Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 9, 20-24

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p style=»text-align:justify;»>20Y lo trajeron ante él.
Y, al verlo, el espíritule convulsionó de inmediato[al muchacho] y, cayendo a tierra, se revolcaba echando espumarajos por la boca.
21Y preguntó a su padre: “¿Cuánto tiempo hace que le está sucediendo esto?”.
Y él dijo: “Desde la niñez. 22Y muchas veces lo ha echado al fuego y a las aguas para destruirlo. Pero, si algo puedes, ayúdanosteniendo compasión de nosotros”.
23PeroJesús le dijo: “¿Si puedes? ¡Todas las cosas son posibles al que cree”.
24De inmediato, gritando el padre del niño, decía: “Creo;ayudaa mi incredulidad”.

9,20-24: La llegada del muchacho endemoniado ante Jesús desencadena una reacción abrupta y violenta: el demonio posesivo, al ver al sanador, arremete inmediatamente contra su víctima con uno de esos ataques epilépticos que acaban de ser descritos, provocando convulsiones al muchacho, abatiéndolo, haciéndole echar espuma por la boca y rodar sobre la tierra (9,20). Se podría considerar falto de sensibilidad que, ante el muchacho que rueda convulso a sus pies, Jesús pregunte calmadamente a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le está sucediendo esto?» (9,21a). Esta pregunta, sin embargo, tiene al menos tres objetivos. Primero, en términos narrativos, sirve para obtener del padre una declaración que acentúe la duración del estado de su hijo, aumentando la magnitud de la próxima curación. Segundo, en términos de técnica exorcista, representa una operación de recogida de datos; Jesús recibe información sobre la naturaleza del demonio, que será vital para la tarea de la expulsión. Tercero, en términos de la historia de la salvación marcana, la pregunta une la terminación del reinado demoníaco en el muchacho con la acción escatológica de Dios en la historia por la muerte de su Enviado ya que recuerda la pregunta de Jesús: «¿Hasta cuándo estaré con vosotros?» (9,19).

El padre contesta que su hijo ha estado sufriendo tales ataques desde la niñez (9,21b) y añade un detalle que acentúa la naturaleza destructiva del espíritu: a veces lo «lanza al fuego o a las aguas para destruirlo» (9,22a). En el relato total marcano, estas palabras repiten la queja de otro demonio -«¿Has venido para destruimos?» (1,24)- y son un recordatorio de la enemistad mortal entre Jesús, el libertador y sanador de los seres humanos y el mundo del Diablo que procura su opresión y destrucción.

El recuerdo por parte del padre de la frecuencia con la que el espíritu ha conducido a su hijo al borde de la muerte lo mueve a concluir suplicando apasionadamente ayuda a Jesús: «Pero, si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ¡ayúdanos!» (9,22b). La identificacióndel padre con el destino de su hijo está aquí afectuosamente indicada por el empleo de la primera persona plural del pronombre: «Ten compasión de nosotros y ayúdanos». La súplica parece repetir también fórmulas litúrgicas del Antiguo Testamento que urgen a Dios a tener compasión «de nosotros» (por ejemplo, Sal 123,2-3; Eclo 36,1) o a «ayudarnos» (2Cro 14,11; Sal 79,9, por ejemplo). Además, estas plegarias litúrgicas invocan con frecuencia el amor de Dios como motivo para tal ayuda y contrastan la suficiencia divina con la ineficacia humana (Sal 44,26; Sal 60,11; Sal 108,12). El relato está situando a Jesús enuna posición análoga a Dios. Jesús parece ignorar en su respuesta una dimensión emocional, poniendo en cambio en el centro la cuestión de la confianza en Dios. Jesús rechaza la frase condicional del padre: «Si puedes hacer algo»; Jesús confronta la carencia de confianza implícita en estas palabras con el aserto de que todas las cosas son posibles «al que cree» (9,23). Los exegetas están divididos acerca de la importancia de esta respuesta: ¿es la fe del padre la que podría hacer posibles todas las cosas, curación de su hijo incluida, o que todas las cosas, incluido este exorcismo, son posibles para Jesús, el hombre de la fe perfecta? Esta discusión exegética es similar a la que hay entre los intérpretes paulinos sobre si la pistis Iésou, que justifica a los seres humanos, es la fe en Jesús o la fe/fidelidad de Jesús.

