La Pascua para infundir optimismo y esperanza permanente

1.- PEDRO, PIEDRA BASILAR.- Una vez más es Pedro quien toma la palabra, como portavoz de los demás. Ahora en unas circunstancias decisivas y solemnes. Se trataba de incorporar a la Iglesia, al nuevo Israel, a quienes siempre se les había considerado como «goyim», como gentiles, paganos, gentes impuras e idólatras. Es verdad que será Pablo el que evangelice de modo particular a las gentes, por lo que recibiría el título de Apóstol de los gentiles. Pero antes, en este pasaje que contemplamos, san Pedro movido, casi arrastrado, por el Espíritu Santo entra en casa de Cornelio, venciendo sus escrúpulos de buen judío, y anuncia la Buena Nueva a la familia de aquel centurión romano.

Vemos en estos hechos la voluntad peculiar del Señor, respecto de Pedro, en relación con la fundación de la Iglesia. En efecto, el Señor hizo piedra de fundamento a Simón, el hijo de Jonás, llamado desde ese momento Pedro, precisamente por el papel que Jesucristo le había asignado como piedra basilar de la Iglesia. Y porque no era un privilegio personal sino en provecho de la Iglesia de todos los tiempos, esa condición de piedra de fundamento y de jerarca supremo pasaría luego a sus sucesores en la Sede romana, que el Príncipe de los Apóstoles había glorificado con su martirio.

Se lee en el texto de la primera lectura que Jesús fue ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo. Podemos decir que también Pedro recibió de modo particular la fuerza de lo Alto, la especial asistencia del Espíritu Santo para poder desempeñar, a pesar de su debilidad, la tarea que el Señor le había encomendado. De hecho, Jesús en la última Cena le había prevenido diciéndole que el demonio estaba acechándolos para zarandearlos como se zarandea el grano, pero que él mismo había rogado por Pedro para que, una vez confirmado, confirmara él a los demás. Y así fue. El demonio lo derrotó en el atrio del sumo sacerdote ante una criada y unos siervos que le acusaban de ser discípulo de Jesús.

Pero la mirada profunda y entrañable del Maestro, el canto de un gallo rasgando el alba, fueron suficientes para hacerle llorar de dolor y de arrepentimiento. Después de aquella caída, Pedro repetirá una y otra vez, entre temeroso y confiado: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo». Y el Maestro le devolverá sus poderes, renovará su promesa y le encomendará que apaciente a sus ovejas. Esa misión que nuestro flamante Pontífice Francisco, continúa en nuestros días.

2.- EL AMOR, MÁS FUERTE QUE LA MUERTE.- Era todavía de noche y todo estaba a oscuras. Era muy de madrugada cuando María Magdalena, empujada por su amor a Jesús sale hacia el sepulcro, junto con las otras mujeres, que como ella estaban ansiosas de ultimar el sepelio del cuerpo del Señor, de rendirle el último servicio. La muerte no les arredra porque el amor es más fuerte. El cariño, en efecto, pervive aún después de la muerte del ser querido. El amor intuye que el ser amado sigue presente de alguna forma, cercano y entrañable como siempre, e incluso más aún.

El hombre, a pesar de su condición humana, que a menudo se niega a creer en el más allá, en la existencia de otra vida diversa de ésta, a pesar de su «si no lo veo no lo creo», tiene como un misterioso sentido que le hace intuir que no todo termina con la muerte, y que en un sepulcro, donde sólo hay restos mortales, existe algo de ese ser querido que merece todavía el cariño y el recuerdo que encierran unas flores, una oración o simplemente una lámpara encendida.

Por eso las mujeres caminaban presurosas al rayar el alba, deseosas de honrar después de la muerte a quien tanto habían amado cuando estaba vivo. Por otra parte reflejaban con su conducta ese culto a los difuntos tan arraigado en el judaísmo, y en las demás religiones. Es un fenómeno que indica la clara conciencia que tienen los hombres de una vida, la que sea, después de la muerte.

De hecho, la resurrección de Jesucristo es una confirmación de esa verdad sobre la vida eterna. Esto es un motivo de esperanza y de gozo para cuantos estamos destinados a morir, viendo cómo la muerte nos ronda, o nos roza incluso con su fría y terrible guadaña. También es, sin duda, un motivo de gran consuelo el saber que nuestros seres queridos, esos que atravesaron el muro de la tumba, siguen vivos en alguna parte, capaces de seguir queriéndonos y de protegernos, necesitados quizá de nuestra ayuda, esa que le podemos prestar con una oración, con la aplicación de una Misa, con la entrega de una limosna, o de cualquier otra buena acción.

Por eso para un cristiano no tiene sentido la tristeza ante la muerte, no se entiende el miedo y la angustia. Hoy, fiesta de la Pascua, cuando celebramos la Resurrección de Jesucristo, nuestro corazón debe llenarse de esperanza, de ánimo y de buenos deseos, de ganas de vivir de tal forma que no nos importe morir. Vivir con esa fe es dar contenido y valor a toda nuestra existencia, infundir optimismo y esperanza permanente.

Antonio García-Moreno