II Vísperas – Domingo V de Cuaresma

II VÍSPERAS

DOMINGO V DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Lo mismo que fue elevada la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Lo mismo que fue elevada la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. El Señor de los ejércitos es protección liberadora, rescate salvador.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor de los ejércitos es protección liberadora, rescate salvador.

CÁNTICO de PEDRO: LA PASIÓN VOLUNTARIA DE CRISTO, EL SIERVO DE DIOS

Ant. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes, sus cicatrices nos curaron.

Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo
para que sigamos sus huellas.

Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca;
cuando lo insultaban,
no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;
al contrario,
se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados, subió al leño,
para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes, sus cicatrices nos curaron.

LECTURA: Hch 13, 26-30a

Hermanos, a vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación. Los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las profecías que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Mujer, yo no te condeno; anda, y en adelante no peques más.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mujer, yo no te condeno; anda, y en adelante no peques más.

PRECES

Demos gloria y alabanza a Dios Padre que, por medio de su Hijo, la Palabra encarnada, nos hace renacer de un germen incorruptible y eterno, y supliquémosle, diciendo:

Señor, ten piedad de tu pueblo.

  • Escucha, Dios de misericordia, la oración que te presentamos en favor de tu pueblo
    — y concede a tus fieles desear tu palabra más que el alimento del cuerpo.
  • Enséñanos a amar de verdad y sin discriminación a nuestros hermanos y a los hombres de toda las razas,
    — y a trabajar por su bien y por la concordia mutua.
  • Pon tus ojos en los catecúmenos que se preparan para el bautismo
    — y haz de ellos piedras vivas y templo espiritual en tu honor.
  • Tú que, por la predicación de Jonás, exhortaste a los ninivitas a la penitencia,
    — haz que tu palabra llame a los pecadores a la conversión.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Haz que los moribundos esperen confiadamente el encuentro con Cristo, su juez,
    — y gocen eternamente de tu presencia.

Conluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Acogida y misericordia

1.- El Deutero Isaías es un profeta consolador que anuncia mensajes de liberación. Su mensaje es agua viva para la sed que los desterrados tienen. Un profeta atento a los signos de los tiempos: “¿No lo notáis?”. Y los signos anuncian esperanza y liberación. Pero la liberación de los desterrados no vendrá de Ciro el persa, sino de Dios del éxodo y de los manantiales, el Dios capaz de sacar agua de la roca y hacer ríos en el desierto. La novedad que anuncia el profeta es la liberación y salvación del pueblo. Si en el primer éxodo abrió Yahvé caminos en el mar, en este segundo hará brotar ríos por el desierto y transformará una situación de muerte en otra situación de vida. El autor introduce un rasgo poético para expresar el cambio que se anuncia en la historia de Israel: hasta las fieras del desierto se alegrarán por el agua del desierto, también ellas recibirán de Dios la comida y la bebida abundante. Las liberaciones históricas del pasado son garantía de la intervención presente. La liberación presente continúa y profundiza las del pasado. Ahora esta liberación se nos regala a nosotros. Sólo en la medida en que estemos dispuestos a recibir esta gracia será posible olvidarse de lo que queda atrás y lanzarse a lo que está por delante, como nos recuerda San Pablo en la Carta a los Filipenses.

2. – Hipocresía. ¡Qué fácil es condenar al otro y disculpar nuestro propio comportamiento! “El que esté sin pecado que tire la primera piedra”. Hoy día seguimos condenando, somos jueces implacables de los demás. Los males, decimos, son muchos, pero los culpables son los otros, o las estructuras… No queremos reconocer que todos somos corresponsables, por acción o por omisión, del mal y de la injusticia que sufre nuestro mundo. Esto se llama hipocresía. Hay quien dice que Jesús cuando escribía con el dedo en el suelo (por dos veces) estaba señalando los nombres de los acusadores, que se convertirían de este modo en acusados. Quizá lo único que pretendía era dar tiempo para suscitar la reflexión y hacerles caer en su incongruencia. Tal vez escribía el nombre de los muchos pecados que habían cometido. Jesús les invita al examen personal de conciencia para que reconozcan también la hipocresía social que condena a la mujer. Desenmascarados, van saliendo de uno en uno.

3- Triunfa misericordia. La palabra y la mirada tierna y misericordiosa de Jesús es la que salva y levanta a la mujer pecadora de su postración. Sólo el Señor es capaz de reconstruir a la persona por dentro para convertirla en nueva criatura. Sólo Jesús puede cambiar la orientación de nuestra vida para que podamos cantar que “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. La gracia del perdón está por encima de la justicia. La palabra de Jesús y su actitud contra estos hipócritas produjo el efecto deseado. Jesús se sentó de nuevo, mientras sus enemigos se marchaban avergonzados. Cuando todos se habían ido y quedó Jesús con sus discípulos y la mujer en medio del corro. Jesús se levantó de nuevo para pronunciar ahora una palabra de misericordia. No disculpa ciertamente la acción que ha cometido esta mujer, pero hace valer para ella la gracia y no el rigor de la justicia.

José María Martín OSA

Domingo de Pasión

En nuestro peregrinar cuaresmal, nos encontramos ya muy cerca de la Pascua, la meta de la Cuaresma. Este quinto domingo de Cuaresma es conocido como domingo de Pasión. Las lecturas de este domingo nos muestran el perdón y la misericordia de Dios, que hace nuevas todas las cosas.

