Fil 2, 6-11 (2ª lectura Domingo de Ramos)

La ciudad de Filipos era una ciudad próspera, con una población constituida mayoritariamente por veteranos del ejército romano. Organizada a la manera de Roma, estaba fuera de la jurisdicción de los gobernantes de las provincias locales y dependía directamente del emperador; gozaba, por eso, de los mismos privilegios de las ciudades de Italia.

La comunidad cristiana, fundada por Pablo, era una comunidad entusiasta, generosa, comprometida, siempre atenta a las necesidades de Pablo y del resto de la Iglesia (como en el caso de la colecta en favor de la Iglesia de Jerusalén, cf. 2 Cor 8,1-5), por quien Pablo manifestaba un afecto especial.

A pesar de estos signos positivos no era, por otro lado, una comunidad perfecta. El desprendimiento, la humildad y la sencillez no eran valores demasiado apreciados entre los altivos patricios que componían la comunidad.

Es en esta situación donde podemos situar el texto que esta lectura nos presenta. Pablo invita a los Filipenses a encarnar los valores que marcaron la trayectoria existencial de Cristo; para eso, utiliza un himno pre-paulino, recitado en las celebraciones litúrgicas cristianas: con ese himno propone a los cristianos de Filipos el ejemplo de Cristo.

Cristo Jesús, nombrado al principio, en el medio y al final, constituye el motivo del himno.

Dado que los Filipenses son cristianos, quiere decir, dado que Cristo es el prototipo a cuya imagen están configurados, tienen la ineludible obligación de comportarse como Cristo.

¿Cómo es el ejemplo de Cristo?

El himno comienza aludiendo sutilmente al contraste entre Adán (el hombre que reivindicó ser como Dios y le desobedeció, cf. Gn 3,5.22) y Cristo (el Hombre Nuevo que, al orgullo y rebelión de Adán responde con la humildad y la obediencia al Padre). La actitud de Adán trajo fracaso y muerte; la actitud de Jesús trajo exaltación y vida.

En trazos precisos, el himno define el “despojamiento” (“kenosis”) de Cristo: él no reafirmó con arrogancia y orgullo su condición divina, sino que aceptó hacerse hombre, asumiendo con humildad la condición humana, para servir, para dar la vida, para revelar totalmente a los hombres el ser y el amor del Padre. No dejó de ser Dios; sino que aceptó abajarse hasta hacerse hombre, hacerse servidor de los hombres, para garantizar la vida nueva a los hombres. Ese “abajamiento” tomó formas de escándalo: Jesús aceptó una muerte infame, la muerte de cruz, para enseñarnos la suprema lección del servicio, del amor radical, de la entrega total hasta la muerte.

Sin embargo, esa entrega completa a los planes del Padre, no fue una pérdida ni un fracaso: la obediencia y la entrega de Cristo a los proyectos del Padre acabaron en resurrección y gloria. Como consecuencia de su obediencia, de su amor, de su entrega, Dios hizo de él el “Kirios” (“Señor”, nombre que, en el Antiguo Testamento, sustituía al nombre impronunciable de Dios); y la humanidad entera (“los cielos, la tierra y los infiernos”) le reconoce como “el Señor” que reina sobre toda la tierra y que preside la historia.

Es obvia la llamada a la humildad, al desprendimiento, a la donación de la vida la que Pablo hace aquí a los Filipenses y a todos los creyentes: el cristiano debe tener como ejemplo a ese Cristo, siervo sufriente y humilde, que hace de su vida un don para todos. Ese camino no conducirá al aniquilamiento, sino a la gloria, a la vida plena.

La reflexión puede partir de los siguientes puntos:

Los valores que marcarán la existencia de Cristo continúan sin ser demasiado apreciados en el siglo XXI. De acuerdo con los criterios que presiden la construcción de nuestro mundo, los grandes “ganadores” no son los que ponen su vida al servicio de los otros, con humildad y sencillez, sino que son los que se enfrentan al mundo con agresividad, con autosuficiencia y luchan por ser los mejores, aunque eso signifique no detenerse a sopesar los medios y pasar por encima de los otros.

¿Cómo puede un cristiano (obligado a vivir inserto en este mundo tan competitivo) convivir con estos valores?

Pablo tiene conciencia de que está pidiendo a sus cristianos algo realmente difícil; pero que es fundamental, a la luz del ejemplo de Cristo.
También a nosotros se nos pide, en estos últimos días antes de la Pascua, un paso al frente en este difícil camino de la humildad, del servicio, del amor: ¿será posible que, también aquí y hoy, seamos los testigos de la lógica de Dios?

Los acontecimientos que en esta semana vamos a celebrar, nos garantizan que el camino de la donación de la vida no es un camino de “perdedores” y fracasados: el camino del don de la vida conduce al sepulcro vacío de la mañana de Pascua, a la resurrección. Es un camino que garantiza la victoria y la vida plena.