II Vísperas – Domingo II de Pascua

VÍSPERAS

DOMINGO II DE PASCUA DE LA DIVINA MISERICORDIA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros;
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Deténte con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Còmo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Jesús dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis.» Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis.» Aleluya.

LECTURA: Hb 10, 12-14

Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha d eDiso y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean peustos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.

En lugar del responsorio breve, se dice:

Antífona. Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Porque me has visto, Tomás, has creído. Dichosos los que crean sin haber visto. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Porque me has visto, Tomás, has creído. Dichosos los que crean sin haber visto. Aleluya.

PRECES

Oremos a Dios Padre, que resucitó a su Hijo Jesucristo y lo exaltó a su derecha, y digámosle:

Guarda, Señor, a tu pueblo, por la gloria de Cristo.

  • Padre justo, que por la victoria de la cruz elevaste a Cristo sobre la tierra,
    — atrae hacia él a todos los hombres.
  • Por tu Hijo glorificado, envía, Señor, sobre tu Iglesia el Espíritu Santo,
    — a fin de que tu pueblo sea, en medio del mundo, signo de la unidad de los hombres.
  • A la nueva prole renacida del agua y del Espíritu Santo consérvala en la fe de su bautismo,
    — para que alcance la vida eterna.
  • Por tu Hijo glorificado, ayuda, Señor, a los que sufren, da libertad a los presos, salud a los enfermos
    — y la abundancia de tus bienes a todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • A nuestros heramnos difuntos, a quienes mientras vivían en este mundo diste el cuerpo y la sangre de Cristo glorioso,
    — concédeles la gloria de la resurrección en el último día.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Ante todo fe

Segundo domingo de Pascua y, el Señor, se aparece. Unos creen porque han visto el sepulcro vacío, porque reconociendo su voz recuerdan aquellas palabras “volveré” y otros, aun con dificultades, porque tienen una inmensa fe en Aquel que vino en el nombre del Señor. Creer, no es tarea fácil.

1.- ¿Cómo están las puertas de nuestras entrañas? ¿Abiertas o reacias a la fe? ¿Dispuestas abrirse a Cristo Resucitado o chirriando porque, hace tiempo, dejaron de ser bañadas por la oración, la esperanza, la fe o la caridad?

Estamos en Pascua. ¡Resucitó el Señor y nos llama a la vida! ¡Señor qué vea! ¡Señor, que viva! ¡Señor, que crea en ti! Deben ser exclamaciones que broten desde lo más hondo de nuestras ganas de celebrar, sentir y vivir a Jesús.

Hoy, más que nunca, como los apóstoles tenemos que decir: “hemos visto al Señor”. Y, aunque algunos –con intereses mezquinos y destructivos- intenten callar o desautorizar la voz de la Iglesia, hemos de responder con la fuerza de nuestra fe, con el entusiasmo activo y efectivo de nuestro testimonio cristiano. No podemos dejarnos llevar por murmuraciones que entre otras cosas debilitan, pero no consiguen su propósito: herir y a conciencia. Minar lo que, por cierto, es algo inquebrantable y sólido: CRISTO NOS ACOMPAÑA EN NUESTRA PASIÓN Y MUERTE, PARA LLEVARNOS A UN MAÑANA FELIZ. También, a nuestra Iglesia, le espera.

2.- Hoy, como a Santo Tomás, nos puede ocurrir lo mismo: que nos cueste ver al Señor en el contexto que nos toca vivir. Pero, mira por donde, es en la realidad sufriente, en el costado por donde sangra la Iglesia, donde hemos de incrustar nuestros dedos para comprobar que, Cristo, sigue vive dentro de ella. Que la razón de su ser, el de la Iglesia, es precisamente anunciar –con santidad pero a veces con alguna debilidad- la gran noticia del evangelio: ¡Ha resucitado! ¡Vive entre nosotros!

3.- Con Santo Tomás, hacemos un acto de confianza: “Señor mío y Dios mío”. Creo en tu Iglesia, amo y rezo por la santidad y entrega de sus sacerdotes y, sobre todo, sigo creyendo porque sé que, el paso del Señor por el mundo no ha sido inútil. Tuvo un objetivo: sacarnos del pecado, curarnos las enfermedades del alma y atraernos, como si de un imán se tratara, al abrazo amoroso de Dios. Y, eso, nadie nos lo puede eclipsar o eliminar.

Qué sugerente la primera lectura de este día. Los primeros cristianos tenían un pensamiento común (Cristo), un ideario de comunión (el de Cristo), compartían de una forma llamativa (como les enseñó Cristo) pero, sobre todo, daban testimonio de la Resurrección de Cristo. Que también nosotros, con esa Iglesia que nació de Cristo, seamos capaces de ir al fondo de nuestra vida cristiana: no nos podemos intoxicar o perder en el humo. Hay que irradiar al mundo el fuego del Espíritu, la alegría de la fe y la presencia de Jesús Resucitado. Tal vez, por ello mismo, a muchos… les encantaría una Iglesia temerosa, débil o acomplejada.

En nosotros, amigos, está la respuesta. Respondamos con lo que a nosotros nos toca: la fe. ¡FELIZ PASCUA!

4.- ¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!

Abriré las puertas, cuando me llamen a tiempos y a deshoras
y, aun con incertidumbres o dudas,
proclamaré que estás vivo y operante
Que, en mis miedos y temores,
me das la valentía de un león
para hacer frente a mis adversarios.

¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!

