de él un cabrito para tener un banquete con sus amigos. Por comparación con su hermano –que se ha comido los bienes paternos con malas mujeres- se siente maltratado, no debidamente recompensado. Y éste es el momento para espetarle lo que tenía guardado: la herida que aquejaba su corazón. Pero el padre le revela la inmensidad de su amor, y lo hace con una ternura y una delicadeza inigualables: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado. La queja del hijo mayor es producto de un error de apreciación. No ha caído en la cuenta de que todos los bienes de su padre son suyos por el hecho de ser de su padre. Porque el padre no tiene nada para sí; todo lo que tiene lo tiene para sus hijos.

Si el hijo no ha llegado a tomar conciencia de esto es por la enorme distancia que le separa del padre a pesar de vivir en la misma casa y haber pasado tantos años bajo su obediencia. Pero eso no ha sido suficiente para entrar en comunión con él. De hecho, ahora no comparte con su padre la desbordante alegría que éste siente por el regreso de su hijo pequeño. Y debería alegrarse, porque el que ha vuelto es su hermano, que no ha dejado de serlo –aunque le parezca lo contrario- porque no ha dejado de ser hijo de su padre, ese hermano que estaba perdido, pero que han encontrado los dos, uno como hijo y otro como hermano. Cuántos esfuerzos hizo aquel padre para ganarse el favor de su hijo en bien de su hermano; cuántos esfuerzos para lograr que el hermano mayor acogiese al pequeño; cuántos esfuerzos por mantener unida a la familia. La clave estaba en hacer que ambos comulgaran con sus propios sentimientos paternos. Pero teniendo esto tan al alcance de la mano, nos traicionan muchas veces nuestras desmedidas y extraviadas ansias de libertad que sólo una dolorosa frustración nos permite reorientar.

Una de las conclusiones que se desprende de esta historia es que lo importante radica por encima de todo en no perder nunca la memoria –y la conciencia- de que tenemos Padre y de que este Padre, por mucho que nos hayamos alejado de Él, nos estará esperando siempre; más aún, que saldrá incluso a la puerta, a esa puerta que nos negamos a rebasar para persuadirnos con argumentos amorosos de la bondad de compartir con él su alegría. Sólo este recuerdo de lo perdido nos pondrá a salvo de la desesperación y hará posible el retorno salvador.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Domingo III de Cuaresma

En la primera lectura (Ex. , 1-8, 13-15) Dios promete a Moisés la liberación del pueblo judío esclavo en Egipto. En la segunda lectura (1ª Cor. 10, 1-6, 10-12) San Pablo recuerda a los cristianos de Corinto que muchos judíos volvieron al paganismo con lo que se perdió gran parte de la acción salvadora de Moisés. Jesús, tercera lectura (Lc. 13, 1) nos advierte que también su acción se perderá para todos aquellos que no se conviertan.

Precisamente para evitarnos “eso”, que no nos beneficiemos del Misterio de la Salvación, Jesús nos pide este domingo que nos convirtamos. Para conseguirlo de una manera verdaderamente eficaz es absolutamente necesario que en el proceso de la conversión tengamos muy claro el punto desde el que partimos y aquel al que debemos llegar.

Los tres próximos domingos aparecerán claramente contestadas estas cuestiones. El domingo 5º nos invitará al autoconocimiento, como necesario punto de partida. El 3º y 4º nos mostrarán dos destinos diferentes: el cambio radical de vida (4º) y el cambio perfectivo (3º)

Diferenciar ambos destinos está justificado porque el mismo Jesús lo hizo en múltiples ocasiones. Por ejemplo, a la adúltera (Jn. 8,11) le dijo: “vete pero no quieras pecar más”, es decir, cambia de vida. En otras, sin embargo, proponía la conversión como un progresivo desarrollo de la espiritualidad, tal y como aparece en las parábolas en las que compara el reino de Dios con plantas que crecen poco a poco hasta llegar a ser árboles frondosos. (Mt 13, 31-35)

No hemos de entender, por consiguiente, que cada vez que Dios nos habla de conversión nos esté invitando a que dejemos de ser unos grandes pecadores. NO. Puede ser también que nos esté invitando a que cada vez hilemos más fino, a que cada día, cada momento, cada acontecimiento lo vivamos más químicamente puros. De esta conversión perfectiva trataremos hoy. La del cambio de vida la dejamos para el próximo domingo, si Dios quiere, en la que comentaremos la parábola del hijo pródigo.

