Vísperas – Lunes V de Cuaresma

VÍSPERAS

LUNES V DE CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
“Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: Rm 5, 8-9

La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo!

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

R/ Sáname, porque he pecado contra ti.
V/ Señor, ten misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo dije: Señor, ten misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Yo doy testimonio de mí mismo —dice el Señor—, y además da testimonio de mí el que me envió, el Padre.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Yo doy testimonio de mí mismo —dice el Señor—, y además da testimonio de mí el que me envió, el Padre.»

PRECES

Invoquemos al Señor Jesús, que nos ha salvado a nosotros, su pueblo, librándonos de nuestros pecados, y digámosle humildemente:

Jesús, Hijo de David, compadécete de nosotros.

  • Te pedimos, Señor Jesús por tu Iglesia santa, por la que te entregaste para consagrarla con el baño del agua y con la palabra:
    — purifícala y renúevala por la penitencia.
  • Maestro bueno, haz que los jóvenes descubran el camino que les preparas
    — y que respondan siempre con generosidad a tus llamadas.
  • Tú que te compadeciste de los enfermos que acudían a ti, levanta la esperanza de nuestros enfermos
    — y haz que imitemos tu gesto generoso y estemos siempre atentos al bien de los que sufren.
  • Haz, Señor, que recordemos siempre, nuestra condición de hijos tuyos, recibida en el bautismo,
    — y que vivamos siempre para ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Da tu paz y el premio eterno a los difuntos
    — y reúnenos un día con ellos en tu reino.

Fieles a la recomendación dle Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios nuestro, cuyo amor sin medida nos enriquece con toda bendición, haz que, abandonando la corrupción del hombre viejo, nos preparemos, como hombres nuevos, a tomar parte de la gloria de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 8 de abril

Tiempo de Cuaresma 

1) Oración inicial

Señor, Dios nuestro, cuyo amor sin medida nos enriquece con toda bendición, haz que, abandonando la corrupción del hombre viejo, nos preparemos, como hombres nuevos, a tomar parte en la gloria de tu reino. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Juan 8,1-11
Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.» 

3) Reflexión

• En el Evangelio de hoy, vamos a meditar sobre el encuentro de Jesús con la mujer que iba a ser lapidada. Por su predicación y por su manera de actuar, Jesús incomodaba a las autoridades religiosas. Por esto, las autoridades procuraban todos los medios posibles para acusarlo y eliminarlo. Le traen delante a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Bajo la apariencia de fidelidad a la ley, usan a la mujer para esgrimir argumentos en contra de Jesús. Hoy también, bajo la apariencia de fidelidad a las leyes de la iglesia, muchas personas son marginadas: divorciados, enfermos de Sida, prostitutas, madres solteras, homosexuales, etc. Veamos como reacciona Jesús:
• Juan 8,1-2: Jesús y la gente. Después de la discusión sobre el origen del Mesías, descrita al final del capítulo 7 (Jn 7,37-52), “cada uno se marchó a su casa” (Jn 7,53). Jesús no tenía casa en Jerusalén. Por esto, se fue para el Monte de los Olivos. Allí había una huerta donde él solía pasar la noche en oración (Jn 18,1). Al día siguiente, antes del amanecer, Jesús estaba de nuevo en el Templo. La gente también acudía pronto para poderle escuchar. Se sentaban alrededor de Jesús y él les enseñaba. ¿Qué enseñaba Jesús? Tiene que haber sido algo muy bonito, porque la gente acudía antea del amanecer para escucharle.
• Juan 8,3-6a: Los escribas preparan una encerrona. De repente, llegan los escribas y los fariseos, trayendo consigo a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. La ponen en medio. Según la ley, esta persona debería ser apedreada (Lv 20,10; Dt 22,22.24). Ellos preguntan “¿Tú qué dices?” Era una encerrona. Si Jesús hubiese dicho: “¡Aplicar la ley!”, ellos hubiesen pensado y dicho: “¡No es tan bueno como parece, porque manda matar a la pobre mujer!” Si hubiese dicho: “No la matéis”, hubiesen dicho “¡No es tan bueno como parece, porque ni siquiera observa la ley!” Bajo la apariencia de fidelidad a Dios, ellos manipulan la ley y usan a la persona de la mujer para poder acusar a Jesús.
• Juan 8,6b-8: Reacción de Jesús: escribe en la tierra. Parecía un callejón sin salida. Pero Jesús no se espanta ni se deja llevar por los nervios. Por el contrario. Calmamente, como quien es dueño de la situación, se inclina y comienza a escribir en la tierra con el dedo. Los nervios se adueñan de sus adversarios. E insisten para que Jesús les diga qué piensa. Entonces Jesús se levanta y dice: “¡Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra!” E inclinándose volvió a escribir en la tierra. Jesús no discute la ley. Pero cambia el punto del juicio. En vez de permitir que ellos coloquen la luz de la ley por encima de la mujer para condenarla, les pide que se examinen a la luz de lo que la ley les exige a ellos. La acción simbólica de escribir en la tierra lo aclara todo. La palabra de la Ley de Dios tiene consistencia. Una palabra escrita en la tierra no la tiene. La lluvia o el viento la eliminan. El perdón de Dios elimina el pecado identificado y denunciado por la ley.
• Juan 8,9-11: Jesús y la mujer. El gesto y la respuesta de Jesús derriban a los adversarios. Los fariseos y los escribas se retiran avergonzados, uno después del otro, comenzando por los más ancianos. Acontece lo contrario de lo que ellos esperaban. La persona condenada por la ley no era la mujer, sino ellos mismos que pensaban ser fieles a la ley. Al final, Jesús se queda solo con la mujer en medio del círculo. Jesús se levanta y la mira: “Mujer, ¿dónde están? ¡Nadie te ha condenado!” Y ella responde: “¡Nadie, Señor!” Y Jesús: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.”
• Jesús no permite que alguien use la ley de Dios para condenar al hermano o a la hermana, cuando él mismo, ella misma son pecadores. Este episodio, mejor que cualquier otro enseñamiento, revela que Jesús es la luz que hace aparecer la verdad. El hace aparecer lo que existe de escondido en las personas, en lo más íntimo de cada uno de nosotros. A la luz de su palabra, los que parecían los defensores de la ley, se revelan llenos de pecado y ellos mismos lo reconocen, pues se van comenzando por los más viejos. Y la mujer, considerada culpable y merecedora de pena de muerte, está de pié ante de Jesús, absuelta, redimida y dignificada (cf. Jn 3,19-21).
 