1. Dios realiza algo nuevo. La primera lectura de este domingo, tomada del conocido como “Libro de la consolación” del profeta Isaías, nos abre el corazón a la esperanza. Dios nos recuerda, por medio del profeta, que Él hace todas las cosas nuevas. El mismo Dios que abrió un sendero por del mar para que el pueblo saliese de la esclavitud de Egipto, ahora hace brotar agua en el desierto para calmar la sed de su pueblo. Aquello que parece imposible, pues en el desierto, lugar árido y seco, no podemos encontrar agua, Dios lo hace posible: “Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Esta novedad prometida por Dios, la lleva a cabo el mismo Cristo. En medio del desierto de este mundo y de nuestra propia vida, Cristo hace algo nuevo. En la noche de la Vigilia Pascual, meta de la Cuaresma, Dios abrirá para su Iglesia la fuente del agua de la vida. El sacramento del bautismo, que nace en la Pascua, es el agua que transforma, que purifica, que borra nuestro pecado, que nos llena de vida.

2. “Anda, y en adelante no peque más”. El relato de la mujer adúltera que escuchamos en el Evangelio de este domingo es un claro ejemplo de la novedad que trae Cristo. La ley antigua mandaba apedrear a una mujer pillada en adulterio. Los fariseos, con intención de comprometer a Jesús y así tener de qué acusarlo, le presentan el caso de una adúltera a la que, según la ley, había que apedrear. La respuesta de Jesús es fascinante: sin incumplir la ley, enfrenta a los fariseos con sus propios pecados y les obliga a reconocerse también ellos pecadores. Cristo no condena a la persona que, arrepentida, pide su perdón. Más bien, nos hace mirarnos a nosotros mismos y reconocernos también nosotros pecadores. “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, y todos se van escabullendo, empezando por los más viejos. Cristo nos hace enfrentarnos con nuestro propio pecado. Es fácil condenar a los demás por sus pecados, pero qué difícil es reconocernos también nosotros pecadores. La Cuaresma es tiempo de mirar primero nuestras culpas, antes que las de los demás. Después de marcharse todos, quedan en escena solos la miseria y la misericordia, la pecadora y el que es el perdón de los pecados. “Yo tampoco de condeno, vete y no peques más”. Jesús es la misericordia del Padre, un Dios compasivo que se conmueve ante el pecador arrepentido. Pero no sólo perdona, sino que además hace una llamada a no pecar más. Cuando el pecador arrepentido es perdonado, ha de procurar no volver a caer en el pecado. El camino que hemos de recorrer nosotros, que somos pecadores, es un camino lleno de caídas y de miseria, de un Dios que perdona y levanta, pero también de un propósito de no volver a caer en el pecado. Ésta es la carrera que hemos de ganar para conseguir el premio final al que Dios nos llama.

3. Todo lo estimamos basura con tal de ganar a Cristo. En la segunda lectura, san Pablo nos muestra lo más íntimo de su corazón: para él, todo es basura comparado con la grandeza del conocimiento de Dios. La vida, nos enseña san Pablo, es una carrera en la que el premio es ganar a Cristo. Pero esta carrera no se gana con la ley, con el simple cumplimiento de unos mandatos. Así lo creían los mismos fariseos que le presentaron a Jesús la adúltera que iba a ser apedreada por su pecado. La carrera se gana con la fe en Cristo muerto y resucitado. Él, con su pasión, muerte y resurrección, ha ganado ya el premio para nosotros. Ahora nos toca a nosotros correr con Él, vivir con Él y como Él. El seguimiento de Cristo, conocer y amarle, es la carrera que hemos de ganar. Correr la carrera del egoísmo, de la arrogancia, del creernos mejores, es correr una carrera por el desierto, en la que al final terminamos desfalleciendo de sed. La carrera que san Pablo nos propone es la carrera de la fe, en la que Cristo abre para nosotros una fuente de agua viva, un agua de perdón, de amor y de misericordia.

Dios hace las cosas nuevas. Ya no nos sirve la ley antigua, que consistía en lo que yo soy capaz de hacer y de cumplir. La novedad de Cristo es que Dios ha llegado ya a la meta por nosotros, ha ganado el premio por nosotros. Es el premio del perdón y de la misericordia. En esta Pascua, cada uno de nosotros, como la adúltera, nos encontraremos con el amor misericordioso de un Dios que para perdonarnos sube al madero de la cruz. Que podamos sentir de verdad este perdón de Dios y que continuemos nuestro camino con la alegría del perdón.

Francisco Javier Colomina Campos

Comentario del 7 de abril

La actuación de Jesús en una sociedad tan rigorista e hipócrita como aquella que apedreaba a las adúlteras, significó la realización del algo nuevo: eso que anunciaba Isaías y que veía ya brotando como río en el yermo o un camino en el desierto. Es el camino de la salvación para quienes ya estaban irremisiblemente condenados, como esa mujer sorprendida en adulterio. Eso significó Jesús para la adúltera, un camino de salida en su desierto existencial, un agua capaz de calmar su sed de felicidad. No olvidemos que se trataba de una persona condenada y en trance de muerte; y condenada no por cualquiera, sino por la ley de Moisés (una institución sagrada).

El pasaje evangélico resulta comprometedor, tanto que llegó a desaparecer de los manuscritos más antiguos. En una época de rigorismo penitencial, en la que el adulterio era uno de los pecados más graves –comparable a la apostasía y al homicidio-, uno de esos pecados por los que había que someterse a la penitencia pública, este pasaje podía favorecer una interpretación demasiado indulgente del mismo pecado. Pero no debemos confundir las cosas. Jesús no absuelve el adulterio; a quien absuelve es a la adúltera. Jesús no autoriza el adulterio, aunque desautoriza a quienes pretenden condenar a la adúltera con la ley de Moisés en la mano. Jesús no dice que el adulterio no sea pecado; al contrario, aunque no condena a la adúltera, le dice: en adelante no peques más, precisamente porque ha pecado, y gravemente. Condena el pecado, pero no al pecador. Al pecador le salva, tanto de sus acusadores, como de su pecado.