Ven, Señor, y como a Tomás muéstrame tu costado
no para que crea más o menos
sino para sentir un poco el calor de tu regazo.
Ven, Señor, y como a Tomás, enséñame tus pies
no porque desee verlos taladrados
sino porque, al contemplarlos,
conoceré el precio que se paga
a los que desean andar por tus caminos
Ven, Señor, y como a Tomás, dame tus manos
no para advertir los agujeros que los clavos dejaron
sino para, juntando las mías sobre las tuyas,
comprender que he de ayudar al que está abatido
animar al que se encuentra desconsolado
o servir con generosidad,
a todo hombre que ande necesitado

¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!

Porque, sé que, los Apóstoles
débiles y santos, con virtudes y defectos,
nos han dejado esta Iglesia que es Madre y sierva
Santa y pecadora, grande y pequeña,
Rica y pobre, pero esplendorosa
por la alegría de tu Pascua Resucitadora

¡ALELUYA, CREO CON TU IGLESIA, EN TI SEÑOR!

Javier Leoz

El que vive

No simplemente el que está vivo, como vosotros y yo, mis queridos jóvenes lectores. Es un aspecto que debemos tener siempre presente. No creemos que en el futuro podamos convertirnos en zombis, no es precisamente eso.

1.- Hace poco ha muerto un amigo. Decía él que era ateo cristiano. Cedió su cuerpo a la ciencia. Recibí al poco un e-mail invitándome a una fiesta, a brindar los que le habíamos querido, por el viaje que el difunto había emprendido. Me explicaban también que en un entierro laico se había invitado a los asistentes a dedicar al muerto algunas palabras y muchos asistentes se acercaron al féretro a escribir frases en el ataúd que iba a ser incinerado de inmediato.

2.- Cuando falta al Fe, se suple con frecuencia, de manera aparentemente mágica, la intuición de que la muerte no es el final. Algo es algo, pero no suficiente. En mi último mensaje-homilía, os recomendaba que escuchaseis el texto del sacerdote Cesáreo Gabarain, el de Pescador de hombres, se trata como os decía del himno que compuso con motivo de la muerte de un joven del grupo que contaba solo 17 años. En YouTube hay varias interpretaciones.

3.- El Viernes Santo, concluida nuestra plegaria nocturna de adoración de la Cruz. Agradecidos al Cristo que moría desnudo de ropas, revestido de nuestros pecados, y era enterrado en un sepulcro por nuestras culpas, cantamos este himno pensando en tantos de los nuestros que últimamente habían fallecido. Después, en ratos que he podido estar solo lo he escuchado muchas veces. Tanta ha sido mi emoción, que he llorado más de una vez. De Esperanza, no de pena. Creer que pueda el hombre revivir o reencarnarse, es un subterfugio fácil. Nuestra Fe es que Jesús resucitó, existe en otra existencia, valga la redundancia, en la que el ser no está atado al espacio/tiempo. “Yo soy el primero y el último, el que vive”, escucha el autor del Apocalipsis, “nuestro hermano y compañero” ha anticipado que es.

4.- La descripción idílica que cuenta la primera lectura de la misa de hoy todavía perdura en ciertos lugares. Para citar un sitio concreto que ahora se me ocurre y para que no se crea son imaginaciones, pongo Solentiname, en Nicaragua.

5.- El evangelio de este domingo recalca el texto que ocurrió en domingo, no en un día cualquiera. ¿tenemos esto en cuenta o consideramos una jornada propia para ocuparnos en cosas que durante la semana no podemos hacer? ¿es el domingo el día dedicado especialmente al Señor? Nos cuenta el relato que Jesús primero saludó. Se puso en comunicación no breve, cual la de un wasap. Se alegraron al verle. Volvió a saludar, que en este caso es desear y el deseo de Cristo es cosa seria. Su visita, la visita de un amigo, siempre es un don. La de Jesús viene acompañada de un regalo. Les otorga el Espíritu Santo, es el obsequio mejor que les puede hacer.

Recapacitad un momento, mis queridos jóvenes lectores, a nosotros también se nos otorga este don cada vez que recibimos un sacramento. La Gracia lo envuelve. ¿nos hacemos conscientes de ello, o pasamos olímpicamente de ello? Grande es nuestra responsabilidad. Grande porque es grande nuestra dignidad, recibida gratuitamente. Y el don de perdonar, ¿nos interesa? ¿nos creemos pecadores, o nos parece que eso es propio y exclusivo de malignos dictadores?   

El encuentro con Tomás es tan conocido y yo ahora dispongo de poco tiempo, de manera que solo os pido que recordéis la respuesta asombrada del Apóstol: Señor mío y Dios mío. Esta frase y la otra de Pedro: Tú lo sabes todo, sabes que te quiero (Jn 21,17) es el breve saludo que le dirijo a Cristo muchas veces, mientras beso el Sagrario.

Pedrojosé Ynaraja

Comentario del 28 de abril

Pascua es tiempo de “paso”, pero un paso que deja huella. En la Pascua cristiana, el que pasa es el Señor resucitado; y pasa “apareciéndose” a quienes determinó aparecerse, a quienes habían sido testigos de su muerte y lo serán también de su resurrección.

El evangelio de hoy se detiene en algunos aspectos de esta aparición. En primer lugar, en la situación física y emocional en que se encuentran los discípulos destinatarios de la aparición: encerrados en una casa y atemorizados. Era el miedo, como sucede tantas veces, el que les tenía en esa situación de encerramiento y paralización: miedo a sufrir la misma suerte que su maestro; miedo a la persecución, a la tortura y a la muerte. Tal es su situación anímica. Están atenazados por el miedo, un miedo que no les deja salir a la calle.

En esto entró Jesús, poniéndose en medio de ellos. Y les enseñó las manos y el costado. ¿Por qué las manos y el costado? Porque ahí, en las manos y el costado, estaban las señales identificativas de la crucifixión, las llagas de los clavos y de la lanza, las credenciales de su identidad: ni era un fantasma, ni era “otro”, sino el mismo que antes habían visto morir en la cruz, el mismo, aunque en modo distinto, el mismo, aunque glorioso, resucitado, pero el mismo con sus cicatrices.

Esta entrada en escena de Jesús, vivo después de muerto, cambia totalmente la situación y el ánimo de aquellos discípulos atemorizados, que pasan casi al instante del temor a la alegría. Bastó una simple visión del que había sido objeto de sus expectativas de liberación antes de ser la causa de su decepción para que todo empezara a cambiar. Con su visión del Resucitado, sus expectativas destrozadas pasaban a ser esperanzas rehechas desde la nueva vida que se les descubría de improviso en el cuerpo glorioso de su Señor. Y en la entraña de semejante descubrimiento empieza a germinar la planta de la misión. Había que anunciar al mundo la nueva vida que se dejaba ver en el Resucitado. Con él llega el Espíritu Santo y los poderes que le estaban asociados; sobre todo, el poder de perdonar pecados, un poder que no tiene otro objetivo que el de acabar con el imperio del mal.

Pero el grupo de los discípulos no estaba completo; faltaba uno de los Doce, Tomás el Mellizo, el que días antes había dado muestras de audacia y valentía, invitando a sus compañeros a compartir la suerte de su maestro, cuando éste había manifestado su intención de marchar a Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas: Vamos también nosotros y muramos con él. Tomás no cree en el testimonio de los demás discípulos, aun siendo un testimonio unánime, colectivo y sin fisuras: Hemos visto al Señor –le dicen-. Pero Tomás necesita mucho más que un simple testimonio para creer en un suceso como el que se le anuncia: la vuelta a la vida de un muerto. Tomás necesita ver por sí mismo, más aún, necesita tocar. Era la necesidad de acumular testigos sensoriales. El tacto vendría en auxilio de la vista, aportándole una firmeza mayor. Y es que la experiencia de la muerte es tan imponente que no parece dejar espacio al resurgir de la vida. Nosotros mismos manifestamos muchas veces nuestras dudas al respecto. La muerte se nos impone con tal fuerza que nos parece imposible poder escapar de ella una vez apresados. Las resistencias de Tomás, por tanto, no nos son extrañas, ni ajenas; al contrario, nos parecen muy razonables y justificadas. Se le pide un acto de fe en algo que desafía a la experiencia de desintegración de todo organismo corporal; se le pide un acto de fe que va a condicionar enteramente su vida.

Y Jesús, que comprende la resistencia de Tomás –hombre orgulloso y consciente de su propia dignidad-, condesciende con sus exigencias, se doblega a sus condiciones (si no veo… si no meto) y le dice: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. La respuesta del incrédulo es significativa: Señor mío y Dios mío. Ante la actitud de Jesús, Tomás ha quedado desarmado y sin recursos. No le queda sino arrodillarse y hacer una solemne profesión de fe: tan sincera como clamorosa, tan contundente como hermosa. Tomás confiesa al Aparecido que le muestra las señales de la crucifixión su Señor y su Dios, que es mucho más que reconocerle Resucitado, vivo, tras haber pasado por la muerte. Pero el que tiene poder sobre la muerte ha de ser necesariamente su Señor y su Dios, pues no hay nada más poderoso que la muerte en este mundo. Por tanto, el que es capaz de escapar definitivamente de la muerte tiene que ser más poderoso que ella; ha de ser su Señor.

Y no seas incrédulo, sino creyente. La recomendación de Jesús a Tomás vale para todos nosotros. Tomás creyó después de haber visto y tocado un cuerpo vivo que antes estuvo muerto y sepultado; creyó en la vida resucitada, porque la palpó allí donde antes sólo había muerte; creyó en el poder de Dios porque pudo ver sus efectos saludables en el cuerpo cadavérico de un difunto. Pues bien, este incrédulo que había transitado hacia la fe por razón de lo que se le permitió ver y tocar, pudo oír de labios del Resucitado: Dichosos los que crean sin haber visto: Dichosos, porque la fe es posesión (aunque en esperanza) y, por tanto, dicha; y dichosos porque no han necesitado pruebas como las exigidas por Tomás, que revelan siempre el sufrimiento o la tortura interior del desconfiado (porque no se fía del testimonio de otros), del decepcionado (de la vida, de la Iglesia, de la política, de la fe que tuvo y ya no tiene, etc.), del incrédulo. Y el incrédulo suele ser alguien que no cree, pero que desearía creer, que desearía creer que hay Dios, y que es providente, bueno y poderoso, más poderoso que todos esos poderes que amenazan al hombre; lo desearía, pero no encuentra razones suficientes para ello.

Jesús declara dichosos a los que sí han encontrado tales razones, o a los que no necesitan más pruebas, porque les basta con las que les han ofrecido; a los que no piden más signos, porque los signos que les han sido dados son suficientes. No es que tengamos que ser crédulos o ingenuos, aceptando cualquier testimonio llegado de fuera; hay que sopesar las razones; hay que valorar los motivos de credibilidad; pero, una vez hechas estas valoraciones, hemos de ser generosos y dar el salto de la fe, que es confianza en el testimonio revelado y abandono en Dios, sin garantías absolutas, sin exigencias desmedidas, sin pretensiones imposibles, con esa humildad que es simplemente conciencia de nuestra condición terrena y creatural, de nuestra pequeñez en la inmensidad del universo. Sólo así, fundados en la fe, hallaremos la paz y la alegría; y eso nos permitirá vivir con una confianza radical en lo que nos rodea y nos funda, en la bondad de las cosas, en el amor que da origen a la vida, en la vida que vence a la muerte, en la presencia de aquel que encarna el amor y la vida, el Cristo encarnado y glorioso.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Veritatis gaudium – Francisco I

