Comentario del 8 de abril

San Juan nos sigue presentando a Jesús en polémica con los fariseos, tratando de hacerles ver que el testimonio que él da de sí mismo es veraz; ellos desconfían, sin embargo, de la veracidad de ese testimonio. Jesús había dicho con solemnidad algo que difícilmente podemos encontrar en boca de un ser humano: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. ¿Quién podría decir de sí mismo algo tan intrépido? Es evidente que los fariseos vieron en esta expresión extrema arrogancia. ¿Qué hombre sensato podía pretender ser la luz del mundo?

Pues bien, Jesús lo proclama sin desdecirse ni un ápice de esta declaración. Los fariseos intervienen para decirle que mientras su testimonio sea sólo suyo, es decir, que no tenga el respaldo de otros, carecerá de validez. Y Jesús reconoce en cierto modo la fuerza del argumento: Aunque yo doy testimonio de mí mismo –como le echan en cara los fariseos-, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y adónde voy, algo que vosotros ignoráis. Jesús se remite a su propia consciencia, a lo que él sabe de sí mismo, de su origen (=su de dónde) y de su fin (=su adónde), como fundamento de su testimonio. Vosotros juzgáis por lo exterior –les dice también-; por eso os quedáis en las apariencias y se os escapa la verdad de las cosas. Por eso, viene a decirles, no veis lo que hay en mí, ni creéis en el testimonio que pretende ponerlo de manifiesto. Mi juicio, en cambio, es legítimo, porque no estoy yo solo, sino que estoy con el que me ha enviado, el Padre. Ya somos dos, parece querer decir, yo y el Padre, y la presencia de dos testigos confiere legitimidad al testimonio según vuestra ley.

Ante esta apuesta, los fariseos reaccionan pidiéndole una explicación: ¿Dónde está tu Padre?: «preséntanos a ese segundo testigo del que hablas». Y Jesús contesta acusándoles de desconocimiento: si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre; no conocéis a mi Padre porque no me conocéis a mí, que soy su Hijo. Pero semejante desconocimiento es culpable, porque yo no lo he mantenido en secreto, sino que lo he dado a conocer. Y no me conocéis a mí, en mi verdad más profunda, porque no conocéis al verdadero Dios, aunque creáis conocerlo porque lo tenéis muy presente en vuestra tradición.

El evangelista presenta esta polémica como una conversación mantenida por Jesús con los fariseos junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Pero la conversación no transcurrió por cauces pacíficos, puesto que despertó la indignación de los fariseos que, desde entonces, buscaban el modo de hacerlo callar. Sin embargo, ese día no le echaron mano porque todavía no había llegado su hora. Y el advenimiento de esa hora era decisión del Padre.

El testimonio de Jesús, reforzado por las obras que el Padre le había concedido realizar, se prolongó en el testimonio de esa congregación de apóstoles (los Doce) que salieron al mundo para anunciar que Dios lo había resucitado de entre los muertos. Ese testimonio, sostenido y refrendado en el martirio, dio origen a una larga tradición de la que forma parte la Iglesia a la que nosotros pertenecemos; por tanto, una corriente de fe que ha llegado hasta nosotros. No nos vemos, pues, sólo ante el testimonio que ofrece Jesús de sí mismo, sino ante un testimonio reforzado por la vida martirial de la Iglesia desde sus orígenes, un testimonio que aglutina una multitud de testimonios particulares que hacen de ese inicio germinal un aluvión de proporciones inmensas. ¿Por qué nos cuesta tanto otorgar nuestra fe a un testimonio como éste, que habla de promesas divinas, cuando nos resulta tan sencillo hacer esos actos de fe (humana), tan frecuentes en la vida diaria, que consisten en creer a nuestros padres, esposa, marido, hijos, amigos, médico, farmacéutico, mecánico, vecino, etc.?

Si en aquel terreno no tenemos garantías absolutas, en éste tampoco; y sin embargo, creemos: nos dejamos llevar, nos dejamos aconsejar, nos dejamos intervenir, confiamos en su palabra y en su competencia, confiamos en su amor y afecto sinceros, creemos. Es verdad que al otorgar esta fe nos apoyamos en indicios, signos, experiencias que hacen posible la confianza. Pero también la fe en Dios permite acudir a indicios, signos de credibilidad y experiencias que la confirman y fortalecen. Y si no, ¿qué es la resurrección de Jesús testimoniada ‘hasta el derramamiento de sangre’ por sus discípulos? ¿Y qué es esa fuerza que alentó a los mártires de todos los tiempos en su trance de muerte? ¿Y qué es el maravilloso mundo que se extiende ilimitadamente ante nuestros asombrados ojos? ¿Y qué son las experiencias que pueblan las vidas de tantas personas que han dado origen a la fe o a una vocación religiosa? No permitamos que el afán moderno por controlarlo o probarlo todo nos impida creer.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística