En este domingo está resumida la vida pública de Jesús

1.- ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Sí, Cristo conoció momentos de triunfo y momentos de pasión. La liturgia del domingo de ramos nos describe estos momentos de triunfo y los momentos de pasión con una viveza y una plasticidad asombrosa. Comenzamos la ceremonia con la bendición y la procesión de los ramos: es el momento del triunfo. Quizá el pueblo fiel ha identificado siempre la fiesta del domingo de ramos con la procesión: a la fiesta del domingo de ramos se iba preparado, sobre todo, para ver y participar en la procesión que había antes de la misa. Para eso la gente se vestía con el mejor traje, o con la mejor falda, blusa o abrigo que encontraran en el armario. ¡Quien no estrena en ramos, o es manco, o no tiene manos!, decía la gente sencilla. Para ellos, la fiesta del domingo de ramos era la fiesta de la procesión de ramos. Y sabían, quizá de una manera imprecisa y no muy teológica, que eso lo hacían para honrar al Señor, para acompañarle en su entrada triunfal en Jerusalén. Ellos, todos, estaban de parte del Señor, le aclamaban como a su verdadero rey y Señor. Los demás reyes y señores de la tierra eran nada comparados con la grandeza del Rey y Señor de los señores, con Cristo Jesús. Yo no sé lo que sentiría Cristo cuando, montado en un pollino, entró triunfalmente en Jerusalén, aclamado con gritos y cánticos por el pueblo sencillo y viendo el camino alfombrado con los mantos de la gente. Pero indudablemente debió sentirse agradecido a la piedad sincera de aquella gente sencilla. Por eso, cuando algunos fariseos le dicen que reprenda a sus discípulos, Jesús les replica: os digo que, si estos callan, gritarán las piedras. Aclamemos hoy nosotros, desde los pliegos más sencillos e íntimos de nuestra alma, a quien vino a la tierra para salvarnos y liberarnos de tanta miseria y de tanto mal como nos circunda. Dejemos que Cristo sea, en este momento, el rey y señor que transforme nuestros corazones.

2.- No oculté el rostro a insultos y salivazos. Es el momento del sufrimiento y de la pasión. Muchos momentos de la vida de Cristo fueron momentos de pasión. Jesús no buscó el sufrimiento porque le gustara sufrir; Jesús aceptó el sufrimiento porque para ser fiel a la voluntad de su Padre Dios tuvo que hacer muchas cosas que le causaron un gran sufrimiento. No ocultó el rostro a insultos y salivazos, no se acobardó ante el sufrimiento que le suponía su lucha constante contra el mal, su denuncia diaria de la ambición, de la hipocresía y de la maldad de muchos jefes políticos y religiosos de su tiempo. Por eso, en la liturgia de este domingo de ramos leemos también el relato de la pasión y muerte de Cristo, para que no olvidemos que en la vida de Cristo, junto a los momentos de triunfo hubo también momentos de pasión. Como la vida de cualquier cristiano que quiera ser fiel a la voluntad de nuestro Padre Dios; hemos de saber aceptar en nuestra vida los momentos de triunfo y los momentos de pasión con igual entereza y con amor. Participemos hoy con alegría en la procesión de los ramos y unámonos espiritualmente, en la lectura de la pasión, al Cristo que, por amor, aceptó valientemente el sufrimiento, sin ocultar su rostro a insultos y salivazos.

Gabriel González del Estal