Hch 10, 34a. 37-43 (1ª lectura Domingo de Resurrección)

La obra de Lucas (el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles) aparece entre los años 80 y 90 de nuestra era, en un momento en el que la Iglesia ya se encuentra organizada y estructurada, pero en la que comenzaron a surgir “maestros” poco ortodoxos, con propuestas doctrinales extrañas y, a veces, poco cristianas. En este ambiente, las comunidades cristianas comienzan a necesitar criterios claros que les permita distinguir la verdadera doctrina de Jesús de las falsas doctrinas de los falsos maestros.

Lucas presenta entonces la Palabra de Jesús, transmitida por los apóstoles bajo el impulso del Espíritu Santo: es esa Palabra que contiene la propuesta liberadora que Dios quiere presentar a los hombres.

En los Hechos, en especial, Lucas muestra cómo la Iglesia nace de la Palabra de Jesús, fielmente anunciada por los apóstoles; será esta Iglesia, animada por el Espíritu, fiel a la doctrina transmitida por los apóstoles, la que tendrá en cuenta el plan salvador del Padre y lo hará llegar a todos los hombres.

En este texto Lucas nos propone el testimonio y la catequesis de Pedro en Cesarea, en casa del centurión romano Cornelio.

Llamado por el Espíritu (cf. Hch. 10,19-20), Pedro entra en casa de Cornelio, le expone lo esencia de la fe y lo bautiza, así como a toda su familia (cf. Hch. 10,23B-49). El episodio es importante porque Cornelio es el primer pagano al cien por cien en ser admitido en el cristianismo por uno de los Doce (el etíope de quien se habla en Hch. 8,26-40 ya era “prosélito”, esto es, simpatizante del judaísmo). Significa que la vida nueva que nace de Jesús es para todos los hombres.

Nuestro texto es una composición lucana donde resuena el “kerigma” primitivo. Pedro comienza anunciando a Jesús como “el ungido”, que tiene el poder de Dios (v. 38a); después describe la actividad de Jesús, que “pasó haciendo el bien y curando a todos los que eran oprimidos” (v. 38b); enseguida da testimonio acerca de la muerte de Jesús en la cruz (v. 39) y de su resurrección (v. 40); finalmente, Pedro saca las conclusiones acerca de la dimensión salvífica de todo esto (v. 43b): “que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados”). Esta catequesis cuenta también, con alguna insistencia, el testimonio de los discípulos que acompañaban el caminar histórico de Jesús (vv. 39a.41.42).

Téngase en cuenta cómo la resurrección no se presenta como un hecho aislado, sino como el culmen de una vida vivida en obediencia al Padre y en donación a los hombres. Después de que Jesús hubiera pasado por el mundo “haciendo el bien y liberando a todos los que estaban oprimidos”, después de haber muerto en la cruz como consecuencia de ese “camino”, Dios lo resucitó. La vida nueva y plena que la resurrección significa es el punto de llegada de una existencia puesta al servicio del proyecto salvador y liberador de Dios. Por otro lado, esta vida vivida en entrega y donación es una propuesta transformadora que, una vez acogida, libera de la esclavitud del egoísmo y del pecado (v. 43).

¿Y los discípulos? Son aquellos que se unirán a Jesús y que acogerán su propuesta liberadora. Si la vida de los discípulos se identifica con la de Jesús, ellos van a“resucitar” (esto es, a renacer a una vida nueva y plena). Además de eso, son sus testigos: es absolutamente necesario que esta propuesta de resurrección, de vida plena, de vida transfigurada, llegue a todos los hombres. Se trata de una propuesta de salvación universal que, a través de los discípulos, debe llegar a todos los pueblos de la tierra sin distinción. Los acontecimientos del día de Pentecostés ya habían anunciado la universalidad de la propuesta de salvación, presentada por Jesús y testimoniada por los apóstoles.

La reflexión puede partir de las siguientes coordenadas:

La resurrección de Jesús es la consecuencia de una vida gastada en “hacer el bien y en liberar a los oprimidos”. Eso significa que siempre que alguien, a ejemplo de Jesús, se esfuerza por vencer el egoísmo, la mentira, la injusticia y por hacer triunfar el amor, está resucitado; significa que, siempre que alguien, a ejemplo de Jesús, se da a los demás y manifiesta, en gestos concretos, su entrega a los hermanos, está construyendo una vida nueva y plena.

¿Yo estoy resucitado (porque camino por el mundo haciendo el bien y liberando a los oprimidos) o mi vida es un volver a andar los viejos esquemas del egoísmo, del orgullo, de la comodidad?

La resurrección de Jesús significa, también, que el miedo, la muerte, el sufrimiento, la injusticia, dejarán de tener poder sobre el hombre que ama, que se da, que comparte la vida. Tiene asegurada la vida plena, esa vida que los poderes del mundo no pueden destruir, controlar o restringir. Puede así enfrentarse al mundo con la serenidad que le viene de la fe.

¿Soy consciente de esto, o me dejo dominar por el miedo, siempre que tengo que actuar para combatir aquello que roba la vida y la dignidad, a mi y a cada uno de mis hermanos?

A los discípulos se les pide que sean testigos de la resurrección. Nosotros no vimos el sepulcro vacío; pero hacemos, todos los días, la experiencia del Señor resucitado, que está vivo y que camina a nuestro lado por los caminos de la historia. Nuestra misión es testimoniar esa realidad; sin embargo nuestro testimonio será hueco y vacío si no lo corroboramos con el amor y la donación (las señales de la vida nueva de Jesús).