Vísperas – Martes III de Cuaresma

VÍSPERAS

MARTES III CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. 

HIMNO

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!…).
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo. Amén.

SALMO 124: EL SEÑOR VELA POR SU PUEBLO

Ant. El Señor rodea a su pueblo.

Los que confían en el Señor son como el monte Sión:
no tiembla, está asentado para siempre.

Jerusalén está rodeada de montañas,
y el Señor rodea a su pueblo
ahora y por siempre.

No pesará el cetro de los malvados
sobre el lote de los justos,
no sea que los justos extiendan
su mano a la maldad.

Señor, concede bienes a los buenos,
a los sinceros de corazón;
y a los que se desvían por sendas tortuosas,
que los rechace el Señor con los malhechores.
¡Paz a Israel!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor rodea a su pueblo.

SALMO 130: ABANDONO CONFIADO EN LOS BRAZOS DE DIOS

Ant. Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Has hecho de nosotros, Señor, un reino de sacerdotes para nuestro Dios.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Has hecho de nosotros, Señor, un reino de sacerdotes para nuestro Dios.

LECTURA: St 2, 14. 17. 18b

Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres; estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración.

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

PRECES

A Cristo, el Señor, que nos mandó velar y orar a fin de no sucumbir en la tentación, digámosle confiadamente:

Oh Señor, escucha y ten piedad.

  • Señor, tú que prometiste estar presente cuando tus discípulos se reúnen en tu nombre parar orar,
    — haz que oremos siempre unidos a ti en el Espíritu santo, a fin de que tu reino llegue a todos los hombres.
  • Purifica de todo pecado a la Iglesia penitente
    — y haz que viva siempre en la esperanza y el gozo del Espíritu Santo.
  • Amigo del hombre, haz que estemos siempre atentos, como tú nos mandaste, al bien del prójimo,
    — para que la luz de tu amor brilla a través de nosotros ante todos los hombres.
  • Rey pacífico, concede que tu paz reine en el mundo
    — y que nosotros trabajemos sin cesar para conseguirla.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Tú que has muerto para que nosotros tengamos vida,
    — da la vida eterna a los que han muerto.

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común de todos:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, que tu gracia no nos abandone, para que, entregados plenamente a tu servicio, sintamos sobre nosotros tu protección continua. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 26 de marzo

Tiempo de Cuaresma 

1) Oración inicial

Señor, que tu gracia no nos abandone, para que, entregados plenamente a tu servicio, sintamos sobre nosotros tu protección continua. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 18,21-35
Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»
«Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.’ Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó ir y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes.’ Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.’ Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’ Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.» 

