Sábado Santo

Hoy es 20 de abril, Sábado Santo.

Llega el momento del silencio, de la espera cansada. Quizás también del sentimiento de derrota. Hoy es sábado y hacemos memoria de ese tiempo de sepulcro y soledad. Pienso en los sentimientos de los discípulos, de María,  de los amigos de Jesús. ¿Dónde te has ido amigo?

Hoy preciso tus manos,
es tan negra la noche,
necesito de ti.
Mi vida sin tu luz se ha quedado
y tantea muy torpe
su razón de existir.
Te he visto
un sinfín de ocasiones
he andado a tu lado
y te he amado a morir.
Ahora me duelen las emociones
que muy fiel he guardado,
dentro de mí. 

Dime dónde te has ido
para ir a buscarte,
clamándote estoy
curarás mi sentido
que está herido de frío
desde que te marchaste,
solo por encontrarte,
respiro. 

Diligente te busco
y paciente te espero,
con hambre de sol,
semilla que ha seguido tan viva
que su sed me lastima el corazón.
Acepta aliviarme del susto
y marcarme un sendero,
fundado en tu voz.
Reclamo que estremece mi alma
y alimenta la llama,
de mi oración.

Dime dónde te has ido
para ir a buscarte,
clamándote estoy
curarás mi sentido
que está herido de frío
desde que te marchaste,
solo por encontrarte,
respiro.

Dónde te has ido interpretado por Jesús Cabello, «Cuánto vale la vida»

Hoy se agolpan en mi mente y en mi corazón imágenes de estos días pasados. Jesús, camino de Jerusalén. El conflicto con los discípulos. La unción en Betania. Las palabras de Pedro y de Juan. la sensación de dificultad ante la cruz. La pérdida del amor y quizás hoy, más que nunca, brota una oración necesaria. Habla, Señor, que te escucho.

La lectura de hoy es de la profecía de Isaías (Is 55, 1-11):

Así dice el Señor: «Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero. Venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?

Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme, y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David: a él lo hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones; Tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti; por el Señor, tu Dios, por el Santo de Israel, que te honra.

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.

Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-.

Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

¿Cómo creer en tu promesa de esperanza y alimento en el momento del hambre y el dolor? ¿Cómo recuperar la confianza a la luz de la derrota? Recuerdo momentos en los que acaso me he sentido así. Cuando la desesperación y el sinsentido me vencen. Sé que al final de la oscuridad, hay luz. Escucho, en silencio, tu promesa.

Pienso en el ciclo de la lluvia. El agua que baja, empapa la tierra y le da vida y luego se evapora. Para reiniciar el ciclo desde la nube y la tormenta. Así es tu palabra, Señor, incluso cuando falta sé que volverá.

Escucho ahora la profecía dicha para mí hoy, aquí y ahora. Como si el profeta y tras él la voz de Dios, me estuviera llamando en este sábado santo de espera.

Promesas

Escucha, tú, que tienes sed, ven a por agua. ¿Qué te falta? ¿Cariño? ¿Sentido? ¿Motivos? Ven. ¿De qué tienes hambre? ¿De esperanza, de verdad, de encuentro? Ven y aliméntate de mi palabra y mi promesa. Come sin pagar el trigo y el vino, la vida y la fe. ¿Por qué gastas tu vida, tu ilusión y tus fuerzas en batallas vacías? Escúchame con atención, y vivirás. Sellaré contigo una alianza perpetua, una promesa que se extiende de generación en generación.

Búscame, aunque no me encuentres. Búscame, que estoy cerca. Abandona otros caminos, para recorrer mis senderos. Y yo estaré contigo.

Mis planes no son tus planes. Mis proyectos no son tus proyectos, mis caminos no son tus caminos. Pero mi amor eres tú. Ese, el amor, es mi plan, mi proyecto y mi camino.

Mi palabra es como lluvia que baja y empapa la tierra. La hace fecunda. Le da vida. Tú eres esa tierra. Y tu fruto será alimento de tantos. Abraza mi palabra, y todo estará bien.

 (Adaptación de Is 55, 1-11) por Rezandovoy

Como la lluvia da vida
a la tierra al caer,
dame tu agua viva
Que me haga renacer otra vez a la fe.

Como la lluviainterpretado por Ixcís, «Abrazando la noche»

Sigo esperando, Señor, esperando que tu promesa se haga real. Que tu silencio se vuelva palabra. Que tu ausencia se llene de vida. Que tu muerte se convierta en resurrección. Sigo esperando.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.