Artículo 82. El currículum de los estudios de la Facultad de Filosofía comprende:

a) el primer ciclo institucional, durante el cual a lo largo de un trienio o seis semestres, se hace una exposición orgánica de las distintas partes de la filosofía que tratan del mundo, del hombre y de Dios, como también de la historia de la filosofía, juntamente con la introducción al método de investigación científica;

b) el segundo ciclo, en el cual se inicia la especialización y durante el cual, por espacio de un bienio o cuatro semestres y mediante el estudio de disciplinas especiales y seminarios, se abre camino a una reflexión más profunda sobre alguna parte de la filosofía;

c) el tercer ciclo, en el cual, durante un período de al menos tres años, se promueve la madurez filosófica, especialmente a través de la elaboración de la tesis doctoral.

Lectio Divina – 28 de abril

La misión de los discípulos y
el testimonio del apóstol Tomás
Juan 20,19-31

1. Oración inicial

¡Oh Padre!, que en el día del Señor reúnes a todo tu pueblo para celebrar a Áquel que es el Primero y el Último, el Viviente que ha vencido la muerte; danos la fuerza de tu Espíritu, para que, rotos los vínculos del mal, abandonados nuestros miedos y nuestras indecisiones, te rindamos el libre servicio de nuestra obediencia y de nuestro amor, para reinar con Cristo en la gloria

2. LECTIO

a) Clave de lectura:

Estamos en el así llamado “libro de la resurrección” donde se narran, sin una continuidad lógica, diversos episodios que se refieren a Cristo Resucitado y los hechos que lo prueban. Estos hechos están colocados, en el IV Evangelio, en la mañana (20,1-18) y en la tarde del primer día después del sábado y ochos días después, en el mismo lugar y día de la semana. Nos encontramos de frente al acontecimiento más importante en la historia de la Humanidad, un acontecimiento que nos interpela personalmente. “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra predicación, y vana es también nuestra fe.. y vosotros estáis aún en vuestros pecados” (1Cor 15,14.17) dice el apóstol Pablo, que no había conocido a Jesús antes de la Resurrección, pero que lo predicaba con toda su vida, lleno de celo. Jesús es el enviado del Padre. Él también nos envía. La disponibilidad de “andar” proviene de la profundidad de la fe que tenemos en el Resucitado. ¿Estamos preparado para aceptar Su “mandato” y a dar la vida por su Reino? Este pasaje no se refiere sólo a la fe de aquéllos que no han visto (testimonio de Tomás), sino también a la misión confiada por Cristo a la Iglesia.

b) Una posible división del texto para facilitar la lectura:

Juan 20,19-20: aparición a los apóstoles y muestra de las llagas
Juan 20,21-23: don del Espíritu para la misión
Juan 20,24-26: aparición particular para Tomás ocho días después
Juan 20,27-29: diálogo con Tomás
Juan 20,30-31: finalidad del evangelio según Juan


c) El texto:

19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros.
Como el Padre me envió, también yo os envío.» 
22 Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» 25 Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.» 26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.» 27Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» 28 Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» 29 Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»
30 Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. 31 Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

3. Un momento de silencio

para conseguir depositar la Palabra en nuestro corazón

4. MEDITATIO

a) Algunas preguntas para ayudar a la meditación:

¿Quién o qué cosa ha suscitado mi interés y maravilla en la lectura que he hecho? ¿Es posible que haya algunos que se profesen cristianos, pero que no crean en la Resurrección de Jesús? ¿Tan importante es creer? ¿Qué cambia si sólo nos quedásemos con su enseñanza y su testimonio de vida? ¿Qué significado tiene para mí el don del Espíritu para la misión? ¿Cómo continúa, después de la Resurrección, la misión de Jesús en el mundo? ¿Cuál es el contenido del anuncio misionero? ¿Qué valor tiene para mí el testimonio de Tomás? ¿Cuáles son , si las tengo, las dudas de mi fe? ¿Cómo las afronto y progreso? ¿Sé expresar las razones de mi fe?

b) Comentario:

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana: los discípulos están viviendo un día extraordinario. El día siguiente al sábado, en el momento en el que viene escrito el IV evangelio, es ya para la comunidad “ el día del Señor” (Ap 1-10), Dies Domini (domingo) y tiene más importancia que la tradición del sábado para los Judíos.

Mientras estaban cerradas las puertas: una anotación para indicar que el cuerpo de Cristo Resucitado, aún siendo reconocible, no está sujeto a las leyes ordinarias de la vida humana.

Paz a vosotros: no es un deseo, sino la paz que había prometido cuando estaban afligidos por su partida (Jn 14,27; 2Tes 3,16; Rom 5,3), la paz mesiánica, el cumplimiento de las promesas de Dios, la liberación de todo miedo, la victoria sobre el pecado y sobre la muerte, la reconciliación con Dios, fruto de su pasión, don gratuito de Dios. Se repite por tres veces en este pasaje, como también la introducción (20,19) se repite más adelante (20,26) de modo idéntico.