3) Reflexión

• El Evangelio de hoy habla de la necesidad del perdón. No es fácil perdonar. Pues ciertas heridas siguen machucando el corazón. Hay personas que dicen: “Yo perdono pero no olvido” Rencor, tensiones, discusiones, opiniones diferentes, ofensas, provocaciones dificultan el perdón y la reconciliación. Vamos a meditar las palabras de Jesús que hablan de reconciliación (Mt 18,21-22) y que nos traen la parábola del perdón sin límites (Mt 18,23-35).
• Mateo 18,21-22: ¡Perdonar setenta veces siete! Jesús había hablado de la importancia del perdón y sobre la necesidad de saber acoger a los hermanos y a las hermanas para ayudarlos a reconciliarse con la comunidad (Mt 18,15-20). Ante estas palabras de Jesús, Pedro pregunta: “¿Cuántas veces tengo que perdonar a los hermanos que pecan contra mí? ¿Hasta setenta veces siete? ” El número siete indica una perfección. En este caso, era sinónimo de siempre. Jesús va más lejos de la propuesta de Pedro. Elimina todo y cualquier límite posible para el perdón: «No te digo siete, sino setenta veces siete.” O sea, ¡setenta veces siempre! Pues no hay proporción entre el perdón que recibimos de Dios y el perdón que debemos ofrecer a los hermanos, como nos enseña la parábola del perdón sin límites.
• La expresión setenta veces siete era una alusión a las palabras de Lamec que decía: “Y dijo Lamec a sus mujeres: Que un varón mataré por mi herida, y un joven por mi golpe. Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad setenta veces siete lo será”. (Gen 4,23-24). Jesús quiere invertir el espiral de violencia que entró en el mundo por la desobediencia de Adán y Eva, por el asesinato de Abel y Caín y por la venganza de Lamec. Cuando la violencia desenfrenada se apodera de la vida, todo se deshace y la vida se desintegra. Surge el Diluvio y aparece la Torre de Babel de la dominación universal (Gen 2,1 a 11,32).
• Mateo18, 23-35: La parábola del perdón sin límite. La deuda de diez mil talentos valía alrededor de 164 toneladas de oro. La deuda de cien denarios valía 30 gramos de oro. No existe medio de comparación entre los dos. Aunque el deudor con mujer e hijos fuesen a trabajar la vida entera, jamás serían capaces de juntar 164 toneladas de oro. Ante el amor de Dios que perdona gratuitamente nuestra deuda de 164 toneladas de oro, es nada más que justo el que nosotros perdonemos al hermano una deuda insignificante de 30 gramos de oro, ¡setenta veces siempre! ¡El único límite a la gratuidad del perdón de Dios es nuestra incapacidad de perdonar al hermano! (Mt 18,34; 6,15).
• La comunidad como espacio alternativo de solidaridad y de fraternidad. La sociedad del Imperio Romano era dura y sin corazón, sin espacio para los pequeños. Estos buscaban un abrigo para el corazón y no lo encontraban. Las sinagogas también eran exigentes y no ofrecían un lugar para ellos. Y en las comunidades cristianas el rigor de algunos en la observancia de la Ley llevaba dentro de la convivencia los mismos criterios de la sinagoga. Además de esto, hacia finales del siglo primero, en las comunidades cristianas comenzaban a aparecer las mismas divisiones que existían en la sociedad entre rico y pobre (Sant 2,1-9). En vez de ser la comunidad un espacio de acogida, corría el riesgo de volverse un lugar de condena y de conflictos. Mateo quiere iluminar las comunidades, para que sean un espacio alternativo de solidariedad y de fraternidad. Deben ser una Buena Nueva para los pobres. 

4) Para la reflexión personal

• ¿Por qué es tan difícil perdonar?
• En nuestra comunidad, ¿existe un espacio para la reconciliación? ¿De qué manera? 

5) Oración final

Muéstrame tus caminos, Yahvé,
enséñame tus sendas.
Guíame fielmente, enséñame,
pues tú eres el Dios que me salva.
En ti espero todo el día,
por tu bondad, Yahvé. (Sal 25,4-6)

El ángel

Título original: El ángel
Intérpretes: Lorenzo Ferro, Chino Darín, Daniel Fanego, Mercedes Morán, Cecilia Roth.
Género: drama criminal.
Director: Luis Ortega
Producción: Argentina-España, 2018

Carlos Robledo Puche es el delincuente común más famoso de Argentina. Lleva cuarenta y cinco años en la cárcel en la que ingresó, cuando tenía veinte años, como culpable de más de cuarenta robos, once asesinatos, varias violaciones y abusos sexuales. Su apariencia de querubín (rostro aniña- do, rizos rubios, ojos azules…) le valió el apodo deángel de la muerte.

Luis Ortega ha reconstruido su carrera crimi- nal presentándolo como una encarnación misma del mal, como una persona patológicamente per- turbada que ni sufre ni se conmueve por nada ni por nadie. Más aún, no experimenta, al parecer, ningún sentimiento de culpa. Hijo único de una familia modesta, sus padres se creen las mentiras que les cuenta. Asociado con su amigo Ramón y dirigidos por el padre de éste (un maleante habi- tual), ambos se meten en crímenes cada vez más sangrientos y brutales.

Cabe preguntarse si realmente este chico es un amoral innato, un “caso raro”, o realmente el resultado de una mala educación recibida, agra- vada tal vez por una tara congénita. La película no se decanta por ninguna de estas hipótesis ni tampoco es complaciente en la mostración de los crímenes de la pareja. Al estilo del cine conduc- tista, se limita a presentar los hechos en bruto sin tomar partido alguno. Si algo podemos achacar al director es precisamente que trate de mantenerse equidistante en un asunto en el que no tomar par- tido es ya tomarlo. Carlitos no es ni un monstruo ni un psicótico. Entonces, ¿qué es? ¿La encarna- ción del mal? ¿Un poseso?

