Domingo IV de Cuaresma

Dios no puede ser poseído, pero sí gustado.

El nos enseña a recibir todo y gozarlo (personas y cosas) como don.

La historia de la fe y de las personas que fundamentan su vida en la fe comienza con una promesa, que les hace salir de su sistema de seguridad, y termina en una tierra que mana leche y miel, en la comunión de amor con Dios y con los hombres.

La lectura de Jos 5 expresa muy bien esta dialéctica. Liberados de Egipto, los israelitas han sido cuidados por Dios en el desierto con el maná, don extraordinario, signo de la fidelidad de Dios. Ahora, los frutos de la tierra son de Dios y del trabajo del hombre. Pero el hombre ha de vivirlos como puro don de Dios, pues nacen de una promesa gratuita y libre. Los israelitas han necesitado el desierto para aprender a recibir el don como don.

La expresión de comunión de Dios y el hombre es la fiesta. Se celebra la fidelidad de Dios y el don de la tierra. En la fiesta se establece la reciprocidad de la Alianza. El hombre recibe de Dios el don; pero no como un niño, a quien se le da todo hecho, sino como responsabilidad y trabajo.

De ahora en adelante, la relación con Dios se realiza en la reciprocidad. Sin embargo, ésta no es un comercio, sino una fiesta; consiste en agradecer, en devolver a Dios lo que de El hemos recibido.

Esta responsabilidad agradecida, en que el amor no es un pago, sino el gozo de la reciprocidad, es el secreto de la adultez de la fe.

Hace falta una historia para llegar aquí. A ello se oponen muchas cosas:

  • Vivir la relación con Dios, con las personas y con las cosas como propiedad, como si tuviésemos derecho… ¡Nos parece tan normal ser queridos por Dios o por los demás! Acumulamos, en vez de compartir con los que no tienen.
  • La ansiedad, que lo quiere todo inmediatamente: la experiencia de Dios y la justicia social.

– Que valoramos y gozamos más con los dones que con Dios, el dador de los dones.

Evangelio: Lc 15. Merece especial atención, porque tiene grandes resonancias en el corazón de todo creyente. En este momento de la Cuaresma, podríamos aprovechar la contemplación de este texto para la Celebración Penitencial.

La historia del hijo pródigo refleja nuestra historia íntima.

Hay una lectura común. El hijo menor es el libertino, egoísta y caprichoso, que abusa del amor del padre. Se entrega al vicio, a los pecados «materialistas».

Hay otra lectura, cultural. El hijo menor refleja al hombre moderno, que necesita romper con la casa paterna, con la ley, para hacerse a sí mismo, autónomo. Para algunos, éste es el peor de los pecados, la soberbia de la libertad. Para otros es una fase, casi siempre necesaria, para reestructurar la relación con el Padre.

En cualquier caso, la sabiduría de Jesús alcanza el núcleo de la cuestión: La persona humana viene del Padre y al Padre ha de volver.

Más: Sólo vuelve cuando, previamente, sabe, en lo íntimo de su corazón, que el amor primero permanece fiel e incondicional.

Esa es la diferencia entre el hijo pequeño y el mayor. Este no se ha alejado; pero no por amor, sino porque su relación con el Padre es de miedo que necesita comprar el amor.

Una vez más, Jesús no ha tenido miedo en escandalizar a los «fariseos y letrados», a los intachables. Nos dice que es preferible ser como el pequeño (sin justificar su vida perdida); y, sobre todo, que no le quitemos al Padre la alegría de perdonar.

Es probable que nos sintamos identificados en algunos aspectos con el hijo pequeño y, en otros, con el mayor. Lo más importante es que nos sintamos agradecidos, liberados, por el amor del Padre, de modo que nadie nos prive de la fiesta de su gracia, ni siquiera del recuerdo de nuestros pecados.

Javier Garrido