Ap 1, 9-11-13. 17-19 (2ª Lectura Domingo II de Pascua)

Estamos al final del mandato de Domiciano (alrededor del año 95); los cristianos eran perseguidos de forma violenta y organizada y parecía que todos los poderes del mundo se volvían contra los seguidores de Cristo. Muchos cristianos, llenos de miedo, abandonaban el Evangelio y se ponían del lado del imperio. En la comunidad decían: “Jesús es el Señor”; pero fuera, quien mandaba como señor todopoderoso era el Emperador de Roma.

En este contexto de persecución, de miedo y de martirio se escribió el Apocalipsis. El objetivo del autor es presentar a los creyentes una invitación a la conversión (primera parte, Ap 1-3) y una lectura profética de la historia que les ayude a afrontar la tempestad con esperanza y a creer en la victoria final de Dios y de los creyentes (segunda parte, Ap 2-22).

El texto de la segunda lectura de hoy pertenece a la primera parte del libro. En él, se presenta, recurriendo al lenguaje simbólico (es a través de los símbolos como mejor se expresa la realidad del misterio) al “Hijo del Hombre: él es el Señor de la historia y aquel a través del cual Dios revela a los hombres su proyecto salvador.

Ese “Hijo del Hombre” es Cristo resucitado. Para describirlo, el autor (un tal Juan, exiliado en la isla de Patmos a causa del Evangelio), va a utilizar los símbolos heredados del mundo vétero-testamentario que subrayan, sobre todo, la divinidad de Jesús.

El texto que hoy nos propone la liturgia no presenta la descripción original completa (faltan los versículos 14-16). En los versículos que se nos proponen, este “Hijo del Hombre” es presentado como el Señor que preside su Iglesia (en el v. 12, los siete candelabros representan a la totalidad de la Iglesia de Jesús; recordad que el siete es el número que indica plenitud, totalidad) y que camina en medio de ella y con ella (v. 13a); él está revestido de dignidad sacerdotal (la larga túnica, distintivo de dignidad sacerdotal revela que él es, ahora, el verdadero intermediario entre Dios y los hombres, v. 13b) y posee la dignidad real (el cinto de oro, porque en él reside la realeza y la autoridad sobre la historia, el mundo y la Iglesia, v. 13c).

Sobre todo, él es el Cristo del misterio pascual; estaba muerto, volvió a la vida y es, ahora, el Señor de la vida que derrotó a la muerte (v. 18). La historia comienza y acaba en él (v. 17b). Por eso, los cristianos no deberán temer nada.

A Juan, Cristo resucitado le confía la misión profética de ser testigo. El hecho de que Juan caiga por tierra como muerto y el hecho de que el Señor lo reanime con un gesto (v. 17), nos hacen pensar en varios relatos de vocación profética del Antiguo Testamento.

El “profeta” Juan es, pues, enviado a las iglesias; su misión es la de anunciar un mensaje de esperanza que permita enfrentarse al miedo y a la persecución.

Sobre todo, es llamado a anunciar a todos los cristianos que Jesús resucitado está vivo, que camina en medio de su Iglesia y que, con él, ningún mal les sucederá pues él es el que preside la historia.

Reflexionad a partir de las siguientes coordenadas:

Hay muchas cosas e intereses que hoy son erigidos como dioses, que reciben nuestra adoración, que nos desvían de lo esencial y que acaban por destruirnos y esclavizarnos.
¿Qué cosas e intereses son esos? ¿Es Jesús, vivo y resucitado, quien está en el centro de nuestras vidas y de nuestras comunidades?

El miedo aliena, esclaviza, nos impide actuar de forma positiva. ¿Somos conscientes de que nada tenemos que temer porque Cristo, el Señor de la historia, camina con nosotros?

Los hombres de hoy, a pesar de todos los descubrimientos y conquistas, tienen, muchas veces, una perspectiva pesimista que les envenena el corazón y la existencia. Si la esperanza está en crisis, nosotros, testigos del resucitado, tenemos una propuesta de novedad y de salvación que ofrecer al mundo.

¿Nos sentimos profetas, enviados, como Juan, a anunciar un mensaje de esperanza, a dar testimonio de Jesús resucitado y a decir que ese mundo nuevo ya está haciéndose?