4) Para la reflexión personal

• Trata de ponerte en la piel de la mujer: ¿Cuáles habrán sido sus sentimientos en ese momento?
• ¿Qué pasos puede y debe dar nuestra comunidad para acoger a los excluidos? 

5) Oración final

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre. (Sal 22)

Recursos Domingo de Ramos

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana anterior al 5o Domingo de Cuaresma, procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo. Meditadla personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elegid un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo parroquia Palabra: en un grupo parroquial, en un grupo de padres, en un grupo eclesial, en una comunidad religiosa…

2. El Evangelio de la Pasión… proclamado y acogido.

En este Domingo de Ramos realizamos la lectura de la Pasión. El misal propone una lectura dialogada. Intentad que los distintos lectores la preparen a conciencia para que la Palabra sea bien proclamada (¡y bien acogida!) y no únicamente recitada (!y mal entendida¡). La proclamación por varios lectores debe ayudar a concentrarse en la Palabra y a su interiorización y no a la dispersión y a una comprensión superficial. Si ayuda, se puede prever un breve tiempo de silencio (o una frase adecuada) después de cada una de las secuencias de la Pasión.

3. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al final de la primera lectura: Padre, te damos gracias por el testimonio de no-violencia dado y enseñado por tus profetas y, sobre todo, por tu Hijo Jesús. Te rogamos que vengas en nuestra ayuda, despiérta en nosotros cada mañana el deseo de escuchar tu Palabra, enséñanos con tu Espíritu de paciencia. Que sepamos reconfortar a aquellos que no pueden sufrir más.

Al final de la segunda lectura: Cristo Jesús, te adoramos y bendecimos: Tú, que eres de condición divina, te despojaste de ella y te hiciste servidor de todos. Padre, te glorificamos, porque a tu Hijo humillado hasta el extremo por los hombres, lo elevaste por encima de todo. Te pedimos por nuestra humanidad que continúa sufriendo y haciendo sufrir: levántala y cúrala por tu Espíritu de resurrección.

Al finalizar el Evangelio: Jesús, Hijo de Dios vivo, te bendecimos por esta revelación admirable que has hecho en el buen ladrón, y por la cual fortaleces nuestra esperanza: “hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”. En nombre de todos nuestros hermanos triturados por el dolor y por la infelicidad, te pedimos: “En tu Reino, acuérdate de nosotros, Señor.

4. Plegaria Eucarística.

Se puede utilizar la Plegaria Eucarística II por su densidad y brevedad. En el inicio puede indicarse una referencia al Domingo de Ramos como primer día de la Semana Santa en la que celebramos ya el día de la resurrección.

5. Palabra para el camino.

“¡Hosanna!¡Crucifícalo!…” ¡Gritos de alegría! ¡Gristos de odio!… ¡Y la misma multitud! ¿Y nuestro grito de hoy? ¿Somos discípulos de Jesús cuando todo va bien… y dejamos de serlo cuando nos sentimos en dificultades?
Durante esta Semana Santa, tomemos un tiempo con Pablo para fortalecer nuestra fe en “Cristo Jesus imagen de Dios… que se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz… y Dios lo levantó sobre todo …”. Atrevámonos a proclamarlo con nuestra vida ¡“Cristo y Señor para gloria del Padre”!

¡Vivamos la Semana Santa en oración y en la contemplación de Jesucristo, fundamento de nuestro ser y de la comunión de los hermanos en la Iglesia!

Comentario del 8 de abril

San Juan nos sigue presentando a Jesús en polémica con los fariseos, tratando de hacerles ver que el testimonio que él da de sí mismo es veraz; ellos desconfían, sin embargo, de la veracidad de ese testimonio. Jesús había dicho con solemnidad algo que difícilmente podemos encontrar en boca de un ser humano: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. ¿Quién podría decir de sí mismo algo tan intrépido? Es evidente que los fariseos vieron en esta expresión extrema arrogancia. ¿Qué hombre sensato podía pretender ser la luz del mundo?

Pues bien, Jesús lo proclama sin desdecirse ni un ápice de esta declaración. Los fariseos intervienen para decirle que mientras su testimonio sea sólo suyo, es decir, que no tenga el respaldo de otros, carecerá de validez. Y Jesús reconoce en cierto modo la fuerza del argumento: Aunque yo doy testimonio de mí mismo –como le echan en cara los fariseos-, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y adónde voy, algo que vosotros ignoráis. Jesús se remite a su propia consciencia, a lo que él sabe de sí mismo, de su origen (=su de dónde) y de su fin (=su adónde), como fundamento de su testimonio. Vosotros juzgáis por lo exterior –les dice también-; por eso os quedáis en las apariencias y se os escapa la verdad de las cosas. Por eso, viene a decirles, no veis lo que hay en mí, ni creéis en el testimonio que pretende ponerlo de manifiesto. Mi juicio, en cambio, es legítimo, porque no estoy yo solo, sino que estoy con el que me ha enviado, el Padre. Ya somos dos, parece querer decir, yo y el Padre, y la presencia de dos testigos confiere legitimidad al testimonio según vuestra ley.

Ante esta apuesta, los fariseos reaccionan pidiéndole una explicación: ¿Dónde está tu Padre?: “preséntanos a ese segundo testigo del que hablas”. Y Jesús contesta acusándoles de desconocimiento: si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre; no conocéis a mi Padre porque no me conocéis a mí, que soy su Hijo. Pero semejante desconocimiento es culpable, porque yo no lo he mantenido en secreto, sino que lo he dado a conocer. Y no me conocéis a mí, en mi verdad más profunda, porque no conocéis al verdadero Dios, aunque creáis conocerlo porque lo tenéis muy presente en vuestra tradición.

El evangelista presenta esta polémica como una conversación mantenida por Jesús con los fariseos junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Pero la conversación no transcurrió por cauces pacíficos, puesto que despertó la indignación de los fariseos que, desde entonces, buscaban el modo de hacerlo callar. Sin embargo, ese día no le echaron mano porque todavía no había llegado su hora. Y el advenimiento de esa hora era decisión del Padre.

El testimonio de Jesús, reforzado por las obras que el Padre le había concedido realizar, se prolongó en el testimonio de esa congregación de apóstoles (los Doce) que salieron al mundo para anunciar que Dios lo había resucitado de entre los muertos. Ese testimonio, sostenido y refrendado en el martirio, dio origen a una larga tradición de la que forma parte la Iglesia a la que nosotros pertenecemos; por tanto, una corriente de fe que ha llegado hasta nosotros. No nos vemos, pues, sólo ante el testimonio que ofrece Jesús de sí mismo, sino ante un testimonio reforzado por la vida martirial de la Iglesia desde sus orígenes, un testimonio que aglutina una multitud de testimonios particulares que hacen de ese inicio germinal un aluvión de proporciones inmensas. ¿Por qué nos cuesta tanto otorgar nuestra fe a un testimonio como éste, que habla de promesas divinas, cuando nos resulta tan sencillo hacer esos actos de fe (humana), tan frecuentes en la vida diaria, que consisten en creer a nuestros padres, esposa, marido, hijos, amigos, médico, farmacéutico, mecánico, vecino, etc.?

Si en aquel terreno no tenemos garantías absolutas, en éste tampoco; y sin embargo, creemos: nos dejamos llevar, nos dejamos aconsejar, nos dejamos intervenir, confiamos en su palabra y en su competencia, confiamos en su amor y afecto sinceros, creemos. Es verdad que al otorgar esta fe nos apoyamos en indicios, signos, experiencias que hacen posible la confianza. Pero también la fe en Dios permite acudir a indicios, signos de credibilidad y experiencias que la confirman y fortalecen. Y si no, ¿qué es la resurrección de Jesús testimoniada ‘hasta el derramamiento de sangre’ por sus discípulos? ¿Y qué es esa fuerza que alentó a los mártires de todos los tiempos en su trance de muerte? ¿Y qué es el maravilloso mundo que se extiende ilimitadamente ante nuestros asombrados ojos? ¿Y qué son las experiencias que pueblan las vidas de tantas personas que han dado origen a la fe o a una vocación religiosa? No permitamos que el afán moderno por controlarlo o probarlo todo nos impida creer.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Veritatis gaudium – Francisco I

Artículo 62. § 1. La erección o aprobación de una nueva Universidad o Facultad debe ser decidida por la Congregación para la Educación Católica[81], cuando se esté seguro de su necesidad o utilidad real y cuando se cumplan todos los requisitos, después de oír también el parecer del Obispo diocesano o eparquial, de la Conferencia Episcopal y de los expertos, especialmente de las Facultades más próximas.

§ 2. Para erigir canónicamente una Universidad eclesiástica son necesarias cuatro Facultades eclesiásticas, para un Ateneo eclesiástico tres Facultades eclesiásticas.

§ 3. La Universidad eclesiástica y la Facultad eclesiástica sui iuris gozan ipso iure de personalidad jurídica pública.

§ 4. Compete a la Congregación para la Educación Católica conceder mediante un decreto la personalidad jurídica a una Facultad eclesiástica que esté en el seno de una Universidad civil.


[81] Cf. can. 816 § 1 CIC; cann. 648-649 CCEO.

Homilía – Domingo de Ramos

MORIR PARA DAR VIDA

CALLAR Y CONTEMPLAR EL MISTERIO

Hablar de la pasión y muerte de Jesús resulta doloroso por la absoluta seguridad de que uno va a empequeñecer el misterio. Lo más obvio después de escuchar el relato es callar y contemplar. Estamos ante una historia asombrosa de fe.

Cuando sus admiradores y seguidores contemporáneos reciben y aclaman triunfalmente a Jesús, lo hacen viendo en él al futuro libertador temporal que les iba a liberar de la opresión social en que vivían. Hoy le aclamamos con un sentido mucho más pleno: como al libertador de la raíz de todas las esclavitudes que es el egoísmo. Y nos libera no con poderosos medios temporales, sino con la fuerza de su amor, con su entrega total, aunque con ello arriesgue su vida y la pierda.

