2Cor 5, 17-21 (2ª lectura – Domingo IV Cuaresma)

Alrededor del año 56/57, llegan a Corinto misioneros itinerantes que se presentan como apóstoles y que critican a Pablo, llevando la confusión a la comunidad cristiana. Probablemente, se trata de esos “judaizantes” que querían imponer a los paganos convertidos las prácticas de la Ley de Moisés (aunque también pudieran ser cristianos que condenaran la severidad de Pablo y que apoyaban el laxismo de la vida de los corintios). De cualquier forma, Pablo es informado de que la validez de su ministerio estaba siendo puesta en entredicho y se dirige a toda prisa a Corinto, dispuesto a enfrentarse con el problema.

El enfrentamiento es violento y Pablo es gravemente injuriado por un miembro de la comunidad (cf. 2Cor 2,5-11;7,11). En consecuencia, Pablo abandona Corinto y se va a Éfeso. Pasado un tiempo, Pablo envía a Tito a Corinto, a fin de intentar la reconciliación. Cuando Tito regresa, trae buenas noticias: las diferencias han sido superadas y los corintios se sienten, otra vez, en comunión con Pablo. Es en este momento en el que Pablo, aliviado y con el corazón en paz, escribe esta carta a los corintios, haciendo una tranquila apología de su apostolado.

El texto que se nos propone está incluido en la primera parte de la carta (2 Cor 1,3-7,16), donde Pablo analiza sus relaciones con los cristianos de Corinto. En este texto, en concreto, se transparenta esa necesidad permanente de reconciliación que encontramos en el corazón de Pablo.

La palabra clave de esta lectura es “reonciliación” (de las diez veces que Pablo utiliza el verbo “reconciliar” y el sustantivo “reconciliación”, cinco corresponden a este pasaje). Se transparenta, por tanto, aquí, la angustia de Pablo por el “distanciamiento” de sus queridos hijos de Corinto y su voluntad de rehacer la comunión con ellos.

Pero, más allá de la reconciliación entre los corintios y Pablo, es necesaria la reconciliación de los corintios y Dios. De ahí la ardorosa llamada del apóstol a que los corintios se dejen reconciliar con Dios.

“En Cristo”, Dios ofreció a los hombres la reconciliación; adherirse a la propuesta de Cristo es acoger la oferta de reconciliación que Dios hace. Ser cristiano implica, por tanto, estar reconciliado con Dios (esto es, aceptar vivir con él una relación de auténtica comunión, de intimidad, de amor) y con los otros hombres. Esto significa, en la práctica, ser una criatura nueva, un hombre renovado.

Desde esta reconciliación es desde donde Pablo se hace “embajador” y heraldo; el ministerio de Pablo pasa por pedir a los corintios que se reconcilien con Dios y que nazcan, así, a la vida nueva de Dios. Es evidente que esta llamada no es sólo válida para los cristianos de Corinto, sino que sirve para los cristianos de todos los tiempos y lugares: los hombres tienen necesidad de vivir en paz unos con los otros; pero difícilmente lo conseguirán si no viven en paz con Dios.

El texto termina (v. 21) con una referencia a la eficacia reconciliadora de la muerte de Cristo: por la cruz, Dios nos arrancó del dominio del pecado y nos transformó en hombres nuevos. ¿Qué quiere decir esto? Al morir en la cruz por la Ley, Cristo mostró cómo la Ley sólo produce muerte, la descalificó y nos apartó de ella, facilitándonos el verdadero encuentro con Dios; y por la cruz, Jesús nos enseñó el amor total, el amor que se da, liberándonos del egoísmo que nos impide la reconciliación con Dios y con los hermanos.

Para reflexionar y actualizar la Palabra, considerad las siguientes cuestiones:

Ser cristiano es, antes de nada, aceptar esa propuesta de reconciliación que Dios nos hace en Jesús. Significa que Dios, a pesar de nuestras infidelidades, continua ofreciéndonos un proyecto de comunión y de amor.
¿Cómo respondo yo a esa oferta de Dios: con una vida de obediencia a sus proyectos y de entrega confiada en sus manos, o con egoísmo, autosuficiencia y cerrazón ante el Dios de la comunión?

Es “en Cristo”, y, de forma privilegiada, en la cruz de Cristo, como somos reconciliados con Dios. En la cruz, Cristo nos enseñó la obediencia total al Padre, la entrega confiada a los proyectos del Padre y el amor total a los hombres, nuestros hermanos. De esa lección decisiva debe nacer el Hombre Nuevo, el hombre que vive en obediencia a los proyectos de Dios y en amor a los otros.

¿Procuro vivir de esta forma?

La comunión con Dios exige la reconciliación con los otros, mis hermanos. No es una conclusión a la que Pablo de un relieve explícito en este texto, pero es una perspectiva que se encuentra implícita en todo el discurso.
¿Cómo me sitúo yo ante esta obligación, para el cristiano, de reconciliarse con los que le rodean?