Comentario del 26 de marzo

El perdón es nuclear en el mensaje de Jesús. La reconciliación no se concibe sin el perdón. Jesús se había referido al perdón en las parábolas de la misericordia y lo había concedido a ciertas personas aquejadas de enfermedades o necesitadas de una palabra liberadora que les permitiese experimentar la salvación, como la mujer sorprendida en adulterio y sometida al angustioso trance de ser apedreada. Los apóstoles sabían que había que perdonar la ofensa del hermano, pero ¿hasta cuándo?, ¿hasta dónde? ¿Acaso el perdón exigido era ilimitado?

Así se expresa el apóstol Pedro a propósito de este perdón: Si mi hermano me ofende –le pregunta a Jesús-, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Pedro considera que el perdón otorgado al ofensor tiene que tener un límite; de lo contrario podría favorecerse el incremento de las ofensas o el padecimiento del ofendido. Entiende que siete veces es un número razonable en la concesión del perdón al hermano reincidente. Pero la respuesta de Jesús no se atiene a esos límites racionales en los que Pedro quiere encerrar el perdón solicitado por el ofensor: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. «Setenta veces siete» no es un numerus clausus, aunque más abultado; es un circunloquio para significar «siempre». Uno tiene que estar dispuesto a perdonar a su hermano siempre. El amor –dirá san Pablo- disculpa sin límites.

Y para explicar el concepto, Jesús les propone una parábola. El Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Uno le debía diez mil talentos: una verdadera fortuna. Como no disponía de este dinero para saldar la deuda con su acreedor –Jesús plantea el tema en términos de deuda, no de ofensa-, el rey manda que lo vendan a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones. La medida resulta drástica, pero al parecer aplicable en una sociedad donde los acreedores poderosos podían exigir tales compensaciones.

Ante un futuro tan incierto, el empleado suplica compasión a su señor: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. Y el señor se deja mover por la súplica y le concede el perdón solicitado, dejándole marchar sin exigirle la devolución del dinero adeudado. Con la condonación de la deuda, ésta desaparece. Ya está libre de gravámenes. Ya no está en deuda con nadie. Pero la historia no acaba aquí. Resulta que aquel empleado tenía un compañero que le debía una pequeña cantidad de dinero, apenas cien denarios. Pues bien, se lo encuentra y le agarra hasta casi estrangularlo, exigiéndole la devolución de la deuda: Págame lo que me debes –le decía-. El otro le rogaba, imitando a su acreedor airado, que tuviera paciencia con él, ya que estaba dispuesto a pagarle lo debido. Pero el liberado poco tiempo antes de una enorme deuda no tuvo paciencia ni compasión de aquel compañero que le debía una pequeña cantidad. Y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

La noticia provoca consternación en los demás empleados que acuden a su señor a contarle lo sucedido. Y cuando éste se entera, manda llamar de nuevo al empleado de la deuda condonada y, tras otorgarle el calificativo de malvado, le dice con indignación: Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? La justicia conmutativa parece reclamar este comportamiento. Si han tenido compasión de ti, lo suyo es que tú tengas compasión del que te la pide. Si te han perdonado una deuda, tras haber solicitado un aplazamiento para pagarla, perdona tú también al que te solicita ese mismo margen para una deuda inferior. Esto es lo que se espera en justicia de aquel que ha recibido ese trato de favor. Pero, dado que aquel empleado no actuó según este criterio de equidad, fue finalmente entregado a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. El señor revocó, pues, el indulto, obligándole a pagar la deuda contraída.