Les mostró las manos y el costado: Jesús refuerza las pruebas evidentes y tangibles de que es Él el que ha sido crucificado. Sólo Juan recuerda especialmente la herida del costado producida por la lanza de un soldado romano, mientras Lucas tiene en cuenta las heridas de los pies (Lc 24-39). Al mostrar las heridas quiere hacer evidente que la paz que Él da, viene de la cruz (2Tim 2,1-13). Forman parte de su identidad de Resucitado (Ap 5,6)

Los discípulos se alegraron de ver al Señor: Es el mismo gozo que expresa el profeta Isaías al describir el banquete divino (Is 25,8-9), el gozo escatológico, que había preanunciado en los discursos de despedida, gozo que ninguno jamás podrá arrebatar (Jn 16,22; 20,27). Cfr. También Lc 24,39-40; Mt 28,8; Lc 24,41.

Como el Padre me envió, también yo os envío: Jesús es el primer misionero, el “apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos” (Ap 3,1). Después de la experiencia de la cruz y de la resurrección se actualiza la oración de Jesús al Padre (Jn 13,20; 17,18; 21,15,17). No se trata de una nueva misión, sino de la misma misión de Jesús que se extiende a todos los que son sus discípulos, unidos a Él como el sarmiento a la vid (15,9), como también a su Iglesia (Mt 28,18-20; Mc 16,15-18; Lc 24,47-49). El Hijo eterno de Dios ha sido enviado para que “el mundo se salve por medio de Él” (Jn 3,17) y toda su existencia terrena, de plena identificación con la voluntad salvífica del Padre, es una constante manifestación de aquella voluntad divina de que todos se salven. Este proyecto histórico lo deja en consigna y herencia a toda la Iglesia y de modo particular, dentro de ella, a los ministros ordenados.

Sopló sobre ellos: el gesto recuerda el soplo de Dios que da la vida al hombre (Gn 2,7); no se encuentra otro en el Nuevo Testamento. Señala el principio de una creación nueva.

Recibid el Espíritu Santo: después que Jesús ha sido glorificado viene dado el Espíritu Santo (Jn 7,39). Aquí se trata de la transmisión del Espíritu para una misión particular, mientras Pentecostés (Act 2) es la bajada del Espíritu Santo sobre todo el pueblo de Dios.

A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos: el poder de perdonar o no perdonar (remitir) los pecados se encuentra también en Mateo de forma más jurídica (Mt 16,19; 18,18). Es Dios quien tiene el poder de perdonar los pecados, según los escribas y Fariseos (Mc 2,7), como según la tradición (Is 43,25). Jesús tiene este poder (Lc 5,24) y lo transmite a su Iglesia. Conviene no proyectar sobre este texto, en la meditación, el desarrollo teológico de la tradición eclesial y las controversias teológicas que siguieron. En el IV evangelio la expresión se puede considerar de un modo amplio. Se indica el poder de perdonar los pecados en la Iglesia como comunidad de salvación, de la que están especialmente dotados aquellos que participan por sucesión y misión del carisma apostólico. En este poder general está también incluso el poder de perdonar los pecados después del bautismo, lo que nosotros llamamos “sacramento de la reconciliación” expresado de diversas formas en el curso de la historia de la Iglesia.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo: Tomás es uno de los protagonistas del IV evangelio, se pone en evidencia su carácter dudoso y fácil al desánimo (11,16; 14,5). “Uno de los doce” es ya una frase hecha (6,71), porque en realidad eran once. “Dídimo” quiere decir Mellizo, nosotros podremos ser “mellizos” con él por la dificultad de creer en Jesús, Hijo de Dios muerto y resucitado.

¡Hemos visto al Señor! Ya antes Andrés, Juan y Felipe, habiendo encontrado al mesías, corrieron para anunciarlo a los otros (Jn 1,41-45). Ahora es el anuncio oficial por parte de los testigos oculares (Jn 20,18).

Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré: Tomás no consigue creer a través de los testigos oculares. Quiere hacer su experiencia. El evangelio es consciente de la dificultad de cualquiera para creer en la Resurrección (Lc24, 34-40; Mc 16,11; 1Cor 15,5-8), especialmente aquéllos que no han visto al Señor. Tomás es su (nuestro ) intérprete. Él está dispuesto a creer, pero quiere resolver personalmente toda duda, por temor a errar. Jesús no ve en Tomás a un escéptico indiferente, sino a un hombre en busca de la verdad y lo satisface plenamente. Es por tanto la ocasión para lanzar una apreciación a hacia los futuros creyentes (versículo 29).

Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente: Jesús repite las palabras de Tomás, entra en diálogo con él, entiende sus dudas y quiere ayudarlo. Jesús sabe que Tomás lo ama y le tiene compasión, porque todavía no goza de la paz que viene de la fe. Lo ayuda a progresar en la fe. Para profundizar más en la meditación, se pueden confrontar los lugares paralelos: 1Jn 1-2; Sal 78,38; 103,13-14; Rom 5,20; 1Tim 1,14-16.

¡Señor mío y Dios mío!: Es la profesión de fe en el Resucitado y en su divinidad como  está proclamado también al comienzo del evangelio de Juan (1,1) En el Antiguo Testamento “Señor” y “Dios” corresponden respectivamente a”Jahvé” y a “Elohim” (Sal 35,23-24; Ap 4,11). Es la profesión de fe pascual en la divinidad de Jesús más explicita y directa. En el ambiente judaico adquiría todavía más valor, en cuanto que se aplicaban a Jesús textos que se refieren a Dios. Jesús no corrige las palabras de Tomás, como corrigió aquéllas de los judíos que lo acusaban de querer hacerse “igual a Dios” (Jn 5,18ss), aprobando así el reconocimiento de su divinidad.

Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído: Jesús nunca soporta a los que están a la búsqueda de signos y prodigios para creer (Jn 4,48) y parece reprochar a Tomás. Encontramos  aquí un pasaje hacia una fe más auténtica, un “camino de perfección” hacia una fe a la que se debe llegar también sin las pretensiones de Tomás, la fe aceptada como don y acto de confianza. Como la fe ejemplar de nuestros padres (Ap 11) y como la de María (Lc 1,45). A nosotros, que estamos a más de dos mil años de distancia de la venida de Jesús, se nos dice que, aunque no lo hayamos visto, lo podemos amar y creyendo en Él podemos exultar de “un gozo indecible y glorioso” (1Pt 1,8).

Estos [signos] han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre: El IV evangelio, como los otros, no tiene la finalidad de escribir la vida completa de Jesús, sino sólo demostrar que Jesús era el Cristo, el Mesías esperado, el Liberador y que era Hijo de Dios. Creyendo en Él tenemos la vida eterna. Si Jesús no es Dios, ¡vana es nuestra fe!

5. ORATIO

Salmo 118 (117)

¡Aleluya!
¡Dad gracias a Yahvé, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
¡Diga la casa de Israel:
es eterno su amor!
¡Diga la casa de Aarón:
es eterno su amor!
¡Digan los que están por Yahvé:
es eterno su amor!

¡Cómo me empujaban para tirarme!,
pero Yahvé vino en mi ayuda.
Mi fuerza y mi canto es Yahvé,
él fue mi salvación.
Clamor de júbilo y victoria
se oye en las tiendas de los justos.

La piedra que desecharon los albañiles
se ha convertido en la piedra angular;
esto ha sido obra de Yahvé,
nos ha parecido un milagro.
¡Éste es el día que hizo Yahvé,
exultemos y gocémonos en él!
¡Yahvé, danos la salvación!
¡Danos el éxito, Yahvé!

6. CONTEMPLATIO

Oración final

Te doy gracias Jesús, mi Señor y mi Dios, que me has amado y llamado, hecho digno de ser tu discípulo, que me has dado el Espíritu, el mandato de anunciar y testimoniar tu resurrección, la misericordia del Padre, la salvación y el perdón para todos los hombres y todas las mujeres del mundo. Verdaderamente eres Tú el camino, la verdad y la vida, aurora sin ocaso, sol de justicia y de paz. Haz que permanezca en tu amor, ligado como sarmiento a la vid, dáme tu paz, de modo que pueda superar mis debilidades, afrontar mis dudas, responder a tu llamada y vivir plenamente la misión que me has confiado, alabándote para siempre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Jesús resucitado aparece

Durante toda la Semana Santa hemos estado utilizando el ejemplo de la campaña electoral para reflexionar acerca de la “Campaña” que Jesús lleva a cabo cada Semana Santa, buscando nuestro “voto de confianza” pero no para Él, sino para nuestra salvación. En la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección decíamos que, en la noche electoral, cuando se conocen los resultados y cuál es el partido político que ha ganado las elecciones, los militantes de dicho partido se reúnen ante su sede y hay gran fiesta, alegría, música… y finalmente, el líder sale a saludar y dirige unas palabras a los allí congregados, exaltando la alegría del triunfo, las consecuencias del mismo y exponiendo los planes de futuro que propone.

Desde la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección estamos celebrando el triunfo de Jesús Resucitado, pero siguiendo con el ejemplo de la victoria electoral, todavía “todavía nos faltaba algo”, y era que nuestro Vencedor apareciera y nos dirigiera unas palabras.

Y aunque Jesús Resucitado no es un líder político, hoy en este segundo domingo de Pascua hemos escuchado que se hace presente ante sus discípulos: entró Jesús, se puso en medio de ellos.

Y su primer “discurso” es muy breve: “Paz a vosotros”. Al contrario de lo que suele suceder en una noche electoral, en este encuentro del Resucitado con sus discípulos no hay largas peroratas ni frases triunfalistas: Jesús les dice lo que necesitaban escuchar, porque ellos estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Ellos se sentían perdidos, eran conscientes de que habían abandonado a Jesús durante su Pasión, y por eso Él lo primero que les dice es “Paz a vosotros”.

El líder político suele levantar los brazos como signo de victoria; Jesús Resucitado les enseñó las manos y el costado. Las heridas de su Pasión son los signos de su victoria sobre el mal, el pecado y la muerte. Verdaderamente la Pasión, con toda su crudeza, ha sido el camino a la Resurrección.

Y esto provoca que los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor, porque reconocen que el que ahora tienen delante es el mismo Jesús, su Maestro, que fue crucificado.

El líder político vencedor habla de las consecuencias de su triunfo. Jesús Resucitado dice: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. El triunfo de Jesús afecta a todos, que a partir de ese momento, además de ser discípulos van a ser también apóstoles, enviados suyos.

El líder político también expone sus planes de futuro. Jesús Resucitado dice: Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados… El Plan de Dios Padre al resucitar a su Hijo incluye el envío del Espíritu Santo, para que quienes lo reciban se conviertan en evangelizadores, en anunciadores de la Buena Noticia del Dios que nos ama y perdona nuestros pecados.

En una noche electoral tampoco faltan quienes, al ver el entusiasmo de la gente y escuchar las palabras del líder vencedor, muestra su escepticismo en que lleve a cabo lo que dice. Lo mismo ocurrió a Tomás; aunque los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”, él les contestó: “Si no veo… no lo creo”. No debe extrañarnos la postura de Tomás: no es suficiente afirmar “Jesús ha resucitado”, hay que ofrecer signos de esa afirmación. Como leemos en la carta del apóstol Santiago: muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe (St 2, 18). La fe en Jesús Resucitado, para resultar creíble, ha de traducirse en obras, que ayuden a reconocerle.

Durante toda la Octava de Pascua hemos estado celebrando el triunfo de Jesús Resucitado sobre el mal, el pecado y la muerte, en cualquiera de las formas en que se presentan. Pero del mismo modo que, una vez pasada la noche electoral, en el partido vencedor han de ponerse “manos a la obra”, el triunfo de Jesús Resucitado debe dinamizar nuestra vida para ofrecer signos creíbles de su presencia a tantos “Tomás” que se muestran escépticos ante nuestro anuncio.

No podemos esperar a tener “pruebas” para ponernos en marcha y vivir como discípulos y apóstoles del Resucitado. Que las palabras del Señor: Dichosos los que crean sin haber visto, sean para nosotros el estímulo para ser testigos de su Resurrección, para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

La historia de la Iglesia

1. – Entre ese “primer final” de su Evangelio, y el “segundo principio” de su libro del Apocalipsis, el Apóstol San Juan marca un periodo ya muy importante dentro de la vida de la Iglesia. Juan, ya anciano, escribe en Patmos el libro profético de una Iglesia que lucha y triunfa. Y así, la escena de la aparición del Señor en medio del lugar cerrado “por miedo a los judíos”, con el episodio de la “conversión fuerte” de Tomás, es principio de un periplo prodigioso y, si se quiere, muy rápido de la Iglesia de Cristo. Tomás, a su vez, va a dejar a la Iglesia un legado importante: la oración eucarística más expresiva: “¡Señor mío y Dios mío!” y de ancestral uso. El párrafo del Apocalipsis incluye testimonios de la Resurrección y las apariciones de Jesús a los Apóstoles –narradas en el Evangelio con el protagonismo obligado y táctil de Tomás— centran el relato de este Segundo Domingo del Tiempo Pascual, pero también añaden ese arco histórico de ya muchos años en la primitiva vida de la Iglesia. Del cenáculo lleno de hombres temerosos iba a salir, gracias a Espíritu, el fermento, fuerte e ilustrado, de una Iglesia pujante, eficaz y perseguida.

2. – La mejor clave para adorar y meditar la Resurrección de Jesús está en el efecto de ese prodigio en los Apóstoles. Primero –de una vez— creyeron que Él era Dios; y, entonces, ellos se convirtieron en seguidores conscientes de una actitud y de un camino de indudable trascendencia: de la divinidad y humanidad de Cristo y del camino por Él marcado. Antes de la Cruz y de la Resurrección, los Doce y sus acompañantes no eran otra cosa que una banda irregular de seguidores llenos de dudas. Para que no existan lagunas en el “discurso litúrgico” de esa transformación, bien claro está el contenido del Libro de los Hechos de los Apóstoles y de la velocidad en el crecimiento del número de fieles. Pedro ya está constituido como primado de esa naciente Iglesia y no sólo lo establece su autoridad humana, porque la autoridad divina le llega en su capacidad -y en la de su sombra- para curar a los enfermos y a los poseídos.

3. – Cuando Juan escribe en la Isla de Patmos, la Iglesia ya está establecida en todo el mundo conocido de entonces. Tiene problemas de heterodoxia y persecuciones durísimas, con la fuerza terrible del Estado –el romano— más poderoso de la tierra. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas. Y el episodio –muy importante, muy notable— que completa el citado “discurso litúrgico”, va desde la alegría por la Aparición del cenáculo hasta el testimonio singular y maravilloso de un anciano que nos dice que sigue disfrutando de la misma juventud interior que en los días –ya lejanos— de la Resurrección gloriosa de Jesús, el Maestro.

4. – De esa evolución de los hombres de la primitiva Iglesia es autor el Espíritu Santo. Por tanto no hay duda de la excelencia intelectual de los antiguos pescadores de Galilea. Es el Espíritu quien les ha enseñado. Algunos tratadistas, por ello, suelen dudar de la autenticidad de las autorías de los libros de San Juan o de las Cartas de Pedro. No admiten esa evolución. Es posible que existan razones lógicas para pensar eso. Sin embargo, no se cuenta con la acción del Espíritu. Y es lo que nosotros ahora esperamos, en el camino de Pentecostés. Tenemos que pedir y esperar que el Espíritu Santo nos cambie. Y si le dejamos entrar en nosotros, nuestra sabiduría servirá para ayudar y convertir a los hermanos, y lógicamente, sin apenas mérito nuestro, crecerá de manera insospechada.

5.- Y en este ambiente que trae la Pascua de que todo se hace nuevo se incrusta –una vez más— de fuerte manera la presencia y personalidad del Papa Francisco. Ha asumido las celebraciones del Triduo Pascual con énfasis en la sencillez y en la humildad. Sin duda, continúa abriendo una nueva y muy especial etapa. Tiempo de amor y de esperanza.

