Homilía – Domingo IV de Cuaresma

DE CRIADO A HIJO

NO TE EXCLUYAS

Con imágenes muy gráficas Jesús nos revela en esta joya teológica y literaria el rostro de Dios como pura misericordia; nos describe el pecado como degradación, la conversión como rehabilitación, reconciliación y fiesta; y caricaturiza la religiosidad fría, cumplimentera, orgullosa y despectiva. Es muy posible que nos parezca que no estamos reflejados en los personajes de la parábola y que, por lo tanto, no tiene mucho que ver con nosotros.

A primera vista, no parece que tengamos nada que ver con el hijo pródigo; nosotros estamos en casa; ahora mismo estamos sentados a la mesa familiar de la Eucaristía. Tampoco parece que tengamos nada que ver con el hermano mayor; nosotros no nos negamos a participar en la fiesta con los perdidos que han retornado, ni los conocemos, ni sabemos si hay alguno. Sabemos que hay banquete eucarístico a esta hora, y hemos venido sin más. Con todo, no nos apresuremos a afirmar que no tenemos nada que ver con los dos hijos del padre misericordioso.

UNA FAMILIA-PARÁBOLA

Conozco bastante de cerca a una familia que constituye para mí una verdadera parábola de la familia de Dios, la Iglesia. «Padre, en casa tenemos de todo», me dice una pareja. Tienen 6 hijos: cuatro varones y dos mujeres. «Mi hijo mayor y la hija menor, me dice el padre, son un encanto. Estudian, ayudan, son buenos hijos y buenos hermanos; son los que nos proporcionan las grandes alegrías. El segundo de los hijos se nos metió en la droga y nos proporciona disgustos y grandes perjuicios económicos. Estuvo en Proyecto-Hombre. Ahora está rehabilitado y es cariñosísimo. Nos dice que, después de lo mucho que nos ha hecho sufrir y lo que hemos hecho por él,

se da cuenta de lo que son los padres y quiere compensarnos de tantas amarguras. Pero tenemos los otros tres, dos chicos y una chica, que nos amargan la vida. No es que sean malos. No nos han dado grandes disgustos. Pero son descontentadizos, desagradecidos; protestan por todo y contra todo; tenemos miedo de que la hija sufra anorexia; son exigentes a la hora de pedir dinero para los fines de semana; se pelean constantemente entre ellos; tienen celos del hermano rehabilitado de la droga, porque dicen que todos los cuidados son para él; andan a rastras con los estudios; no echan una mano… Para estos tres, la casa es una pensión gratuita, y nosotros empleados a sus órdenes. Aquel sueño de familia numerosa, unida y feliz, que teníamos al casarnos, se nos ha venido enteramente abajo».

En la familia de Dios hay también estas diversas clases de hijos. Están los santos, ¡muchos!, que sólo dan satisfacciones a Dios y a los hermanos. Son una indecible gracia para la familia eclesial. Están los hijos drogadictos-rehabilitados, los convertidos, y están los drogadictos que siguen en la droga del pecado. Existen también los hijos mediocres que están en casa, pero no son de casa, no viven el calor del hogar. Vienen a la Iglesia, pero no son Iglesia, son huéspedes en su propia casa. ¿A cuál de esta clase de hijos pertenezco? Los más frecuentes son los mediocres.

RASGOS DE LOS HIJOS MEDIOCRES

En realidad, los dos hijos de la parábola eran pródigos; estaban fuera de casa: uno físicamente y el otro psicológicamente. ¿Cuáles son los rasgos que caracterizan a los que viven como hijos en la casa del Padre?

Espíritu de familia. El hermano mayor era un jornalero más que un hijo y un hermano; y el hermano menor, un alocado al que no le importan más que sus juergas con los amiguetes. Su padre no es para él más que un amargavidas, un obstáculo para hacer su vida aventurera. Sufre la miseria de los dos hermanos el cristiano que no está integrado en comunidad, que va por libre, que vive «su» cristianismo. Las Eucaristías para él son comida de hotel, no comida de familia. Tiene como los dos hermanos de la parábola, amigos superficiales para encuentros sociales, pero no tiene hermanos en la fe para compartir profundamente su vida. Como consecuencia, falta la verdadera alegría en su espíritu, porque el verdadero lugar de la alegría es la comunidad.

