¡Feliz Pascua de Resurrección hermanos!

¡Feliz día de la luz!
¡Feliz futuro en el que amanece
un nuevo horizonte para el hombre!
¡Ha resucitado! ¡Aleluya!
Esta felicidad, hermanos,
no es igual que la del resto del año:
¡Ésta  nos rescata de la tristeza!
Esta felicidad, hermanos, no es la misma que –sin sentido- nos deseamos en la noche final del
año:
¡Ésta es felicidad para siempre, no es para uno año.
Es para el cielo, para todos!
Esta felicidad, hermanos, no la ofrece el licor,
la música, ni la superficialidad:
¡Ésta viene como portento
y horas grandes de Dios en la tierra!
Esta felicidad, hermanos, no surge de las pequeñas movidas que nos montamos:
¡Ésta viene de lo más profundo del corazón de Dios!
Esta felicidad pascual, hermanos,
no es deleitada por los dulces de cada día:
¡Este “felices pascuas” arranca de nuestro deseo de ser hombres nuevos!
Este deseo “felices pascuas” no nace del egoísmo
¡Éste viene del amor de Dios sin condiciones!
Este aleluya, brillante y vibrante, triunfal y armonioso
no es entonado por instrumento humano:
¡Es ejecutado por la fe que nos anima
a creer en el Resucitado!

¡Aleluya, amigos todos!
Teniendo a Jesús por delante:

un sepulcro vacío
unas mujeres que reconocen al Maestro
unos discípulos, con virtudes y defectos
una Virgen que contempla emocionada a Jesús vivo;
no tenemos derecho al desaliento
no existe habitación para el temor
no podemos dar la mano al pesimismo
No hay lugar para la muerte ni para las noches oscuras

¡Jesús ha resucitado!
¡Jesús ha prometido lo que cumplió!

¡Jesús es la alegría del mundo!
¡Jesús es el final de la muerte!
¡Jesús es el principio de de la vida eterna!
¡Jesús es la razón de nuestra espera!
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Mil veces aleluya!
¡Ha resucitado, el Señor!
¡Bendita la mañana que nos trajo tal noticia!

Javier Leoz