Lunes I Pascua

Hoy es 22 de abril, Lunes de la 1ª semana de Pascua.

En este tiempo de Pascua, me hago eco de la invitación a acercarme a Cristo resucitado. No se me pide que niegue mis vacíos y mis dudas. No tengo por qué disimular mis heridas y mis límites. Simplemente me dispongo, abriéndome a la sorpresa. Quiero preparar mis oídos y mis ojos para un encuentro verdadero. Señor, que mi vida repose hoy en tus manos.

Nos dijeron de noche
que estabas muerto,
y la fe estuvo en vela
junto a tu cuerpo.
La noche entera
la pasamos queriendo
mover la piedra.

CON LA VUELTA DEL SOL,
VOLVERA A VER LA TIERRA
LA GLORIA DEL SEÑOR. 

No supieron contarlo
los centinelas:
nadie supo la hora
ni la manera.
Antes del día
se cubrieron de gloria
tus cinco heridas. 

Si los cinco sentidos
buscan el sueño,
que la fe tenga el suyo
vivo y despierto.
La fe velando
para verte de noche
resucitando.

Con la vuelta del sol interpretado por Colegio Mayor Kentenich, «Quiero construirte una casa, Señor»

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 28, 8-15):

Las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: “Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros”. Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

María Magdalena y María de Santiago recibieron la alegría más grande. Jesús las quería alegres y también me quiere alegre a mí. Te pido Señor, en este momento, que me regales tu presencia resucitada, como hiciste con esas dos buenas mujeres. Haz que escuche con fe tu invitación. Alegraos.

Sé que cuando tú te haces presente, en medio de mis noches, todo se llena de luz y recupera su color, su frescura, su esperanza. Pero tú sabes que a veces me embarga la tristeza y conoces cuando se me echa encima la noche. Me hago consciente de esos momentos y desde ellos te repito, regálame tu alegría.

Sé que no se trata de ser importante o de tener muy buena preparación. También estas mujeres eran de las que no contaban para nadie. Pero Dios hizo apóstoles a quienes no contaban. Pienso ahora en cuantas personas pequeñas, casi insignificantes y con una preparación escasa, me han hablado con pasión de Jesucristo. Y me pregunto si yo siento esa misma pasión por mostrar a Jesucristo o hay algo que me da miedo y me frena. Repito las palabras de Jesús: no tengáis miedo, no tengáis miedo.

Al leer de nuevo el evangelio, caigo en la cuenta de cómo hay muchas personas que no están dispuestas a acoger en sus vidas el mensaje de la resurrección. Cómo prefieren buscar justificaciones, enmascarar la realidad o no están dispuestos a hacerse preguntas para aquello que no entendemos. Me fijo en el contraste de las amigas de Jesús y los sumos sacerdotes.

Apariciones

Se convirtió en faro
para muchos que vagaban
perdidos en la tormenta
y sacudidos por las olas.
Se convirtió en refugio,
lugar al que regresábamos
sabiendo que siempre encontraríamos
un abrazo sanador,
un plato en la mesa
y una palabra oportuna.
Se convirtió en mar
en el que nos zambullíamos
para recobrar la pasión primera.
Se convirtió en árbol,
con dos grandes ramas que apuntaban al cielo,
pero, dobladas por el peso de sus frutos,
nos envolvían a todos.
Se convirtió en canción,
y a veces sonaba muy dentro
reavivando memorias y proyectos.

Se convirtió en misterio,
una pregunta eterna
que nos libera para siempre
de la prisión de las certezas.

(José María Rodríguez Olaizola SJ)

Al final de este encuentro, Jesús, te ofrezco mi vida y todos mis sentidos para anunciarte. Toma Señor, mis pies para andar por tus caminos. Dispón de mis manos para acoger y bendecir. Que mis labios no dejen de proclamar tu misericordia. Que mis oídos escuchen el clamor de los que te buscan sinceramente. Y mis ojos vean como siempre despunta tu alba en medio de tantas noches. Amén.

Alma de Cristo, santifícame,
Cuerpo de Cristo, sálvame,
Sangre de Cristo, embriágame,
Agua del costado de Cristo, lávame,
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme,
no permitas que me aparte de ti,
del maligno enemigo, defiéndeme.
y en la hora de mi muerte, llámame,
y mándame ir a ti, para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos.
Amén.