Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 9, 25-27

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p style=»text-align:justify;»>25Pero viendoJesúsque se reunía rápidamente una muchedumbre, recriminó al espíritu impuro diciéndole: “Espíritu mudo y sordo; yo te lo ordeno: ¡Sal de él y no entres de nuevo en él!”.
26Y, dando gritos y convulsionándolo grandemente, salió; y [el muchacho] quedó como muerto, de modo que muchos dijeron que había muerto.

27Pero Jesús, agarrándole la mano, lo levantó y se puso en pie.

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p style=»text-align:justify;»>El exorcismo. La exclamación arrepentida del padre atormentado, que «cree y teme creer», va seguida de un apiñamiento de la gente que, por lo visto, ha sido atraída por el espectáculo ofrecido por la situación del muchacho y el grito de su progenitor. Jesús, viendo la conmoción, entra inmediatamente en acción y ordena al demonio que salga del muchacho (9,25). Los términos de esta orden están tomados de la práctica contemporánea mágica; Jesús no solo utiliza un conjuro común en los papiros mágicos («Te lo ordeno»), sino que manda también al demonio que no vuelva jamás, un motivo frecuente en los exorcismos paganos y judíos y luego cristianos. Sin embargo, la voz de mando de Jesús no es precisamente un acto mágico, sino un arma en la guerra cósmica, escatológica, de Dios contra Satanás, que rápidamente se acerca a su batalla decisiva. Este marco escatológico queda sugerido por el empleo por parte del narrador de epetimesen («recriminó») para caracterizar el conjuro; este término evoca los mitos de la creación y los ensueños de victoria escatológica. En este tipo de contexto, la orden al demonio de que no vuelva jamás adquiere una resonancia escatológica añadida: el exorcismo es permanente porque es parte de la victoria definitiva de Dios sobre las fuerzas del mal. 
Dentro del evangelio marcano, esta victoria apocalíptica está ligada a la muerte y resurrección de Jesús, y la conclusión del exorcismo sugiere esta relación. El demonio, en una demostración dramática del poder de Jesús, sale del muchacho con tal violencia que parece haberlo matado (9,26); Jesús, sin embargo, toma al joven de la mano y lo libera del ámbito de la muerte (9,27). Aunque el muchacho parezca haber expirado, no se permitirá a la muerte tener la palabra final, una lección que los lectores de Marcos podían aplicar a los compañeros cristianos difuntos. Pero la relación más directa es con Jesús mismo, ya que los vocablos empleados en nuestra historia («muerto… levantó… se puso en pie»), similares a los utilizados en la curación de la hija de Jairo, evocan también a los utilizados para la propia muerte y resurrección de Jesús. Marcos parece decir que el poder por el que Jesús levanta al muchacho aparentemente muerto y lo devuelve a la vida es el mismo por el que Dios levantará a Jesús mismo.