Ángel Gómez Escorial

El poder de los signos

1.- Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. El evangelista San Juan casi siempre llama signos a lo que los otros evangelistas llaman milagros. No porque san Juan crea que los “signos” de Jesús no son acciones portentosas y milagrosas, sino porque al evangelista Juan lo que más le interesa de estas acciones portentosas es el mensaje que Jesús quiere transmitirnos a través de ellos. Todo signo significa algo y lo más importante del signo es lo que significa. En el caso concreto del relato evangélico de este domingo, lo que Jesús pretende, a través de su entrada y presencia milagrosa en una casa con las puertas cerradas, fue indudablemente fortalecer la fe vacilante y desconcertada de sus discípulos y, de una manera especial, la fe del apóstol Tomás. A través de este “signo” Jesús consiguió que hasta el recalcitrante Tomás terminara reconociendo a Jesús como su Dios y Señor: “¡Señor mío y Dios mío!”. Pues bien, lo que yo quiero recalcar ahora es la importancia que tienen los signos, nuestros signos, en la transmisión de nuestra fe. También nuestro mundo es recalcitrante y hasta, en muchos casos, hostil a la fe católica en Jesús de Nazaret. Los predicadores de esta fe, todos los cristianos, debemos cuidar muy mucho la forma y los signos mediante los que anunciamos nuestra fe. Es evidente que no me refiero a acciones portentosas, o milagrosas, sino a las acciones ordinarias y habituales que hacemos los cristianos cuando queremos convencer a los demás de la verdad de lo que predicamos. En este sentido, me parece importante que nos fijemos en los signos que está empleando nuestro Papa Francisco, cuando habla y trata con las personas. Son los signos de la humildad, de la sencillez, de la cercanía, del amor universal a los más desfavorecidos. Ha dicho que quiere una Iglesia pobre y para los pobres. ¿Le ayudaremos nosotros, los cristianos, a que este deseo pueda hacerse algún día realidad? Busquemos todos y pongamos en práctica los signos que creamos más adecuados para conseguirlo. El poder de los signos es muy grande.

2.- Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Entre estos muchos signos y prodigios que hacían los apóstoles estaban también la curación de enfermos y poseídos de espíritus inmundos. La salud física y psíquica de una persona es, sin duda, el mayor de sus bienes temporales y los apóstoles eran muy sensibles a las enfermedades de las personas. Atender a las personas que padecían alguna enfermedad era para los apóstoles una obligación, puesto que habían visto que así lo había hecho siempre su Maestro. También los cristianos de hoy debemos ser personas especialmente sensibles y atentas ante cualquier persona enferma. Visitar a los enfermos y llevarles consuelo y ayuda debe ser una de las cualidades de todo buen cristiano. La atención a los enfermos debe ser un signo de nuestra condición de buenos cristianos. Además de este signo del que nos habla hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles, san Lucas nos dice en este mismo libro que el signo cristiano que más impresionaba a la gente era el signo del amor mutuo que se profesaban entre ellos. Nos dice Lucas que la gente, ante el comportamiento de los cristianos, decían admirados: mirad cómo se aman. Nosotros podemos visitar y consolar a las personas que padecen alguna enfermedad, pero, desgraciadamente, no siempre podemos curar la enfermedad. Sin embargo, el signo de nuestro amor mutuo sí podemos manifestarlo siempre. El cristianismo es una religión de amor a Dios y al prójimo, preferentemente al prójimo más necesitado; el signo de nuestro amor mutuo debe ser siempre el signo más visible que demuestre nuestra condición de cristianos.

Gabriel González del Estal

Comentario al evangelio – 28 de abril

¡Paz a vosotros!

      La fiesta de la Pascua de Resurrección es la más importante de la Iglesia. No sólo se dedican cincuenta días a su celebración, los que van del Domingo de Resurrección al de Pentecostés. Además, los ocho primeros días son como si cada uno fuese el primero. Es la Octava de Pascua, que va del Domingo de Resurrección al que hoy celebramos. La noticia, la gran noticia, sigue siendo la misma: Jesús ha resucitado. 

      Si el domingo pasado eran las mujeres las que recibían la noticia, ahora son los hombres, un grupo de apóstoles y discípulos, los que tienen la experiencia de encontrarse con Jesús Resucitado. En realidad, todos esos encuentros con el Resucitado sirven básicamente para confirmarlos en todo lo que habían vivido con Jesús a lo largo del tiempo que le siguieron hasta su muerte en la cruz. 

      Durante aquellos años, Jesús les había enseñado muchas cosas. Les había hablado del Reino y de Dios, al que llamaba su “Abbá”, su “papá”. Frente a la imagen de un Dios arrogante y vengativo, justiciero y castigador, les había hablado de un Dios Padre de misericordia y amor que desea la felicidad y la libertad en fraternidad de todos sus hijos e hijas. Habían visto como se acercaba a todos y hablaba a todos pero que tenía un especial cariño para los necesitados, los oprimidos, los abandonados. Había hablado de la justicia y de compartir los bienes de la tierra. Había comido con ellos muchas veces y les había enseñado que vale más servir y amar que dominar, poseer y controlar. Les había prometido el Reino pero también les había dicho que el Reino estaba dentro de ellos. 

      Todo eso se confirma en sus apariciones. Si la Resurrección podía ser vista como un signo del poder sin límites de Dios, cuando Jesús se presenta a sus discípulos, lo primero que hace es desearles la paz. “Paz a vosotros”. La presencia de Jesús no inquieta, no destruye, no oprime sino que es portadora de paz, paz para los corazones y paz para todos. Los que habían visto como la violencia del odio, de la venganza, de la muerte, destruían –y parecía que para siempre– la vida y el sueño de Jesús, ven ahora como la fuerza de Dios es capaz de crear Vida y Paz más allá de la muerte que creamos los hombres. 

      No es un sueño, como le hace ver a Tomás en la segunda aparición. Es el mismo Jesús que conoció, el que murió en la cruz. Tampoco era un sueño su mensaje. Ni era un sueño su forma de hablar de Dios. Ante nosotros se abre un futuro de esperanza porque, como dice la lectura del Apocalipsis, “el que vive” está vivo en medio de nosotros y nos invita a seguir el camino de la vida, de la verdadera vida, de la vida plena.

Para la reflexión

      ¿Cuándo pienso en Dios, cuando rezo, o quizá cuando me siento pecador, siento miedo o temor? ¿Por qué? ¿Qué siento cuando hoy escucho en el evangelio a Jesús decir: “Paz a vosotros”? ¿Cómo puedo ser portador de paz a los que me rodean?

Fernando Torres, cmf