Jesús no tenía nada de ingenuo. Cuando inició su aventura profética, lo hizo con plena consciencia de que emprendía un camino martirial. Él lo sabe, y se lo advierte a los apóstoles. Es “imprudente” metiéndose en la boca del lobo. Si fuera un poco más diplomático… si supiera contemporizar un poco… si tuviera un poco más de paciencia y no quisiera arreglar el mundo en cuatro días… si no fuera tan radical… si supiera negociar con sus enemigos… Pero no hay nada que hacer: Jesús ha apostado por el Reino, por la dignificación y liberación de sus hermanos, y no hay quien lo detenga.

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p style=”text-align:justify;”>Jesús sabe perfectamente que está sentenciado a muerte por sus enemigos frontales, los escribas y fariseos. Pero tenía a
varias salidas para evitarla: 1º matizando sus afirmaciones más conflictivas, como hacen los políticos cuando sus declaraciones provocan conflictos inesperados, pero Jesús no se 
desdijo ni un ápice; 2º retirándose a Nazaret, renunciando a su ministerio profético, pero Jesús no entiende de repliegues cuando se trata de la causa del Padre, que es la causa de sus a 
hermanos; 3º recurriendo a la fuerza de sus simpatizantes, pero Jesús no entiende de violencia: “bienaventurados los pacíficos” (Mt 5,9). Jesús renuncia martirialmente a todas estas escapatorias.

 

JESÚS, EL FRACASADO

A los ojos de sus contemporáneos Jesús es el gran fracasado. “Pasó haciendo bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hch 10,38). ¿Dónde están, a la hora de la verdad, los liberados, los rehabilitados, los agraciados por su bondad, los reconciliados?

Sus propios discípulos le abandonan y le traicionan miserablemente. Sólo le acompañan al Calvario y velan su agonía seis incondicionales, entre ellos, su madre. Hasta el Padre parece haberle abandonado en medio de aquella hoguera de tormentos, hasta el punto de salirle de lo más hondo del corazón una queja desgarradora: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). El fracaso parece total y absoluto. Es justamente la hora de la muerte total a sí mismo y de la entrega integral del grano de trigo que se “pudre” bajo la tierra; es la hora de la noche, del sepulcro. No es la vida terrena el momento del estallido de la vida, no es el momento de la recompensa (¡gracias a Dios!). Canta el himno pascual que nos transmite Pablo: “Se despojó de su rango (divino) y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,7-8).

Y todo ello “por mí”. De la misma forma que lo siente y vive Pablo, lo hemos de vivir y sentir nosotros: “Me amó y se entregó por mí” (Gá 2,20), afirma categóricamente. “Por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo y se encarnó de María Virgen”, proclamamos en la confesión de fe.

Cuando la persona es grano de trigo que “muere” en el olvido de sí misma y en la entrega generosa por los demás, produce indefectiblemente la espiga. A la vida por la muerte, es el mensaje que grita Jesús por la boca de sus heridas. “Es muriendo como se resucita”, tradujo Francisco de Asís en su conocida oración. Esta entrega significó para el Crucificado, la suprema exaltación, la plenitud de vida más absoluta. “Por eso Dios le exaltó sobre todo y le concedió el título que sobrepasa a todo título; de modo que a ese título de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2,9-11).

Jesús muere ejecutado por su valentía profética, porque sus enemigos no son capaces de amordazar su palabra revolucionaria ni atar sus manos y sus pies “heterodoxos” que han actuado para humanizar la vida de sus hermanos. Su muerte ignominiosa parecería señalar el fracaso total. Pero, justamente entonces, es cuando se produce la gran explosión de vida: su resurrección y el triunfo de su causa. Aquel grano que murió hace veintiún siglos sigue produciendo espigas en abundancia. Nosotros somos de ellas. Ahora se confiesan creyentes en el Crucificado muchos millones de personas. ¡Qué derrota tan victoriosa la de Jesús!

POR LA MUERTE A LA VIDA

La muerte y resurrección de Jesús dicen a gritos algo que debería enloquecernos de alegría: El amor nunca fracasa, el amor siempre es fecundo. Todo lo demás pasará, hay que abandonarlo en la rivera de acá a la hora de partir a la otra vida; el amor es lo único que nos acompañará, porque nuestra capacidad de amar somos nosotros mismos (Cf. 1Co 13,8).

El amor y la entrega de Jesús le llevaron a la plenitud, a una gloria incomprensible (1Co 2,9), y a nosotros, a emprender su camino, a vivir en la libertad de los hijos de Dios, a amar como él y gozar de la esperanza de compartir su destino glorioso. “Si (desde el amor y como el grano de trigo) morimos con él, viviremos con él” (2Tm 2,11). Podemos fracasar en la labor educacional y formativa de los hijos, podemos fracasar profesionalmente, podrá terminar en fracaso social nuestra labor humanitaria y promocional con los pobres, podrá fracasar nuestro esfuerzo por mejorar la vida de nuestro barrio o de

nuestro entorno laboral, pero lo que no fracasa nunca, absolutamente nunca, es el amor con que lo hemos realizado. Podemos morir “derrotados” ante los ojos humanos, como el Crucificado, pero nuestras vidas, como la de Jesús, están en manos de Dios, y el amor es ya en sí mismo un triunfo.