La conclusión viene dictada por el mismo desenlace de la parábola: Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano. Se trata de un Padre que nos ha perdonado y nos sigue perdonando ofensas, deudas, desprecios, ingratitudes, negligencias, traiciones, infidelidades; un Padre con el que hemos contraído una enorme deuda a consecuencia de nuestros pecados acumulados, una deuda saldada con un acto de amor infinito, que es la entrega de su propio Hijo a la muerte por nosotros –así se expresa san Pablo aludiendo a la muerte redentora de Cristo y a su sangre derramada-. ¿Qué puede esperar de nosotros ese Padre, que no ha perdonado a su propio Hijo, sino que lo ha entregado a la muerte por nosotros, sino que extendamos el perdón recibido a nuestros hermanos?

Por eso, Jesús nos invita a pedir en el «Padre nuestro»: perdónanos nuestras ofensas (o deudas), como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Hay una correspondencia tal entre el perdón recibido (de Dios) y el perdón donado (a los hermanos), que no son separables, como si Dios supeditase aquél a éste. Y el perdón exigido es, además, un perdón de corazón. Dios nos perdona de corazón y espera que nosotros también lo hagamos. Al parecer no basta con querer perdonar (acto volitivo); es preciso perdonar en acto y de corazón. Para ello hay que hacer desaparecer el rencor o el resentimiento que lo invade. Quizá no podamos restañar la herida provocada por la ofensa. En este caso habrá que tener paciencia y dejar pasar el tiempo, que todo lo cicatriza. Pero el perdón, para que sea real, tiene que ser de corazón. De no ser así, estará siempre falto de algo. Y si carecemos de fuerzas para perdonar de este modo, habrá que acudir a la fuente de la gracia para adquirir el impulso necesario.

Sólo así, perdonando de corazón podrá tornar la paz a ese corazón herido o torturado por la ofensa o la agresión sufridas. Sucede que el perdón de Dios resulta improductivo si no logra transformar nuestro corazón, es decir, si no le confiere la capacidad de perdonar al hermano. Por eso, el perdón de Dios no se hace realidad factual en nuestras vidas hasta que no provoca en nosotros ese saludable efecto de tener que perdonar a nuestros ofensores o deudores. La ofensa tiene siempre una connotación más hiriente que la deuda, a no ser que entendamos la ofensa como una deuda (afectiva) contraída con el ofendido. En cualquier caso, ambas deben ser perdonadas si el deudor u ofensor suplican el perdón porque no tienen con qué pagar o con qué reparar el daño. Dios puede esperar esto de nosotros, porque Él nos ha perdonado primero.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Veritatis gaudium – Francisco I

Artículo 49. § 1. Para ser admitido al doctorado se requiere haber conseguido previamente la licenciatura.

§ 2. Para conseguir el doctorado se requiere además una disertación doctoral que contribuya efectivamente al progreso de la ciencia, que haya sido elaborada bajo la guía de un profesor, discutida públicamente, aprobada colegialmente y publicada al menos en su parte principal.

Recursos – Domingo IV de Cuaresma

PRESENTACIÓN DE UN CORAZÓN

(Esta ofrenda debiera haber sido preparada previamente por alguno de los grupos de catequesis de la comunidad. Consistiría en la elaboración de un gran corazón de cartulina, en el que se han pegado multitud de rostros humanos de todo tipo, raza y condición. Lo puede llevar todo el grupo, aunque uno/a solo/a es quien hace la ofrenda)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, nosotros y nosotras nos hemos reunido y elaborado este gran corazón, repleto de rostros humanos, rostros a los que Tú amas porque son tus hijos e hijas. Hoy te lo queremos ofrecer como signo de nuestra apertura al amor universal de todas las personas. Que no se nos escape ninguno/a, por muy lejos que se encuentre de nosotros y de nosotras, tanto en la distancia como ideológica y culturalmente. Comprometemos en esta ofrenda nuestra capacidad de tolerancia y optamos por actitudes de misericordia, como Tú mismo lo haces. Y te pedimos nos des fuerzas para amar a todos y a todas, incluso a los/as poco amables.

PRESENTACIÓN DE UN MEDICAMENTO

(Con el envoltorio sería suficiente, para tener el valor de símbolo. Y lo puede presentar alguien relacionado con la sanidad)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Mira, Señor, yo te traigo un medicamento, porque pensamos que es un buen signo de la misericordia, que tú mismo tienes para con nosotros y nosotras y que podemos tener en nuestra vida de cada día. Queremos ser eso: medicina para los otros y las otras. Bálsamo y aceite que curen las heridas de los/as demás. Mera capacidad de escucha, que alivie y aligere los problemas de los otros y de las otras. Y lo queremos hacer a imagen de tu Hijo Jesucristo, tal como Él lo hizo antes y lo hace ahora con nosotros y con nosotras.

