Sin dolor no se ama

Al mundo lo podemos contemplar como un escenario donde se libra una batalla entre dos tendencias: la del bien y la del mal. Un ejemplo de esta realidad nos ofrece la Semana Santa, que iniciamos hoy, domingo de Ramos. Una semana que Jesús la llamó “su hora”, ya que en ella vivió los acontecimientos más tensos. Es conocida la leyenda del lobo. En su corazón, en su interior, luchan dos tendencias: una negativa, alimentada por la rabia, por la envidia, por la avaricia, por la arrogancia, por la mentira, por la falsedad. La segunda tendencia es buena; mantenida por la alegría, por la paz, por la armonía, por la esperanza, por la serenidad, por la bondad, por la verdad. Pero la lucha no se ciñe solo a lo individual, se amplía a lo social, a lo general. Las dos tendencias están marcadas perfectamente por la Semana Santa. Aparecen los sentimientos de valentía y cobardía, de cinismo y de fidelidad, de miedo y de honradez, de verdad y de mentira. Aparecen Pedro que traiciona y el Cirineo que ayuda, la verónica que defiende y otros- otras que se esconden, la masa que es manipulada y el grupo de mujeres que se mantienen en pie.

La primera parte de la Semana Santa gira en torno al sufrimiento: somos simultáneamente Adán y Cristo; ángeles y demonios, simbólicos y diabólicos. Nos será saludable una mirada (o varias miradas) a la cruz, que está ahí, a las cruces que están ahí. Ignacio Ellakuria, jesuita, se hacía tres preguntas: Hay muchos crucificados, ¿qué hacemos ente sus cruces?, ¿qué vamos a hacer para bajarlos de la cruz?, ¿qué hemos hecho (o dejado de hacer) para que estos hombres permanezcan crucificados?. En la Semana Santa Jesús se nos muestra más divino y más humano que en cualquier otra circunstancia. ¿Jesús nos demuestra que sin amor no se vive?. En Semana Santa se nos llama a la vida, a la Pascua siguiendo el consejo de San Pablo: “Aspirad a los bienes de arriba, no a los de abajo”.

Josetxu Canibe