La derrota triunfal de Jesús evoca otras derrotas: la entrega callada de tanta gente sencilla que muere sin el reconocimiento social, de tantos héroes de barrio, de pueblo o de simple portal, que se han olvidado de sí, que no han vivido para sí, sino para los demás, que se han desvivido por el bien común de su entorno, que han renunciado a la ganancia, al descanso, al consumo para preocuparse de los demás, y que no han tenido ni la más mínima recompensa en este mundo. Testimoniaba un amigo el día que dedicábamos en una comunidad parroquial a homenajear a nuestros mayores: “Cuarenta y cinco años he estado trabajando como un empleado fiel de una ferretería, sirviendo a los demás, colaborando en las cuestiones de barrio y de mi colectivo laboral, y éste es el primer homenaje que me hacen”. Para Dios nada cae en saco roto. Todo ello es vida acumulada que se lleva en la venas del alma.

“Amar es morir”, ha dicho luminosamente un pensador de nuestros días. Es morir porque supone olvidarse de sí para vivir volcado hacia los demás. En este sentido, hay que decir que no hay vida nueva sin muerte, sin dolores de parto, sin renuncias, sin donación.

El testimonio sobrecogedor sobre el martirio de Jesús como camino a la vida plena nos invita a reafirmarnos en nuestra actitud de muerte pascual. ¿Nos sentimos cansados de tanto luchar. ¿Qué más podría hacer, además de los compromisos que estoy llevando adelante? ¿En qué habría de intensificar mi entrega? ¿Hacia qué compromisos concretos me empuja la escucha del relato estremecedor de la pasión y muerte de Jesús, que dio hasta la última gota de su sangre? Jesús, muerto como un fracasado y resucitado para una vida plena y gloriosa, es garantía de fecundidad. “Por lo tanto, mientras tenemos tiempo, hagamos el bien, sabiendo que según lo que el hombre sembrare, así cosechará” (Gá 6,10).

Atilano Alaiz

Lc 22, 14 – 23, 56 (Evangelio Domingo de Ramos)

Con la entrada de Jesús en Jerusalén y los acontecimientos de la Semana Santa, llegamos al final del “camino” comenzando en Galilea.

Todo converge, en el Evangelio de Lucas, en este punto, en Jerusalén: es ahí donde debe irrumpir la salvación de Dios.

En Jerusalén, Jesús va a realizar el último acto del programa enunciado en Nazaret: con su entrega, con su amor vivido hasta la muerte, va a nacer ese Reino de hombres nuevos, libres, donde todos serán hermanos en el amor; y, de Jerusalén, partirán los testigos de Jesús, a fin de que ese Reino se expanda por toda la tierra y sea acogido en el corazón por todos los hombres.

La muerte de Jesús ha de ser entendida en el contexto de lo que fue su vida. Desde muy pronto, Jesús se dio cuenta de que el Padre le llamaba a una misión: anunciar ese mundo nuevo, de justicia, de paz y de amor para todos los hombres.

Para concretizar este proyecto, Jesús pasó por los caminos de Palestina “haciendo el bien” y anunciando la proximidad de un mundo nuevo, de vida, de libertad, de paz y de amor para todos.

Enseñó que Dios era amor y que no excluía a nadie, ni siquiera a los pecadores; enseñó que los leprosos, los paralíticos, los ciegos, no debían ser marginados pues no eran malditos de Dios; enseñó que los pobres y los excluidos eran los preferidos de Dios y aquellos que tenían un corazón más disponible para acoger el “Reino”; y avisó a los “ricos” (los poderosos, los instalados), de que el egoísmo, el orgullo, la autosuficiencia, el individualismo sólo podían conducir a la muerte.

El proyecto liberador de Jesús entró en conflicto, como era previsible, con el ambiente de egoísmo, de deseo, de opresión que dominaba el mundo.

Las autoridades políticas y religiosas se sentían incómodas con la denuncia de Jesús: no estaban dispuestas a renunciar a esos mecanismos que les aseguraban poder, influencia, dominio, privilegios; no estaban dispuestas a arriesgar, a desinstalarse y a aceptar la conversión propuesta por Jesús. Por eso, prenderán a Jesús, le juzgarán, le condenarán y le clavarán en una cruz.

La muerte de Jesús es la consecuencia lógica del anuncio del “Reino”: resultado de las tensiones y resistencias que la propuesta del “Reino” provocó entre los que dominaban el mundo.

Podemos, también, decir que la muerte de Jesús es la culminación de su vida; es la afirmación última, y por tanto más radical y más auténtica (porque fue escrita con sangre) de aquello que Jesús predicó con palabras y con gestos: el amor, la donación total, el servicio.

En la cruz, vemos aparecer al Hombre Nuevo, el prototipo de hombre que ama radicalmente y que hace de su vida un don para todos. Porque ama, este Hombre Nuevo va a asumir como misión la lucha contra el pecado, esto es, contra todas las causas objetivas que generan miedo, injusticia, sufrimiento, explotación y muerte. Así la cruz mantiene el dinamismo de un mundo nuevo, el dinamismo del “Reino”.

Además de una reflexión general sobre el sentido de la pasión y muerte de Jesús, conviene señalar también algunos datos que son exclusivos de la versión lucana de la pasión:

• En el relato de la institución de la Eucaristía, sólo Lucas, presenta a Jesús diciendo: “haced esto en memoria mía” (cf. Lc 22,19).
La expresión no quiere sólo decir que los discípulos deben celebrar el ritual de la última cena y repetir las palabras de Jesús sobre el pan y sobre el vino; sino que, sobre todo, quiere decir que los discípulos deben repetir la entrega de Jesús, la donación de la vida por amor.