Pero aquello era ante todo una trampa urdida contra Jesús. Los acusadores de aquella mujer sorprendida –algo que parece suponer el acecho- en adulterio, buscaban motivos para acusar y desacreditar a Jesús. Si éste se ponía de parte de la acusada, haciendo gala de su conducta misericordiosa para con los pecadores, quedaba enfrentado a la ley de Moisés –una ley que no entendía de compasión-, que mandaba apedrear a las adúlteras. Si, por evitar el enfrentamiento con la ley, aprobaba la condena de aquella mujer, podía perder ante sus seguidores el prestigio que se había ganado de hombre misericordioso, libre e independiente.

Los fariseos, enfrentándole a la Ley, quieren poner de manifiesto que es un heterodoxo o un maldito, como los que no entienden de la ley. La encerrona era patente y la situación complicada; pero Jesús sale de ella con una maestría admirable. Primero, adopta una actitud de indiferencia, como si el caso no fuera con él: inclinándose, escribía con el dedo en el suelo; pero, ante la insistencia de los acusadores que buscan su pronunciamiento público, Jesús se incorpora y les dice: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra; y siguió escribiendo en el suelo, atento al efecto de sus resueltas palabras; porque el efecto fue progresivo, pero fulminante. Ellos, al oír esto, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos (quizá por más experimentados, o por más conscientes de sus pecados, o por más temerosos del desenlace final), hasta el último.

Al fin quedan solos. Jesús había logrado su propósito: que nadie de sus ahuyentados acusadores condenara a aquella mujer. A ellos les había incapacitado para la ejecución de la condena y para el juicio, y a la ley, de la que ellos eran custodios, le privaba también de autoridad para este tipo de condena. Y él, que sí podía condenar, tampoco lo hace; porque no ha venido al mundo para condenarlo, sino para salvarlo, no solamente de los acusadores que surgen por doquier, sino del propio extravío, del propio pecado.

Cuando Jesús se incorpora y ve frente a sí a aquella mujer petrificada por el miedo, le pregunta: ¿Ninguno te ha condenado? Pues yo tampoco te condeno; anda y en adelante no peques más. Aquella mujer tuvo que sentirse revivir. Jesús le había devuelto la vida. En su interior había entrado algo nuevo e inusitado, recreándola, transformándola. Había quedado marcada por la mirada y la voz de su salvador, que no le permitiría volver a su antigua vida de pecado.

El episodio narrado tiene que hacernos pensar. Tendría que desaparecer de nuestra boca toda palabra o gesto de condena, y sin embargo somos muy dados al “linchamiento”, sobre todo cuando los ánimos están enardecidos contra alguien, y en tales circunstancias nos vale cualquier chivo expiatorio, sin necesidad de muchas pruebas. En realidad, sólo Dios puede condenar, al menos de modo definitivo, porque sólo él conoce la entera verdad de las cosas y el grado de implicación de las personas en los hechos. Pero el único que puede condenar, no lo hace; salva al pecador siempre que ello es posible.

            Nuestro pecado consiste muchas veces en constituirnos en jueces y acusadores de los demás, cuando tendríamos que enjuiciarnos antes a nosotros mismo, puesto que no estamos libres de pecado. Pero Jesús nos dice: no condenéis y no seréis condenados; con la misma medida con que midiereis, seréis medidos. Es verdad que solemos abstenernos de lanzar piedras contra nuestros semejantes, pero no por eso dejamos de lanzar fango, el fango de nuestros resentimientos, odios, antipatías, malos humores; y cuando uno maneja fango, se ensucia. En realidad ya está sucio, porque el fango que lanza lo saca de su propio corazón.

En la vida con frecuencia nos sorprendemos señalando y condenando a ciertas personas sorprendidas en su delito. Es una operación que casi nos dan hecha los medios de comunicación social, que ya han dictado sentencia antes de que intervengan los jueces oficiales. Se trata de ese alcalde (o político) sobre el que recaen acusaciones de corrupción o de cohecho, o de tráfico de influencias; o del obispo que ha encubierto casos de pederastia; o de esos padres que han entregado a su hija a la prostitución; o del señor honorable denunciado por acoso sexual o abuso de menores; o del terrorista que ha cometido un buen número de atentados, etc., etc. Los medios los señalan –del mismo modo que los fariseos a la adúltera- como lo más execrable de nuestra sociedad y nosotros los condenamos antes de que medie cualquier sentencia.

Pero ¿qué pasaría si Jesús, que conoce nuestra vida y nuestra conciencia, nos dijese: el que de vosotros esté libre de pecado, que le tire la primera piedra? ¿Cómo reaccionaríamos? ¿No hay en nuestra vida pecados similares, aunque quizá menos notorios, y a otra escala, que los denunciados por los medios? Queremos tener políticos, o sacerdotes, o profesores modélicos, cuando nosotros no lo somos. Exigimos lo que nosotros no damos. En cierta ocasión preguntaron a la Madre Teresa de Calcuta: “¿Qué mejoraría usted en la Iglesia?” A mí misma, respondió ella al instante. Esa es la actitud correcta. Y cuando uno es consciente de sus propios pecados, sólo queda acercarse al que puede perdonarlos, esperando escuchar esas palabras sanadoras que escuchó la adúltera: Yo tampoco te condeno, vete en paz y no peques más.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Veritatis gaudium – Francisco I

Título X

Planificación y cooperación entre las facultades

Artículo 61. § 1. Debe ser cuidada diligentemente la llamada planificación, con el fin de proveer tanto a la conservación y al progreso de las Universidades o Facultades, como a su conveniente distribución en las diversas partes del mundo.

§ 2. Para conseguir este fin, la Congregación para la Educación Católica será ayudada, con sus sugerencias, por las Conferencias Episcopales y por una comisión de expertos.

