Jos 5, 9a. 10-12 (1ª lectura – Domingo IV Cuaresma)

El libro de Josué narra la entrada y la instalación del Pueblo de Dios en la Tierra Prometida. Recurriendo al género épico (relatos muy expresivos, exagerados, maravillosos) y presentando idealmente la conquista de la Tierra como un paseo triunfal del Pueblo, con Dios al frente, los autores deuteronomistas van a subrayar la acción maravillosa de Yahvé que, a través de su poder, cumple las promesas hechas a los antepasados y la entrega de la Tierra Prometida a su Pueblo.

No es un libro muy preciso desde el punto de vista histórico; pero es una extraordinaria catequesis sobre el amor de Dios a su Pueblo.

En el texto que la liturgia de hoy nos propone, los israelitas, llegados del desierto, acaban de atravesar el río Jordán. Están en Guilgal, un lugar que todavía no ha sido localizado pero que debía situarse en la orilla del Jordán, al nordeste de Jericó.

Se acerca la celebración de la primera Pascua en la Tierra Prometida y sólo los circuncidados pueden celebrarla (cf. Ex 12,44.48); por eso Josué hace pasar al Pueblo por el rito de la circuncisión, signo de la alianza de Dios con Abrahán y, por tanto, signo de la pertenencia al Pueblo elegido de Yahvé (cf. Gn 17,10-11). Este es el contexto que subyace en las palabras de Dios a Josué referidas en la primera lectura.

El rito de la circuncisión, destinado a todos “los que nacieran en el desierto, durante el viaje, después del éxodo” (Jos 5,5) terminó y todos forman, ahora, parte del Pueblo de Dios. Es un Pueblo renovado, que de esa forma reafirmó su ligazón al Dios de la alianza.

El rito llevado a cabo por Josué nos hace pensar en una especie de “conversión” colectiva, que pone punto y final al “oprobio de Egipto” y marca un “tiempo nuevo” para el Pueblo de Dios.

La cuestión centrál de este texto gira en torno a la vida nueva que comienza para el Pueblo de Dios.

La Pascua, celebrada en esa tierra libre, marca el inicio de esa nueva etapa. Israel es ahora un Pueblo nuevo, el Pueblo elegido, comprometido con Yahvé, definitivamente libre de la esclavitud, que inicia una nueva vida en esa Tierra de Dios que “mana leche y miel”.

Reflexionad a partir de las siguientes cuestiones:

Estamos invitados, en este tiempo de Cuaresma, a una experiencia semejante a la que realizó el Pueblo de Dios y de la que habla la primera lectura: es necesario acabar con la etapa de la esclavitud y del desierto, para poder pasar, definitivamente, a una vida nueva, la vida de la libertad y de la paz.

¿Esto es la circuncisión? La circuncisión física es un rito externo, que nada significa… Lo que necesitamos es aquello a lo que los profetas llamaban la “circuncisión del corazón” (Dt 10,16; Jr 4,4; cf. Jr 9,25): se trata de la adhesión plena de la persona a Dios y a sus propuestas; se trata de una verdadera transformación interior que se llama “conversión”.

¿Qué tengo que “cortar” en mi vida o en la vida de mi comunidad cristiana (o religiosa) para que comience esa nueva era?
¿Qué es lo que todavía nos impide celebrar un verdadero compromiso con nuestro Dios?

A partir de esa “circuncisión del corazón”, podremos celebrar con verdad la vida nueva, la resurrección.
La celebración de la Pascua será, de esa forma, el anuncio y la preparación de la Pascua definitiva (la Pascua escatológica), que nos traerá la vida plena.