La grandeza se hace pobreza

Al celebrar el Domingo de Ramos, se entrecruzan dos sentimientos bien diferentes. Por un lado la alegría de recibir y aclamar a Jesús en el pórtico de la Semana Santa y, por otro lado, la visión que tenemos de que, la pasión, es lo que al final le espera.

1.- Pero la Pasión de Jesús, no será un muro infranqueable. Lo recibimos con palmas los mismos que, en Viernes Santo, gritaremos ¡crucifícale! ¡crucifícale!

La vida está sembrada de contradicciones. Envuelta en adhesiones y deserciones. Probada por fidelidades e infidelidades. Y, nosotros, en el Domingo de Ramos, manifestamos que ciertamente, la Pasión, sólo la puede retar alguien como Jesucristo. Alguien que, como El,  esté dispuesto a perdonar, olvidar ofensas, cobardías y falsos juicios.

El Domingo de Ramos, es el ascenso hacia la Pascua. Aquel que viene en el nombre del Señor, incita muchos sentimientos en aquellos que le acompañamos con ramos y palmas en esta mañana.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

 

2.- La Semana Santa, si algo tiene, es que sigue cristalizando los deseos de un Dios que en Jesús, quiere acercarse y donarse por los hombres. La riqueza, en Navidad, se hizo pobreza y, en este pórtico de Semana Santa, la grandeza cabalga sobre la humildad y la pobreza de un pollino.

¡Pero qué ingenuo! (Pensarían algunos de los que contemplaron el auténtico cortejo que se dio en la Jerusalén de entonces). ¿Un rey en pollino? Así es Dios. Nos desconcierta. Habla y cabalga por el camino de la sencillez.

Interviene Dios, en el Domingo de Ramos, desde la alegría que nos debe de producir un Jesús que sabe lo que le aguarda, a la vuelta de la esquina,  por haber apostado por la salvación del hombre.

Habla Dios, en el Domingo de Ramos, para los que tenemos fragilidad e incoherencia: hoy decimos que sí, pero mañana diremos que no.

Se hace presente Dios, en el Domingo de Ramos, como lo hizo desde el mismo nacimiento de Jesús en Belén: con pobreza y sin miedo al ridículo. Fue adorado por los pobres en la gruta de Belén, y es aclamado por el pueblo sencillo y llano, en su entrada a Jerusalén.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

3.- tercer milenio, en ciudades y conciencias, porque sabe que viene y habla en el nombre del Señor. Su sola presencia a unos dejará indiferentes, en otros acarreará aplausos y en otros…enojo. Y lo haremos con la cruz, como dijo el Papa Francisco en el primer día de su pontificado, porque sin la cruz… todo el edificio espiritual de nuestra Iglesia y de nosotros mismos se tambalea y cae abajo. Hace aguas.

En el Domingo de Ramos, la iglesia debe de recuperar la fuerza por seguir caminando con ilusión, convencimiento y fortaleza hacia la mañana de resurrección. Siendo consciente de que, por medio, está la cruz, la persecución, las traiciones desde dentro de casa, la blandura de algunos de sus miembros y la incomprensión de otros tantos que… tan pronto le aplauden como la apedrean.

Y es que, la vida cristiana, en algunos momentos puede ser así: un encantador viaje con un triste final. Eso sí, la última Palabra por ser de Dios, pondrá a esa tristeza un choque: la resurrección de Cristo. Y, eso, ya no es final triste. Es una traca con destellos de eternidad y de felicidad eterna.

Javier Leoz