Domingo IV de Tiempo Ordinario

Las parábolas del Evangelio tienen algo en común con los sueños. Los psicólogos nos dicen que todos los personajes de un sueño representan diversos aspectos de nuestro ‘yo’. Nosotros somos cada uno de esos personajes. De igual manera, en una parábola cada personaje representa algo que nosotros somos, o algo que vamos a llegar a ser. Cuando, por ejemplo, leemos la parábola del Fariseo y del Publicano que van al templo a orar, es importante que tengamos en cuenta que hay en cada uno de nosotros algo de Fariseo  y algo de Publicano.

 El Evangelio que hoy hemos escuchado nos habla de dos hijos. El primero de ellos pide a su padre la parte del patrimonio que le corresponde y se marcha a un país lejano donde despilfarra cuanto ha recibido de su padre, y vuelve a su casa cuando ya no le queda nada y tiene hambre. En cuanto al segundo de los hijos no hay duda de que es fiel en su servicio a su padre, pero no es capaz de participar en su amor y misericordia.  Por suerte nos encontramos en la narración con un tercer personaje: Este personaje es de hecho el actor principal, es decir el Padre. Es Él a quien debemos imitar, y la parábola es esencialmente una enseñanza sobre Él. ¿No comienza, pues, con estas palabras: “Un hombre tenía dos hijos…”?

 Por otra parte la mayor parte de las parábolas de Jesús nos hablan ante todo del Padre. Lo que sucede es que nosotros las interpretamos fundamentalmente como enseñanzas morales. Lo cual se explica ante todo por el hecho de que  al estar centrados en nosotros mismos  leemos estos textos como si nos hablaran de nosotros mismos y no de Dios.

 Un ejemplo claro de ello lo tenemos en la parábola que hoy hemos escuchado. La mayor parte de los comentarios y de las homilías o escritos espirituales que esta tan bella parábola no ven en ella ante todo más que una exhortación a la conversión o al arrepentimiento. Por supuesto que también se encierra en ella esta exhortación. Pero Jesús se halla mucho más interesado en decirnos quién es su Padre, que tipo de persona es Él.

 Por supuesto que sería sumamente fácil el narrar todo este Evangelio en un lenguaje de nuestros días. Podría tratarse de  la historia de un joven o una joven que abandona la casa paterna no bien ha concluido sus estudios universitarios para volver a casa unos años más tarde con el cerebro quemado por la droga o para  morir enfermo del SIDA. No es  nada difícil imaginarse todas las reacciones posibles de los padres en semejantes circunstancias.

 Lo que nos dice Jesús en el Evangelio que hoy hemos escuchado es lo que Dios – su Dios y nuestro Dios – lleva a cabo en semejantes situaciones, situaciones en las que nos colocamos de continuo. Jesús describe a su Padre como un Dios que danza. Y por otra parte, el segundo hijo, cuando vuelve de su trabajo, llama a uno de los servidores justamente para “cuál es la razón de esta música y de estas danzas”. Cada vez que nos volvemos a Dios, tras alguna de nuestras escapadas,  es esta vuelta para Él un tiempo “de música y de danza”.

Cuando voy al Aeropuerto a esperar a alguien, suelo examinar a veces a los niños que están a la espera de sus padres que están de vuelta de un viaje. Nada de extraño tiene el ver a un niño saltar de alegría y ponerse a bailar cuando ve a su padre o a su madre que pasan la puerta. Es lo que Dios hace cuando volvemos a Él.

 Por otra parte esta parábola forma parte de un tríptico – de un grupo de tres parábolas – que tienen como tema común la alegría. La parábola de a oveja perdida, la de la dracma perdida y la del hijo pródigo. Verdad es que esta parábola nos llama a la conversión y al arrepentimiento. Pero nos llama ante todo a alegrarnos con Dios – en la música y la danza – siempre que alguien que se ha alejado de El vuelve a la casa paterna.

A. Veilleux