Homilía – Domingo V de Cuaresma

VERDADERA LIBERACIÓN DEL PECADO

DOS POSTURAS ANTE EL PROPIO PECADO

El relato evangélico pone en escena dos clases de personajes, dos clases de pecadores: por un lado los letrados y fariseos, pecadores ocultos, como hace patente Jesús; pecadores que quieren presumir de inocencia pidiendo justicia para una mujer sorprendida en adulterio; y por otro lado, la mujer, que reconoce públicamente su pecado y que confía en el perdón de Jesús de Nazaret. El texto evangélico contrapone una vez más dos espíritus y dos actitudes: lo viejo y lo nuevo, la ley y el amor o, como dice Pablo, «la justicia que viene de los hombres con la que viene de la fe en Cristo…».

Metámonos de lleno en la escena y gocemos de la inmensa ternura que la envuelve. Jesús se revela como el hermano mayor del pródigo que sale al encuentro de esta hija pródiga, a la que abraza, y ante la que se pone delante para atajar las piedras que los pecadores, con aires de santurrones, están dispuestos a arrojar contra ella. Este dar la cara por los desechados y constituirse en abogado de causas perdidas será lo que le cueste la vida y lo que le lleve a morir entre horribles torturas en la cruz. Jesús subraya fuertemente la actitud de sus discípulos ante los «pecadores»: condenación irremisible del pecado («en adelante no peques más») y misericordia con el

pecador («tampoco yo te condeno»). El sentimiento de culpa es como una úlcera abierta y dolorosa. Por eso todos tratamos de liberarnos de ella, unos acertadamente y otros desacertadamente cerrándola en falso.

 

VERDADEROS Y FALSOS CAMINOS DE LIBERACIÓN DE LA CULPA

Negando el pecado reconocer la culpa. Una forma falsa de liberarse del sentimiento de culpa es negar el pecado. Es la acusación que ya Pió XII dirigía a la sociedad moderna: «Se está perdiendo la conciencia de pecado». Cuando uno no vive como piensa, termina pensando como vive. Hay quienes no creen en el pecado y hay quienes no creen en «su» pecado. Uno no sale de su asombro cuando oye decir con la mayor naturalidad del mundo: «Yo no me arrepiento de nada», «yo no tengo nada de qué arrepentirme». «Los triunfos, afirmaba J. F. Kennedy, tienen muchos padres; los fracasos no tienen padre reconocido». ¡Qué ceguera, cuando los santos viven siempre tan contritos! El pecado existe y causa estragos en la persona y en su entorno. La adicción al pecado degrada, perturba y hace dolorosa la convivencia. Jesús lo toma muy en serio. Por eso es una insensatez ignorar el pecado. El pecado reconocido está medio vencido.

Liberarse de la angustia – obsesionarse por la culpa. La segunda postura falsa ante el pecado, la segunda forma equivocada de liberarse de él, es la actitud contraria: Obsesionarse por él, angustiarse por él, desesperarse por sentirse vencido en la lucha contra él, atormentarse con los escrúpulos, con el miedo a Dios y a su castigo eterno. Es lo que los psicólogos denominan la culpabilidad neurótica. Desgraciadamente, debido a una defectuosa formación religiosa, todavía hay demasiados cristianos piadosos que viven inútilmente atormentados. La peor forma de liberarse del pecado es obsesionarse con él. El amor de Dios es más grande que nuestro pecado. Tenemos un Abogado (Un 2,1). .

Proyectar o no el propio pecado en los demás. Hay otro extraño intento de liberarse del propio pecado y de la angustia que conlleva: proyectarlo en los demás. Es colgar los propios trapos sucios en el balcón del vecino. Se comportan de este modo los que no ven más que mal en los demás, los que atribuyen a los demás sus deficiencias y pecados. El refrán lo ha dicho muy atinadamente: «Piensa el ladrón que todos son de su condición». Generalmente el que acusa se excusa; el que presume de inocencia («yo no soy como ése», ora el fariseo -Lc 18,11-) pretende ocultar su propio pecado. Ésta es la actitud de los letrados y fariseos frente a la adúltera; tienen piedras en las manos para lanzarlas contra ella y piedras en las manos también para lanzarlas contra Jesús si es que, contraviniendo a la ley, la absolviere. Frente a esta falsa liberación, no hay otra postura mejor que el reconocimiento humilde del propio pecado, de las propias mezquindades. Se nos caerían inmediatamente de las manos las piedras de nuestros juicios severos y de nuestras condenas inapelables del prójimo.