La máxima expresión del deseo de Jesús sobre nuestro perfeccionismo se recoge en su exhortación a que seamos perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto. (Mt. 5,8)

Ante tal propuesta nos puede asaltar la tentación de pensar que se trata más de una expresión poética que de una proposición real. NO. No es así. Ciertamente que Jesús es consciente de que nadie puede alcanzar la perfección de Dios pero en lo que Él quiere insistir es en que nunca cerremos el camino de la perfección.

El riesgo de entender el texto como algo simplemente poético, sin posibilidades prácticas, es tanto más alto cuanto más bajo sea el nivel en el que desarrollamos nuestra vida.

A una hormiga le resulta imposible, cosa que, sin embargo, para un simple jilguero no supondría el menor esfuerzo. Pero, igualmente, competir con el vuelo de un águila sería para el pajarillo una desproporcionada empresa. La misma valoración alcanzaría el vuelo del águila comparada con los 10.000 metros a los que se desplaza un avión.

Pues, algo así nos puede suceder a nosotros al contemplar las ofertas que nos hace Dios. Si volamos muy bajo todo nos parecerá inalcanzable, quimérico, fruto de una imaginación calenturienta. Si volamos muy alto, las metas a conseguir nos parecerán mucho más cercanas y, por eso, posibles de alcanzar.

Jesús nos invita a volar alto, muy alto, en las lindes de la divinidad, acercándonos a ella, posibilidad que alcanzaron los santos como San Juan de la Cruz cuando decía que “volé tan alto, tan alto, que di a la caza alcance”.

Hoy Dios nos anima a la conversión en el sentido de que quitemos el plomo de nuestras alas para que podamos volar tan alto como alta es su oferta.

La conversión entendida de este modo es una especie de constante purificación que redunda en comportamientos cada vez más finos, más exquisitos en el mundo en el que nos desenvolvemos.

La revelación nos la ha dado Dios para que vivamos la vida de cada día a un mayor nivel de perfección en todos los sentidos. La revelación es para el cielo pero también para la tierra que es donde tenemos que alcanzar la santidad.

En la parábola de la siembra (Mc.4 , 1-9) Jesús señala los diferentes obstáculos que pueden salirnos al paso en nuestro caminar hacia la perfección.

La insuficiente formación religiosa. No se entiende la palabra sembrada, oída, y las opiniones contrarias la ocultan.

La superficialidad. La palabra recibida queda flotando sin echar raíces por lo que no tiene fuerza suficiente para salir airosa en los problemas de la vida. Quien es así fácilmente se viene abajo, claudica.

La obsesión por los problemas materiales. Tienen tanta fuerza que ahogan la posibilidad de toda visión espiritual de la vida. Los tales, no son capaces de aislarse del ruido del gran mercado que es el mundo y quedan sordos a cualquier pensamiento ajeno a esos intereses.

La conversión a la que nos insta constantemente Jesús hace referencia a la paulatina eliminación de estos tres grandes obstáculos para que la palabra de Dios eche raíces dentro de nosotros y produzca frutos. Los “salvavidas” ante todo esto nos los indicó Jesús el primer domingo: conocimiento del Evangelio, reflexión y silencios.

Convertirse, en el lenguaje de Jesús, no supone renunciar a nada que sea digno sino todo lo contrario: ir podando las ramas secas, superfluas, mal orientadas del árbol de nuestra vida para que aparezca en todo su esplendor.

Es ir haciéndonos personas realmente dueñas de nuestra vida, sin ser zarandeada por los vientos de las pasiones propias o ajenas.

Es ir siendo cada vez más parecidos a Jesús que fue un hombre íntegro, sin claudicaciones, sin fisuras, idéntico consigo mismo sin negar con sus acciones la grandeza de sus enseñanzas. Con razón dijo de Él el gobernador Pilato mostrándolo desde el pretorio el primer Viernes Santo: “Ecce Homo”, he ahí al hombre.

