Lc 15, 1-3. 11-32 (Evangelio Domingo IV Cuaresma)

Continuamos en el “camino de Jerusalén”, ese camino espiritual que Jesús recorre con los discípulos, preparándonos para ser testigos del Reino ante de todos los hombres.

Todo el capítulo 15 está dedicado a la enseñanza sobre la misericordia: en tres parábolas, Lucas presenta una catequesis sobre la bondad y el amor de un Dios que quiere dar la mano a todos aquellos a los que la teología oficial excluía y marginaba.

El punto de partida es la murmuración de los fariseos y de los escribas que, ante la muchedumbre de publicanos y pecadores que escuchan a Jesús, comentam: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos”. Acoger a los publicanos y pecadores es algo escandalosos, en la perspectiva de los fariseos; comer con ellos, establecer lazos de familiaridad y de hermandad con ellos alrededor de la mesa, era algo inaudito. La conclusión de los fariseos era obvia: Jesús no puede venir de Dios pues, en la perspectiva de la doctrina tradicional, los pecadores no podían aproximarse a Dios.

Es en este contexto donde Jesús presenta la “parábola del hijo pródigo”, una parábola que es exclusiva de Lucas (ni Marcos, ni Mateo, ni Juan la mencionan).

La parábola nos presenta a tres personajes de referencia: el padre, el hijo más joven y el hijo más mayor. Detengámonos un poco en estas figuras.

El personaje central es el padre. Se trata de un figura excepcional, que conjuga el respeto por las decisiones y por la libertad de los hijos, con un amor gratuito y sin limitación. Ese amor se manifieta en la emoción con la que abraza al hijo que vuelve, aun sin saber si ese hijo ha cambiado su actitud orgullosa y autosuficiente en relación con el padre y con la casa.

Se trata de un amor que permanece inalterable a pesar de la rebeldía del hijo; se trata de un padre que continúa amando, a pesar de la ausencia y de la infidelidad del hijo.

La consecuencia del amor del padre se muestra en el “anillo” que es símbolo de autoridad (cf. Gn 41,42; Est 3,10; 8,2) y en las “sandalias”, que son el calzado del hombre libre.

Después, vine el hijo pequeño. Es un hijo ingrato, insolente y obstinado, que exige del padre mucho más de lo que tiene derecho (la ley judía preveía que el hijo más joven recibiese únicamente un tercio de la fortuna del padre, cf. Dt 21,15-17; pero, aunque la división de las propiedades pudiese hacerse en vida del padre, los hijos no accedían a esa posesión sino después de la muerte de este, cf. Sir 33,10-14). Además de eso, abandona la casa y el amor del padre y disipa los bienes que el padre pone a su disposición.

Es una imagen de egoísmo, de orgullo de autosuficiencia, de frivolidad, de total irresponsabilidad. Acaba, sin embargo, percibiendo el vacío, el sin sentido, la desesperación de esa vida de egoísmo y de autosuficiencia y teniendo el corage de volver al encuentro del amor del padre.

Finalmente, tenemos al hijo mayor. Es el hijo que siempre hace lo que el padre manda, que cumple todas las reglas y que nunca ha pensado en dejar ese espacio cómodo y acogedor que es la casa del padre. Sin embargo, su lógica es la lógica de la “justicia” y no la lógica de la “misericordia”.

Él cree que tiene derechos superiores a los del hermano y no comprende ni acepta que el padre quiera ejercer su derecho a la misericordia y a acoger, feliz, al hijo rebelde.

Es la imagen de esos fariseos y escribas que interpelan a Jesús: porque cumplían al pie de la letra las exigencias de la Ley, despreciaban a los pecadores y pensaban que esa debía ser también la forma de pensar de Dios.

La “parábola de padre bondadoso y misericordioso” quiere mostrarnos el corazón y la forma de actuar de Dios.

Dios es el Padre bondadoso, que respeta absolutamente la libertad y las decisiones de sus hijos, aunque utilicen esa libertad para buscar la felicidad por caminos equivocados, y, suceda lo que suceda, continúa amando y esperando ansiosamente el regreso de los hijos rebeldes.

Cuando los recupera, los acoge con amor y los reintegra en su familia. Esa es la alegría de Dios. Ese es el Dios del amor, de la bondad, de la misericordia, que se alegra cuando el hijo regresa y que nosotros, a veces hijos rebeldes, tenemos la certeza de encontrar cuando regresamos.

La parábola pretende ser también una invitación a dejarnos arrastrar por esta dinámica de amor en el juicio que hacemos de nuestros hermanos. Más que por la “justicia”, debemos dejarnos guiar por la misericordia, a ejemplo de Dios.

Tened en cuenta los siguientes elementos en vuestra reflexión:

La primera llamada de atención viene del amor del Padre: un amor que respeta absolutamente las decisiones, incluso absurdas, de ese hijo que abandona la casa peterna; un amor que está siempre allí, fiel e inquebrantable, peraparado para abrazar al hijo que vuelve.

Incluso antes de que el hijo hable y muestre su arrepentimiento, el Padre le manifiesta su amor; es un amor que precede a la conversión y que se manifiesta antes de la conversión. Es un Dios que nos ama de esta forma con la que somos invitados a confiar en este tiempo de “conversión”.

Esta parábola nos alerta también sobre el sinsentido y la frustración de una vida vivida lejos del amor del “Padre”, en el egoísmo, en el materialismo, en la autosuficiencia.
Nos invita a reconocer que no es en los bienes de este mundo, sino que es en la comunión con el “Padre” donde encontraremos la felicidad, la serenidad y la paz.

Esta parábola nos invita, finalmente, a no dejarnos dominar por la lógica de lo que es “justo” a los ojos del mundo, sino por la “justicia de Dios”, que es misericordia, comprensión, tolerancia, amor.
¿Con qué criterios juzgamos a nuestros hermanos: con los criterios de la justicia del mundo, o con los criterios de la misericordia de Dios?

¿Nuestra comunidad es, verdaderamente, el espacio donde se manifiesta la misericordia de Dios?