Is 50, 4-7 (1ª lectura Domingo de Ramos)

En el libro del Deutero-Isaías (Is. 40-55), encontramos cuatro poemas que se destacan del resto del texto (cf. Is 42,1-9; 49,1-13; 50,4-11; 52,13-53,12).

Nos presentan la figura enigmática de un “siervo de Yahvé”, que recibió de Dios una misión. Esa misión tiene que ver con la Palabra de Dios y tiene carácter universal; se concretiza en el sufrimiento, en el dolor y el abandono incondicional a la Palabra y a los proyectos de Dios.

A pesar de que la misión termina en un aparente fracaso, el sufrimiento del profeta no ha sido en vano: tiene valor expiatorio y redentor; de su sufrimiento surge el perdón del pecado del Pueblo. Dios aprecia el sacrificio del profeta y le recompensa, elevándolo a la vista de todos, haciéndole triunfar sobre sus detractores y adversarios.

¿Quién es el profeta? ¿Es Jeremías, el paradigma del profeta que sufre a causa de la Palabra? ¿Es el propio Deutero-Isaías, llamado a dar testimonio de la Palabra en el ambiente hostil del Exilio? ¿Es un profeta desconocido? ¿Es una figura colectiva, que representa al Pueblo exiliado, humillado, aplastado, pero que continúa dando testimonio de Dios, en medio de las naciones? ¿Es una figura representativa, que reúne el recuerdo de personajes históricos (patriarcas, Moisés, David, profetas) como figuras míticas, de forma que representan al Pueblo de Dios en su totalidad? No sabemos; sin embargo, la figura presentada en esos poemas va a recibir una nueva iluminación a la luz de Jesucristo, de su vida, de su destino.

El texto que se nos propone, forma parte del tercer cántico del “siervo de Yahvé”.

El texto da la palabra a un personaje anónimo, que habla de su llamamiento por Dios para la misión. Él no se denomina “profeta”, pero narra su vocación con los elementos típicos de los relatos proféticos de vocación.

En primer lugar, la misión que este “profeta” recibe de Dios tiene que ver claramente con el anuncio de la Palabra. El profeta es el hombre de la Palabra, a través de quien Dios habla; la propuesta de redención que Dios hace a todos aquellos que necesitan de salvación-liberación en quien se hace eco la palabra profética.

El profeta es modelado enteramente por Dios y no pone resistencia ante la llamada, ni a lo que Dios le propone; pero tiene que estar, continuamente, en una actitud de escucha de Dios, para que pueda presentar con fidelidad esa Palabra de Dios a los hombres.

En segundo lugar, la misión profética se concreta en el sufrimiento. Es un tema sobradamente conocido en la literatura profética: el anuncio de las propuestas de Dios provoca resistencias que, para el profeta, se constituyen, casi siempre, en dolor y persecución. Sin embargo el profeta no se rinde: la pasión por la Palabra se sobrepone al sufrimiento.

En tercer lugar, viene la expresión de confianza del Señor, que no abandona a aquellos a quienes llama. La certeza de que no está sólo, que tiene la fuerza de Dios, vuelve al profeta más fuerte que el dolor, que el sufrimiento, que la persecución. Por eso, el profeta “nos será confundido”.

La reflexión puede tocar los siguientes aspectos:

No sabemos, efectivamente, quien es este “siervo de Yahvé”; sin embargo, los primeros cristianos van a utilizar este texto como base para interpretar el misterio de Jesús: él es la Palabra de Dios hecha carne, que ofrece su vida para traer la salvación-liberación a los hombres.

La vida de Jesús realiza plenamente ese destino de donación y de entrega de la vida en favor de todos; y su glorificación muestra que una vida vivida de este modo no termina en fracaso, sino en la resurrección, que genera vida nueva.

Jesús, el “siervo” sufriente, que hace de su vida un don por amor, muestra a sus seguidores el camino: la vida, cuando es puesta al servicio de la liberación de los pobres y de los oprimidos, no está perdida aunque parezca, en términos humanos, fracasada y sin sentido.

¿Tenemos el coraje de hacer de nuestra vida una entrega radical al proyecto de Dios y a la liberación de nuestros hermanos?
¿Qué es lo que todavía está impidiendo la aceptación de una opción de este tipo? ¿Tenemos conciencia de que, al escoger este camino, estamos generando una vida nueva, para nosotros y para nuestros hermanos?

¿Tenemos conciencia de que nuestra misión profética pasa porque seamos Palabra viva de Dios?
¿En nuestras palabras, en nuestros gestos, en nuestro testimonio, la propuesta liberadora de Dios llega al mundo y al corazón de los hombres?