Actuar desde la gratuidad. Los dos hermanos tienen espíritu interesado. El menor reclama la herencia que le corresponde para vivir desenfrenadamente; el mayor echa en cara a su padre que no ha tenido la delicadeza de darle un cabrito para una merendola con sus amigos. El padre tiene dos aprovechados. Son «hijos» interesados, que están en casa pero no son de casa, los que hacen consistir el culto religioso en un intercambio de votos, cumplimientos, rezos, ritos y obsequios humanos a cambio de favores divinos. Estos huéspedes en la casa de Dios se quejan como el hermano mayor: «Parece que los malos, los descreídos, tienen mejor suerte; les va mejor en la vida que a nosotros, que cumplimos». El verdadero hijo y hermano vive y actúa desde el amor. Y el amor, por definición, es gratuito.

Religiosidad de la generosidad. No es de casa, aunque esté en casa, el que se rige en ella por una especie de reglamento laboral. Es la espiritualidad farisaica del hijo mayor: «Jamás he desobedecido una orden tuya», le dice al padre como quien exhibe una factura. «Dame la herencia que me corresponde», exige el hijo menor. ¿A qué estoy obligado?, pregunta el cristiano mediocre. Eso no es un hogar. Eso es una empresa. La religiosidad cristiana es de amor y de generosidad. En un hogar no se pregunta: ¿Qué tengo obligación de hacer por ti?, sino ¿qué puedo hacer por ti?

Apetito y alegría. Uno vive la situación de pródigo si está desnutrido. Y uno puede estar desnutrido por dos motivos bien diferentes: a) Porque no tiene qué comer; es el caso del pródigo; no le daban ni las algarrobas que echaban a los cerdos; b) porque no tiene apetito, sufre anorexia y no quiere comer. La causa de nuestra flaqueza sería esta última, porque la verdad es que en la mesa de la casa no nos falta nada. El

efecto para el que no come porque no tiene y para el que no come porque no quiere es el mismo: la anemia, la desnutrición, la falta de vigor.

 

«ENTRANDO DENTRO DE SÍ»

La parábola del hijo pródigo o, mejor, del padre misericordioso, nos da a entender que el padre salía todas las tardes a otear los caminos para ver si el hijo llegaba; no explícita otro aspecto de su preocupación. Lucas expresa este aspecto del amor solícito de Dios en otras parábolas como la del «buen pastor» o de la «dracma perdida», en las que tanto el pastor como el ama de casa se desviven por encontrar lo que tanto aman. Las llamadas de Dios son múltiples y resuenan ininterrumpidamente; todo depende de nuestra atención y de nuestro silencio para poder escucharlas.

«Entrando dentro de sí mismo…», dice Lucas. Para entrar dentro de casa, primero hay que entrar dentro de sí, como el pródigo. Es preciso entrar dentro de uno mismo, pararse a pensar, revisarse, para reconocer la propia miseria. Se ha dicho: «La gran desgracia del hombre moderno es que no sabe detenerse, está fuera de sí». La salvación del hijo pródigo empezó cuando se vio solo frente a sí mismo, y esto le ayudó a entrar dentro de sí, a encontrarse y verse hecho una ruina. Entrar dentro de sí supone confrontar la propia vida con el proyecto de Dios, ponerse en parangón con los grandes creyentes, comparar, quizás, nuestras huecas carcajadas con su sonrisa profunda, tomar conciencia de los íntimos gemidos de angustia acallados por el bullicio de la juerga. Para entrar dentro de uno mismo es preciso reservar en la vida un espacio suficiente de tiempo para la oración, para un retiro, para poder reflexionar y contemplar con calma la Palabra de Dios.

Jesús revela a un Padre Dios que es de verdad desconcertante. Primeramente refiere que sale a nuestros caminos para vernos regresar. No puede ser feliz viendo a sus hijos arruinados e infelices. Cuando, caminando presurosamente, se encuentra con el hijo, que pretende pedirle mil perdones, no le pide explicaciones, simplemente le abraza y riega su cuello con sus lágrimas y da orden inmediata de que se prepare el mejor banquete de la casa. No cabe en sí; está loco de contento.

Completando este pensamiento afirma Jesús: «En el cielo se hace fiesta por un pecador que se convierte». Se trata de un gran acontecimiento no sólo para el convertido sino para toda la familia de Dios peregrinante y gloriosa. Se trata de una resurrección: «tu hermano estaba muerto y ha resucitado».

Atilano Alaiz