• Sólo Lucas pone en el contexto de la última cena la discusión acerca de cuál de los discípulos será el “mayor” y la respuesta de Jesús (cf. Lc 22,24-27).
Jesús avisa a los suyos que “el mayor”, es “aquel que sirve”; y presenta su propio ejemplo de una vida hecha servicio y don. Estas palabras fueron el “testamento” y animaron a los discípulos para que hicieran de su vida un servicio a los hermanos, a ejemplo de Jesús.

• En el huerto de los Olivos, sólo Lucas hace referencia a la aparición de un ángel y al “sudor de sangre” (cf. Lc 22,42-44).
Esta escena acentúa la fragilidad humana de Jesús que, sin embargo, no pone condiciones su sumisión total al proyecto del Padre; y subraya la presencia de Dios, que no abandona en los momentos de prueba a aquellos que acogen, en obediencia, su voluntad.

• También en el relato de la pasión aparece la idea fundamental que transita por toda la obra de Lucas: Jesús es el Dios que vino a nuestro encuentro, a fin de manifestar a todos los hombres, con gestos concretos, la bondad y la misericordia de Dios.

Esa idea está presente en el gesto de curar al guardián, herido por Pedro en el Huerto de Getsemaní (cf. 22,51);

está también presente en las palabras de Jesús en la cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”, Lc 23,34 (es desconcertante el amor del Hijo de Dios que muere en la cruz pidiendo el perdón del Padre para sus asesinos);

está, además, presente en las palabras que Jesús dirige al ladrón que muere en cruz, a su lado: “hoy estarás conmigo en el paraíso”, Lc 23,43 (es desconcertante la bondad de un Dios que hace de un asesino el primer santo canonizado de su Iglesia).

• Todos los sinópticos hablan de Simón de Cirene llevando la cruz de Jesús (cf. Mt 27,32; Mc 15,21); sin embargo, sólo Lucas refiere que Simón transporta la cruz “detrás de Jesús” (cf. Lc 23,26). Este dato sirve a Lucas para presentar el modelo del discípulo: es aquel que toma la cruz de Jesús y le sigue en su camino de entrega y de donación de la vida (“si alguien quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y que me siga”, Lc 9,23; cf. 14,27).

La reflexión puede partir de los siguientes datos:

Celebrar la pasión y la muerte de Jesús es introducirse en la contemplación de un Dios a quien el amor volvió frágil. Por amor, vino a nuestro encuentro, asumió nuestras limitaciones y fragilidades, experimentó el hambre, el sueño, el cansancio, conoció la picadura de las tentaciones, temió delante de la muerte, sudó sangre antes de aceptar la voluntad del Padre; es, echado en tierra, aplastado contra la tierra, traicionado, abandonado, incomprendido. De ese amor surgió vida plena, que quiso compartir con nosotros “hasta el fin de los tiempos”: esta es la más espantosa historia de amor que es posible contar; es la buena noticia que llena de alegría los corazones de los creyentes.

Contemplar la cruz, donde se manifiesta el amor y la entrega de Jesús, significa asumir la misma actitud y solidarizarse con aquellos que son crucificados en este mundo: los que sufren violencia, los que son explotados, los que son excluidos, los que son privados de derechos y de dignidad. Mirar la cruz de Jesús significa denunciar todo lo que genera odio, división, miedo, en términos de estructuras, valores, prácticas, ideologías; significa evitar que los hombres continúen crucificando a otros hombres; significa aprender con Jesús a entregar la vida por amor. Vivir de esta manera puede conducir a la muerte; pero el cristiano sabe que amar como Jesús es vivir a partir de una dinámica en la que la muerte no puede vencer: el amor genera vida nueva e introduce en nuestra carne los dinamismos de la resurrección.

La “angustia” y el “terror” de Jesús ante la muerte, su lamento por la soledad y por el abandono, le hacen muy “humano”, muy próximo a nuestras debilidades y fragilidades. De esa forma, es más fácil identificarnos con él, confiar en él, seguirle en su camino de amor y de entrega. La humanidad de Jesús nos muestra, también, que el camino de la obediencia al Padre no es un camino imposible, reservado a súper héroes o a dioses, sino que es un camino de hombres frágiles, llamados por Dios a recorrer, con esfuerzo, el camino que conduce a la vida definitiva.

La soledad de Jesús ante el sufrimiento y ante la muerte anuncia ya la soledad del discípulo que recorre el camino de la cruz. Cuando el discípulo intenta cumplir el proyecto de Dios, rechaza los valores del mundo, se enfrenta con las fuerzas de la opresión y de la muerte, recibe la indiferencia y el desprecio del mundo y tiene que recorrer su camino en la más dramática soledad. El discípulo tiene que saber, entonces, que el camino de la cruz, a pesar de ser difícil, doloroso y solitario, no es un camino de fracaso y de muerte, sino que es un camino de liberación y de vida plena.

Fil 2, 6-11 (2ª lectura Domingo de Ramos)

La ciudad de Filipos era una ciudad próspera, con una población constituida mayoritariamente por veteranos del ejército romano. Organizada a la manera de Roma, estaba fuera de la jurisdicción de los gobernantes de las provincias locales y dependía directamente del emperador; gozaba, por eso, de los mismos privilegios de las ciudades de Italia.

La comunidad cristiana, fundada por Pablo, era una comunidad entusiasta, generosa, comprometida, siempre atenta a las necesidades de Pablo y del resto de la Iglesia (como en el caso de la colecta en favor de la Iglesia de Jerusalén, cf. 2 Cor 8,1-5), por quien Pablo manifestaba un afecto especial.

A pesar de estos signos positivos no era, por otro lado, una comunidad perfecta. El desprendimiento, la humildad y la sencillez no eran valores demasiado apreciados entre los altivos patricios que componían la comunidad.

Es en esta situación donde podemos situar el texto que esta lectura nos presenta. Pablo invita a los Filipenses a encarnar los valores que marcaron la trayectoria existencial de Cristo; para eso, utiliza un himno pre-paulino, recitado en las celebraciones litúrgicas cristianas: con ese himno propone a los cristianos de Filipos el ejemplo de Cristo.

Cristo Jesús, nombrado al principio, en el medio y al final, constituye el motivo del himno.

Dado que los Filipenses son cristianos, quiere decir, dado que Cristo es el prototipo a cuya imagen están configurados, tienen la ineludible obligación de comportarse como Cristo.

¿Cómo es el ejemplo de Cristo?

El himno comienza aludiendo sutilmente al contraste entre Adán (el hombre que reivindicó ser como Dios y le desobedeció, cf. Gn 3,5.22) y Cristo (el Hombre Nuevo que, al orgullo y rebelión de Adán responde con la humildad y la obediencia al Padre). La actitud de Adán trajo fracaso y muerte; la actitud de Jesús trajo exaltación y vida.

En trazos precisos, el himno define el “despojamiento” (“kenosis”) de Cristo: él no reafirmó con arrogancia y orgullo su condición divina, sino que aceptó hacerse hombre, asumiendo con humildad la condición humana, para servir, para dar la vida, para revelar totalmente a los hombres el ser y el amor del Padre. No dejó de ser Dios; sino que aceptó abajarse hasta hacerse hombre, hacerse servidor de los hombres, para garantizar la vida nueva a los hombres. Ese “abajamiento” tomó formas de escándalo: Jesús aceptó una muerte infame, la muerte de cruz, para enseñarnos la suprema lección del servicio, del amor radical, de la entrega total hasta la muerte.

Sin embargo, esa entrega completa a los planes del Padre, no fue una pérdida ni un fracaso: la obediencia y la entrega de Cristo a los proyectos del Padre acabaron en resurrección y gloria. Como consecuencia de su obediencia, de su amor, de su entrega, Dios hizo de él el “Kirios” (“Señor”, nombre que, en el Antiguo Testamento, sustituía al nombre impronunciable de Dios); y la humanidad entera (“los cielos, la tierra y los infiernos”) le reconoce como “el Señor” que reina sobre toda la tierra y que preside la historia.

Es obvia la llamada a la humildad, al desprendimiento, a la donación de la vida la que Pablo hace aquí a los Filipenses y a todos los creyentes: el cristiano debe tener como ejemplo a ese Cristo, siervo sufriente y humilde, que hace de su vida un don para todos. Ese camino no conducirá al aniquilamiento, sino a la gloria, a la vida plena.

La reflexión puede partir de los siguientes puntos:

Los valores que marcarán la existencia de Cristo continúan sin ser demasiado apreciados en el siglo XXI. De acuerdo con los criterios que presiden la construcción de nuestro mundo, los grandes “ganadores” no son los que ponen su vida al servicio de los otros, con humildad y sencillez, sino que son los que se enfrentan al mundo con agresividad, con autosuficiencia y luchan por ser los mejores, aunque eso signifique no detenerse a sopesar los medios y pasar por encima de los otros.

¿Cómo puede un cristiano (obligado a vivir inserto en este mundo tan competitivo) convivir con estos valores?

Pablo tiene conciencia de que está pidiendo a sus cristianos algo realmente difícil; pero que es fundamental, a la luz del ejemplo de Cristo.
También a nosotros se nos pide, en estos últimos días antes de la Pascua, un paso al frente en este difícil camino de la humildad, del servicio, del amor: ¿será posible que, también aquí y hoy, seamos los testigos de la lógica de Dios?

Los acontecimientos que en esta semana vamos a celebrar, nos garantizan que el camino de la donación de la vida no es un camino de “perdedores” y fracasados: el camino del don de la vida conduce al sepulcro vacío de la mañana de Pascua, a la resurrección. Es un camino que garantiza la victoria y la vida plena.

Is 50, 4-7 (1ª lectura Domingo de Ramos)

En el libro del Deutero-Isaías (Is. 40-55), encontramos cuatro poemas que se destacan del resto del texto (cf. Is 42,1-9; 49,1-13; 50,4-11; 52,13-53,12).

Nos presentan la figura enigmática de un “siervo de Yahvé”, que recibió de Dios una misión. Esa misión tiene que ver con la Palabra de Dios y tiene carácter universal; se concretiza en el sufrimiento, en el dolor y el abandono incondicional a la Palabra y a los proyectos de Dios.

A pesar de que la misión termina en un aparente fracaso, el sufrimiento del profeta no ha sido en vano: tiene valor expiatorio y redentor; de su sufrimiento surge el perdón del pecado del Pueblo. Dios aprecia el sacrificio del profeta y le recompensa, elevándolo a la vista de todos, haciéndole triunfar sobre sus detractores y adversarios.

