He pecado

Suelo decir que “con Dios no hay que ser piadosos, hay que ser sinceros”. Y hoy, teniendo presente el Evangelio que acabamos de escuchar, vamos a hacer un ejercicio de sinceridad. Imaginemos que surge la noticia de que una famosa actriz, cantante, empresaria, miembro de la nobleza o realeza… ha sido sorprendida “en flagrante adulterio”: ¿Cuál sería nuestra reacción? ¿Qué comentarios haríamos al respecto? ¿Qué conclusiones sacaríamos al respecto? Y ahora imaginemos que nos enteramos de que una vecina, una compañera de trabajo, una de las feligresas de nuestra parroquia… ha sido sorprendida “en flagrante adulterio”. ¿Cuál sería nuestra reacción? ¿Qué comentarios haríamos al respecto? ¿Qué conclusiones sacaríamos al respecto? ¿Seguiríamos tratándola igual que antes?

Cuando escuchamos en el Evangelio de hoy: La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras, solemos pensar: “¡Qué brutos, qué animalada!” Pero seamos sinceros: cuando nos enteramos de que alguien, hombre o mujer, ha cometido alguna “infidelidad”, no sólo en lo estrictamente matrimonial sino en cualquiera de los demás ámbitos que forman parte de nuestra vida: familiar, económico, social, político, eclesial, deportivo, cultural, laboral… seguimos estando muy dispuestos a “apedrear” al que consideramos culpable.

Y hoy en día quizá no utilicemos piedras minerales, pero empleamos otro tipo de “piedras” que también dejan heridas e incluso pueden “matar” a quien las recibe: difamaciones, críticas, burlas, conclusiones que damos por seguras, desprecio, rechazo… En ciertos casos, esto se amplía a comentarios en redes sociales, que llegan a ser muy crueles y despiadados y resultan ya imborrables.
El domingo pasado hablábamos de que se ha debilitado la conciencia de pecado en la sociedad en general, y también entre quienes somos y formamos la Iglesia. Y esta semana vemos que, siendo sinceros, estamos siempre más predispuestos a denunciar y condenar el pecado en los otros que en nosotros mismos, y que no lo pensamos mucho a la hora de “tirar piedras”.

De ahí que las palabras de Jesús: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra, debemos considerarlas directamente dirigidas a nosotros. Sigamos siendo sinceros: ¿Cuáles son mis “adulterios”? ¿Qué compromisos, tan serios como es el compromiso matrimonial, he roto? ¿Cuáles han sido las consecuencias de mis infidelidades? ¿A quiénes he perjudicado? ¿Cómo me siento al respecto? ¿Estoy arrepentido? Quizá, por el debilitamiento de la conciencia de pecado, si esos “adulterios” no han salido a la luz, no nos pese mucho en la conciencia lo que hemos hecho, o no lamentemos tampoco mucho las consecuencias, incluso puede que nos queramos autojustificar.

En el pasaje del Evangelio, en un momento dado quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie. Continuemos con el ejercicio de sinceridad. Aunque esos “adulterios” e infidelidades no hayan salido a la luz, sí están patentes ante Dios; imaginémonos nosotros solos ante el Señor, que conoce lo que hemos hecho: ¿Cómo nos sentiríamos? ¿Qué le diríamos? ¿Qué esperaríamos de Él? Seguramente nos sentiríamos avergonzados, le pediríamos perdón y una nueva oportunidad.

Y en el caso de que alguno de nuestros “adulterios” se hiciese público: ¿Cómo nos sentiríamos? ¿Qué esperaríamos de nuestros familiares, amigos, vecinos, miembros de nuestra comunidad parroquial…? Seguramente también esperaríamos su perdón, y nos gustaría que no estuvieran siempre recordándonos o reprochándonos lo que hemos hecho.

Prácticamente cada día se nos presentan oportunidades de “apedrear” y condenar a otros por diferentes motivos. Pero el tiempo de Cuaresma es un tiempo de conversión para reconocernos pecadores y, tener siempre presente las palabras del Señor: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. Seamos sinceros con nosotros mismos y con Dios para que, reconociendo nuestro propio pecado, y siendo conscientes de su misericordia, nos abstengamos de “apedrear” a los demás y hagamos nuestras sus palabras: Tampoco yo te condeno.