Diógenes de Sínope, fue un filósofo muy peculiar. Una noche paseaba con una antorcha y alguien le preguntó qué buscaba a esas horas. Busco un hombre, contestó.

Fue una pena que muriera en Corinto 323 años antes del nacimiento de Cristo. Sin duda hubiera reconocido en Jesús al hombre que él andaba buscando. Jesús, ¡todo un hombre!

Ojalá también nosotros estemos en la búsqueda de ser una persona íntegra que pueda decir como Jesús al final de su vida: todo se ha consumado, todo se ha cumplido conforme a la voluntad de Dios. AMÉN

Pedro Sáez

Los signos de los tiempos

1. La constitución conciliar Gaudium et spes afirma que «es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del evangelio». «Signos de los tiempos» son los fenómenos que, por su significación y frecuencia, caracterizan una época o unos acontecimientos históricos de importancia; fenómenos universales y repetidos que para la conciencia de los hombres tienen un significado especial: el de revelar hacia dónde se orienta conscientemente la humanidad, de acuerdo con sus necesidades y aspiraciones.

2. Jesucristo invitó a los fariseos a que aprendieran a discernir «la señal de cada momento» (Mt 16,3), a fin de conocer la «hora mesiánica» o el «signo de Jonás» (Lc 11,29), que es la presencia salvadora de Dios en la historia. En el evangelio lucano de este domingo, Jesús interpreta dos acontecimientos relacionados con la muerte personal, en un caso por represión, y en otro por accidente. Y lo que trata de decirnos es, por una parte, que la desgracia física no es sanción por el pecado y, por otra, que hay una muerte más grave que la muerte física. De ahí la apelación a la conversión mediante la imagen de la higuera estéril.

3. Los cristianos, por participar como creyentes en una Iglesia que vive en la sociedad, deben saber leer evangélicamente los acontecimientos que tienen una determinada orientación y que, en su esencia más profunda, son reveladores de un progreso histórico, secular y eclesial. La Iglesia percibirá los signos de los tiempos en tanto en cuanto esté presente en el mundo. Ahora bien, los acontecimientos pueden ser objeto de diversas interpretaciones, según las distintas ideologías. En sí mismos, los signos de los tiempos son ambiguos, como ambiguo es todo lo humano, ya que puede ser imagen de la acción de Dios o sombra de un ídolo soberbio. Sólo desde la fe podrá la Iglesia descifrar en los signos de los tiempos los designios de Dios.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Conocemos los signos de los tiempos que nos toca vivir?

¿Cómo valoramos ciertos acontecimientos desde la fe?

Casiano Floristán

Liberarse del miedo

Ex 3, 1-8a.13-15

1 Cor 10, 1-6.10-12

Lc 13, 1-9

La cuaresma es clásicamente considerada un tiempo de penitencia. Pero el evangelio nos libera de una estrecha y opresiva manera de entender el pecado y sus consecuencias.

Pecar es no dar fruto

El texto de Lucas se refiere a episodios históricos que desconocemos. El diálogo que sostiene Jesús sobre ellos nos hace ver, sin embargo, cuánto su enseñanza se ligaba a hechos diversos de la vida de su pueblo. El anuncio de la buena nueva no puede hacerse sin una atención cercana a lo que sucede; el Reino no es algo paralelo a la historia, la interpela y la interpreta. A su vez los hechos de nuestra vida nos permiten comprender mejor el alcance del mensaje.

Aquí, el Señor se sirve de estos dos asuntos para subrayar un punto importante de su mensaje: no hay relación entre el pecado y las desgracias que puedan ocurrir ya sea por mano humana (Pilato, cf. Lc 13, 1) ya sea por accidente (cf. v. 4). Con esta afirmación Jesús va contra una idea muy presente en su tiempo, según la cual enfermedad, infortunio, pobreza son consecuencia de las faltas cometidas por quien sufre esas situaciones. Aun en nuestro tiempo hay restos de esa mentalidad, de este modo el pobre y el enfermo añaden a sus duras condiciones de vida un penoso sentido de culpa.

