Lc 22, 14 – 23, 56 (Evangelio Domingo de Ramos)

Con la entrada de Jesús en Jerusalén y los acontecimientos de la Semana Santa, llegamos al final del “camino” comenzando en Galilea.

Todo converge, en el Evangelio de Lucas, en este punto, en Jerusalén: es ahí donde debe irrumpir la salvación de Dios.

En Jerusalén, Jesús va a realizar el último acto del programa enunciado en Nazaret: con su entrega, con su amor vivido hasta la muerte, va a nacer ese Reino de hombres nuevos, libres, donde todos serán hermanos en el amor; y, de Jerusalén, partirán los testigos de Jesús, a fin de que ese Reino se expanda por toda la tierra y sea acogido en el corazón por todos los hombres.

La muerte de Jesús ha de ser entendida en el contexto de lo que fue su vida. Desde muy pronto, Jesús se dio cuenta de que el Padre le llamaba a una misión: anunciar ese mundo nuevo, de justicia, de paz y de amor para todos los hombres.

Para concretizar este proyecto, Jesús pasó por los caminos de Palestina “haciendo el bien” y anunciando la proximidad de un mundo nuevo, de vida, de libertad, de paz y de amor para todos.

Enseñó que Dios era amor y que no excluía a nadie, ni siquiera a los pecadores; enseñó que los leprosos, los paralíticos, los ciegos, no debían ser marginados pues no eran malditos de Dios; enseñó que los pobres y los excluidos eran los preferidos de Dios y aquellos que tenían un corazón más disponible para acoger el “Reino”; y avisó a los “ricos” (los poderosos, los instalados), de que el egoísmo, el orgullo, la autosuficiencia, el individualismo sólo podían conducir a la muerte.

El proyecto liberador de Jesús entró en conflicto, como era previsible, con el ambiente de egoísmo, de deseo, de opresión que dominaba el mundo.

Las autoridades políticas y religiosas se sentían incómodas con la denuncia de Jesús: no estaban dispuestas a renunciar a esos mecanismos que les aseguraban poder, influencia, dominio, privilegios; no estaban dispuestas a arriesgar, a desinstalarse y a aceptar la conversión propuesta por Jesús. Por eso, prenderán a Jesús, le juzgarán, le condenarán y le clavarán en una cruz.

La muerte de Jesús es la consecuencia lógica del anuncio del “Reino”: resultado de las tensiones y resistencias que la propuesta del “Reino” provocó entre los que dominaban el mundo.

Podemos, también, decir que la muerte de Jesús es la culminación de su vida; es la afirmación última, y por tanto más radical y más auténtica (porque fue escrita con sangre) de aquello que Jesús predicó con palabras y con gestos: el amor, la donación total, el servicio.

En la cruz, vemos aparecer al Hombre Nuevo, el prototipo de hombre que ama radicalmente y que hace de su vida un don para todos. Porque ama, este Hombre Nuevo va a asumir como misión la lucha contra el pecado, esto es, contra todas las causas objetivas que generan miedo, injusticia, sufrimiento, explotación y muerte. Así la cruz mantiene el dinamismo de un mundo nuevo, el dinamismo del “Reino”.

Además de una reflexión general sobre el sentido de la pasión y muerte de Jesús, conviene señalar también algunos datos que son exclusivos de la versión lucana de la pasión:

• En el relato de la institución de la Eucaristía, sólo Lucas, presenta a Jesús diciendo: “haced esto en memoria mía” (cf. Lc 22,19).
La expresión no quiere sólo decir que los discípulos deben celebrar el ritual de la última cena y repetir las palabras de Jesús sobre el pan y sobre el vino; sino que, sobre todo, quiere decir que los discípulos deben repetir la entrega de Jesús, la donación de la vida por amor.

• Sólo Lucas pone en el contexto de la última cena la discusión acerca de cuál de los discípulos será el “mayor” y la respuesta de Jesús (cf. Lc 22,24-27).
Jesús avisa a los suyos que “el mayor”, es “aquel que sirve”; y presenta su propio ejemplo de una vida hecha servicio y don. Estas palabras fueron el “testamento” y animaron a los discípulos para que hicieran de su vida un servicio a los hermanos, a ejemplo de Jesús.

• En el huerto de los Olivos, sólo Lucas hace referencia a la aparición de un ángel y al “sudor de sangre” (cf. Lc 22,42-44).
Esta escena acentúa la fragilidad humana de Jesús que, sin embargo, no pone condiciones su sumisión total al proyecto del Padre; y subraya la presencia de Dios, que no abandona en los momentos de prueba a aquellos que acogen, en obediencia, su voluntad.

• También en el relato de la pasión aparece la idea fundamental que transita por toda la obra de Lucas: Jesús es el Dios que vino a nuestro encuentro, a fin de manifestar a todos los hombres, con gestos concretos, la bondad y la misericordia de Dios.

Esa idea está presente en el gesto de curar al guardián, herido por Pedro en el Huerto de Getsemaní (cf. 22,51);

está también presente en las palabras de Jesús en la cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”, Lc 23,34 (es desconcertante el amor del Hijo de Dios que muere en la cruz pidiendo el perdón del Padre para sus asesinos);

está, además, presente en las palabras que Jesús dirige al ladrón que muere en cruz, a su lado: “hoy estarás conmigo en el paraíso”, Lc 23,43 (es desconcertante la bondad de un Dios que hace de un asesino el primer santo canonizado de su Iglesia).

• Todos los sinópticos hablan de Simón de Cirene llevando la cruz de Jesús (cf. Mt 27,32; Mc 15,21); sin embargo, sólo Lucas refiere que Simón transporta la cruz “detrás de Jesús” (cf. Lc 23,26). Este dato sirve a Lucas para presentar el modelo del discípulo: es aquel que toma la cruz de Jesús y le sigue en su camino de entrega y de donación de la vida (“si alguien quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y que me siga”, Lc 9,23; cf. 14,27).

La reflexión puede partir de los siguientes datos:

Celebrar la pasión y la muerte de Jesús es introducirse en la contemplación de un Dios a quien el amor volvió frágil. Por amor, vino a nuestro encuentro, asumió nuestras limitaciones y fragilidades, experimentó el hambre, el sueño, el cansancio, conoció la picadura de las tentaciones, temió delante de la muerte, sudó sangre antes de aceptar la voluntad del Padre; es, echado en tierra, aplastado contra la tierra, traicionado, abandonado, incomprendido. De ese amor surgió vida plena, que quiso compartir con nosotros “hasta el fin de los tiempos”: esta es la más espantosa historia de amor que es posible contar; es la buena noticia que llena de alegría los corazones de los creyentes.

Contemplar la cruz, donde se manifiesta el amor y la entrega de Jesús, significa asumir la misma actitud y solidarizarse con aquellos que son crucificados en este mundo: los que sufren violencia, los que son explotados, los que son excluidos, los que son privados de derechos y de dignidad. Mirar la cruz de Jesús significa denunciar todo lo que genera odio, división, miedo, en términos de estructuras, valores, prácticas, ideologías; significa evitar que los hombres continúen crucificando a otros hombres; significa aprender con Jesús a entregar la vida por amor. Vivir de esta manera puede conducir a la muerte; pero el cristiano sabe que amar como Jesús es vivir a partir de una dinámica en la que la muerte no puede vencer: el amor genera vida nueva e introduce en nuestra carne los dinamismos de la resurrección.

La “angustia” y el “terror” de Jesús ante la muerte, su lamento por la soledad y por el abandono, le hacen muy “humano”, muy próximo a nuestras debilidades y fragilidades. De esa forma, es más fácil identificarnos con él, confiar en él, seguirle en su camino de amor y de entrega. La humanidad de Jesús nos muestra, también, que el camino de la obediencia al Padre no es un camino imposible, reservado a súper héroes o a dioses, sino que es un camino de hombres frágiles, llamados por Dios a recorrer, con esfuerzo, el camino que conduce a la vida definitiva.

La soledad de Jesús ante el sufrimiento y ante la muerte anuncia ya la soledad del discípulo que recorre el camino de la cruz. Cuando el discípulo intenta cumplir el proyecto de Dios, rechaza los valores del mundo, se enfrenta con las fuerzas de la opresión y de la muerte, recibe la indiferencia y el desprecio del mundo y tiene que recorrer su camino en la más dramática soledad. El discípulo tiene que saber, entonces, que el camino de la cruz, a pesar de ser difícil, doloroso y solitario, no es un camino de fracaso y de muerte, sino que es un camino de liberación y de vida plena.