Sinceridad, contrición y confianza. La única actitud verdaderamente liberadora del pecado es el reconocimiento humilde, sincero, contrito de la culpa y la confianza absoluta en la misericordia de Dios. Es lo que contemplamos en la reconciliación de la adúltera: «Yo no te condeno; vete en paz y no peques más» (Jn 8,11) y en otros muchos relatos evangélicos como el del hombre paralítico que sus amigos presentan delante de Jesús descolgándolo por el techado (Me 2,5) o el de Zaqueo: «Hoy ha entrado la salvación en esta casa» (Le 19,9)… Esta mujer pecadora, indultada por Jesús, es símbolo de las personas reconciliadas «por» Jesús y «con» Jesús.

 

TODO COOPERA PARA EL BIEN DE LOS ELEGIDOS

Pablo afirma: «Todo coopera para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28), incluso el pecado. Cuando un cristiano se sitúa positivamente ante esta realidad destructora, también a ella la reconvierte en camino de salvación, de tal modo que uno puede decir como san Agustín a propósito del pecado original: ¡Feliz culpa!, ya que, gracias a ella, nos ha venido tan gran Redentor. ¿No diría la adúltera: Bendito adulterio que me permitió encontrarme con Jesús a quien, tal vez, de otro modo, hubiera ignorado para siempre? La experiencia de pecado puede enseñarnos muchas cosas.

En primer lugar, humildad y conocimiento de uno mismo. Sólo a través del pecado somos capaces de conocer nuestra fragilidad y el egoísmo subterráneo que llevamos dentro. Pedro necesitó la traición al Maestro para darse cuenta de que ni su fidelidad ni su fortaleza eran tan grandes como lo que parecían revelar sus palabras orgullosas: «Aunque todos te traicionen, yo jamás te traicionaré» (Mt 26,33).

El pecado puede enseñar también comprensión y compasión hacia los demás. Me lo contaba un amigo, en otro tiempo puritano y rigorista como un fariseo, sobre todo con respecto a la moral sexual: «Necesité cometer un adulterio para aprender comprensión y compasión hacia los demás. Desde entonces dejé de ser juez severo de los otros». «Yo antes de vivir en una situación grave de pecado, confesaba un convertido, me pasaba la vida echando culpas a todo el mundo; ahora me dedico a pedir perdón». La experiencia de pecado nos hace palpar que estamos hechos del mismo barro que los demás y que, si no somos peores, es porque hemos sido unos privilegiados en la vida.

Pero, sobre todo, la experiencia de pecado nos puede conducir a una grandiosa experiencia de Dios como Padre misericordioso. Me confesaba una ex-toxicómana: «Cuando he comprobado la capacidad de perdón y de olvido por parte de mis padres, después de haberles hecho sufrir tanto con mi drogadicción, he llegado a conocer lo mucho que me quieren». Los padres, por su parte, testimoniaban lo cariñosa que era con ellos a partir de su rehabilitación. David, a partir del perdón, tiene una experiencia más intensa de Dios. El pródigo necesitó del abrazo acogedor del padre para conocer la hondura del amor. El reconocimiento del pecado y la contrición nos conducen a la reconciliación con nosotros mismos, con los demás y con Dios; y ello es fuente de paz, de gracia y de salvación.

Creo que el mejor modo de vencer al pecado no es enfrentarse directamente con él, sino seguir el consejo de Pablo: «Vence al mal con el bien» (Rm 12,21). ¿He perjudicado con actitudes negativas? Pues me desquitaré asumiendo actitudes positivas compensatorias. Desechable, maloliente es el estiércol, pero si se emplea para abonar hace crecer los trigales y las flores. Lo mismo el pecado; reconvertido por la fe, se transforma en un fecundo fertilizante de la vida.

Atilano Alaiz