Lectio Divina – 7 de abril

 El encuentro de Jesús con una mujer a punto de ser lapidada
“¡Quien esté sin pecado que tire la primera piedra!”
Juan 8,1-11

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Clave de lectura:

El texto de hoy nos lleva a meditar sobre las desavenencias entre Jesús y los escribas y fariseos. Jesús, por su predicación y su modo de obrar, no es hombre grato a los doctores de la ley y a los fariseos. Por esto, tratan por todos los medios de poderlo acusar y eliminar. Le colocan delante una mujer, sorprendida en adulterio, para saber de su boca si debían o no observar la ley que ordenaba lapidar a una mujer adúltera. Querían provocar a Jesús. Haciéndose pasar por personas fieles a la ley, se sirven de la mujer para argumentar contra Jesús.
La historia se repite muchas veces. En las tres religiones monoteístas: judaica, cristiana y musulmana, con el pretexto de fidelidad a la ley de Dios, han sido condenadas y masacradas muchas personas. Y hasta el presente, esto continúa. Bajo la apariencia de fidelidad a las leyes de Dios, muchas personas están marginadas de la comunión y hasta de la comunidad. Se crean leyes y costumbres que excluyen y marginan a ciertas categorías de personas.
Durante la lectura de Juan 8, 1-11, conviene leer el texto como si fuese un espejo en el que se refleja precisamente nuestra rostro. Leyéndolo, intentemos observar bien las conductas, las palabras y los gestos de las personas que aparecen en el episodio: escribas, fariseos, la mujer, Jesús y la gente.

b) Una división del texto para ayudarnos en su lectura

Jn 8, 1-2: Jesús se dirige al templo para enseñar a la gente
Jn 8, 3-6a: Los adversarios le provocan
Jn 8, 6b: La reacción de Jesús , escribe en la tierra
Jn 8, 7-8: Segunda provocación, y la misma reacción de Jesús
Jn 8, 9-11: Epílogo final

c) Texto:

1 Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. 2 Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. 3Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio 4 y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» 6 Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. 7 Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» 8 E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. 9 Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio.10 Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» 11 Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál l es el punto de este texto que más te ha gustado o que te ha llamado más la atención?
b) Hay diversas personas o grupos de personas que aparecen en este episodio. ¿Qué dicen y qué hacen?
c) Trata de ponerte en el lugar de la mujer: ¿Cuáles eran sus sentimientos en aquel momento?
d) ¿Porqué Jesús comenzó a escribir en tierra con el dedo?
e) ¿Cuáles son los pasos que nuestra comunidad debe y puede hacer para acoger a los marginados?

5. Para los que desean profundizar más en el tema

a) Contexto literario:

Los versados en las Escrituras dicen que el Evangelio de Juan, crece lentamente, o sea, que ha sido escrito poco a poco. A través del tiempo, hasta finales del primer siglo, los miembros de las comunidades de Juan, en Asia Menor, recordaban y añadían detalles a los hechos de la vida de Jesús. Uno de estos hechos, al que se han añadido estas particularidades, es nuestro texto, el episodio de la mujer que está a punto de ser lapidada (Jn 8,1-11). Poco antes de nuestro texto, Jesús había dicho: “¡Si alguno tienen sed, que venga a mí y beba!” (Jn 7,37). Esta declaración provoca muchas discusiones (Jn 7,40-53). Los fariseos llegan hasta ridiculizar a la gente, considerándola ignorante por el hecho de creer en Jesús. Nicodemos reacciona y dice: “Nuestra Ley ¿juzga quizás a alguien sin primero haberlo escuchado y saber qué hace?” (Jn 51-52). Después de nuestro texto encontramos una nueva declaración de Jesús: “¡Yo soy la luz del mundo!” (Jn 8,12), que provoca una discusión con los judíos. Entre estas dos afirmaciones, con sus subsiguientes discusiones, viene colocado el episodio de la mujer que la ley hubiera condenado, pero que es perdonada por Jesús. (Jn 8,1-11). Este contexto anterior y posterior sugiere el hecho de que el episodio ha sido inserto para aclarar que Jesús, luz del mundo, ilumina la vida de las personas y aplica la ley mejor que los fariseos.

b) Comentario del texto:

Juan 8,1-2: Jesús y la gente
Después de la discusión, descrita al final del capítulo 7 (Jn 7,37-52), todos se vuelven a casa (Jn 7,53). Jesús no tiene casa en Jerusalén. Por esto, se va al Monte de los Olivos. Allí encuentra un jardín, donde acostumbra a pasar la noche en oración (Jn 18,1). Al día siguiente, antes de la salida del sol, Jesús se encuentra de nuevo en el templo. La gente se acerca para poder escucharlo. De ordinario la gente se sentaba en círculo alrededor de Jesús y Él enseñaba. ¿Qué habrá podido enseñar Jesús? Con seguridad todo muy bello, puesto que la gente llega antes de la aurora para poderlo escuchar.

Juan 8, 3-6a: Las provocaciones de los adversarios
Improvisadamente, llegan algunos escribas y fariseos que llevan con ellos una mujer sorprendida en flagrante adulterio. La colocan en medio del círculo entre Jesús y la gente. Según la ley, esta mujer debe ser lapidada. (Lev 20,10; Dt 22,22.24). Y le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Ahora bien, Moisés en la Ley, nos mandó lapidar a una mujer como ésta. ¿Tú qué dices?” Era una provocación, una trampa. Si Jesús hubiese dicho: “Aplicad la ley”, los escribas habrían dicho a la gente: “No es tan bueno como parece, porque ordena matar a la mujer”. Si hubiese dicho: “No la matéis” hubieran dicho: “No es tan bueno como parece, porque no observa la ley”. Bajo la apariencia de fidelidad a Dios, manipulan la ley y se sirven de una mujer para poder acusar a Jesús.