PRESENTACIÓN DE UN PARAGUAS

(Hace la ofrenda una persona adulta de la comunidad

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, yo te traigo hoy este paraguas. Es y ha sido muchas veces, en mi vida y en la de muchos y muchas de nosotros y de nosotras, el símbolo de nuestras actitudes evasivas ante los compromisos y las exigencias que Tú nos has transmitido a través de tu Palabra. Muchas veces, o hemos mirado hacia otro lado o hacia otras personas. Hoy, con esta ofrenda, te queremos pedir que nos cambies el corazón y nos lo hagas receptivo a tu palabra y a sus exigencias, de manera que seamos SIGNOS vivos de tu mismo perdón y de tu misericordia.

PRESENTACIÓN DE LA LUZ

(Sería interesante que lo pudiera ofrecer algún miembro de la Pastoral de los Bautismos)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, en nombre de cuantos y de cuantas estamos reunidos/as, yo te ofrezco hoy esta luz, que la queremos unir a las que lucen sobre la mesa del altar. Ella es el símbolo del efecto del bautismo en nosotros y en nostras y de nuestro compromiso. La ha prendido tu Hijo Resucitado, que es quien ilumina nuestro corazón, y quiere que nosotros y nosotras, con nuestras palabras y nuestra vida, seamos luz que alumbra las tinieblas del mundo. No permitas nunca, Señor, que seamos opacos para los y las demás.

UN MATRIMONIO PRESENTA A SU HIJO/A PEQUEÑO/A

(Marido y mujer se levantan con su hijo pequeño o hija pequeña y se acercan hasta el presbiterio para hacer la ofrenda. Intervienen los dos, uno después de otro. Concluidas sus intervenciones, permanecen con el niño o la niña en el mismo presbiterio durante el resto de la celebración. Dicen:)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN:

MARIDO: Señor, aquí nos tienes con este nuestro(a) hijo(a), regalo tuyo y fruto de nuestro amor. Te lo queremos ofrecer en respuesta a tu misericordia. Tuyo(a) es y traza sobre él (ella) el plan de salvación.

MUJER: Te queremos ofrecer también nuestros deseos de proseguir y mantener el amor que nos hizo engendrarle, mediante nuestros cuidados y la educación. Educación, que pensamos, no sólo en orden a darle la oportunidad de que llegue a ser adulto(a), sino también que logre ser una persona en plenitud.

LA PAREJA: Sin embargo, Señor, somos conscientes de las muchas dificultades que engendra esta tarea y, principalmente, aquellas que nos vienen de un ambiente y una sociedad interesada en personas débiles y fácilmente manipulables. Por eso, Señor, danos tu gracia para poderlo realizar.

Oración de los fieles – Domingo IV de Cuaresma

Hoy hemos repetido en el Salmo que el Señor es compasivo y misericordioso. A esa misericordia apelamos para que nos ayude en nuestra lucha cuaresmal por seguir el camino trazado por Cristo. Hoy repetimos.

ACOMPÁÑANOS, SEÑOR, CON TU MISERICORDIA.

1. – Por la Iglesia, para que, siendo conscientes de nuestras faltas y pecados, nos convirtamos al Señor, siguiendo con fidelidad la voluntad del Padre. OREMOS

2. – Por todos los hombres del mundo que han emprendido el camino cuaresmal, para que el Señor les conceda perseverancia y ánimo para llegar hasta el final. OREMOS

3. – Por los enfermos, los pobres, los necesitados para que, Cristo se haga presente en su cruz y les lleve el alivio de la Resurrección. OREMOS

4. – Por todos aquellos que predican el Evangelio, para que el Señor les reconforte en las horas difíciles de su misión y sean constantes en su labor. OREMOS

5. – Por los matrimonios cristianos, para que el fragor del día a día no suponga un desgaste, sino más bien, les sirva para compartir el amor que les une aún con más fuerza. OREMOS

6. – Por todos los que seguimos en este camino cuaresmal hacia la Pascua de Cristo, para que seamos constantes en nuestro esfuerzo de conversión. OREMOS

Padre, en el desierto se hace duro el caminar, concede a tu pueblo aquello que necesita para continuar su paso tras las huellas de tu Hijo. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.

