Viernes I de Pascua

Hoy es 26 de abril, Viernes de la 1ª semana de Pascua.

Tiempo de Pascua. Aires nuevos y puros que ensanchan el corazón. Un frescor que renueva y alienta nuevos caminos. Tiempo de dejar que la vida con mayúscula se cuele por todos los rincones de este día. Tiempo de disfrutar de todas esas posibilidades insospechadas que el Señor envía a mi realidad. Así me dispongo, Señor, a recibir tu palabra en este rato de oración. Deseo con todas mis fuerzas, que tu resurrección siga despertando toda la novedad que quieres para mi vida, porque contigo, Señor, contigo todo es posible.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 21, 1-4):

Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: “Me voy a pescar”. Ellos contestaron: “Vamos también nosotros contigo”. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no pescaron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dijo: “Muchachos, ¿tenéis pescado?” Ellos contestaron: “No”. Él les dijo: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: “Es el Señor”. Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.

Al saltar a tierra, vieron unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: “Traed de los peces que acabáis de pescar”. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dijo: “Vamos, almorzad”. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

En un grito de viento y de lluvia rompiste el silencio;
y se abrió la mañana en cascadas de eternidad.
Se olvidaron las dudas, se olvidó aquel miedo, se acabó el dolor,
el no entender, tantos silencios sin respuesta, preguntas abiertas,
caminos sin encontrar la ansiada libertad.

Con un fuego de sol que calcina llegaste a mi tienda,
y quisiste que ardiera mi alma prendida de amor.
Respetaste mi tiempo, aguardaste paciente mi indecisión,
para volar por las cumbres del misterio,
que me abriste en esa hora encuentro de plenitud,
donde el alma halló la paz.

Y entonces la duda fue sí, y entonces la lucha
fue sangre y fuego para vencer la oscuridad
vestida de incomprensión, la oscuridad,
paisaje de muerte, rasgado el velo, sólo sol.

En un grito de viento y de lluvia. P. Carlos Padilla

Pedro, Santiago, Juan y los demás, vuelven resignados a su tarea habitual. Regresan al lago a pescar porque es lo que saben hacer. Y así, desde su tristeza por la ausencia de Jesús, vuelven a sus antiguas costumbres. Aún no comprenden la novedad y el cambio que ha supuesto la presencia del Señor en sus vidas. Quizás en la mía, también a veces regreso a costumbres pasadas. A dinámicas antiguas que desdicen de esta nueva vida a la que me llama el Señor resucitado.

No siempre es fácil reconocer lo que previamente hemos reconocido. Eso les pasa a los discípulos. Jesús resucitado aparece de nuevo en sus vidas, pero en un primer momento no aciertan a distinguir que de verdad es el Señor. La novedad de la resurrección lo cambia todo.  Y es posible que los discípulos todavía tengan la mirada borrosa por la falta de confianza. Los de Emáus, María Magdalena y tantos otros, también tardaron en reconocerlo. Le pido al Señor que me de una mirada resucitada, que me permita ver cómo se aparece de verdad en mi vida.

La falta de confianza llena de temor a Pedro y sus muchachos. Y así, solos en la noche son incapaces de pescar nada. Pero cuando aparece el Señor y les envía de nuevo a la faena, todo cambia. La pesca es increíble. La alegría y la esperanza se visten de abundancia. También en mi vida hay momentos en que, sin el Señor, no he sido capaz de mucho, pero con él, de su mano, he llenado mis redes de vida abundante.

Pienso ahora en Pedro. En ese Pedro que todos llevamos dentro. Desanimados como podemos estar a veces. Y te cuento de mis desvelos, de la pesca estéril, de la sensación de tristeza cuando tú no estás.

Echa las redes

Desde que Tú te fuiste
no hemos pescado nada.
Llevamos veinte siglos
echando inútilmente
las redes de la vida,
y entre sus mallas
sólo pescamos el vacío.
Vamos quemando horas
y el alma sigue seca.
Nos hemos vuelto estériles
lo mismo que una tierra
cubierta de cemento.
¿Estaremos ya muertos?
¿Desde hace cuántos años no nos hemos reído?
¿Quién recuerda la última vez que amamos?

Y una tarde Tú vuelves y nos dices:
«Echa la red a tu derecha,
atrévete de nuevo a confiar,
abre tu alma,
saca del viejo cofre
las nuevas ilusiones,
dale cuerda al corazón,
levántate y camina».
Y lo hacemos sólo por darte gusto.
Y, de repente, nuestras redes rebosan alegría,
nos resucita el gozo
y es tanto el peso de amor
que recogemos
que la red se nos rompe cargada
de ciento cincuenta esperanzas.
¡Ah, Tú, fecundador de almas: llégate a nuestra orilla,
camina sobre el agua
de nuestra indiferencia,
devuélvenos, Señor, a tu alegría

(José Luis Martín Descalzo)

Para terminar este rato de oración, me fijo como he estado, en los sentimientos que han ido apareciendo. Y dejo que mis ilusiones, deseos y esperanzas, encuentren palabras que lleguen a ti. Gracias, Señor por este momento de gracia, y presencia amiga.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.