Juan 8, 6b: La reacción de Jesús: escribe en tierra
Parecía una trampa sin escapatoria. Pero Jesús no se asusta. No se pone nervioso. Mas bien al contrario. Con calma, como persona dueña de la situación, se inclina y comienza a escribir en tierra con el dedo. Escribir en tierra ¿qué significado tiene? Algunos creen que Jesús está escribiendo en la tierra los pecados de los acusadores. Otros dicen que es un simple gesto de quien es dueño de la situación y no hace caso a las acusaciones de los otros. Pero es posible que se trate también de un acto simbólico, de una alusión a cualquier cosa muy común. Si tú escribe una palabra en la tierra, a la mañana siguiente no la encontrarás, porque el viento o la lluvia la habrán desfigurado, borrado. Encontramos una alusión a lo que vamos diciendo en Jeremías, donde se lee que los nombres atribuidos a Dios son escritos en tierra, o sea quiere decir que no tienen futuro. El viento o la lluvia lo harán desaparecer (cf. Jer 17,13) Quizás Jesús quiere decir a los otros: el pecado del que acusáis a esta mujer, Dios lo ha perdonado ya con estas letras que estoy escribiendo en la tierra. ¡De ahora en adelante no recordarán más los pecados!

Juan 8, 7-8: Segunda provocación y la misma reacción de Jesús
Ante la calma de Jesús, los que se ponen nerviosos son los adversarios. Insisten y quieren una opinión de Jesús. Y entonces Jesús se levanta y dice: “Quien de vosotros esté sin pecado tire la primera piedra”. E inclinándose comienza de nuevo a escribir en la tierra, no entra en una discusión estéril e inútil sobre la ley, cuando, en realidad el problema es otro. Jesús cambia el centro de la discusión. En vez de permitir que se coloque la luz de la ley sobre la mujer para poderla condenar, quiere que sus adversarios se examinen a la luz de lo que la ley exige de ellos. Jesús no discute la letra de la ley. Discute y condena la conducta malévola del que manipula las personas y la ley para defender los intereses que son contrarios a Dios, autor de la ley.

Juan 8,9-11: Epílogo final: Jesús y la mujer
La respuesta de Jesús desconcierta y desarma a los adversarios. Los fariseos y los escribas se retiran, llenos de vergüenza, uno tras otro, “comenzando por los más ancianos”. Ha sucedido lo contrario de lo que ellos querían. La persona condenada por la ley no era la mujer, sino ellos mismos que se creían fieles a la ley. Y finalmente Jesús queda sólo con la mujer. Jesús se levanta, se dirige hacia ella: “Mujer, ¿dónde están?¿Ninguno te ha condenado?” Ella responde: “¡Ninguno, Señor!” Y Jesús: “¡Yo tampoco te condeno! Ve, y desde ahora no peques más”. Jesús no permite a nadie usar la ley de Dios para condenar al hermano, cuando el mismo hermano es pecador. Quien tiene una viga en el propio ojo, no puede acusar a quien en el ojo tiene sólo una pajita. “Hipócrita, quita primero la viga de tus ojos y entonces podrás ver bien para quitar la pajita en el ojo de tu hermano. (Lc 6,42).
Este episodio, mejor que cualquiera otra enseñanza, revela que Jesús es la luz del mundo (Jn 11,12) que hace aparecer la verdad. Hace ver lo está escondido en las personas, en su más íntimo. A la luz de la palabra de Jesús, los que parecían ser los defensores de la ley, se revelan llenos de pecados y ellos mismos lo reconocen y se van, comenzando por los más ancianos. Y la mujer, considerada culpable y rea de la pena de muerte, está en pie delante de Jesús, perdonada, redimida, llena de dignidad (cf. Jn 3,19-21). El gesto de Jesús la hace renacer y la restituye como mujer e hija de Dios.

c) Ampliando conocimientos:

Las leyes sobre la mujer en el Antiguo Testamento y la reacción de la gente.

Desde Esdras y Nehemías, la tendencia oficial era la de excluirla de cualquier actividad pública y de considerarla no idónea para realizar funciones en la sociedad, salvo la función de esposa y madre. Lo que contribuía mayormente a su marginación era precisamente la ley de la pureza. La mujer era declarada impura por ser madre, esposa e hija: por ser mujer. Por ser madre: cuando daba a luz, era inmunda (Lev 12,1-5). Por ser hija: el hijo que nace la vuelve inmunda durante cuarenta días (Lev 12,2-4); y todavía más la hija que la vuelve por ochenta (Lev 12,5). Por ser esposa: las relaciones sexuales, supone dejar impuros un día completo, tanto a la mujer como al hombre (Lev 15.18). Por ser mujer: la menstruación la vuelve impura una semana entera, y causa impureza en los otros. Quien toca a la que tiene menstruación debe purificarse (Lev 15,19-30). Y no es posible que una mujer mantenga su impureza en secreto, porque la ley obliga a los otros a denunciarla (Lev 5,3).