Amén


Señor, en tus manos ponemos nuestras necesidades y las de todos los hombres y mujeres de la Tierra. Y respondemos:

CONFIAMOS EN TU PODER Y TU MISERICORDIA

1.- Te pedimos, Padre, por el Papa Francisco, por toda la Iglesia, para que, en esta cuaresma aumenten las conversiones de sus miembros y así llegue a la Pascua, renovada y resucitada. OREMOS

2. – Por todos los hombres y mujeres; para que sepamos ser agradecidos a tantos dones como recibimos cada día del Señor. OREMOS

3. – Para que cada uno, en el puesto que tenga asignado, se preocupe de ser luz para los hermanos con su testimonio y su vida. OREMOS

4. – Por las familias; para que sepan ayudarse unos a otros, y sean agradecidos con los desvelos que cada uno tiene para los demás. OREMOS

5. – Por los que rigen las naciones; para que no miren el bien de unos pocos, sino que busquen el bien de todos, consiguiendo así una paz duradera. OREMOS

6. – Por los que estamos aquí reunidos; para que el Señor no tenga que lamentarse de la confianza que en nosotros ha depositado. OREMOS

Escucha Señor, estas súplicas que te hacemos, y concédenos la gracia de responder lo mejor que podamos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén

Comentario al evangelio – 26 de marzo

En toda comunidad cristiana debe reinar la paz. Y si esta paz desaparece, hay que buscar la forma de recuperarla a través del perdón. Y si un miembro de la comunidad se niega a perdonar a otro y mantiene a la comunidad dividida, los responsables tienen que intervenir. Pues  estando enfrentados entre nosotros, con el corazón lleno de amargura,  no podemos acercarnos de verdad a nuestro Padre Dios. Si no somos capaces de perdonar al que nos ha ofendido, entonces tampoco seremos capaces de rezar el Padrenuestro y decir “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quien nos ha ofendido”.

Quien ha experimentado la misericordia de Dios no puede andar calculando las fronteras del perdón y la acogida al hermano. Como aquel que decía: “Te perdono, sí, pero sólo por hoy”. Aunque también este gesto tiene su valor, porque ya es un primer paso en la dirección correcta.

En su visita a Ginebra, Suiza, el año pasado el Papa tomó tres palabras como tema de su enseñanza: Padre, paz, perdón. Dijo el Papa: “Es difícil perdonar, siempre llevamos dentro un poco de amargura, de resentimiento, y cuando alguien que ya habíamos perdonado nos provoca, el rencor vuelve con intereses. Pero el Señor espera nuestro perdón como un regalo”.

Cuántas veces durante el Año Santo de la Misericordia recordó el Santo Padre que Dios siempre perdona y nos facilita el acceso al perdón, basta un pequeño gesto por donde su amor nos pueda conectar. Como aquel humilde campesino que decía: “Sí, yo sé que como cristiano tengo que perdonar, pero no puedo. Es superior a mis fuerzas y no me lo van a aceptar en mi familia”. Con estas palabras él se reconocía humanamente muy frágil, pero deseoso de cumplir la palabra de Jesús. Había comenzado a caminar por el camino correcto  siguiendo la enseñanza de Jesús nuestro Maestro y el milagro del perdón seguro que llegó en su momento.

Acabamos de leer en el salmo: “Señor, enséñame tus caminos,  instrúyeme en tus sendas:

haz que camine con lealtad;  enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador”. Sólo con la bendición y fuerza que nos da nuestra fe y confianza en Dios podremos tener compasión de nuestro hermano que nos ha ofendido y ofrecerle nuestro perdón por amor a Jesús, que por nosotros ha muerto en la cruz perdonando a sus asesinos.

Carlos Latorre, cmf