El Señor nos libera de esa concepción que por un lado impide enfrentar las verdaderas causas de los males que nos ocurren, remitiéndolos a una especie de fatalidad que nos hunde en la pasividad.

Y que de otro lado, presenta una imagen equivocada del Dios de amor y vida. Pecar es no dar fruto, nos precisa la parábola que Jesús refiere enseguida (cf. v. 6-9). Además, se nos advierte que con paciencia y dedicación Dios espera nuestras obras. Es un Dios de amor, no de castigo.

Yo soy la vida

Pablo nos da un importante principio de interpretación del antiguo testamento: lo que en él se cuenta no es algo que pertenezca sólo al pasado, acarrea un mensaje para nosotros hoy (cf. 1 Cor 10, 11). El texto del Exodo nos relata el momento en que el Señor encarga a Moisés la liberación de su pueblo. Le confía esa tarea porque es sensible al clamor de los que padecen opresión y desea llevarlos a una tierra en la que puedan forjar una sociedad justa (cf. 3, 7-8).

Ese es el contexto inmediato de la revelación de su nombre: Yahvé, traducido con frecuencia por «yo soy el que soy». Otra posible significación del término nos resulta particularmente interesante. La vida en clave bíblica implica «vivir con», «vivir para», «estar presente ante los otros», es decir, significa comunión. La muerte es lo opuesto: la soledad absoluta. Es probable que el término Yahvé se halle en esta línea y quiera decir precisamente: «Yo soy el que está con vosotros, yo soy la vida». Se trata de una presencia creadora y liberadora.

Gustavo Gutiérrez

La orientación de fondo

El objetivo de la Iglesia no es preservar el pasado. Siempre será necesario volver a las fuentes para mantener vivo el fuego del Evangelio, pero su objeto no es conservar lo que está desapareciendo porque ya no responde a los interrogantes y desafíos del momento actual. La Iglesia no ha de convertirse en monumento de lo que fue. Alimentar el recuerdo y la nostalgia del pasado sólo conduciría a una pasividad y pesimismo poco acordes con el tono que ha de inspirar a la comunidad de Cristo.

El objetivo de la Iglesia no es tampoco sobrevivir. Sería indigno de su ser más profundo. Hacer de la supervivencia el propósito o la orientación subliminal del quehacer eclesial nos llevaría a la resignación y la inercia, nunca a la audacia y la creatividad. «Resignarse» puede parecer una virtud santa y necesaria hoy, pero puede también encerrar no poca comodidad y cobardía. Lo más sencillo sería cerrar los ojos y no hacer nada. Sin embargo, hay mucho que hacer. Nada menos que esto: escuchar y responder a la acción del Espíritu en estos momentos.

Propiamente, tampoco ha de ser el primer propósito configurar el futuro tratando de imaginar cómo habrá de ser la Iglesia en una época que nosotros no conoceremos. Nadie tiene una receta para el futuro. Sólo sabemos que el futuro se está gestando en el presente.

Esta generación de cristianos está decidiendo en buena parte el porvenir de la fe entre nosotros. No hemos de caer en la impaciencia y el nerviosismo estéril buscando «hacer algo» como sea, de forma apresurada y sin discernimiento. Lo que seamos ahora mismo los creyentes de hoy será, de alguna manera, lo que se transmitirá a las siguientes generaciones.

Lo que se le pide a la Iglesia de hoy es que sea lo que dice ser: la Iglesia de Jesucristo. Por decirlo con palabras del evangelio de Juan, lo decisivo es «permanecer» en Cristo y «dar fruto» ahora mismo, sin dejarnos coger por la nostalgia del pasado ni por la incertidumbre del futuro.

No es el instinto de conservación sino el Espíritu de Jesús Resucitado el que ha de guiarnos. No hay excusas para no vivir la fe de manera viva ahora mismo, sin esperar a que las circunstancias cambien. Es necesario reflexionar, buscar nuevos caminos, aprender formas nuevas de anunciar a Cristo, pero todo ello ha de nacer de una santidad nueva.