Esta legislación hacía insoportable la convivencia diaria en casa. Siete días, cada mes, la madre de familia no podía reposar en el lecho, ni sentarse en una silla, mucho menos tocar al hijo o al marido, si no quería que se contaminasen. Esta legislación era el fruto de una mentalidad, según la cual la mujer era inferior al hombre. Algunos proverbios revelan esta discriminación de la mujer (Ecl 42,9-11; 22,3). La marginación llegaba a tal punto que se consideraba a la mujer como el origen del pecado y de la muerte y causa de todos los males (Ecl 25,24;42,13-14). De este modo se justifica y se mantiene el privilegio y el dominio del hombre sobre la mujer. En el contexto de la época, la situación de la mujer en el mundo de la Biblia no era ni mejor ni peor que la de las demás personas. Se trataba de una cultura general. Incluso hoy hay muchas personas que continúan teniendo esta mentalidad. Pero como hoy, así también antes, desde el principio de la historia de la Biblia, ha habido muchas reacciones en contra de la exclusión de la mujer, sobre todo después del destierro, cuando se logró expulsar a la mujer extranjera considerada peligrosa. (cf. Esd 9, 1-3 y 10,1-3). La resistencia de la mujer creció al mismo tiempo que la marginación era más onerosa. En diversos libros sapienciales descubrimos la voz de esta resistencia: Cantar de los Cantares, Ruth, Judit, Ester. En estos libros la mujer aparece no tanto como una madre o esposa, sino como una mujer que sabe usar su belleza y feminidad para luchar por los derechos de los pobres y así defender la Alianza contra los gentiles. Es una lucha no tanto a favor del templo o de las leyes abstractas, cuanto a favor de la vida de la gente.

La resistencia de la mujer contra su exclusión encuentra también eco en Jesús. He aquí algunos episodios de la acogida que Jesús les daba:
* La prostituta: Jesús la acoge y defiende contra el fariseo (Lc 7,36-50).
* La mujer encorvada; Jesús la defiende contra el jefe de la sinagoga (Lc 13,10-17).
* La mujer considerada impura es acogida sin ser censurada y es curada (Mt 5,25-34).
* La samaritana, considerada como hereje, es la primera en recibir el secreto de que Jesús es el Mesías (Jn 4,26).
* La mujer extranjera es ayudada por Jesús y ésta le ayuda a descubrir su misión (Mc 7, 24-30).
* Las madres con los niños, rechazadas por los discípulos, son acogidas por Jesús (Mt 19,13-15).
* Las mujeres son las primeras en experimentar la presencia de Jesús resucitado (Mt 28,9-10; Jn 20,16-18).

6. Oración del Salmo 36 (35)

La bondad de Dios desenmascara la hipocresía

El pecado es un oráculo para el impío
que le habla en el fondo de su corazón;
no tiene temor de Dios
ni aun estando en su presencia.

Se halaga tanto a sí mismo
que no descubre y detesta su culpa;
sólo dice maldades y engaños,
renunció a ser sensato, a hacer el bien.
Maquina maldades en su lecho,
se obstina en el camino equivocado,
incapaz de rechazar el mal.

Tu amor, Yahvé, llega al cielo,
tu fidelidad alcanza las nubes;
tu justicia, como las altas montañas,
tus sentencias, profundas como el océano.
Tú proteges a hombres y animales,

¡qué admirable es tu amor, oh Dios!
Por eso los seres humanos
se cobijan a la sombra de tus alas;
se sacian con las provisiones de tu casa,
en el torrente de tus delicias los abrevas;
pues en ti está la fuente de la vida,
y en tu luz vemos la luz.
No dejes de amar a los que te conocen,
de ser fiel con los hombres sinceros.
¡Que el pie del orgulloso no me pise,
ni me avente la mano del impío!
Ved cómo caen los malhechores,
abatidos, no pueden levantarse.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

La adúltera y los hipócritas

La ahogamos con el adúltero (Código de Hammurabi)

Es la respuesta del famoso Código de Hammurabi, rey de Babilonia muerto hacia 1750 a.C. En el párrafo 129 dictamina: “Si la esposa de un hombre es sorprendida acostada con otro varón, que los aten y los tiren al agua [al río Éufrates]; si el marido perdona a su esposa la vida, el rey perdonará también la vida a su súbdito.” Adviértase que la ley empieza por la mujer, pero los dos merecen la condena a muerte, aunque cabe la posibilidad de que el marido perdone.

La apedreamos (los escribas y fariseos)

Es la propuesta de los escribas y fariseos, invocando la Ley de Moisés. Es el procedimiento más frecuente en la Biblia para ejecutar a un culpable. Cosa lógica ya que en Israel no abunda el agua, como en Babilonia, y sí las piedras. Sin embargo, estos escribas y fariseos no habrían aprobado un examen de Biblia por dos motivos.

1) La Ley de Moisés, que usa a menudo el verbo “apedrear” para hablar de un castigo a muerte, nunca lo aplica al adulterio. El texto que podrían invocar sería este del Deuteronomio: “Si uno encuentra en un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo” (Dt 22,23-24). Pero esta ley no habla de adulterio, sino de violación (aparentemente consentida) de una muchacha.

2) Si tienen tanto interés en cumplir la Ley de Moisés, al primero que deberían haber traído ante Jesús es al varón, ya que también a él lo han sorprendido en adulterio y por él comienza la ley: “Si uno encuentra a una joven…y se acuesta con ella”. Hay un caso en el que solo se habla de apedrear a la muchacha, pero tampoco se trata de adulterio, sino de la que ha perdido la virginidad mientras vivía con sus padres. Cuando se casa, su marido lo advierte y lo denuncia, si la denuncia es verdadera “sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa de su padre. (Dt 22,20-21).

¿Cómo puede un escriba, con tantos años de estudios bíblicos, cometer estos errores elementales? ¿Por ignorancia? ¿Por el deseo de interpretar la ley de la forma más rigurosa posible? ¿Para poner a Jesús en un aprieto y poder acusarlo, como dice Juan?

