Ganó la batalla

Nuestros ojos contemplan el Misterio más central donde se sustentan nuestras convicciones cristianas: la gloria del Señor Resucitado.

1.- Sólo, los que se asoman al sepulcro vacío, en esta mañana de Pascua, pueden –podemos- entender, el secreto de este Misterio: ¡El gran milagro de Dios! ¡La Resurrección de Cristo!

Estamos, todavía impresionados por la Vigilia Pascual; hemos querido prepararnos para el gran acontecimiento en el que está fundamentada nuestra fe: ¡Ha resucitado! ¡Aleluya!

En este Día del Señor, arranca nuestro propio día. Hoy, sustentado en el Día Eterno del Señor, se comienza a levantar nuestro propio ser eterno. Hoy, en el sepulcro abierto del Señor, comenzamos a buscar las llaves del sepulcro de cada uno de nosotros: ¡Ya no estarán cerrados para siempre! ¡Viviremos! ¡Resucitaremos!

Con la Resurrección de Jesús, comenzamos nuestro propio peregrinar hacia la Ciudad Santa. No podemos estar tristes. Los peregrinos tienen una meta y, nosotros, ya tenemos la nuestra: la gloria del Señor, la vida eterna. La alegría de las santas mujeres, en la mañana de la Pascua, la tenemos también nosotros en estas horas. Felicitamos al Señor en el momento de su gran prodigio: la resurrección. Felicitamos al Señor porque, su conquista sobre la muerte, es una batalla ganada para todo hombre, para todo bautizado, para todo aquel que, desde la fe y movido por el Espíritu Santo, quiera seguir los caminos del Señor que conducen a la eterna Pascua.

¿Entendemos ahora el fin de la Cuaresma? ¿Nos hemos preparado –como deportistas en la fe- a este momento culminante, a este gran final? ¿Vemos con los ojos de la fe? ¿Tenemos un corazón sensible y dispuesto para buscar las cosas de arriba sin quedarnos en el piso firme?

2.- Hoy es la alborada con la luz más radiante para toda humanidad. La Resurrección del Señor lo penetra todo. Lo invade todo. Lo explica todo. Por ella, por la Pascua, merece la pena cambiar y volver de caminos equivocados. Es el momento adecuado para morir, en aquello que tengamos que morir, si hemos de vivir con el que queremos vivir para siempre. La suerte de Cristo (¡qué gran suerte!) es la nuestra: ¡Viviremos con El!

Hoy, es la mañana de luz, donde germina la fe en el Resucitado. Una fe que se enriquece y se hace más fiable  cuando recordamos lo que, Jesús, camino de la Pascua nos ha sugerido: amor, conversión, oración, adoración a Dios. En definitiva, buscando y modelando con todas las consecuencias, una vida nueva.

Que tengamos la suerte de encontrarnos con el Señor. No tengamos miedo en asomarnos al sepulcro vacío. El vacío está lleno de una gran presencia: la mano de Dios. Un Dios que actúa para la salvación del hombre. Un Dios que sorprende, como siempre lo hace, a todo aquel que, amándole, no se deja llevar o vencer por otros dioses de tercera. ¡Ha resucitado! ¡Aleluya!

Vivamos, cantemos, gocemos son especial intensidad todos estos sentimientos. ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Javier Leoz