Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 9, 17-19

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p style=»text-align:justify;»>17Y le respondió uno de la muchedumbre:Maestro, he traído ante ti a mi hijo, que tiene un espíritu mudo. 18Y en cualquier parte donde se apodera de él, lo derriba; y echa espumarajos por la boca, rechina sus dientes y se vuelve rígido. Y dije a tus discípulos que lo expulsaran, pero no tenían fuerza”.
19Pero él, respondiendo, les dice: “Oh generación incrédula, ¿hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os soportaré? Traedlo ante ”.

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p style=»text-align:justify;»>9, 17-19: Retrato de la situación del muchacho. En respuesta a la pregunta de Jesús sobre la causa de la conmoción (9,16), un hombre da un paso adelante de entre la muchedumbre y describe cómo trajo a su hijo poseído por el demonio para que los discípulos de Jesús se lo exorcizaran (9,17-18). Los términos con los que el hombre recuerda este encuentro son significativos: «Maestro, te traje a mi hijo…» (9,17a). El hombre quiso llevar el muchacho a Jesús, mas al encontrarse con que estaba lejos en aquel momento, se dirigió a sus discípulos. Los lectores de Marcos podrían ver una implicación más profunda: traer un endemoniado a los discípulos es equivalente a llevarlo a Jesús mismo, ya que este ha comisionado a los Doce «para que estén con él» y «para tener autoridad para expulsar demonios» (3,14-15). Así pues, por su unión con Jesús, los discípulos poseen el poder de exorcizar, que han demostrado en una acción anterior del evangelio (6,7.13). Esta vez, sin embargo, no han sido capaces de utilizar este poder y al final del pasaje los discípulos retornarán a la cuestión del porqué (9,28-29). 
El padre del muchacho continúa proporcionando una descripción detallada de los síntomas del ataque demoníaco, a saber, el mutismo, las convulsiones, los espumarajos en la boca, el rechinar de dientes y la rigidez (9,17b-18). Queda claro por esta descripción, por el relato siguiente de la posesión del muchacho (9,20) y por los detalles ulteriores del padre (9,21-22), que el joven es un epiléptico y que habría sido reconocido como tal por los lectores antiguos. Nuestro pasaje atribuye inequívocamente esta enfermedad a un demonio, un hecho que puede molestar al cristiano que quiere conciliar la visión bíblica del mundo con el espíritu científico moderno. Es importante observar, sin embargo, que nuestro pasaje no trata principalmente sobre la creencia de Marcos en el poder de los demonios, sino en especial de su creencia en que esta fuerza, terriblemente poderosa y hostil, ha sido vencida por Jesús. Así, el tema del pasaje es similar al de la controversia sobre Beelzebul en 3,20-30. Ambos textos otorgan una importancia especial a las raíces dyn- («ser capaz de») e isch- («ser fuerte») en un contexto que tiene que ver con el exorcismo: Jesús vence a enemigos sobrenaturales lo suficientemente poderosos como para ser capaces de derrotar a cualquier otro que no fuera él.

La reacción inicial de Jesús al anuncio del hombre sobre el fracaso de los discípulos en sus intentos de curar a su hijo es extraordinariamente apasionada: «Oh generación incrédula. ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os soportaré?» (9,19a). Puesto que se acaba de relatar una carencia de los discípulos, hemos de pensar que probablemente estas palabras se aplican a ellos en primer lugar, especialmente porque el elemento temporal en la frase «¿Hasta cuándo estaré con vosotros?» es un eco de las palabras recientes de Jesús a sus discípulos: «¿Aún no entendéis?» (8,21). Las palabras de Jesús aluden también al éxodo y a las tradiciones del desierto que han desempeñado ya un papel tan importante en esta sección del evangelio: la queja de Jesús ahora resulta similar a la de Dios ante Moisés en Nm 14 tras el pésimo informe sobre la tierra prometida de los espías israelitas y después de la afirmación del pueblo de que sería más conveniente regresar a Egipto (Nm 14,11). Un vocabulario similar al de Mc 9,19 se halla también presente en Dt 32, donde el grupo del éxodo es designado como una «generación perversa, hijos en los que no hay fidelidad alguna» (Dt 32,20). Pero Jesús concluye su intervención a «la generación incrédula» no con un reproche, sino con un nuevo encargo: «Traédmelo». Así pues, incluso en el momento de su más bajo perfil, los discípulos no quedan excluidos de participar en la comunicación por parte de Jesús del poder liberador divino en un mundo poseído por el Demonio.