La perdonamos y que mejore (Jesús)

Jesús no precipita su respuesta. Le piden una opinión: “¿qué dices tú?” pero se calla la boca y escribe en el suelo. Ellos insisten. Buscan lana y salen tranquilados. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El principal pecado de escribas y fariseos no es la ignorancia, ni el rigorismo, sino la hipocresía. Cuando se retiran, solo quedan Jesús y la mujer, ella de pie en el centro. Un imagen de gran impacto, digna de la mejor película. Por suerte para la mujer, Jesús no es un confesor a la vieja usanza. No le pregunta cuántas veces ha cometido adulterio, con quién, dónde, cuándo. Se limita a dos preguntas breves: “¿dónde están?, ¿nadie te ha condenado?” y a la absolución final: “Yo tampoco te condeno. Ve y en adelante no peques más”.

A veces se habla de la actitud de Jesús con los pecadores de forma muy ligera, como si los abrazase y aceptase su forma de vida. Pero a la mujer no le dice: “No te preocupes, no tiene importancia; ya sabes a quién tienes que acudir la próxima vez”. Lo que le dice es: “en adelante no peques más”. Se lo dice por su bien, no porque corra peligro de ser apedreada. A este caso, cambiando de género, se puede aplicar el proverbio bíblico: “El adúltero es hombre sin juicio, el violador se arruina a sí mismo” (Prov 6,32). Eso es lo que Jesús no quiere, que la mujer se arruine a sí misma.

El buen ejemplo de los escribas y fariseos

A pesar de su hipocresía y mala idea, hay que reconocerles algo bueno: se van retirando poco a poco, empezando por los más viejos. Hoy día, somos muchos los que conocemos la opinión de Jesús pero seguimos considerándonos buenos y no vacilamos en apedrear (más con palabras y juicios condenatorios que con piedras) a quien hemos elegido como víctima.

Nota: Un texto escandaloso

Este pasaje del evangelio es de los más desconcertantes para los especialistas. Forma parte del evangelio de Juan, pero falta en los mejores manuscritos, códices y leccionarios; otros lo trasladan al final del evangelio de Juan; y algunos lo traen en el evangelio de Lucas (después de 21,38s o de 24,53). Como si hubiese sido una hoja suelta que muchos dudaban de incluir y otros no sabían dónde meter.

No es raro que este pasaje provocase dificultades. Con el criterio “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” podrían verse libres desde los terroristas del Isis hasta los ladrones de guante blanco. Naturalmente, no es eso lo que pretende Jesús. Sus palabras finales a la mujer, “no peques más”, dejan claro que no defiende un mundo en el que cada cual hace lo que quiere.

José Luis Sicre

He pecado

Suelo decir que “con Dios no hay que ser piadosos, hay que ser sinceros”. Y hoy, teniendo presente el Evangelio que acabamos de escuchar, vamos a hacer un ejercicio de sinceridad. Imaginemos que surge la noticia de que una famosa actriz, cantante, empresaria, miembro de la nobleza o realeza… ha sido sorprendida “en flagrante adulterio”: ¿Cuál sería nuestra reacción? ¿Qué comentarios haríamos al respecto? ¿Qué conclusiones sacaríamos al respecto? Y ahora imaginemos que nos enteramos de que una vecina, una compañera de trabajo, una de las feligresas de nuestra parroquia… ha sido sorprendida “en flagrante adulterio”. ¿Cuál sería nuestra reacción? ¿Qué comentarios haríamos al respecto? ¿Qué conclusiones sacaríamos al respecto? ¿Seguiríamos tratándola igual que antes?

Cuando escuchamos en el Evangelio de hoy: La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras, solemos pensar: “¡Qué brutos, qué animalada!” Pero seamos sinceros: cuando nos enteramos de que alguien, hombre o mujer, ha cometido alguna “infidelidad”, no sólo en lo estrictamente matrimonial sino en cualquiera de los demás ámbitos que forman parte de nuestra vida: familiar, económico, social, político, eclesial, deportivo, cultural, laboral… seguimos estando muy dispuestos a “apedrear” al que consideramos culpable.

Y hoy en día quizá no utilicemos piedras minerales, pero empleamos otro tipo de “piedras” que también dejan heridas e incluso pueden “matar” a quien las recibe: difamaciones, críticas, burlas, conclusiones que damos por seguras, desprecio, rechazo… En ciertos casos, esto se amplía a comentarios en redes sociales, que llegan a ser muy crueles y despiadados y resultan ya imborrables.
El domingo pasado hablábamos de que se ha debilitado la conciencia de pecado en la sociedad en general, y también entre quienes somos y formamos la Iglesia. Y esta semana vemos que, siendo sinceros, estamos siempre más predispuestos a denunciar y condenar el pecado en los otros que en nosotros mismos, y que no lo pensamos mucho a la hora de “tirar piedras”.

De ahí que las palabras de Jesús: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra, debemos considerarlas directamente dirigidas a nosotros. Sigamos siendo sinceros: ¿Cuáles son mis “adulterios”? ¿Qué compromisos, tan serios como es el compromiso matrimonial, he roto? ¿Cuáles han sido las consecuencias de mis infidelidades? ¿A quiénes he perjudicado? ¿Cómo me siento al respecto? ¿Estoy arrepentido? Quizá, por el debilitamiento de la conciencia de pecado, si esos “adulterios” no han salido a la luz, no nos pese mucho en la conciencia lo que hemos hecho, o no lamentemos tampoco mucho las consecuencias, incluso puede que nos queramos autojustificar.

En el pasaje del Evangelio, en un momento dado quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie. Continuemos con el ejercicio de sinceridad. Aunque esos “adulterios” e infidelidades no hayan salido a la luz, sí están patentes ante Dios; imaginémonos nosotros solos ante el Señor, que conoce lo que hemos hecho: ¿Cómo nos sentiríamos? ¿Qué le diríamos? ¿Qué esperaríamos de Él? Seguramente nos sentiríamos avergonzados, le pediríamos perdón y una nueva oportunidad.

