Comentario del 31 de marzo

La parábola del hijo pródigo nos ofrece un cuadro escénico que revela especialmente dos cosas: la miseria humana y la misericordia divina, o mejor, una sola: la misericordia (de Dios) que transforma la miseria (del hombre) en alegría, reconciliación, recuperación, vida.

La parábola es ya realidad palpable en la vida de Jesús, que acoge a los pecadores y come con ellos, algo que escandaliza sobremanera a los fariseos. Jesús ha empezado a hablar del reino de Dios como lugar de reconciliación y de Dios Padre como alguien que prefiere la misericordia al sacrificio; se ha acercado a hombres abatidos por miserias físicas, como la lepra, o espirituales, como el sentimiento de culpa; ante ellos su corazón se ha conmovido y no ha dudado en repartir misericordia a manos llenas, a veces contraviniendo leyes tan sagradas como el Sábado o descuidando tradiciones tan ancestrales como las de los lavados rituales; él mismo se sabe médico de enfermos y pastor de ovejas perdidas. Pero semejante conducta acaba resultando conflictiva, sobre todo para los practicantes y defensores de la ley pura y para los guardianes de las tradiciones de los mayores: sacerdotes, escribas y fariseos.

Quien mejor encarna al Padre de la parábola es el mismo Jesús con su permanente actitud de misericordia hacia enfermos y pecadores. En el hijo pequeño están representados todos los pecadores que, habiéndose alejado de Dios, sienten el deseo imperioso de volver a él, tras haber atravesado sin pretenderlo un desierto de carencias y pérdidas de amargo sabor. Los sacerdotes y fariseos encuentran su réplica en el hermano mayor: exigente, mezquino, legalista, incapaz de compasión.

El hijo menor es el hombre seducido por ese mundo que queda fuera de la casa paterna, atraído tal vez por lo desconocido, que se le presenta también como prohibido; quizá cansado de lo conocido y ordinario, ansioso de lo extraordinario. En suma, un hombre en estado de huida o de alejamiento de la casa que le vio nacer y le había visto crecer, del padre, que parece maniatarle, impedirle la realización de sus proyectos de libertad, empobrecerle, del hermano, al que no quiere, tal vez porque tampoco se siente querido por él, y con el que rivaliza por los bienes que comparten, por la herencia a repartir, por el cariño del mismo padre. El hijo menor, cuando emprende este camino de huida, después de haber juntado todo lo suyo, está huyendo incluso de sí mismo, porque busca la felicidad fuera de sí, en los lugares en que no está, en las cosas que no tiene, en lo otro de la alienación. Y ahí es donde derrocha toda su fortuna, malgastando la herencia recibida en un intento vano de calmar su insatisfacción interior a base de comprar cosas y personas o de experimentar nuevas sensaciones, o de gustar todo tipo de placeres. Pero el intento resulta realmente baldío. A las posesiones les suceden las carencias, a la saciedad el hambre, al placer la amargura, al gusto el hastío, a la sensación de libertad la esclavitud y la humillación (hasta el punto de verse obligado a cuidar cerdos).

Pero la insatisfacción suele ser un principio de gracia, porque despierta el deseo de lo perdido y favorece la búsqueda de su recuperación. Todo movimiento de retorno es ya fruto de la misericordia que atrae en forma de nostalgia, de recuerdo, de arrepentimiento. La insatisfacción lleva a la recapacitación y ésta a la planificación del retorno, si ello es posible y cuando ello es posible. Sólo la conciencia de que la casa paterna sigue en pie y abierta a una posible recepción permite emprender el camino de retorno. El pródigo cree poder ser recibido por su padre como jornalero, no como hijo, porque entiende que ha perdido todos sus derechos filiales; y con este propósito inicia el camino de vuelta. Sin el recuerdo del padre, aquel hijo nunca hubiera emprendido este camino de regreso, pero aún contaba con la esperanza de ser recibido al menos como uno de sus jornaleros.

No obstante, y a diferencia de lo que el pródigo pensaba, el padre lo esperaba de verdad, lo esperaba como padre ansioso por recuperar al hijo de sus entrañas, al hijo extraviado, perdido, más aún, muerto (estaba muerto y ha revivido), pero siempre hijo. Lo espera con ansiedad y lo recibe conmovido, envolviéndole en abrazos y significativas atenciones que le hagan sentirse de nuevo hijo, que le devuelvan la dignidad perdida. Esto explica lo asombroso del recibimiento: la carrera, los abrazos, los besos, los regalos, la fiesta. No hay el más mínimo reproche, recriminación o castigo. El castigo ya lo ha recibido, porque el pecado lleva consigo la penitencia. Todo es alegría, porque la alegría del padre llena la casa. Es la alegría que experimenta el que ha recuperado algo muy apreciado, algo tan entrañable como un hijo dado por perdido o muerto.

La conmoción de las entrañas paternas es la razón última que explica el comportamiento de Dios para con el hombre, pecador, mísero, arruinado, pero hijo. Esta es la gran revelación de la parábola, el mejor evangelio, que Dios es un padre con entrañas paternas, un Dios capaz de conmoverse ante las miserias de sus hijos. Este corazón paternal se impone a cualquier otro raciocinio, normativa o consideración jurídica. En estricta justicia, aquel hijo que había malgastado parte de la herencia que le había sido entregada, a petición suya, por el padre, despreciando sus cuidados y advertencias (porque se supone que las habría) paternales, no merecía ser acogido de nuevo en la casa paterna como lo fue. Recibió, por tanto, una acogida inmerecida. Así es la gracia de Dios, enteramente gratuita, no teniendo otra razón de ser que el amor incondicionado que brota de él.

Así se lo hace saber el padre al hermano mayor cuando éste reacciona desde la ley y la estricta justicia, negándose a participar en la fiesta celebrada con motivo de dicha vuelta. Su corazón de hijo estaba tan lejos del padre como lo había estado el de su hermano. No comparte el sentimiento del padre, no se alegra con la vuelta del hermano, porque no se siente ni hijo de tal padre, ni hermano de tal hermano. Ese hijo suyo hace tiempo que había dejado de ser su hermano.

El hermano mayor manifiesta ser un gran cumplidor: en tantos años que te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya…, pero también muestra tener muy poco amor, tanto al padre a quien obedece sin rechistar, como al hermano, al que no quiere recibir como tal. Así retrata Jesús la actitud de los fariseos para con Dios y para con los pecadores.

Este es el Dios que Cristo nos da a conocer, nuestro Dios. Y estos somos nosotros: unos, alejados de la casa paterna, fascinados por el mundo, conservando tal vez una cierta nostalgia de la fe que se tuvo en la infancia, pero que ya no se tiene; otros, viviendo en la casa paterna (resp. Iglesia), pero más por inercia, por costumbre, tal vez por miedo a la inseguridad o a la falta de protección. Sea cual sea nuestra situación, lo importante es que descubramos o redescubramos el corazón inmenso de este Padre que abraza con infinita ternura al hijo perdido y recuperado y ruega con insistencia, casi suplica, al otro hijo que se sume a la fiesta organizada con ocasión del retorno de su hermano y comparta su alegría. A los dos los tiene en el corazón y a los dos los quiere tener juntos en su propia casa para que disfruten como hijos de todos sus bienes.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística