Fil 3, 8-14 (2ª lectura Domingo V de Cuaresma)

La carta a los Filipenses es una carta “afectuosa y tierna” que Pablo escribe desde la prisión a sus amigos de Filipos. Los cristianos de esta ciudad, preocupados con la situación de Pablo, le enviaron dinero y un miembro de la comunidad (Epafrodito) que cuidó de él y le acompañó en la soledad de la cárcel.

Con el corazón lleno de afecto, Pablo da las gracias a sus queridos hijos de Filipos y, por otro lado, les avisa para que no se dejen llevar por los “perros”, por los “malos obreros” (Flp 3,2) que, en Filipos, como en otros lugares, siembran la duda y la confusión.

¿Quiénes son estos? Son otra vez esos “judaizantes”, “los de la mutilación” (Flp 3,2), que proclamaban la obligatoriedad de la circuncisión y de la obediencia la Ley de Moisés.

El texto que se nos propone se inserta en ese discurso de polémica contra los adversarios “judaizantes” (cf. Flp 3). Pablo pide a los Filipenses que no se dejen engañar por esos falsos predicadores que se presentan con títulos de gloria y que parecen olvidar que sólo Cristo es importante.

Al ejemplo y a la predicación de esos “judaizantes”, que alardean de títulos de gloria, Pablo contrapone su propio ejemplo. Él tiene más motivos que los otros para presentar títulos (él que fue circuncidado a los ocho días de nacer, que es hebreo por los cuatro costados, hijo de hebreos, de la tribu de Benjamín, que fue fariseo y que vivió irreprensiblemente como hijo de la Ley (cf. Flp 3,5-6); pero lo único que le interesa, porque es lo único que tiene eficacia salvadora, es conocer a Jesucristo.

Es claro que los términos conocer y conocimiento deben ser entendidos aquí en el más genuino sentido de la tradición bíblica; quiere esto decir, en el sentido de “entrar en comunión de vida y de sentido” con una persona.

Lo que él quiere hacer comprender es que lo fundamental es identificarse con Cristo, a fin de resucitar con él para la vida nueva.

Los Filipenses, y los creyentes de todas las épocas, hicieron bien en imitar a Pablo y olvidar todo lo demás (la circuncisión, los ritos de la Ley, los títulos de gloria son solamente “prejuicios” o “basura”, vv. 8).

Sólo la identificación con Cristo, la comunión de vida y de destino con Cristo es importante; sólo una vida vivida en entrega, en donación, en amor que se hace servicio a los otros, a la manera de Cristo, lleva a la resurrección, a la vida nueva.

Un dato importante: Pablo es consciente que compartir la vida y el destino de Cristo implica un esfuerzo diario, nunca concluido; es, también, posible el fracaso, pues nuestro orgullo y egoísmo están siempre al acecho y el camino de la entrega y de la donación de la vida es exigente. Pero es el único camino posible, el único que tiene sentido, para quien descubre la novedad de Cristo y se apasiona por ella. Quien quiera llegar a la vida nueva, a la resurrección, tiene que seguir ese camino.

Considerad, para la reflexión, las siguientes líneas:

En este tiempo favorable a la conversión, es importante que corrijamos aquello que da sentido a nuestra vida. Es posible que detectemos en el centro de nuestros intereses esa “basura” de la que Pablo habla (intereses materiales y egoístas, preocupaciones por honores o por títulos humanos, apuestas incondicionales en personas o ideologías…); sin embargo Pablo invita a dar prioridad a lo que es importante, a una vida de comunión con Cristo, que nos lleva a la identificación con su amor, con su servicio, con su entrega.

¿Cuál es la “basura” que me impide nacer, con Cristo, a una vida nueva?

Es necesario, igualmente, tener conciencia de que este camino de conversión a Cristo es un camino que está haciéndose permanentemente. El cristiano es consciente de que, mientras camina por este mundo, “corro hacia la meta”, la identificación con Cristo debe ser, pues, un desafío constante, que exige un compromiso diario, hasta que lleguemos a la meta del Hombre Nuevo.