Y en el caso de que alguno de nuestros “adulterios” se hiciese público: ¿Cómo nos sentiríamos? ¿Qué esperaríamos de nuestros familiares, amigos, vecinos, miembros de nuestra comunidad parroquial…? Seguramente también esperaríamos su perdón, y nos gustaría que no estuvieran siempre recordándonos o reprochándonos lo que hemos hecho.

Prácticamente cada día se nos presentan oportunidades de “apedrear” y condenar a otros por diferentes motivos. Pero el tiempo de Cuaresma es un tiempo de conversión para reconocernos pecadores y, tener siempre presente las palabras del Señor: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. Seamos sinceros con nosotros mismos y con Dios para que, reconociendo nuestro propio pecado, y siendo conscientes de su misericordia, nos abstengamos de “apedrear” a los demás y hagamos nuestras sus palabras: Tampoco yo te condeno.

Todos necesitamos perdón

Según su costumbre, Jesús ha pasado la noche a solas con su Padre querido en el Monte de los Olivos. Comienza el nuevo día, lleno del Espíritu de Dios que lo envía a “proclamar la liberación de los cautivos […] y dar libertad a los oprimidos”. Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del templo para escucharlo.

De pronto, un grupo de escribas y fariseos irrumpe trayendo a “una mujer sorprendida en adulterio”. No les preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le interroga de nada. Está ya condenada. Los acusadores lo dejan muy claro: “En la Ley de Moisés se manda apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices?”

La situación es dramática: los fariseos están tensos, la mujer, angustiada; la gente, expectante. Jesús guarda un silencio sorprendente. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya?

Jesús, que está sentado, se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en tierra. Seguramente busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él les responderá desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.

Los acusadores sólo están pensando en el pecado de la mujer y en la condena de la Ley. Jesús cambiará la perspectiva. Pondrá a los acusadores ante su propio pecado. Ante Dios, todos han de reconocerse pecadores. Todos necesitamos su perdón.

Como le siguen insistiendo cada vez más, Jesús se incorpora y les dice: “Aquel de vosotros que no tenga pecado puede tirarle la primera piedra”. ¿Quiénes sois vosotros para condenar a muerte a esa mujer, olvidando vuestros propios pecados y vuestra necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?

Los acusadores se van retirando uno tras otro. Jesús apunta hacia una convivencia donde la pena de muerte no puede ser la última palabra sobre un ser humano. Más adelante, Jesús dirá solemnemente: “Yo no he venido para juzgar al mundo, sino para salvarlo”.

El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Los acusadores se han retirado, pero la mujer no se ha movido. Parece que necesita escuchar una última palabra de Jesús. No se siente todavía liberada. Jesús le dice “Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante no peques más”.

Le ofrece su perdón, y, al mismo tiempo, le invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 7 de abril

Dios hace brotar el perdón en el odio

      La Cuaresma es camino de conversión hacia la novedad del Reino. En la Cuaresma resuena aquel primer grito de Jesús: ¡Convertíos porque el Reino de Dios está cerca! Y cuando nos convertimos y abrimos los ojos a la novedad del Reino, descubrimos que verdaderamente Jesús nos sitúa en una nueva realidad. Nada que ver con lo que vivíamos antes. Nada que ver con lo que nos habían enseñado. Jesús nos lleva por caminos nuevos de amor y de misericordia. 

      Esa novedad está claramente señalada en la primera lectura del profeta Isaías. Para aquellos judíos que conocían bien el desierto porque lo tenían muy cerca de casa, la comparación era fácilmente comprensible. Pero además seguro que de sus oyentes saldría también alguna voz que diría: ¡Eso es imposible! Nadie puede hacer brotar ríos en el yermo. Nadie puede hacer que el desierto se convierta en un vergel. Pero eso es precisamente lo que dice Isaías. Dios va a hacer eso con el único objetivo de calmar la sed de su pueblo. Dios hace que lo imposible sea posible. 

      En el Evangelio nos encontramos con una historia que desgraciadamente se sigue repitiendo hoy en algunas culturas. A Jesús le presentan una mujer sorprendida en adulterio –siempre las culpas se dirigen contra la mujer–. La ley, lo de antes, la tradición decía que había que apedrearla hasta la muerte. Era el castigo por su pecado. Los letrados y fariseos seguro que no se acordaban de la lectura del profeta Isaías pero Jesús sí: “No recordéis lo de antaño, mirad que realizo algo nuevo”. Jesús es el que realiza la novedad. Primero hace caer en la cuenta a los acusadores de que nadie está libre de pecado. Sus palabras han quedado en la sabiduría popular: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra”. ¡Lástima que las apliquemos tan pocas veces en nuestra vida! Y luego, una vez que los acusadores han desaparecido Jesús pronuncia la palabra de Dios sobre la mujer. Pero no es la que los acusadores esperaban –cuando querían apedrear a la mujer, lo hacían precisamente en nombre de Dios–: una palabra de condena sino que es una palabra de perdón, de acogida, de cariño. 

      Algún día deberíamos llegar a comprender que ésa es precisamente la novedad que nos ha traído Jesús: que Dios no nos condena sino que nos salva, nos levanta y nos invita a seguir caminando. Él sabe que el pecado nos hace más daño a nosotros que a nadie. Por eso no quiere que pequemos. Y confía en que seremos capaces de salir adelante. ¿No es eso el agua de la vida que brota en medio del desierto de nuestros corazones?

Para la reflexión

      ¿Hay personas a las que condeno en mi corazón porque no estoy de acuerdo con las cosas que hacen? ¿Qué haría Jesús si se encontrase con esas personas? ¿Qué les diría a ellas? ¿Qué me diría a mí? ¿Cuál debería ser mi actitud en adelante?

Fernando Torres, cmf