¿Quién es el profeta? ¿Es Jeremías, el paradigma del profeta que sufre a causa de la Palabra? ¿Es el propio Deutero-Isaías, llamado a dar testimonio de la Palabra en el ambiente hostil del Exilio? ¿Es un profeta desconocido? ¿Es una figura colectiva, que representa al Pueblo exiliado, humillado, aplastado, pero que continúa dando testimonio de Dios, en medio de las naciones? ¿Es una figura representativa, que reúne el recuerdo de personajes históricos (patriarcas, Moisés, David, profetas) como figuras míticas, de forma que representan al Pueblo de Dios en su totalidad? No sabemos; sin embargo, la figura presentada en esos poemas va a recibir una nueva iluminación a la luz de Jesucristo, de su vida, de su destino.

El texto que se nos propone, forma parte del tercer cántico del “siervo de Yahvé”.

El texto da la palabra a un personaje anónimo, que habla de su llamamiento por Dios para la misión. Él no se denomina “profeta”, pero narra su vocación con los elementos típicos de los relatos proféticos de vocación.

En primer lugar, la misión que este “profeta” recibe de Dios tiene que ver claramente con el anuncio de la Palabra. El profeta es el hombre de la Palabra, a través de quien Dios habla; la propuesta de redención que Dios hace a todos aquellos que necesitan de salvación-liberación en quien se hace eco la palabra profética.

El profeta es modelado enteramente por Dios y no pone resistencia ante la llamada, ni a lo que Dios le propone; pero tiene que estar, continuamente, en una actitud de escucha de Dios, para que pueda presentar con fidelidad esa Palabra de Dios a los hombres.

En segundo lugar, la misión profética se concreta en el sufrimiento. Es un tema sobradamente conocido en la literatura profética: el anuncio de las propuestas de Dios provoca resistencias que, para el profeta, se constituyen, casi siempre, en dolor y persecución. Sin embargo el profeta no se rinde: la pasión por la Palabra se sobrepone al sufrimiento.

En tercer lugar, viene la expresión de confianza del Señor, que no abandona a aquellos a quienes llama. La certeza de que no está sólo, que tiene la fuerza de Dios, vuelve al profeta más fuerte que el dolor, que el sufrimiento, que la persecución. Por eso, el profeta “nos será confundido”.

La reflexión puede tocar los siguientes aspectos:

No sabemos, efectivamente, quien es este “siervo de Yahvé”; sin embargo, los primeros cristianos van a utilizar este texto como base para interpretar el misterio de Jesús: él es la Palabra de Dios hecha carne, que ofrece su vida para traer la salvación-liberación a los hombres.

La vida de Jesús realiza plenamente ese destino de donación y de entrega de la vida en favor de todos; y su glorificación muestra que una vida vivida de este modo no termina en fracaso, sino en la resurrección, que genera vida nueva.

Jesús, el “siervo” sufriente, que hace de su vida un don por amor, muestra a sus seguidores el camino: la vida, cuando es puesta al servicio de la liberación de los pobres y de los oprimidos, no está perdida aunque parezca, en términos humanos, fracasada y sin sentido.

¿Tenemos el coraje de hacer de nuestra vida una entrega radical al proyecto de Dios y a la liberación de nuestros hermanos?
¿Qué es lo que todavía está impidiendo la aceptación de una opción de este tipo? ¿Tenemos conciencia de que, al escoger este camino, estamos generando una vida nueva, para nosotros y para nuestros hermanos?

¿Tenemos conciencia de que nuestra misión profética pasa porque seamos Palabra viva de Dios?
¿En nuestras palabras, en nuestros gestos, en nuestro testimonio, la propuesta liberadora de Dios llega al mundo y al corazón de los hombres?

Comentario al evangelio – 8 de abril

Comento el Evangelio de Juan, capítulo 8, versículos 12 al 20. Porque ayer escuchamos el evangelio de la mujer adúltera.

Ésta es la segunda semana con el Evangelio de Juan. Y son muchos los personajes que van apareciendo. Unos, a favor de Jesús, sobre todo los que se han visto beneficiados por la acción benéfica del Salvador. Otros, en contra. Los que se apegaban a la ley, a la norma, hasta ser casi inmisericordes.

“Yo soy la Luz”. Durante toda la semana, veremos a Jesús discutiendo con los judíos, sobre su autoridad, su procedencia y, de alguna manera, anticipando el fin que le espera.

A los que vivimos en el norte, sufriendo la noche polar, hablar de luz es siempre motivo de alegría. Y tener luz en nuestra vida es muy, pero que muy necesario. Y no solo físicamente, es decir, para ver por dónde andas, sino también espiritualmente, para no perdernos en el mundo que nos rodea.

A menudo nos sentimos débiles, perdidos en un mundo en el que predominan las malas noticias. Y nosotros mismos vemos que no podemos cambiar mucho. Que nos pueden las tinieblas. Y le ponemos ganas, pero no basta. Caemos una y otra vez en los mismos errores.

Entonces aparece la Luz, y nos ofrece su brillo, para que sepamos hacia dónde ir. Y nos invita a seguirle. Particularmente, como personas, y juntos, como Iglesia.

Cada uno de nosotros tiene la invitación para aceptar a Cristo como la Luz verdadera. Y no solo. Eso no es todo. No podemos ser egoístas. Si hemos encontrado la luz, tenemos que compartirla con todos. Tenemos que ser luz. “Tú eres del mundo la luz”, decía hace años la letra de un musical cristiano. ¡Es una tarea que te está esperando! ¡Sé un buen Juan el Bautista para otros”! Y, si te ves sin fuerzas, repite el estribillo del salmo: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”. Y créelo.

Alejandro, C.M.F.