Los testimonios marcanos acerca del significado de la frase «el que cree» son ambiguos. Por un lado, en este caso, el hombre parece tomarla como una referencia a sí mismo ya que responde asegurando a Jesús que él cree de verdad, aunque imperfectamente. En otros lugares del evangelio, además, la fe de los solicitantes a Jesús aparece vinculada a la curación milagrosa (5,34; 10,52), a la vez que la fe nunca se atribuye directamente a Jesús mismo. Por otra parte, los otros dos casos marcanos de la expresión panta dynata («todas las cosas son posibles»: 10,27; 14,36) atribuyen la omnipotencia a Dios y no a la capacidad humana, y acabamos de ver que nuestro relato parece situar a Jesús en una posición análoga a la de Dios. Además, la pregunta implícita que ha precipitado la declaración de Jesús sobre la completa suficiencia de la fe es si él, Jesús, puede curar al hijo del solicitante («Si puedes…»); esto tendría sentido si su respuesta se refiriera a su propia fe más que a la del solicitante. Con tales señales contrarias en el texto, lo mejor podría ser aceptar que la declaración de Jesús es deliberadamente ambigua y propone dejar espacio para ambas interpretaciones: al padre se le pide que mude su atención desde su propia situación, aparentemente desesperada, hacia el Dios Fiel que tiene todo el poder en su mano y a la vez se denomina «fe» a ese acto de reorientación.

Pero ¿de dónde debe venir tal fe? El padre exclama con «un grito atormentado» (que, por su gran honestidad, constituirá un inmenso alivio para aquellos cristianos que se encuentran análogamente situados en la incierta frontera entre la fe y la duda): «Creo; ¡ayuda a mi incredulidad!» (9,24). La especificación enfática del solicitante como «el padre del niño» acentúa de nuevo la cercana relación entre él y su hijo. En realidad, no hay necesidad alguna de designar al actor, e incluso si así fuera, el sintagma «del niño» resultaría superfluo; sin embargo, en la lógica de la presente historia marcana, la relación entre el padre y el hijo no es el centro de la atención, sino simplemente el pretexto para el diálogo crucial sobre la fe y la incredulidad. EI conflicto interno de un hijo tan querido fuerza al padre a enfrentarse a su propia división interior, a su condición simultánea de creyente e incrédulo. «Creo» – afirma- y la mayor parte del relato hasta el momento apoya esta afirmación: ha llevado a su niño enfermo a Jesús; ha persistido en la tentativa de conseguir su curación incluso después de que los discípulos resultaran ser incompetentes y de que Jesús mismo respondiese con una actitud indiferente en apariencia. Pero añade: «Ayuda a mi incredulidad». El padre del epiléptico alberga todavía alguna duda sobre si Jesús es en realidad capaz de socorrerlo. No quiere ceder terreno a esta duda, pero se siente incapaz de evitarlo por sí mismo, otro ejemplo del tema de la incapacidad humana que penetra todo el pasaje. Estas últimas palabras suyas son tanto un reconocimiento de su pertenencia a la generación incrédula que ha rechazado las aseveraciones de Jesús, como una aceptación de que si debe conseguir la fe, esta debe venir como un don de lo alto.

Por consiguiente, el padre del muchacho epiléptico es, por esa doble situación de creyente e increyente, justo y pecador, un símbolo perfecto para el discípulo cristiano. Aunque la fe y la incredulidad se hallan contrapuestas en el ámbito de la lógica, en la experiencia cristiana son una realidad simultánea; el que cree está siempre implicado simultáneamente en una batalla contra la incredulidad. Resulta significativo que en la transición de la súplica de 9,22 a la de 9,24, el padre se mueva desde un imperativo aoristo («ayúdanos» como una acción puntual) a un imperativo presente, que implica una acción en curso («Ayuda [continuamente] a mi incredulidad»). Esta concepción de la fe -a saber: que sufre un constante ataque y que necesita consecuentemente buscar el socorro divino en todo momento- encaja muy bien con la exhortación posterior de Jesús a los discípulos a orar continuamente teniendo en cuenta su doble condición de buena disposición de espíritu pero debilidad de la carne (14,38). Ello concuerda también con la representación general marcana de los discípulos como gente de fe, que dejan todo para seguir a Jesús y que obran milagros en su nombre, pero que se muestran también miserablemente «incrédulos» en coyunturas cruciales del relato.