La parábola de «la higuera estéril», dirigida por Jesús a Israel, se convierte hoy en una clara advertencia para la Iglesia actual. No hay que perderse en lamentaciones estériles. Lo decisivo es enraizar nuestra vida en Cristo y despertar la creatividad y los frutos del Espíritu.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 23 de marzo

Cuando estaba todavía lejos

Esta parábola contiene toda la verdad de la vida humana, de sus relaciones con los demás y con Dios, de su inclinación al pecado, pero también de su capacidad de escuchar dentro de sí, de reconocer errores y de reconciliarse consigo mismo, con los demás y con Dios, recuperando así la propia dignidad. Todos podemos leernos en ella.

Todos tenemos la inclinación a disponer de manera egoísta y sin agradecimiento de la parte de la herencia que nos toca: nuestra libertad, nuestros talentos, nuestras posibilidades reales. Tenemos derecho a ello, es verdad, pero no debemos olvidar que la herencia es don, y que no podemos ni debemos desgajarla de sus raíces, sino usarla con responsabilidad. El hijo menor, como tantas veces nosotros, no lo hizo así: tomó lo suyo y cortó con la fuente de esos bienes, para disponer de ellos a su antojo. Rompiendo con sus raíces, usándolos de manera arbitraria, egoísta, irresponsable esos bienes reales no dan frutos, se agotan en sí mismos, son incapaces de darnos la verdadera felicidad que brota de una vida vivida con sentido. Entregados a nuestros deseos nos exiliamos de nuestra verdad más íntima, abdicamos de nuestra propia dignidad. Así puede entenderse la situación del hijo menor, convertido en pastor de cerdos, servidor de las dimensiones inferiores e impuras, y además hambriento. Pero incluso en la situación de mayor postración, el ser humano es capaz de escuchar las voces que en su interior le llaman a su verdad. En el caso de la parábola es la voz que le recuerda que es hijo, que tiene una casa, que sólo allí puede saciarse de esas hambres que no son sólo de pan. “Entrar dentro de sí” es un movimiento que todos podemos y debemos hacer, para tratar de escuchar esas voces que nos llaman a volver a casa. El camino de vuelta es el de una profunda transformación interior, en la que el que quería vivir sólo para sí descubre que la vida adquiere sentido sólo si se está dispuesto a servir, y que en ese servicio es dónde el ser humano vuelve a vestirse con los trajes que reconocen su dignidad de hijo. La verdadera oración (“entrar dentro de sí”) lleva a la servicio, y éste a la fiesta: el reencuentro alegre con el Padre y con los hermanos. Es verdad que a veces los hermanos no quieren reconciliarse. El hijo mayor, que representa a los fariseos, y, en general a todos lo que se consideran justos y condenan sin misericordia a los pecadores “oficiales” (olvidando de paso su propio pecado), se niega a participar en la fiesta, porque no considera posible el arrepentimiento de su hermano, ni justo el perdón generoso del Padre. Deberíamos meditar en esto. No sólo somos como el hermano menor, que se aleja (pero vuelve), sino que con frecuencia nos parecemos al mayor, que no se acerca: si nos negamos a perdonar y a reconciliarnos, nos quedamos fuera de la fiesta, aunque vayamos todos los días a Misa.

El centro de la parábola es el padre, que vio al hijo menor “cuando estaba todavía lejos”. Dios no nos espera sentado: sale al encuentro (un Dios “en salida”), se anticipa, nos busca, como Buen pastor. Sale en busca del hijo menor, cuando estaba aún lejos, y del mayor, que estando en casa se aleja en su corazón por su falta de misericordia.

Dios nos llama (suya es esa voz que suena dentro de nosotros), nos llama a la conversión, sale a buscarnos (en Jesucristo, que ha ido hasta el extremo exilio de la muerte), nos reconcilia, nos perdona, nos devuelve nuestra dignidad. Pero también nos llama a reproducir en nosotros esa misma actitud de misericordia que renuncia a condenar a aquellos que, estando alejados, están tal vez sintiendo ya el hambre de la vuelta a casa, o entrando ya dentro de sí, o de camino, o si nada de eso es así ?¿quién puede juzgarlo??, es sin embargo seguro que ese al que juzgo es alguien a quien el Padre espera con los brazos abiertos, para ponerle un anillo y un vestido nuevo y organizar una fiesta, tan pronto como vuelva a casa.

José María Vegas, cmf