¡Hasta dónde llega tu amor, Dios nuestro!

Tú, Padre de todos nosotros, sales a nuestro encuentro,
aunque te hayamos fallado, nos recibes de nuevo una y mil veces,
nos esperas con los brazos abiertos
y nos entregas el anillo de tu confianza.

Nosotros, en cambio,
nos ponemos furiosos, cuando a otros nos parece que les tratas mejor,
nos quejamos de nuestra suerte y sentimos envidia
de otros hermanos, juzgando tu comportamiento amoroso e incondicional.

Y es que Tú, Padre, tienes un corazón blando, al que nada le hiere,
más que nuestro desamor, al que sólo le preocupa nuestra felicidad,

y que sólo desea que
nos amemos como hermanos.

Ayúdanos a no volvernos exigentes con nadie,
a pedir perdón por nuestros errores, con humildad,
a aceptar que otros tengan mejor suerte,
a sentir con el otro, a amarle desde el adentro,
a captar lo que vive y a tratarle como le tratas Tú.

Mari Patxi Ayerra