Comentario del 14 de abril

Nuestra Semana Santa abre sus puertas entre hosannas y aclamaciones que festejan al que viene en el nombre del Señor. Así fue recibido Jesús, que se presentó en la ciudad santa montado en un borriquillo y rodeado por sus discípulos: como el que venía en nombre del Señor para cumplir su plan, para llevar a cabo su designio de amor. Por eso es festejado y aclamado; por eso, extienden a su paso mantos y enarbolan ramos de olivo. Es el enviado del Señor. Es el Mesías.

Aquel recibimiento no hacía prever lo que habría de suceder más tarde. El aclamado del domingo de Ramos se convertirá en el paciente de la Pasión: un paciente activo y voluntario, es verdad, pero paciente sufriente, varón de dolores. Ambas cosas las pone de manifiesto el relato evangélico de la Pasión: su voluntariedad para acudir al lugar del suplicio cuando más se estrecha el cerco en torno a él; su voluntariedad para afrontar el juicio a que es sometido con una dignidad soberana y para beber hasta la última gota el cáliz del sufrimiento que le ha tocado en suerte, consumando así su misión; y su pasión, que tiene sus preliminares, su momento cimero y sus postrimerías: esa Pasión que se deja notar ya cuando Jesús se ve obligado a saborear la amargura de la traición de uno de los suyos, y que tiene continuación en la agonía y soledad de Getsemaní y en el abandono de sus seguidores más fieles; a esto se sumarán los dolores provocados por la corona de espinas, los golpes de la soldadesca, la flagelación, el peso del madero de la cruz en ese agónico peregrinaje hacia el Calvario, los clavos incrustados en su carne, la pérdida progresiva de sangre en las arterias, la carencia de oxígeno en los pulmones, la muerte lenta e incontenible.

Jesús era realmente ese paciente que había ofrecido su espalda a los que le golpeaban y su mejilla a los que mesaban su barba –tal como predijera el profeta Isaías- y que se abrazaba ahora a la cruz en actitud de obediencia a la voluntad del que permitía todo esto, a la voluntad del Padre. Porque era el mismo Dios quien permitía (no podemos decir que quisiera con voluntad de beneplácito) la traición de Judas, la ceguera de los miembros del Sanedrín (sus jueces), la cobardía de Pilato, el gobernador romano, la insensible crueldad de los soldados, la indiferencia del resto del mundo, la piedad impotente e infructuosa de algunos de sus acompañantes y seguidores. Nada hubieran podido contra Jesús estos si Dios no lo hubiese permitido o si él mismo hubiese decidido otra cosa, por ejemplo, no acudir a Jerusalén por las fiestas de Pascua, haciéndose notar, en actitud humilde, pero desafiante. Por eso, tras estos acontecimientos, forjados por la voluntad extraviada de tanta gente, ve Jesús la voluntad de su Padre, o también, que su misión (la encomendada por el Padre) exigía esta consumación.

Se trataba de actuar el amor más grande: el amor del que da la vida. De este modo, su muerte se convertía en una ofrenda de amor, del amor más grande: el de quien da la vida por sus amigos y por sus enemigos. Y así, su muerte pasará a ser fuente de salvación para muchos, para todos aquellos que acaben acogiendo esta ofrenda de amor y se vean transformados por ella. Esta era la voluntad del Padre (lo que el Padre le pedía al Hijo): que amara hasta el extremo de dar la vida. Por eso, Jesús vio en su pasión y muerte, soportadas por amor, la voluntad del Padre, que permitía el pecado de sus injustos agresores (y homicidas) y se complacía en la paciencia y docilidad de su siervo, Jesús.

San Pablo ve en este acto de obediencia la culminación de una historia de renuncias o auto-despojamiento. Es la historia del que era de condición divina y sin hacer alarde de su categoría tomó la condición humana. Luego el aclamado como el que viene en nombre del Señor es el mismo Hijo de Dios (alguien de condición divina), pero al que vemos despojado, no sólo de su indumentaria o de su rango o dignidad, o de algunas posesiones, sino de su impasibilidad (para poder sufrir), de su inmortalidad (para poder morir), de su eternidad (para poder entrar en el tiempo); más aún, despojado de su misma dignidad humana, para poder sufrir la muerte de un condenado y ser contado entre malhechores. Y porque se rebajó hasta ese punto, Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre, esto es, el nombre de Señor: un nombre ante el que se doblan todas las rodillas. La genuflexión es el reconocimiento de su señorío. Se trata, por tanto, de reconocer en el Crucificado al que es de condición divina en su estado kenótico, es decir, humano, sufriente, mortal, y exaltado sobre todo. A esto nos invita san Pablo, porque sólo así obtendremos la salvación, o lo que es lo mismo, nos dejaremos vivificar por el amor que salva: amor paciente en la humillación y humilde en la exaltación.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística